Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. VERADIS #3
52%

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. VERADIS #3

—Bienhallado —respondió Nathair, que se adelantó, con una sonrisa amplia—. Vengo de muy lejos para encontraros.

La mirada de Sumur recorrió al grupo y se detuvo un instante en Alcyon.

—No estamos acostumbrados a recibir visitas. ¿Cómo habéis hallado este lugar, y por qué estáis aquí?

Nathair sonrió aún más, como si la pregunta le divirtiera.

—Seguro que nuestro escolta ya te lo ha dicho.

Se instaló el silencio. Sumur los observó de uno en uno.

—Me han hablado de lo que afirmas —dijo Sumur, asintiendo despacio—. Pero no has respondido a la pregunta que te he hecho: ¿cómo has encontrado este lugar? —En su voz había ahora una nota de crispación.

—Elyon ha guiado nuestros pasos —respondió Nathair.

Sumur soltó un bufido.

—Me gustaría conocer más detalles, por favor.

—Soy Nathair ben Aquilus, príncipe de Tenebral. He encontrado este lugar —dijo, abarcando cuanto lo rodeaba con un gesto amplio— porque soy el Seren Disglair, de manera que estaba destinado a hallarlo.

—Eso afirmas. —Sumur dio una palmada y señaló los cojines en los que se apoyaba—. Sentaos. Traed comida y bebida para nuestros viajeros fatigados. No quiero que se diga que el Seren Disglair entró en mi casa y lo tratamos con descortesía. Esbozó una sonrisa tímida.

De pronto aparecieron hombres y mujeres con agua perfumada y paños para que los invitados se lavaran las manos.

Después trajeron cuencos con higos y melocotones, ciruelas y aceitunas, pan plano aún caliente y jarras de vino.

Todos vestían de manera similar a Sumur y Akar, aunque ninguno iba con una espada a la espalda.

Todos mantenían la mirada fija en Nathair.

Veradis comió poco y bebió a pequeños sorbos de una copa de vino tinto, sin apartar los ojos de Sumur.

«Está nervioso —pensó—, y con razón. El paladín de un dios acaba de entrar en su casa.

» Se movió sobre el cojín en el que estaba sentado para apoyar el peso en el otro lado; se sentía incómodo y vulnerable.

Al cabo de un rato se dio por vencido y se puso en pie.

Alcyon intentó coger higos de un cuenco, pero sus dedos eran tan gordos que era incapaz de atrapar nada. Al final levantó el recipiente entero y volcó todo el contenido en su boca.

Cuando acabaron, retiraron las mesitas bajas y trajeron vino fresco.

—Vayamos al fondo del asunto —dijo Nathair cuando el último criado abandonó la estancia—. He aparecido haciendo grandes afirmaciones. Te preguntas si digo la verdad.

Sumur sonrió.

—Así es —asintió.

—Entonces permíteme que intente convencerte.

—Nathair se levantó y se puso a caminar por la sala—.

Estoy aquí. ¿Por qué habría de venir si no fuera por voluntad de Elyon?

He encontrado este lugar. El Valle Oculto, que ha permanecido en secreto durante incontables generaciones.

¿Cómo sería eso posible si Elyon no me hubiera traído hasta aquí?

—Hay maneras, aunque todas son difíciles —repuso Sumur—. No eres el primero que nos encuentra.

Nathair enarcó una ceja al oír eso.

—Halvor escribió sobre este momento —dijo el príncipe de Tenebral—, sobre mí. Basta con mirar y ver para darse cuenta.

—La profecía ya ha sido interpretada erróneamente antes —terció Akar—. Hermanos de espada han partido de aquí convencidos por las palabras de otro. Se equivocaban. Debemos estar seguros.

Nathair endureció el semblante.

—Las piedras de los gigantes han llorado sangre, las sierpes blancas merodean por la tierra, los Tesoros están despertando.

Veradis oyó algo, no exactamente una voz, sino un ruido apenas perceptible. Miró a Calidus y vio que movía quedamente los labios; tenía las manos tensas y los nudillos blancos. Una gota de sudor le resbaló por la frente. De pronto Nathair pareció crecer y la estancia vibró con su voz.

—Soy la Estrella Brillante —declaró—. Elyon viene a verme en mis sueños y me lo ha revelado.

Mirad a mis compañeros. Amigo de los Gigantes, me llaman —añadió señalando a Alcyon—.

Soy el Seren Disglair, el avatar elegido de Elyon.

Todos los que se opongan a Asroth se reunirán detrás de mí, incluso los Ben-Elim, los ángeles guerreros.

Nathair calló; jadeaba agitado, con los puños apretados y la mirada encendida.

—Basta —aseveró Calidus. Se puso en pie. A Veradis le pareció más alto, que su espalda estaba más recta y sus hombros eran más anchos—. El Seren Disglair no negocia. Es. Y quienes lo siguen lo reconocerán. Como yo.

De pronto Calidus cambió. Fue como si una niebla lo envolviera, pues su ropa sucia del viaje se transformó en una cota de malla reluciente; un intenso resplandor ambarino apareció en sus ojos y algo comenzó a brotarle en la espalda...

Unas alas, vio con asombró Veradis. Eran unas grandes alas de plumas blancas que se desplegaron y se agitaron, y las ráfagas de viento que hicieron tambalearse a Veradis y volcaron la jarra de vino.

—Los Ben-Elim —musitó Akar.

Sumur se puso en pie, mirando boquiabierto a Calidus, y se dejó caer de rodillas ante Nathair.

—Soy tuyo, mi señor. Las espadas de los Jehar te pertenecen.