CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO. EVNIS
CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
EVNIS
«Por fin solo. Estoy agotado de fingir que me cae bien mi hermano.
» De pie y con las manos entrelazadas a la espalda, Evnis contemplaba el túmulo de piedras.
Allí descansaba su madre al lado de su padre, muerto hacía ya tanto tiempo, ahora convertido apenas en un montón de huesos.
Torció el gesto y escupió. Ojalá siguiera viva, así podría ver su triunfo, su ascenso.
Primero eclipsaría a Gethin, su hermano zalamero, empeñado en casar a su hija con Uthan, el hijo del rey Owain.
En otro momento, eso lo habría enfurecido, pero ya no; que su hermano disfrutara con sus pequeñas victorias.
Para Evnis estaban reservadas cosas mayores, de eso no tenía ninguna duda.
Había sellado su pacto, jurado lealtad hacía muchos años, en un pequeño valle del Bosque Oscuro.
Y ahora era consejero de un rey, tenía los poderes telúricos al alcance de la mano, y eso no era todo...
El collar con la piedra negra. Le daba miedo, pero también lo atraía.
Lo había estudiado, había escudriñado los manuscritos antiguos, incluso había hablado con ese necio de Heb.
Ahora estaba seguro de lo que era: uno de los Siete Tesoros, el collar de Nemain.
Poseía un gran poder, pero ¿cómo acceder a él, cómo usarlo... ?
Apretó los ojos cerrados. Estaba cansado; últimamente el sueño lo esquivaba y, cuando por fin lo hallaba, las pesadillas se cebaban con él, unos sueños inquietantes de los que despertaba sudoroso y angustiado. Debía mantener la cabeza fría; había demasiado por hacer.
Que apareciera Rhin lo había alegrado. El hecho de verla cruzar las puertas de Badun había hecho que todos los planes y maquinaciones se volvieran reales de repente.
Ella le había sonreído al verlo, aunque no como siempre.
Esa sonrisa estaba reservada ahora para el joven guerrero que cabalgaba a su lado.
«Probablemente sea mejor así. —Suspiró—.
Los apetitos de Rhin son voraces. Dudo que pudiera seguirle el ritmo ya.
» Además, sentiría que estaba traicionando a Fain, aunque estuviera muerta.
Con solo pensar en ella, el dolor por su pérdida volvió a atravesarlo de improviso. ¿Alguna vez remitiría?
Oyó voces y se escondió en las sombras del túmulo de sus padres.
Dos hombres, ambos guerreros, se acercaban.
Los reconoció; eran Halion y Conall. Le habría gustado tenerlos a su servicio.
Las buenas espadas nunca estaban de más.
Pero el mayor de los hermanos, Halion, parecía inaccesible.
Ya había conocido a hombres como él: inflexibles en lo moral.
El pequeño, Conall, en cambio... Ahí sí había alguna posibilidad. El orgullo era un amo frágil.
—No voy a salir corriendo ni esconderme como una niña... —decía Conall.
—Usa la cabeza, Con —respondió su hermano—. No podemos dejar que nos vea. Nadie sabe dónde estamos ni a quién servimos, y debe seguir así...
Pasaron de largo, sin dejar de cuchichear.
«Interesante...»
Evnis permaneció escondido en las sombras un rato más y luego echó a andar. «Debo informar a Rhin sobre el último acto de caridad de Brenin. Le encantará enterarse de que dos de los hombres que acompañan a Brenin le suplicaron asilo. Asilo huyendo de Rhin.»