Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y UNO. CORBAN
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CAPÍTULO CUARENTA Y UNO. CORBAN

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

CORBAN

Corban se estremeció y se ciñó el manto con más fuerza alrededor del cuerpo mientras esperaba a Cywen. Alzó la vista hacia la Calzada de los Gigantes cuando un jinete emergió de la cortina de lluvia, envuelto en una capa roja empapada. «Otro mensajero de Narvon.»

Desde que Edana les había hablado de los planes de su padre respecto a Braith y el Bosque Oscuro, y de esa profecía y de una guerra, el trasiego de mensajeros en la Calzada de los Gigantes había sido incesante.

Había pasado el tiempo desde entonces: la Luna del Segador había dado paso a la del Cazador y después a la del Cuervo.

Samhuin marcaba el último día del verano, y ya había pasado una decena de noches desde entonces.

Los mensajeros de Brenin habían partido poco después de que Edana les hablara de la intención que tenía su padre de invitar a otros soberanos a una reunión en el círculo de piedras el día del solsticio de invierno.

La mayoría ya había regresado. Según Edana, todos los reyes habían aceptado la invitación, incluso Eremon, el gobernante del lejano Domhain.

—¿Todo bien en casa de Brina? —preguntó Cywen alegremente mientras se acercaba a su hermano.

—Sí —dijo él de mala gana. Odiaba la lluvia... El calor, el frío, la nieve... todo eso lo soportaba bien, pues encontraba algo bueno en cada cosa. Pero la lluvia...—. ¿De verdad tenemos que hacer esto hoy? —rezongó.

Cywen frunció el ceño sin detenerse y se agachó para pasar bajo la valla del potrero.

—El adiestramiento de caballos no entiende de clima, Ban —dijo con un tono que le recordó irritantemente a Gar.

—Claro —respondió sin estar del todo de acuerdo, aunque la siguió.

Tormenta se levantó sin hacer ruido y caminó a su lado.

Cywen se detuvo a una veintena de pasos de la valla para esperarlos.

Apoyó una mano en el cuello de la lobona y hundió los dedos en el pelaje.

Ya no tenía que agacharse para acariciarla.

Apenas podía llamarse ya cachorra; había crecido con tal rapidez que ya era algo más alta que Buddai y le llegaba por la cintura a Corban con la cabeza.

Había perdido el pelaje suave de cachorro y ahora era más áspero y espeso, con vetas oscuras que descendían en zigzag por el torso, como marcas de garras sobre carne pálida.

—Toma —le dijo Cywen, que le tendió una jáquima—. Recuerda, no tengas prisa. ¿Seguro que sabes lo que tienes que hacer?

Corban no le contestó.

—¡Ven aquí, chico! —gritó él, y chasqueó la lengua.

—¿No crees que ya va siendo hora de ponerle nombre? —dijo Cywen en voz baja.

Corban siguió sin contestar a su hermana.

El potro estaba junto a su madre bajo un roble que dominaba el centro del campo, a resguardo de la lluvia. Relinchó y trotó hacia ellos.

Corban se metió la mano bajo la capa, sacó una rodaja de manzana y se la ofreció.

Mientras la masticaba, el potro bajó el cuello y olisqueó la cabeza de Tormenta.

La lobona se quedó quieta, sin mirarlo. Corban soltó una risita.

Unos meses antes, cuando Tormenta perseguía todo lo que se movía, había recibido una coz.

El potro al principio se había tomado al cachorro como un nuevo compañero de juegos, pero cuando Tormenta empezó a mordisquearle los talones le dio una advertencia en forma de casco.

Desde entonces, Tormenta hacía como si el potro no existiera.

Corban levantó la jáquima con mucho cuidado. El potro la observó con desconfianza. Corban ya lo había hecho muchas veces en la fortaleza, pero esta vez era distinto. Era la primera vez para el potro, y sabía lo importante que era hacerlo bien. Le deslizó suavemente la jáquima sobre la cabeza.

El animal retrocedió con una sacudida brusca y las orejas pegadas al cráneo, pero ya era tarde. Empezó a dar saltos hacia atrás, asustado por la cuerda desconocida que le golpeaba el flanco y luego salió al galope alrededor del campo, corcoveando mientras corría.

—No te preocupes, Ban —dijo Cywen, que se había acercado—. Lo has hecho bien; se le pasará. Ten paciencia.

Fueron a refugiarse bajo un pequeño grupo de espinos cerca de la valla. Corban oyó una voz y levantó la mirada.

Tres jinetes avanzaban por la Calzada de los Gigantes.

Corban entrecerró los ojos y se limpió la lluvia de la cara.

El jinete que iba en cabeza se echó la capucha hacia atrás.

Era Vonn, el hijo de Evnis. Espoleó a su caballo para salir del camino y descendió por el empinado terraplén al galope, en dirección al potrero. Sus dos acompañantes lo siguieron.

Corban suspiró; de pronto tenía la boca seca.

Vonn nunca había cumplido la amenaza que le hizo en la cabaña de Brina, la de ir a buscarlo y darle una lección.

