Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA. KASTELL #2
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CAPÍTULO CUARENTA. KASTELL #2

—¿Cómo dices? —exclamó Kastell, contrariado. Sintió que se le tensaba un músculo en la mandíbula—. Me gustaría hablar contigo, a solas —repitió.

—Muy bien —respondió Jael, sonriendo con afectada cortesía—. Caminemos.

Se alejó con paso despreocupado, sin comprobar si Kastell lo seguía.

—Tenemos que hablar —dijo Kastell en voz baja, que se apresuró para alcanzar a su primo.

—¿Tenemos? —replicó Jael.

—Sí. Tenemos. Esta desavenencia nuestra..., me gustaría dejarla atrás.

—¿Desavenencia? No sé de qué hablas.

Kastell sintió que se le cerraba la mano sin querer. «Esto va a ser más difícil de lo que pensaba.» Respirando lentamente, aflojó el puño.

—Vamos, Jael. Dejémonos de juegos. Sé que quieres hacerme daño, que contrataste a esos hombres, los del arroyo, en Helveth.

Jael giró la cabeza bruscamente y examinó a Kastell con los ojos entornados.

—No tienes pruebas —escupió al cabo.

—Tengo una bolsa con oro de Isiltir con el sello de Romar —replicó Kastell.

—Bah. Eso no significa nada.

—Si es así, supongo que no tendrás inconveniente en que comparta mi información con Romar.

—Haz lo que quieras. Me da igual.

Caminaron en silencio unos metros más, hasta que Kastell se detuvo. Jael se volvió, con las manos enlazadas a la espalda y esa sonrisa falsa y desquiciante grabada en el rostro.

Kastell vio con el rabillo del ojo a Ulfilas y a los hombres que lo acompañaban. Lo observaban con atención.

—No sé por qué me odias tanto —dijo Kastell—. Si te he ofendido, lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Ofenderme? —soltó Jael sin perder la sonrisa—. Sí, me has ofendido. Y ya es tarde para lamentarlo. Demasiado tarde.

—¿Qué es eso tan grave que crees que he hecho? —preguntó Kastell desconcertado.

—Me humillaste, Kastell —respondió Jael en voz baja—. Ante los más distinguidos guerreros de todas las Tierras del Exilio..., ante reyes, ante sus paladines y sus hijos. ¿De verdad creías que lo iba a dejar pasar?

—Pero este rencor contra mí no empezó en Jerolin.

—Cierto, cierto —dijo Jael, con un gesto displicente—.

Pero entonces solo te devolvía las ofensas de tu padre.

Ahora, en cambio, es algo completamente distinto, y muchísimo más grave.

Me humillaste delante de Nathair, el futuro rey de Tenebral.

Vio lo que me hiciste, y no puedo permitir que me considere débil.

—¿Las ofensas de mi padre? ¿Qué quieres decir? —quiso saber Kastell, que sentía que la ira brotaba en su interior. Aquello avanzaba demasiado deprisa. Pero había mencionado a su padre.

Jael lo miró extrañado y luego soltó una carcajada.

—¿De verdad no lo sabes? Bueno, no creo que ahora sea el momento de hablar de ese asunto.

Kastell respiró hondo. Se desviaba del tema. Pero su padre... ¿qué había querido decir Jael? Parpadeó con fuerza, sacudió la cabeza e hizo un esfuerzo para recordar lo que había ido a decirle.

—Romar tiene planes —dijo—. Para el año que viene, contra los Hunen. Esos planes nos incluyen a los dos. Por el bien de Isiltir, debemos dejar a un lado nuestras rencillas.

Jael aplaudió con suavidad, despacio.

—Por el bien de Isiltir —se burló—. Isiltir no te necesita. Mi tío no te necesita. Solo siente lástima por ti.

Kastell bullía de rabia y se le habían puesto rojos el cuello y la cara.

Cerró las manos y apretó los puños. Una voz lejana en su mente le susurraba que Jael lo estaba provocando, incitando, y tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para respirar hondo y sonreír, aunque más bien le salió una mueca.

—Eres un inútil, feo y torpe, Kastell —prosiguió Jael con una amplia sonrisa en la cara—, igualito que tu padre.

Kastell dio un paso involuntario hacia delante, pero se dio cuenta de lo que hacía y se obligó a quedarse quieto.

—No, Jael —dijo en tono grave—. Ya no soy un crío al que puedas manipular como a una marioneta. Tiras de este hilo y hace esto; tiras de ese y hace eso otro. Se acabó. —Se secó el sudor del rostro.

La ira nubló los ojos de Jael y deformó su boca un instante, pero la sonrisa regresó enseguida.

—Ya veo. Pues cuando la marioneta no responde a la voluntad del amo, se le cortan los hilos y se la tira al fuego.

—Jael dio un paso al frente y se inclinó hacia él—.

No te equivoques —susurró—: aquí el amo soy yo.

Y te prometo que, un día no muy lejano, te cortarán los hilos y arderás.

