CAPÍTULO CUARENTA Y TRES. CORBAN
CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
CORBAN
Corban medio cerró los ojos al alzar la vista al cielo despejado, donde el sol era una presencia pálida y acuosa, lejana.
Hacía frío; sentía la piel tirante. La nieve se acercaba, con nubes densas y pesadas que se reunían en el horizonte, más allá de la línea distante de la costa y sobre el mar gris como el hierro.
No hacía tiempo para viajar y, sin embargo, allí estaba, a seis noches de Dun Carreg, cabalgando por la Calzada de los Gigantes con el rey Brenin a la cabeza de la columna.
Se dirigían a Badun, una fortaleza cercana al círculo de piedra, para presenciar la profecía de la que Edana le había hablado, cuando el día se convertiría en noche.
Al parecer, Rhin, reina de Cambren, así como los reyes de Narvon y Domhain, acudirían a la llamada de Brenin para tratar la limpieza del Bosque Oscuro entre otros asuntos, todos relacionados de algún modo con la asamblea de Tenebral a la que había asistido el rey Brenin.
Habían viajado hacia el este durante cinco noches, bordeando la costa azotada por el oleaje, con sus acantilados escabrosos y sus calas escondidas.
Aquel día el camino había girado hacia el sur, rodeando una extensión traicionera de marismas y ciénagas.
Cuando la carretera comenzó a descender suavemente, Corban vio el terreno pantanoso desplegarse ante él: el agua centelleaba a la débil luz del sol como una enorme telaraña cubierta de rocío extendida sobre la tierra, con una colina y una torre en ruinas despuntando en el centro.
Miró de reojo a un lado. Junto a él cabalgaba Brina, que decía algo poco amable, a juzgar por la expresión de su rostro, a Heb, el guardián del conocimiento, que no se había separado de ella desde que partieran al amanecer.
Una mancha oscura se perfilaba en el horizonte.
—¿Qué es eso? —preguntó Corban.
—Eso es el Bosque Oscuro —dijo Heb.
La sombra que era el Bosque Oscuro se extendía desde la costa a lo largo del horizonte hasta donde alcanzaba la vista. «Braith está allí. Y también Camlin, si lograron llegar», pensó Corban mientras contemplaba el lejano bosque.
Buscó instintivamente con la mirada a Marrock y lo encontró en las primeras posiciones de la columna de capas grises, cabalgando junto a Halion y Conall.
Un poco más adelante, el rey Brenin encabezaba el grupo, flanqueado por las figuras imponentes de Pendathran y Tull; su hija Edana iba justo detrás, con Ronan como sombra inseparable.
—¿Cómo se adapta tu lobona al viaje? —preguntó Heb, sacándolo de sus pensamientos.
Corban bajó la vista hacia Tormenta, que trotaba a su lado con la cabeza gacha y el hocico casi rozando el suelo.
—No le supone ningún problema —respondió—. Creo que le gusta.
La lobona había corrido con él todos los días, y había mantenido el ritmo sin esfuerzo; pero eso no le sorprendía, pues aún estaba creciendo y sus hombros quedaban solo un par de palmos por debajo del lomo del caballo.
Corban se inclinó en la silla y rozó con las yemas de los dedos el pelo áspero de su cuello.
Su compañía lo alegraba. Las noches eran frías, pero estaba seguro de ser, con diferencia, el más abrigado de todos cuando Tormenta se enroscaba junto a él.
Tiritó y se ciñó la capa. Cuando la princesa Edana había mencionado por primera vez el viaje al círculo de piedra, deseó con todas sus fuerzas ir, y no se había creído su suerte cuando Brina le dijo que necesitaba su ayuda.
Ahora ya no estaba tan seguro: seis noches durmiendo al raso y días enteros en la silla de montar habían mermado su entusiasmo.
Aun así, estaban cerca del final del viaje, y empezaba a sentir de nuevo ese primer cosquilleo de emoción.
Su madre no había querido que fuera; de hecho, se lo había prohibido, hasta que Brina habló con ella.
Oficialmente, Brina iba porque era la curandera más reputada del rey Brenin, pero Corban sabía que quería ir, y eso bastaba.
Y, como su aprendiz, él debía acompañarla.
Después de que Brina hablara con su madre, de pronto Gar también tuvo que ir, para cuidar de la montura de Brenin, aunque Corban sospechaba que era más bien para cuidarlo a él.
Al menos, el hecho de que Gar fuera significaba que Cywen también podía.
