CAPÍTULO CUARENTA Y DOS. VERADIS #3
—Yo también.
—Los Jehar hablaron de otro que llegó allí haciendo afirmaciones. ¿Te acuerdas?
—Sí. Pero hablaron de hermanos de espada engañados, de hombres que abandonaron Telassar. Para buscar a la Estrella Brillante, supongo. Para buscarte a ti.
—Pues no me han encontrado. —Nathair sonrió—. Pero me preocupa. Guerreros con la habilidad de los Jehar sueltos por las Tierras del Exilio, sirviendo a otro... —Suspiró—. Tenemos que encontrarlos.
—Tenemos que hablar con Calidus —dijo Veradis.
—Sí. Pero no está aquí, y lo que siente mi padre por los Vin Thalun hace que no sea prudente traerlo ahora.
—Nathair, quizá podrías hablarlo con tu padre.
Nathair negó con un único movimiento seco de la cabeza.
—Pero ¿por qué no? Te facilitaría las cosas. Al fin y al cabo, es a ti a quien espera, solo que todavía no lo sabe. Díselo.
—No.
Nathair inspiró y tensó el cuerpo.
—Te hablé una vez de vivir bajo la sombra de otro. ¿Te acuerdas?
—Sí. En el viaje, cuando conocimos a Calidus.
—Eso es. Aquella sombra era —y es— la imagen que mi padre tiene de la Estrella Brillante. Esa figura legendaria a la que ha esperado su vida entera, para cuya llegada se ha estado preparando. —Sonrió—. ¿No te parece irónico que sea yo?
—Díselo —insistió Veradis.
—No. No puedo. Mi padre ha creído durante demasiado tiempo que esa persona sería un extraño, alguien que vendría a nosotros. No me creería. Ahora estamos bien, mejor que nunca. He anhelado que me mirase como lo hace ahora... —Su voz se apagó—. No me arriesgaré a perder eso. Todavía no.
Veradis lo entendía. Pensó de pronto en su propio padre. Él también se había sentido así una vez. Ya no. Lo que sentía por su padre estaba enterrado muy hondo; era complejo y no tenía ni rastro de alegría.
—Pero se equivoca. Eres tú a quien ha elegido Elyon; eres tú con quien habla.
Nathair parecía resignado.
—Sí. Pero se tiene que dar cuenta a su debido tiempo. La verdad siempre sale a la luz..., como tanto le gusta decir.
—Sí, incluida la forma en la que viajamos a Tarbesh. Los hombres han guardado tu secreto hasta ahora, pero ¿hasta cuándo? Sería mejor que lo oyera de ti. Y, Nathair, todo sería distinto si lo supiera, si entendiera que tú eres la Estrella Brillante.
Nathair levantó una mano.
—Lleva demasiado tiempo aferrado a esa idea, Veradis. Hay tiempo. Le daré tiempo, antes de tener que afirmar quién soy.
Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta. La luz de las antorchas parpadeó sobre el rostro de Nathair, y recorrió sus facciones alternando sombras y destellos.
Veradis pensó en Meical, en su rostro pálido y enigmático, en sus ojos oscuros. El consejero del rey. Él era la clave de la postura de Aquilus respecto a la profecía.
Un golpecito suave en la puerta los sobresaltó a ambos.
—Adelante —dijo Nathair.
Fidele abrió la puerta y la cerró con cuidado después de entrar. Se detuvo al ver a Veradis.
—Esperaba hablar contigo —dijo a Nathair.
—Claro, madre. Compartía una jarra de vino caliente con Veradis. —Sonrió.
Veradis se levantó y ofreció su asiento a la reina.
—No, gracias —respondió ella. Había tensión en su voz y en su semblante.
—¿Qué ocurre, madre? —preguntó Nathair—. ¿Qué te preocupa?
Fidele miró a Veradis.
—Pensé que te encontraría solo.
—Lo que tengas que decirme lo puedes decir delante de Veradis. Es como un hermano para mí.
—Muy bien, entonces —aceptó ella—. He oído cosas inquietantes. Rumores.
—Ah, ¿sí? —dijo Nathair.
—Sobre tu campaña, en Tarbesh.
Nathair guardó silencio, esperando.
La reina tomó aire.
—He oído hablar de hechicería, de gigantes entre tus filas; de nieblas encantadas, de una flota misteriosa de barcos. He oído mencionar a los Vin Thalun.
Madre e hijo se miraron fijamente.
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó él—. ¿Peritus? Sabes que intenta socavarme; teme mi creciente autoridad.
—No importa de dónde procedan esos rumores —replicó Fidele con aspereza—. ¿Son ciertos?
—¿Dónde has oído esas cosas? —volvió a preguntar Nathair—. Si hay verdad en esas historias, ¿por qué se susurran a mis espaldas? Quiero ver a quien me acusa.
La duda asomó a los ojos de Fidele.
—¿Así que los niegas? —dijo, con la voz menos firme. Casi esperanzada.
—No niego nada. Ya no soy un niño. Soy un hombre hecho y derecho, un príncipe. Tomaré mis propias decisiones de acuerdo con lo que crea conveniente. Y quiero saber quién intenta difamarme, quién pretende sembrar discordia entre mi padre y yo.
La reina negó con la cabeza.
—Nathair, no olvides nada de lo que te dije antes de partir.
Si tienes cualquier vínculo, cualquier trato con los Vin Thalun, rómpelo.
Te irá mal si tu padre llega a conocer la verdad.
—Se irguió, regia y fría—. Eres príncipe, no rey.
Hijo, no padre. Obedece a tu rey, obedece a tu padre en esto.
No lo pongas a prueba. Bastante pesan ya estos tiempos sobre él como para que además su propio hijo...
—Se interrumpió, turbada—. Haz lo correcto —dijo, casi suplicante, y se marchó.
—Lo haré —susurró Nathair a la puerta cerrada.