—Hizo una pausa y se sorbió la nariz—. Y me temo que los que están cerca de ti arderán en las mismas llamas.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

Jael sonrió.

—Piénsalo, bobo. Solo tienes un amigo. El mal juicio te puede llevar a la sepultura antes de tiempo, ya lo sabes.

«Habla de Maquin.»

Kastell emitió un sonido animal y se lanzó hacia Jael, lo agarró y lo empujó contra un muro de piedra.

Jael gruñó y Kastell volvió a abalanzarse sobre él y cerró las manos en torno a su garganta.

Un rugido le saturaba los oídos; tenía la visión borrosa y veía a Jael como a través de una bruma, con los ojos desorbitados, golpeándole inútilmente los brazos, pero no le hacía ni cosquillas.

Oyó unos gritos como lejanos y sintió un dolor agudo en la espalda y unas manos que tiraban de él.

Las piernas de Jael cedieron y su primo empezó a deslizarse hacia el suelo mientras Kastell seguía apretándole el cuello.

Una voz se abrió paso entre la niebla roja detrás de él.

—¡Suéltalo! ¡Lo vas a matar, idiota! ¡Suéltalo o morirás!

Kastell vio cómo sus manos se abrían lentamente y soltaban a Jael, que cayó al suelo jadeando, tosiendo, aspirando bocanadas de aire entrecortadas. Unos hombres corrieron a su lado y lo levantaron.

Al retroceder, Kastell volvió a sentir el dolor en la espalda y, al volverse, vio a Ulfilas con un cuchillo en la mano; la punta, de medio dedo de largo, estaba manchada de sangre.

«¿Qué he hecho?»

Jael apartó a quienes lo sostenían y se puso en pie con dificultad.

—¡Tú...! —espetó con voz ronca, señalándolo—. ¡Esto es tu fin!

Kastell hizo una mueca, dio media vuelta y se alejó tambaleándose. Los amigos de Jael le gritaron e hicieron el ademán de seguirlo.

—No —graznó Jael—. Dejadlo. Mi tío se ocupará de él.

Kastell golpeó la puerta de Maquin mientras trataba de controlar el pánico que lo dominaba.

Había buscado a su amigo en los lugares que frecuentaba, pero no lo había encontrado.

Finalmente decidió probar en el cuarto que tenía en su residencia, aunque sabía que su amigo acostumbraba retirarse mucho más tarde. Volvió a llamar, con más fuerza esta vez, y oyó pasos. La manilla giró y la puerta se abrió. Maquin lo miró, descolocado.

—Por los dientes de Asroth, muchacho, ¿qué te pasa?

Kastell se arrojó sobre el viejo guerrero y lo abrazó fuerte. Maquin gruñó. Kastel lo soltó, retrocedió un paso y fijó la mirada en el suelo.

—Estás... bien, entonces.

—Claro, muchacho —dijo Maquin, con una expresión a mitad de camino de un mohín y una sonrisa—. ¿No debería?

—He ido a ver a Jael.

—Ah. Bien. ¿Cómo ha ido?

—Mal —murmuró Kastell. Inspiró hondo, se enderezó y miró a los ojos a Maquin—. Me voy a alistar en el Gadrai. Si aún quieres acompañarme, me harás muy feliz.

Maquin sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Buena decisión, muchacho. —Lo miró fijamente a los ojos—. ¿Eso significa que ha sido imposible reconciliarte con tu primo?

—Sí —admitió Kastell.

—No tenía muchas esperanzas. No obstante, por lo menos lo has intentado. —Se rascó el mentón—. En fin, ¿cuándo quieres que nos vayamos?

—Ahora.

—¿Eh? Pero hay cosas que arreglar. ¿Y Romar? ¿No deberías hablar con tu tío?

—Ya lo he hecho —dijo Kastell.

Su tío se había llevado un disgusto. Y grande. Kastell casi habría preferido que Romar se hubiera puesto hecho una fiera con él, pero en lugar de eso se había limitado a mirarlo, con la decepción claramente grabada en el rostro.

—¿Por qué? —le había preguntado Romar—. ¿Por qué te marchas, cuando sabes los planes que tengo para ti?

Kastell sabía que Jael no tardaría en llamar a la puerta de Romar para contarle lo ocurrido en el patio de armas, así que había intentado explicarse. Las palabras le habían salido confusas y solo habían conseguido endurecer la actitud de su tío.

Al final, Romar había cogido pergamino y pluma, lo había sellado con cera caliente y había estampado su anillo.

—Entrégale esto a Vandil. Es el señor del Gadrai. O a Orgull, su capitán. A nadie más. ¿Me has entendido, muchacho?

Kastell se había limitado a asentir. Después, Romar lo había abrazado con fuerza, hasta dejarlo sin aliento, había abierto la puerta y le había hecho salir.

Maquin desconfiaba.

—No me lo estás contando todo.

—Tienes razón. Venga, te contaré el resto mientras recoges tus cosas.