Ella había puesto cara de haberse tragado una avispa cuando Corban le dijo que él sí iba y ella no, pero la repentina decisión del jefe de cuadras le dio justo el pretexto que necesitaba.
Gar, a su vez, había reunido a un grupo de mozos de cuadra para el viaje y Cywen logró que incluyera a Dath.
A Corban le daba la sensación de que la mitad de Dun Carreg cabalgaba con destino a Badun.
Lanzó una mirada encima del hombro a Gar, que iba sentado en su semental picazo, pero no vio a Cywen ni a Dath en el apretado grupo de guerreros.
El día avanzó lentamente y se puso a nevar. Cuando el crepúsculo finalmente se instaló, la nieve caía ya con fuerza y se aferraba con obstinación al suelo. Oscureció y se encendieron antorchas, pues Brenin, dada la cercanía de su destino, decidió continuar.
De pronto, sonó una orden en la cabeza de la columna y la fila se detuvo. Unos jinetes que habían llegado por el camino —¿eran dos?— departían con Brenin.
Permanecieron parados un rato. Los copos de nieve se posaban en los hombros de Corban y el frío se le filtraba por la capa.
La columna al fin reanudó la marcha. Los jinetes retrocedieron por la columna y se integraron en ella a la altura de Corban.
Uno era claramente un guerrero; la funda de una espada asomaba bajo la capa.
Corban vio fugazmente su rostro oculto bajo la capucha: pálido, ojos oscuros y hundidos.
El otro parecía una mujer, de complexión más delgada.
Corban vislumbró un destello de cabello rojo a la luz de las antorchas.
No mucho después divisaron luces a lo lejos. Badun, la última población de Ardan antes del Bosque Oscuro y del reino de Narvon.
—No hay tiempo para eso —dijo Gar cuando vio a Corban alargar la mano hacia un pastelito de miel—. Ya desayunarás luego. Necesito otro par de manos..., si es que Brina puede prescindir de ti un rato.
Brina resopló y dirigió un gesto displicente con la mano a Corban, así que este echó a andar trabajosamente por la nieve tras la cojera de Gar, mientras Tormenta dejaba un rastro de huellas tras ellos.
La fortaleza de Badun había crecido debido a su ubicación, pues protegía el tramo de la Calzada de los Gigantes que atravesaba el Bosque Oscuro en dirección a los reinos de Narvon y Cambren.
Dath y Cywen llenaban cubos de agua de un barril junto a las puertas de un enorme granero. Cywen sonrió a su hermano cuando lo vio llegar.
—Tienes público —dijo Cywen, dirigiendo la mirada detrás de Corban.
Se había formado un grupo de niños que lo seguía a cierta distancia, señalando y cuchicheando.
—No soy yo. Es Tormenta —respondió Corban.
En Dun Carreg y en Havan la gente se había acostumbrado a la lobona, pero allí era distinto.
Solo le habían permitido entrar en la fortaleza porque viajaba con el rey, y muchos guerreros le habían dedicado miradas torvas y se habían hecho la señal contra el mal al verlo cruzar las puertas.
No todos lo veían tan terrible, como parecía ser el caso de buena parte de los niños de Badun.
—Te estás haciendo famoso —comentó Gar.
Corban hizo un mohín de resignación y se puso a ayudar a Cywen.
El salón de banquetes estaba ya casi vacío cuando Corban llegó con su hermana. Cerca del fuego, sin embargo, estaba sentada la princesa y Ronan le servía un plato. Edana les hizo un gesto para que se acercaran.
—Iré a buscaros algo —se ofreció Ronan, que sonrió a Cywen.
—Padre está de mal humor —dijo Edana sacudiendo la cabeza hacia un rincón del salón.
El rey Brenin conversaba de pie con un pequeño grupo de personas: Tull y Pendathran, además de Evnis y Vonn.
Corban daba gracias por no haber visto apenas al hijo del consejero desde el episodio en el potrero, cuando Escudo había matado al perro de Helfach.
Brenin hablaba con un hombre alto y rubio, con la larga trenza de guerrero salpicada de plata.
Tenía un rostro franco y agradable, y sonreía al rey.
—¿Ese es...? —empezó Corban.
—Gethin —dijo Edana, asintiendo.
A Corban le cambió la cara. Gethin era el señor de Badun, pero también el hermano mayor de Evnis, así que lo detestó inmediatamente a pesar de su apariencia.