No después de las palabras de Tull en el Campo de los Serbales aquel día.

Nadie quería que la primera espada de Brenin le partiera la crisma.

De hecho, desde entonces, a Corban le iba todo mucho mejor.

Hasta Rafe no había ido más allá de miradas de odio y alguna que otra burla.

Pero ahora estaban lejos de la fortaleza y del pueblo, sin nadie cerca, y sintió cómo la preocupación le removía las entrañas.

—¡Eh, chico de la lobona! —gritó Vonn con el rostro severo. Detuvo su caballo, desmontó y pasó bajo la valla. Sus acompañantes lo imitaron. Corban gimió al reconocerlos: Helfach y Rafe. El sabueso del cazador, Braen, los seguía.

Los tres cruzaron el potrero y se detuvieron a una docena de pasos de Corban y Cywen. Tormenta se movió junto a Corban y se frotó contra su pierna.

—Vaya, vaya —dijo Vonn con una expresión dura—. Llevaba tiempo esperando una oportunidad para hablar contigo... en privado. —Miró alrededor para enfatizar ese punto—. Elyon debe de favorecerme.

Corban se lo quedó mirando.

—¿Qué pasa? ¿No tienes nada que decir ahora que ya no estoy postrado en la cama? Te recuerdo bastante más hablador en la cabaña de la curandera.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Corban, que pronunció cada palabra despacio para que no le temblara la voz.

—¿Que qué quiero? Buena pregunta —respondió Vonn con una sonrisa fría y sin humor—. Solo recordarte nuestra conversación en la cabaña de la curandera.

—La recuerdo perfectamente.

—No creas que hablaba a la ligera ni bajo los efectos de la fiebre. Pienso cumplir mi promesa. Aunque tenga que esperar a que hayas pasado tu Noche Larga y podamos hablar de otra manera, de guerrero a guerrero.

Corban suspiró.

—Esperaba que aquella conversación fuera consecuencia de la fiebre. Estaría encantado de olvidarla.

Vonn soltó una carcajada seca.

—Estoy seguro de que sí. Pero yo no tengo intención alguna de olvidarla. —Se inclinó y se frotó la rodilla—. Todavía me duele la pierna. Más con esta lluvia. Por tu culpa.

—No fui yo quien hizo que tu caballo cayera sobre ti —replicó Corban.

—Yo recuerdo los hechos de otra manera.

Corban alzó una mano.

—Esta discusión no sirve para nada. La Justicia del Rey ya dictó sentencia sobre mi lobona, así que, te guste o no, no hay nada que puedas hacer. Creo que sería mejor para todos dejar el pasado atrás.

Helfach bufó.

—¿Mejor para todos? Más bien para ti —replicó cortante.

Corban inspiró hondo, tratando de dominar sus emociones. Entrelazó los dedos para que no le temblasen las manos.

—Míralo. —Helfach hizo una mueca—. Está asustado. Ya no tiene a Tull ni a ese forastero cubriéndole las espaldas. Mi hijo me ha hablado de la cobardía del chico. ¿No es cierto, muchacho?

—Se cree que tiene toda la protección que necesita —añadió Rafe—. Su hermana está aquí. Ella siempre pelea por él.

—Cállate —espetó Cywen.

Rafe le dedicó una sonrisa lasciva.

—Tranquila, Cy —dijo Corban. Hizo oídos sordos a las palabras de Rafe. El miedo empezó a transformarse en algo más frío. Miró fijamente a Helfach—. Te has dejado a uno de mis protectores. Te has olvidado de mi padre. ¿Por qué?

Helfach entornó los ojos y apartó la mirada al recordar ese día en el patio de Evnis, cuando Thannon se había enfrentado a él y le había dejado inconsciente.

Braen, un sabueso corpulento pero no muy alto, se quejó sonoramente al percibir el cambio en su amo.

Tormenta enseñó los dientes y un profundo rugido le vibró en el pecho. Corban apoyó la mano en su cuello y notó el pelo erizado. Chasqueó la lengua y el gruñido cesó.

De pronto, las palabras de Alona resonaron en su mente como una campana, claras y afiladas: «Si se produce un solo incidente en el que esta criatura hiera a alguno de mis súbditos, será sacrificada.»

Tragó saliva; el miedo volvió a crecer.

—Cy —dijo—, llévate a Tormenta.

—¿Qué? No. ¿Por qué?

—Haz lo que te pido, por favor.

Ella lo miró desconcertada, luego asintió y se alejó llamando a Tormenta. La lobona no se movió; permaneció inmóvil junto a Corban, con los músculos tensos.

—Ve —dijo Corban, chasqueando los dedos y señalando.

Tormenta dio media vuelta a regañadientes y caminó tras Cywen.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Vonn, desconcertado.

Corban no le respondió y continuó observando a su hermana y a la lobona hasta que alcanzaron el roble donde aún permanecía la madre del potro.

—Responde a los que están por encima de ti, muchacho —ordenó Helfach.

Entonces algo cambió en Corban. Rápidamente. De golpe. Se volvió para encararlos.

