Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. VERADIS #2
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. VERADIS #2

—Ojalá pudiera. Por cómo lo describen las leyendas, Asroth es, ante todo, astuto.

Llevo tiempo meditando sobre esa cuestión.

—Hizo una breve pausa—. Deberíamos fijarnos en todos los que se oponen a vosotros, a la alianza de tu padre.

Ese sería el punto de partida más evidente, aunque creo que el Sol Negro no se revelará todavía, a menos que se vea capaz de asestar un golpe decisivo. Pero quizá sus servidores...

—Mandros —se le escapó a Nathair—. Se ha opuesto a mi padre, incluso se ha burlado de él. ¿Crees que podría ser él?

—Es posible —convino Calidus—. Como mínimo, es bastante probable que sirva a la causa de Asroth. Siembra la división entre aquellos a los que tu padre quiere unir, menosprecia la verdad de nuestra causa.

Nathair partió una ramita y la arrojó al fuego.

—Cuando mañana te presentes ante los Jehar —dijo Calidus—, recuerda lo que te voy a decir.

Los escritos de Halvor, el gigante, mencionan ciertos signos por los que se reconocerá a los paladines: Exterminador de Linajes, Vengador de Linajes, Amigo de los Gigantes, Jinete de Draigs.

Ya eres amigo de un gigante —dijo señalando a Alcyon—, y acabas de hablar de montar un draig.

—Soltó una risita—. Tú eres la profecía, Nathair, en carne y hueso.

—¿Conoces la profecía del gigante? —dijo Veradis.

—Por supuesto que sí —respondió Calidus guiñándole un ojo—. De lo contrario no valdría nada como jefe de espías, ¿no te parece?

Veradis resopló.

—¿Y los Jehar? ¿También la conocen?

—Sí. Sus antepasados vivieron el Azote, no lo olvides, así que conocen los escritos de Halvor. Si mis fuentes no se equivocan, hay discrepancias en su seno a la hora de interpretar la profecía. En ciertos pasajes es confusa.

—Más bien parece un acertijo —apuntó Veradis.

—Bueno para el cerebro —replicó Calidus mientras se daba unos golpecitos en la sien—.

Los Jehar tienen su propio nombre para la Estrella Brillante de Elyon.

La llaman el Seren Disglair. Y recuerda una cosa más.

Esto debes decirlo: los Ben-Elim, los ángeles guerreros de Elyon, se alzarán tras la Estrella Brillante.

—Entonces los Jehar están al tanto de la guerra que se avecina —dijo Nathair en voz baja.

—Sí, si creemos lo que cuentan las historias. Es para eso para lo que viven, para lo que se han entrenado. La esperan con ansia.

Veradis observó los rostros alrededor de la hoguera. Alcyon observaba el suelo con el rostro oculto en las sombras. Calidus y Nathair se miraban fijamente, este último con los ojos muy abiertos y Calidus con una expresión serena pero intensamente.

—Sé quién eres, y en qué te convertirás —susurró el Vin Thalun—. Por eso me pongo a tu servicio —pronunció con la voz ligeramente temblorosa.

Nathair asintió.

—Ahora deberíamos dormir. Ya veremos mañana lo que nos depara el día.

—Estamos aquí —dijo Calidus. El Vin Thalun estaba montado en su caballo a la cabeza de la pequeña columna.

Veradis entrecerró los ojos y se inclinó en la silla para mirar más allá del Vin Thalun, pero no vio nada salvo el valle rodeado de montañas por el que cabalgaban desde el amanecer.

Frunció el ceño y reanudaron la marcha. Calidus acababa de desaparecer.

Parpadeó y Alcyon también se desvaneció.

Forzó la vista y apenas logró distinguir dos figuras sombrías.

El aire delante de él y de Nathair vibraba y veían los contornos casi imperceptibles de Calidus y Alcyon como si los miraran a través de un velo de agua.

Nathair miró a Veradis y, con cara de resignación, espoleó su caballo. Veradis se apresuró a seguirlo. Sintió un hormigueo en la piel al atravesar la barrera tremulosa y pasar al otro lado.

Las montañas habían sido sustituidas por un valle verde y exuberante.

Un río corría desde las montañas y serpenteaba con amplios meandros hasta desembocar en una inmensa masa de agua que se extendía por toda la línea del horizonte.

