CAPÍTULO CUARENTA Y DOS. VERADIS
CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
VERADIS
Veradis sonrió al coronar una suave elevación del terreno y ver alzarse Jerolin ante él, emergiendo de la llanura, con su torre central de roca negra apuntando al cielo como un dedo acusador quemado.
Pequeñas figuras se afanaban en la orilla del lago, bajo la fortaleza, descargando la pesca del día de decenas de barcos. El cielo estaba despejado, de un azul cada vez más profundo a medida que el crepúsculo se asentaba.
Miró por encima del hombro y vio la hueste desplegada por la pendiente y la llanura a su espalda. Inspiró hondo el aire frío y cortante.
—Qué bien estar de vuelta, ¿eh? —dijo a Nathair y a Rauca, que cabalgaban junto a él. Rauca portaba el estandarte de Nathair con manos enfundadas en guantes de cuero; el águila del pendón restallaba al viento.
—Qué bien estar de vuelta —repitió Nathair, acomodándose en la silla.
—Sí —asintió Rauca, con una sonrisa que le partía la cara y la corta barba oscura.
Sin decir nada más, Nathair espoleó a su caballo y descendió a medio galope por la suave pendiente. Veradis y Rauca lo siguieron, y la hueste se desplegó detrás de ellos al superar la cresta.
El viaje de regreso había sido rápido y sin incidentes.
El recuerdo del hallazgo de la oculta Telassar, de la revelación de Calidus, de los guerreros Jehar jurando lealtad a Nathair...
todo parecía borroso, como si perteneciera a otro tiempo.
Desde aquel momento, todo parecía haber cambiado, haber encajado en su sitio.
Ver a Calidus desvelarse había despejado cualquier duda, aunque antes de abandonar las estancias de Sumur había vuelto a adoptar la apariencia de anciano encorvado y nos había obligado a jurar secreto.
Veradis sabía ya, sin sombra de duda, que Nathair era el elegido de Elyon, que cabalgaba junto a un hombre destinado a cambiar el mundo.
Solo pensarlo le hinchaba el pecho de orgullo.
Habían salido de Telassar con las promesas de Sumur resonando aún en los oídos: reuniría el poder de los Jehar, los prepararía para la guerra y partiría hacia Jerolin.
Apenas diez noches después de dejar Telassar, Veradis y Nathair se reunieron de nuevo con su hueste, acampada en una bahía de la costa. También estaba Lykos, que aguardaba con una flota para llevarlos de regreso a Tenebral.
La travesía fue rápida, aunque el tiempo empeoraba y muchos guerreros debilitados se apiñaban en las bordas.
Veradis caminaba entre ellos, dando gracias a Elyon por haberse criado junto al mar y reprendiendo a sus matagigantes por dejarse intimidar por el mal tiempo cuando ni gigantes ni draigs lo habían logrado.
Alcyon los había dejado antes de que subieran a los barcos de Lykos; se había inclinado ante Nathair y dedicó un movimiento de cabeza a Veradis en señal de despedida. Era extraño; casi echaba de menos la compañía del gigante.
Resopló para sí y soltó una risa queda.
Lykos los había devuelto a la misma bahía tranquila donde se habían conocido.
Desde allí habían cabalgado otras diez noches, con la hueste rebosante de emoción y ansias de velocidad.
Ahora que estaban de regreso, Nathair ordenó tocar los cuernos para anunciar su llegada; una respuesta resonó desde las murallas de Jerolin.
Veradis se irguió al entrar en el patio abarrotado entre vítores, con una sonrisa abriéndose paso en su rostro. Se sentía importante.
Valyn estaba en las cuadras, acompañado de un ejército de mozos para ayudar a los guerreros con sus monturas. Sonrió al ver a Veradis y lo atrajo hacia sí para abrazarlo.
—Me alegro de que hayas vuelto, muchacho, y de una pieza. —El jefe de cuadras se apartó—. Seguro que traes historias que contar.
Veradis asintió, exultante. No se había dado cuenta de cuánto lo había echado de menos.
—Bien, basta de esto —dijo Valyn—. Tengo trabajo que atender. Hablamos luego, ¿sí?
—Sí —respondió Veradis—. Luego.
Se puso a desensillar su caballo, pero apenas había empezado cuando una mano le agarró el hombro.
—Ven —dijo Nathair—. Estoy impaciente por ver a mi padre y quiero que me acompañes.
Veradis encontró a un mozo que se ocupara de su montura y siguió a Nathair hasta la torre. Mientras cruzaban el salón de banquetes vacío, acompañados por el eco de sus pasos, una puerta se abrió. El rey Aquilus irrumpió casi corriendo, con Fidele justo detrás.
Al ver a Nathair, Aquilus cruzó la estancia en unas zancadas y lo estrechó en un abrazo aplastante. La reina Fidele se unió a ellos, rodeándolos con los brazos, feliz, acariciando el rostro y el cabello de Nathair, con las mejillas surcadas de lágrimas.
Veradis apartó la mirada, pues sintió que estaba invadiendo un espacio sagrado. Pensó en su padre y sintió un pinchazo en el corazón. ¿Celos? La sensación se transformó rápidamente en vergüenza, teñida de ira. Clavó los ojos en el suelo de piedra.
Al cabo, los tres se separaron. Nathair tenía las mejillas encendidas y una sonrisa tímida le asomaba a los labios.
—He vuelto —dijo.
—Ya lo vemos —dijo riendo Aquilus—. Ven. Tendrás mucho que contar.