Ronan dejó delante de Corban un cuenco de gachas y sirvió bayas con nata a Edana y galletas de avena calientes, beicon y pan untado con mantequilla a Cywen. Corban miró su cuenco y luego la abundancia del resto y se le avinagró el rostro. Cywen dio las gracias a Ronan con una sonrisa.
—El rey Owain está aquí —añadió Edana en voz baja—, con su hijo Uthan. Los demás aún no han llegado.
—Pero el solsticio de invierno es mañana —apuntó Cywen.
La princesa asintió.
—Por eso padre está de mal humor. Cree que Rhin está jugando con él, aunque el rey Eremon tampoco ha llegado. Pero él viene de mucho más lejos, desde Domhain, más allá de Narvon y Cambren. Y es un anciano, al parecer.
—¿Crees que aceptarán? —preguntó Cywen—. ¿El plan de tu padre?
—No lo sé. —Edana dudaba—. Owain debería, porque Braith también ataca sus fronteras, pero le gusta discrepar de padre solo por el placer de hacerlo.
En cuanto a los otros, Rhin y Eremon tienen menos motivos para comprometerse a limpiar el Bosque Oscuro.
Al fin y al cabo, Braith no se interna en sus tierras.
—Pero está en juego algo más que limpiar el Bosque Oscuro, ¿no? —dijo Cywen—. Esa profecía...
Edana asintió.
—Padre dijo que mañana al mediodía el día se volverá noche, sea lo que sea que signifique eso. No puedo imaginar algo así. —Jugueteó con la cuchara hundida en las bayas—. Se supone que es una señal sobre una guerra entre Elyon y Asroth, y que se librará aquí, en las Tierras del Exilio.
—¿Quiénes son esos? —quiso saber Cywen.
Dos figuras habían entrado en el salón, las mismas que se les habían unido en el camino. El hombre era joven, de rostro pálido, con ojeras marcadas y una trenza de guerrero. Escrutó la estancia mientras acompañaba a la mujer hasta un banco. Ella era mucho mayor, con el pelo rojo entrecano.
—No lo sé seguro. Se lo pregunté a padre, pero no me lo quiso decir. —Edana se inclinó un poco más en actitud conspiradora—. Creo que han pedido asilo a mi padre.
Si era verdad que habían acudido a Brenin en busca de asilo, no serían los primeros atraídos por su reputación. Halion le había contado que él y su hermano habían hecho lo mismo. El maestro de armas, sin embargo, siempre se había mostrado muy reservado sobre aquello de lo que huían exactamente.
—Así que tendremos que esperar y ver si Rhin y Eremon llegan, si las esperanzas de tu padre se han de cumplir —dijo Corban, removiendo las gachas frías.
—Ajá —murmuró Ronan.
—Hay mucho en sus manos —añadió Edana.
Una columna de jinetes salió del Bosque Oscuro; Corban contó unos ochenta desde la empalizada que rodeaba Badun.
—Ahí está la reina Rhin —dijo Edana señalando cuando se acercaban a las puertas abiertas de la ciudad—. Es la del pelo blanco.
Rhin cabalgaba cerca de la cabeza, detrás de una media docena de guerreros con una lanza alta erguida sobre la silla de montar.
A su lado iba un guerrero joven y apuesto que rebosaba confianza.
Reía los comentarios de la reina; parecía más un cortesano de paseo que el guardia de la reina de Cambren.
—No veo al rey Eremon —se preocupó Edana.
—No ha venido, pero envía a otros en su representación —dijo Ronan—. Esos de allí... Llevan el verde de Domhain.
El jinete que encabezaba ese grupo a medio galope era un anciano de pelo gris ondulado. No llevaba el torques de un rey alrededor del cuello, solo un fino brazalete de plata en el brazo. Uno de los jinetes que lo seguían alzó un estandarte con siluetas de lobos negros sobre un fondo rojo.
—Rath —masculló Ronan.
Corban había oído hablar del veterano guerrero, antaño general de Eremon.
Los gigantes habían atacado sus dominios en el norte y matado a toda su familia.
Rath había jurado venganza y se había consagrado a defender la frontera septentrional de Domhain para aumentar sus opciones de ajustar cuentas con los gigantes que habían masacrado a sus seres queridos.
Si era verdad lo que contaban las historias, había cumplido con creces su juramento.
Los hombres que cabalgaban con él, los Degad, eran tan célebres por su ferocidad como él mismo; se rumoreaba que eran tan brutales e implacables como los gigantes a los que daban caza.
Rhin alzó la vista al llegar a la empalizada e insinuó una leve sonrisa antes de que la perdieran de vista.