CAPÍTULO CUARENTA. KASTELL
CAPÍTULO CUARENTA
KASTELL
Kastell yacía bocarriba sobre la hierba, con los dedos entrelazados en la nuca y los ojos cerrados. Aspiró el aroma fresco del pasto mezclado con el dulzor de la reina de los prados y el profundo olor a humedad de la tierra.
Volver a ese sitio le sentaba bien. Lo apaciguaba.
Una sensación de claustrofobia había comenzado a apoderarse de él desde que regresó a Mikil, como si las multitudes de gente y los muros de piedra se cerraran sobre él.
Soltó el aire lentamente y notó cómo la tensión desaparecía.
Se suponía que todo iba a ser distinto a partir de ahora: había matado a un gigante, cruzado montañas, atravesado reinos, visto la lejana Jerolin, luchado junto a los Sirak, participado en los importantes planes de su tío, hecho amigos...
Y, sin embargo, todo parecía conducir de nuevo hacia lo de siempre: gente que cuchicheaba sobre él a sus espaldas, risitas ahogadas y dedos que lo señalaban, guerreros con los que había confraternizado y ahora lo evitaban...
Y desde la escaramuza junto al arroyo y la bolsa con el oro encontrada por Maquin sentía una presión constante, una sombra que lo seguía a todas partes, como una bandada de cuervos tras una hueste.
Últimamente apenas había visto a Jael. No confiaba en él; sabía que estaba urdiendo en su contra.
La hierba le hizo cosquillas en la oreja y abrió los ojos.
Se incorporó. Se encontraba en la ladera de un pequeño valle.
En el fondo, había un túmulo de piedras y la hierba y las flores silvestres crecían en las grietas.
Allí reposaban los huesos de su madre y de su padre, fríos, húmedos.
Suspiró. Hacía mucho que no lo visitaba.
—¿Qué debería hacer, papá? —preguntó casi de forma inaudible.
Desde la fortaleza le llegaban sonidos lejanos, arrastrados por un fuerte viento que le rodeaba. Pero uno en particular sonaba cada vez más cerca: un jinete. Kastell se puso en pie de un salto y bajó la mano a la empuñadura cuando el caballo coronó la loma. Pero solo era Maquin.
—Te estaba buscando —dijo Maquin mientras desmontaba—.
Se me ocurrió que te encontraría aquí. Jael vuelve a las andadas.
Hoy he oído hablar a unos hombres mientras bebían cerveza.
Comentaban que tú estabas detrás del robo del hacha, que se la ibas a vender a los Hunen pero el trato salió mal.
Según ellos, los Hunen intentaron matarnos, aunque logramos escapar.
—¿Cómo? Pero eso no es verdad...
—Lo sé. Yo estaba allí, ¿recuerdas?
—¿Quién decía esas mentiras?
—Ulfilas. Uno de los hombres de Jael, claro. —Se frotó los nudillos e hizo una mueca—. Aunque se lo pensará dos veces antes de volver a hacerlo. Pero seguro que no es el único al que Jael ha puesto a difundir esos rumores. ¿Sigues pensando en la posibilidad de unirte al Gadrai?
Kastell torció el gesto.
—Sí. Casi es lo único en lo que pienso.
—¿Y qué te frena? He visto cómo te tratan desde que volvimos. Siempre los hombres de Jael. —Carraspeó y escupió al suelo.
Una parte muy grande de Kastell quería marcharse, dejar todo eso atrás y volver a sentir la libertad que había sentido en sus viajes. Pero algo lo retenía en Mikil. Inspiró hondo y decidió soltarlo de una vez.
—¿Recuerdas el viaje de vuelta desde Jerolin, cuando el rey Romar me pidió que cabalgara a su lado un rato?
—Ajá.
—Pues bien, me habló de sus planes para el próximo año.
Pretende llevar hombres de Isiltir para unirse a Braster de Helveth y atacar a los Hunen con la idea de expulsarlos del bosque de Forn.
Me dijo que quería que yo... —Hizo una pausa.
¿Por qué le resultaba tan difícil decirlo?
Inspiró hondo—. Deseaba que participara en la campaña, que comandara a una parte de los hombres de Isiltir. Junto a Jael.
Maquin lo miró en silencio y esperó.
—Mi tío nunca me había pedido nada antes. Me acogió cuando murió mi padre... Me dio un hogar y nunca exigió nada a cambio. No puedo fallarle ahora.
Maquin asintió despacio.
—Entiendo. Pero él cree que tú y Jael habéis hecho las paces, que habéis dejado atrás vuestras rencillas.
—Ya.
Se miraron largo rato, sin hablar.
—Kastell —dijo por fin Maquin—. No soy tu padre, soy tu escudero, así que no te puedo decir lo que tienes que hacer. Pero también me considero tu amigo, de manera que te daré mi opinión. Luego haz lo que quieras con ella.
Kastell se aclaró la garganta.
—Entiendo que quieras complacer a tu tío y no decepcionarlo.
Pero lo que hay entre tú y Jael ya no es una trastada de críos ni un rencor pasajero.
Yo estaba en el arroyo, muchacho. —Se llevó la mano a la fina cicatriz que tenía en la frente y la recorrió con un dedo—.
Luché a tu lado. Vi morir a hombres por esta enemistad vuestra...
—No es mi enemistad —le cortó Kastell—. Yo no he hecho nada malo.