Nathair asintió, aún sonriendo.
Pronto estuvieron sentados en una estancia de la torre, con una bandeja de comida y una jarra de vino sobre la mesa.
—Rahim envía sus saludos. Y su agradecimiento —dijo Nathair.
—Seguro que sí —respondió Aquilus, que miraba a su hijo con orgullo—. ¿Cuántos componían esa hueste de gigantes? —preguntó por enésima vez.
—Ochenta —logró decir Veradis con la boca llena de queso salado.
—¿Y de verdad montaban draigs?
—Ajá —dijo Nathair—. Veradis los atrajo hacia la ladera de un valle y aguantó el golpe principal de su ataque. Deberías haberlo visto, padre —añadió el príncipe, apretándole el hombro—. Se ha ganado su título tres veces más.
Veradis se sonrojó bajo las miradas aprobadoras del rey y la reina.
—Yo los ataqué por detrás —continuó Nathair—. Veradis fue el yunque; yo, el martillo. —Golpeó la mesa con la mano e hizo saltar su copa de vino.
Aquilus sacudió la cabeza.
—Hijo, si hubiera sabido que eran tantos... y con draigs, nunca te habría enviado.
—No, no lo habrías hecho —dijo Fidele, que fulminó a su esposo con la mirada.
—Has superado mis expectativas —prosiguió Aquilus—. Bien, el plan era que tú y tu hueste os curtierais. Creo que eso está más que logrado.
—Ah, eso me recuerda algo, padre —dijo Nathair, que metió la mano en la bolsa que llevaba en el cinto. La abrió y mostró un colmillo largo y curvado, más largo que la palma de su mano—. Es un diente de draig. Un recuerdo, padre, de la primera campaña que confiaste a mi mando.
La mano de Veradis se deslizó hasta su cadera, donde su dedo recorrió el diente que Nathair le había regalado, ahora engarzado en la empuñadura de su espada.
El príncipe se los había dado a todos sus guerreros la noche antes de embarcar en las naves de Lykos y abandonar Tarbesh.
De algún modo, aquello los había unido aún más a Nathair (si eso era posible) y los había henchido de un orgullo feroz.
Aquella misma noche Nathair les había obligado a jurar silencio sobre la flota de los Vin Thalun.
Aquilus cogió el diente y lo sostuvo ante sí.
—Gracias —murmuró.
Llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo Fidele.
Peritus entró en la estancia, sonriendo. Aquilus le indicó una silla y el general se sentó. Veradis devolvió el saludo, aunque con menos calidez, recordando las dudas que Peritus había expresado el día que había observado entrenar a su hueste. Nathair estaba aún más frío.
El rey relató la campaña y Peritus asentía y gruñía a medida que la historia avanzaba.
—Así que ya ves —dijo Aquilus—, tus dudas eran infundadas.
—Sí. Y me alegro de que así fuera —repuso Peritus—. Solo me preocupaba tu seguridad —añadió, dirigiéndose al príncipe.
Nathair resopló.
—¿Cuándo es segura una batalla?
—Cierto. Nunca sabemos qué puede ocurrir en combate. Pero hay certezas que podemos buscar. Ese es el don de Elyon, ¿no? Intelecto. Elección. Sea como sea, he demostrado estar equivocado, y me alegra.
—No le des más vueltas —zanjó Nathair—. No ha nacido el hombre que acierte siempre.
Una risa recorrió la sala.
—Me sorprende, eso sí, la rapidez —precisó Peritus—. No esperaba que regresaras hasta al menos el siguiente ciclo lunar.
—Estaba ansioso por volver —dijo Nathair—. Exigí mucho a mis hombres, quizá más de lo debido, pero no les ha hecho mella. —Se puso en pie con un gemido y se estiró—. Voy a por agua caliente —dijo—. Quiero quitarme esta suciedad de la piel.
—Por supuesto —dijo Aquilus.
—Ven, Veradis —dijo Nathair, que se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta.
Veradis lo siguió.
—¡Nathair! —lo llamó Aquilus; el príncipe se detuvo y giró la cabeza.
—Estoy muy orgulloso de ti.
Nathair se quedó allí, con los ojos cerrados un instante, saboreando el elogio.
—Gracias, padre —contestó, y se fue.
Veradis se alejó a buen paso del patio de armas, mientras se abrochaba la capa sobre los hombros.
Un fino manto de nieve crujía bajo sus botas y se la apretó más.
Seguía sudando; la sangre le corría rápida, y solo entonces empezaban a hacerse notar los golpes, las punzadas.
Inspiró hondo y se calmó poco a poco tras el esfuerzo.
Se palpó con los nudillos la mejilla hinchada.
Se coló por las puertas de la torre y las cerró de golpe para dejar fuera la nieve.
Un soplo de aire caliente lo golpeó al entrar en el salón de banquetes, cargado con el olor de carne asada, salsa, vino y sudor.
Últimamente siempre estaba lleno; la fortaleza rebosaba de gente reunida por el solsticio de invierno.
¿Cómo había pasado tan deprisa el tiempo?
Tres ciclos de la luna se habían sucedido ya desde Tarbesh; solo quedaban seis noches para el solsticio y todo lo que traía consigo.
Se sirvió un plato rápidamente y encontró un hueco donde sentarse a solas, de espaldas a la entrada.
El bullicio fue adueñándose del salón a medida que entraba más gente. Oyó pasos, sintió una palmada en el hombro y Rauca se dejó caer en el banco que tenía delante.