Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS. VERADIS #2
55%

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS. VERADIS #2

—Todavía hay una multitud ahí fuera, en el patio de armas, congelándose las pelotas, esperando para felicitarte —dijo el guerrero.

—Ajá —dijo malhumorado Veradis.

—¿Por qué te has escabullido?

—Tenía frío, hambre... No veía motivo para quedarme.

—¿Que no veías motivo para quedarte? —Rauca se inclinó hacia él—. Acabas de vencer a Armatus, colega. No se me ocurre mejor motivo para quedarte. Lleva siendo maestro de armas desde que yo tenía doce años, y ya estaba invicto desde mucho antes.

Veradis parecía indiferente.

—Su mejor momento ya pasó, y este frío endurece y agarrota los huesos viejos.

Rauca negó con la cabeza.

—Haya o no haya pasado su mejor momento, no hay nadie más en todo Tenebral capaz de ponerle la punta de la espada en la garganta. Deberías estar disfrutando de tu gloria recién estrenada, no con esa cara como si fueras a ponerte a llorar dentro del plato.

—Ya... —suspiró Veradis. Rauca tenía razón, lo sabía, pero algo en todo aquel combate le había sabido a podrido.

Desde que Nathair había regresado a Jerolin había ido creciendo una tensión muda entre el príncipe y Peritus, y eso se había filtrado hasta sus huestes.

Armatus, el maestro de armas, era amigo de infancia de Peritus y había criticado más de una vez los nuevos métodos de entrenamiento de Nathair.

Nathair había conducido el duelo de hoy entre Armatus y Veradis y, aunque no se había hecho oficial, casi todos los guerreros en cinco leguas a la redonda habían intentado presenciarlo.

Veradis haría cualquier cosa por Nathair, entregaría la vida, pero aquello... no le había gustado. Se había sentido manipulado. Además, le caía bien Armatus y derrotarlo no le había procurado alegría alguna.

Se tocó la mejilla y apretó donde Armatus lo había golpeado.

—Me devolvió casi todo lo que recibió —dijo con una mueca.

—No —dijo Rauca con firmeza, mientras sacudía la cabeza—. Yo no diría eso. —Le guiñó un ojo—. Ahora vas a tener una reputación que defender. Todo guerrero que se crea hábil con la hoja va a querer hacerse un nombre contigo.

Veradis rezongó, incómodo con el rumbo que tomaban sus pensamientos.

Una puerta se cerró de golpe cerca de él y levantó la vista. El rey Aquilus cruzaba el salón con paso recio, el rostro severo y cansado, con la piel grisácea bajo los ojos y las arrugas de la cara más marcadas.

—Hay mucho en juego en el solsticio de invierno —murmuró Rauca, que no dejó de seguir al rey con la mirada.

—¿Hay noticias de Mandros? —preguntó Veradis. El rey de Carnutan había sido invitado a Tenebral para presenciar, con Aquilus, el cumplimiento de la profecía de Meical.

Rauca no estaba seguro de nada.

—Me creeré que viene cuando lo vea delante de mí.

Veradis asintió. No estaba seguro de querer a Mandros en el mismo lugar que Nathair, con todos esos rumores de que Mandros podía servir a Asroth...

—Si viene, seguro que lo hará bien escoltado —dijo Rauca—, aunque sus escuderos no serían un problema para ti.

Veradis negó con la cabeza.

—¿Es que te has dado un golpe en la cabeza? No soy uno de los Ben-Elim.

Rauca se balanceó en el banco, escupiendo mientras se reía a carcajadas.

—Amigo mío, creo que no te ves como eres de verdad. Vale, no eres tan guapo como yo...

Veradis resopló.

—... y esa nariz rota tampoco te ayuda. Pero... —Rauca se inclinó y le agarró la muñeca—. Te pasa algo cuando desenvainas, aunque sea una espada de madera. Te vuelves temible. —Se puso serio, intenso—. No hay nadie, vivo o muerto, junto a quien prefiera estar en batalla antes que contigo.

Veradis apartó la mirada.

—¡Por los dientes de Asroth! ¡Si hasta aguantaste una carga de draigs enfurecidos! Yo casi me meo encima, y eso que solo me estaba colando por detrás para pincharles con la lanza.

—Estaba demasiado asustado para moverme —dijo Veradis, con una sonrisa a medio esbozar—. Y además éramos cuatrocientos. Hicimos lo que había que hacer.