—Decís que soy distinto sin mis protectores cerca. Bien. ¿Y vosotros? Vosotros también: sí, más valientes. ¿Por qué será, cazador? Sois muy osados, los tres. ¿Lo seríais igual si mi padre estuviera aquí? ¿O Tull? Decídmelo. —Resopló—. Y luego me llamáis cobarde.

—Solo he venido a decirte que habrá un ajuste de cuentas entre nosotros algún día, cuando tengas edad para enfrentarte a mí —dijo Vonn con rabia, aunque había algo más en sus ojos. ¿Vergüenza?

Helfach, en cambio, cada vez más morado, tenía los ojos saltones y una vena palpitándole en el cuello.

—¿Cómo te atreves? —espetó—. Puede ser que tengamos prohibido tocarte, pero ¿qué puedo hacer yo, si a un perro le da un arrebato? ¡Braen!

El sabueso enseñó los dientes.

—Helfach, ¿qué estás...? —empezó Vonn, pero ya era tarde.

El perro salió disparado hacia Corban, que dejó escapar un grito ahogado y se dio la vuelta para huir, pero el animal lo embistió por la espalda asestando dentelladas. Corban salió despedido hacia delante y cayó al suelo mientras el perro gruñía, enredado en su capa.

—¡No! —oyó gritar a alguien. ¿Vonn?

El sabueso rodaba en la capa y la desgarraba.

Cywen gritó su nombre. Mientras rodaba por la hierba y retrocedía a trompicones, Corban vislumbró a su hermana corriendo hacia él y a Tormenta adelantándola a toda velocidad.

Entonces el perro se le echó encima y le trepó por el pecho.

Corban forcejeó, clavó los dedos en los gruesos músculos del cuello del animal, pero el perro se soltó con facilidad y le hundió los dientes en el brazo.

Corban chilló, se sacudió, sintió salpicaduras de sangre en la cara.

El perro le lanzó un mordisco dirigido a la garganta, con las fauces abiertas, y cerró los dientes a un pelo de su piel; su aliento caliente y fétido le golpeó el rostro mientras las enormes patas del animal lo inmovilizaban contra el suelo.

Un rugido ensordecedor resonó en sus oídos y ahogó los gruñidos frenéticos del animal. Oyó un relincho salvaje y sintió un impacto brutal, capaz de triturar huesos, seguido por un chillido agudo..., y de pronto el peso del perro desapareció de encima de él.

Un tronar de cascos lo rodeaba. El potro llenaba su campo visual, encabritado, lanzando coces con las patas delanteras.

Se oyó un crujido escalofriante y los cascos volvieron a caer pesadamente.

El animal quedó sobre él, con los ollares dilatados, expulsando aire caliente en grandes bocanadas de vaho.

Entonces apareció Tormenta, que le dio golpecitos con el hocico y lo lamió junto al potro, entre él y sus agresores, agazapada, gruñendo, con los colmillos largos al descubierto.

Corban rodó de lado y sintió los brazos de Cywen alrededor para ayudarlo a incorporarse. El brazo le palpitaba con furia; la sangre manaba de la herida al ritmo de su corazón desbocado y la lluvia la arrastraba en hilitos rojos por la manga.

Vonn dio un paso hacia él, pero, cuando Tormenta le lanzó una dentellada y gruñó, se detuvo.

Helfach estaba de rodillas en la hierba, acunando la cabeza de su perro en el regazo; Rafe permanecía detrás, inmóvil, mirando sin comprender.

—Tú... tú lo has matado —jadeó Helfach, con lágrimas corriéndole por las mejillas.

—No —dijo Vonn—. Tú lo mataste, Helfach. Vamos. Te ayudaré a llevarlo. —Pasó un brazo por los hombros del cazador y miró a Corban—. Lo siento —dijo con torpeza—. ¿Estás...? Tu brazo. Tienes que ir a ver a Brina.

Corban asintió, entumecido, y observó cómo los tres se llevaban el cuerpo inerte del sabueso del potrero.

—Ban, tu brazo —dijo Cywen mientras lo abrazaba. Se arrancó el bajo de la capa y se lo ató fuerte justo debajo del hombro.

—¿Qué ha pasado? —murmuró Corban, de pronto mareado y con náuseas.

—Intentamos llegar hasta ti cuando el perro atacó, pero estábamos demasiado lejos. Ni siquiera Tormenta fue lo bastante rápida. Ban, casi te mata... Te podría haber matado...

—¿Qué ha pasado? —repitió Corban con más firmeza.

—Tu potro, Ban. Salió disparado de la nada, pasó junto a nosotras y se lanzó contra el perro.

Lo mató, Ban, para defenderte. —Soltó el aire y negó con la cabeza—.

Nunca he visto nada igual. He oído historias de caballos adultos que habían hecho cosas así, caballos de guerra...

, pero jamás había visto ni oído hablar de un potro haciendo algo semejante.

Corban asintió y avanzó con paso inseguro. Tormenta le rozó la mano con el hocico. Con el brazo sano rodeó el cuello del potro y apoyó la frente contra él.

—Te llamaré Escudo —susurró.