—Lo sé, lo sé. —Maquin levantó una mano—.
Salvo darle una patada a Jael en sus partes delante de los mejores guerreros de las Tierras del Exilio.
Pero dejando eso a un lado, quieras o no, serás tú quien, más pronto o más tarde, acabe derramando su sangre.
Jael y tú estáis cerca de convertiros en el heredero de Romar.
Uno de los dos será el rey. Sé que tú nunca has querido participar en todo eso, que nunca lo has buscado.
Pero Jael es diferente; él está sediento de poder y ve en ti a un rival.
Estás viviendo en la guarida de tu enemigo, y su poder no va a parar de crecer.
—Suspiró y sacudió la cabeza—. Esto no acabará bien.
Kastell hizo una mueca.
—No quiero huir.
Maquin no quería discutir.
—No sería una huida. Te unirías al Gadrai. Es el sueño de cualquier guerrero.
—Entonces crees que debería irme.
—Sí. Pero solo no. Yo iría contigo.
Kastell negó con la cabeza.
—No puedo llevarte lejos de tu hogar. Romar también me habló de ti, Maquin. Me dijo que eres un «líder de hombres». Tiene planes para ti. Grandes planes. No quiero verte echarlo todo a perder por llevarme de la mano, por protegerme.
Maquin se llevó una mano al mentón y se frotó la barba recortada.
—Me insultas —dijo quedamente—. He sido tu escudero desde antes de que aprendieras a andar.
Hice un juramento a tu padre que sellamos con sangre.
Y ahora me dices que quieres abandonarme, que quieres irte sin mí...
—Hizo una mueca y se secó las lágrimas que le habían brotado de pronto con un gesto brusco—.
Eres como un hijo para mí, y temo por ti.
Déjame dejar una cosa clara —añadió señalándole con el dedo—: lo único que me separará de ti será la muerte.
—Permaneció en silencio un momento que se alargó.
Luego dejó caer la mano y apartó la mirada—.
Además, el Gadrai también ha sido mi sueño, ya lo sabes.
—Lanzó una mirada atrás, en dirección a Mikil, aunque no podían verla—.
Este lugar parece distinto desde que regresamos. Más pequeño.
—En eso te doy la razón.
—Ya es hora de un cambio. —Cerró los ojos un instante y las arrugas de su rostro se acentuaron—.
Mi Reika cruzó el puente hace ya veinte años.
No tuvimos hijos. No tengo ataduras aquí, ninguna razón para quedarme.
Esto también me vendría bien. Mejor que envejecer y agarrotarme dentro de esos muros fríos. —Hizo un gesto por encima del hombro.
—No lo sé, Maquin. —Kastell suspiró—. Haces que parezca tan sencillo. Lo pensaré un poco más. —Miró al suelo—. He estado pensando en ir a ver a Jael. Hablar con él sobre esto. Intentar resolverlo con calma.
Maquin resopló.
—Cosas más extrañas se han visto. Pero ten cuidado. Mantén la cabeza fría y el genio a raya. Es astuto. —Inspiró hondo y su mirada se desvió fugazmente hacia el túmulo—. Bueno, yo me vuelvo, muchacho. ¿Vienes?
Kastell asintió.
—Creo que sí.
Kastell recorría las calles de Mikil. El sol poniente alargaba las sombras.
Tras regresar a la fortaleza, Maquin y él habían hurtado un odre de hidromiel en el salón de banquetes y se habían sentado en la muralla exterior.
Había sido agradable limitarse a contemplar la puesta de sol y beber, charlar e incluso reír un poco juntos, y olvidar durante un rato la sombra oscura que parecía cernirse sobre la mayoría de sus momentos de vigilia.
Pero esa sensación había regresado demasiado pronto y Kastell se había excusado y había vuelto a su fría celda en el complejo que Romar le había asignado como residencia.
Solo Maquin y una sirvienta ocupaban las estancias heladas, mientras que Jael había llenado su propio complejo de criados y seguidores.
Kastell permaneció allí sentado hasta bien entrada la noche, pensando en las palabras de Maquin en el valle.
El viejo guerrero tenía razón: había llegado el momento de hacer algo, acertado o equivocado, en lugar de limitarse a esperar a que cayese el martillo.
Atravesó un arco alto y ancho y entró en el patio de armas.
Estaba casi vacío; unos pocos hombres combatían con armas de práctica, mientras otros los observaban en pequeños corrillos.
Los armeros estaban llenos de espadas y lanzas de madera.
Kastell se detuvo un instante, hasta que vio al hombre que estaba buscando.
Jael estaba con un pequeño grupo de tres o cuatro hombres, todos atentos a dos guerreros que se batían. Kastell respiró hondo, enderezó la espalda y avanzó hacia ellos.
Jael oyó sus pasos y acercó la mano a la empuñadura de la espada.
—Jael —dijo Kastell al llegar al grupo.
Jael se lo quedó mirando; sus compañeros se volvieron. Uno de ellos era Ulfilas, el guerrero que había luchado con él junto al arroyo, el mismo al que Maquin había oído propagar rumores. Kastell saludó con la cabeza al hombre alto, que gruñó y miró de reojo a Jael.
—Jael, me gustaría hablar contigo.
Jael resopló.
—¿Qué es esto? ¿Alguna treta? —dijo, mucho más alto de lo necesario—. Todos saben que me guardas rencor, que me desprecias.