—Ya, ya... —Rauca se recostó sacudiendo la cabeza—. Mira que eres raro, Veradis ben Lamar. Si yo fuera tú, me habría subido a esa mesa para proclamar mi grandeza a quien quisiera escucharme y disfrutaría de la atención que me habría ganado.

—Entonces es una suerte que no seas yo —dijo Veradis, ya sonriendo.

—Sí, probablemente. —Rauca le dio un mordisco a una pierna de cordero, arrancó una tira de carne; el jugo le goteó por la barba.

—Entonces, ¿adónde preferirías ir? —masticó, con la boca llena.

—¿Ir?

—En primavera. ¿A luchar contra gigantes en el bosque de Forn o contra forajidos en...? ¿Dónde están?

—Ardan —dijo Veradis.

—Eso es, Ardan. Bueno, dime.

Veradis seguía imperturbable.

—Iré adonde Nathair decida.

Rauca se desesperó.

—Eso ya lo sé. Pero ¿adónde preferirías ir tú? El Forn es la campaña más oscura, ¿eh? Más gigantes. Un trabajo más duro que sacar bandidos de los árboles. —Bebió de su copa de vino—. Pero supongo que da más gloria luchar contra gigantes que contra hombres.

—Sí. Supongo. No me importaría ir al bosque de Forn, la verdad. Me crie junto al Sarva... Todos los bosques se parecen, diría yo. Y durante la asamblea hice amigos que venían de Isiltir. Me gustaría verlos otra vez. ¿Y tú?

Rauca se encogió de hombros.

—¿Te acuerdas del viejo que me dio una lección en el patio de armas?

—Sí. Cómo olvidarlo.

—Era de Ardan. Tull. Me gustaría tener ocasión de equilibrar la cuenta con él.

—¿Seguro que tienes posibilidades?

Rauca rio.

—No vale de nada preocuparse —dijo Veradis—. Somos guerreros. Iremos adonde nos señalen.

—Eso es verdad. —Rauca se levantó y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Hablando de guerreros, tenemos a unos cuantos esperándonos. Hora de salir y hacer entrar en razón a la hueste de nuestro príncipe, ¿eh?

Veradis asintió y se puso en pie; las patas del banco rasparon la piedra. Los dos amigos salieron del salón hacia la nieve, que caía suave.

—Lo has hecho bien hoy —dijo Nathair, recostado en una silla de roble; la luz de las antorchas parpadeaba sobre la madera oscura y pulida.

—Yo... Gracias —dijo Veradis, sin mirarlo. En cambio, recorrió la estancia con la mirada.

Estaban en los aposentos de Nathair, una gran sala de piedra en la torre de Jerolin, con ventanas sin contraventanas que daban al lago y a la llanura. Ya era de noche; las luces del pueblo reflejaban un resplandor tenue sobre la llanura cubierta de nieve.

Grandes tapices colgaban de las paredes, del techo al suelo. Había pocos muebles: una cama tallada con ornamentos, las dos sillas en las que estaban sentados y una mesa con un plato de frutos secos y una jarra de vino caliente.

—No me ha gustado cómo Peritus ha faltado al respeto a mi hueste. Nos hemos ganado el respeto, ¿o no? —La mano del príncipe se alzó hacia el largo diente de draig que llevaba colgado al cuello con un cordón de cuero.

—Sí, desde luego —dijo Veradis.

—Habría sido impropio que yo me enfrentara a Armatus o a cualquiera de los partidarios de Peritus, pero había que hacer algo. Había que dejar clara una cosa. Y vaya si la has dejado clara. —El príncipe cogió un puñado de nueces del cuenco que tenía delante.

Entre ambos creció un silencio. Nathair miraba por la ventana, mientras partía nueces mecánicamente y se las comía.

—Mucho va a cambiar después del solsticio —dijo al fin—. Cuando la profecía se cumpla, todo se pondrá en marcha, se tomarán decisiones, y solo faltan cinco noches...

—¿Se sabe algo de Mandros? —preguntó Veradis.

Nathair torció el gesto.

—No. Puede venir o no venir. Me da igual. No entiendo por qué mi padre va detrás de él buscando su aprobación.

—Me inquieta lo que dijo Calidus sobre él, eso de que podía servir a Asroth, el Sol Negro...

—Quizá sea mejor que venga. Amigos cerca y enemigos más cerca, ¿no es así el dicho? —El príncipe pareció dudar, inquieto—. He pensado mucho en lo de Telassar y en el comportamiento de Mandros.

Veradis asintió.