La superficie del agua centelleaba con los reflejos del sol como si estuviera espolvoreada de plata.

El valle estaba cubierto de campos cultivados que ascendían suavemente hasta las murallas de una fortaleza de brillante piedra blanca.

—Contemplad Telassar —dijo Calidus con un gesto teatral con la mano.

—¿Dónde estamos? —musitó Veradis.

—Eso es el Mar Interior —dijo Calidus mientras señalaba la extensión de agua que dominaba el horizonte—. Estamos en el extremo norte de Tarbesh, en el Valle Oculto, hogar antiguo y secreto de los Jehar. —Una sonrisa de satisfacción le llenó el rostro, pero no añadió más.

Veradis miró atrás. No había rastro alguno del sendero por el que habían llegado, solo barrancos que se alzaban en vertical y perforaban las nubes.

—Vamos —dijo Nathair, que espoleó a su semental blanco.

Los demás se colocaron rápidamente detrás del príncipe y avanzaron hacia las murallas blancas de Telassar.

Aún estaban lejos de la fortaleza cuando resonó un toque de cuerno y divisaron un grupo de jinetes que se dirigía hacia ellos a medio galope.

Veradis los observó mientras se aproximaban.

Sus caballos eran altos, de patas largas, con huesos más finos que los suyos.

Tenían una elegancia natural que hacía que su propia montura pareciera torpe.

Todos los jinetes tenían el cabello largo y oscuro, recogido en una coleta sobre la nuca, y el rostro recién afeitado.

La empuñadura de la espada descollaba a su espalda.

Veradis se quedó atónito al reparar en que entre ellos había algunas mujeres.

Cuando apenas una docena de pasos los separaban, detuvieron a sus monturas envueltos en una nube de polvo.

Uno de los jinetes habló en una lengua que Veradis jamás había oído, con sonidos ásperos y guturales, pero Calidus respondió en el mismo idioma. El guerrero adoptó un gesto serio y volvió a hablar, esta vez en la lengua franca.

—¿Quiénes sois? ¿Qué asuntos os traen aquí? —Hablaba despacio, midiendo las palabras.

—Soy el Seren Disglair —respondió Nathair con los brazos abiertos—. Deseo hablar con vuestro señor.

El jinete se echó hacia atrás en la silla. Un murmullo recorrió a los que estaban a su espalda, y le siguió un silencio de estupefacción. Veradis vio desfilar por sus rostros la conmoción, el miedo, la incredulidad, el asombro.

—¿El Seren Disglair? —inquirió el jinete que había hablado, inclinándose hacia delante.

—He hecho un viaje muy largo para encontraros. He de hablar con vuestro señor.

El guerrero se volvió hacia sus compañeros y habló con ellos en su lengua gutural. Luego dio una orden y uno de los jinetes salió disparado hacia la fortaleza.

—Soy Akar —dijo el guerrero que los había recibido—. Por favor, venid conmigo. Os escoltaré hasta Sumur, señor de Telassar.

Al acercarse a la fortaleza, Veradis vio hombres, mujeres y niños trabajando en los campos y todos se pararon para observarlos.

El grupo no tardó en atravesar unas puertas amplias que daban a un enorme patio abierto.

A un lado, filas y más filas de hombres y mujeres se movían al unísono, casi como si interpretaran una coreografía.

Todos empuñaban una larga espada de madera ligeramente curvada, similar a la que Akar llevaba a la espalda.

Al otro lado, la gente se batía en duelo, y el conocido repiqueteo de las armas sonaba extrañamente reconfortante en aquel lugar desconocido.

Veradis se irguió en la silla al sentir que las miradas se clavaban en él a medida que la declaración de Nathair se propagaba entre la multitud.

La escolta los condujo por calles sinuosas bordeadas de enormes árboles, cuyas ramas anchas y caídas proporcionaban sombra, y edificios de una sola planta, todos construidos con la misma roca blanca como el hueso.

Desde las puertas y las ventanas se asomaban rostros, y Alcyon, que avanzaba detrás de Calidus, era el primero que atrapaba las miradas.

Veradis sonreía para sí. «Es imposible hacer una entrada discreta con él cerca. »

Desmontaron rápidamente en medio de una muchedumbre cada vez más numerosa y dejaron los caballos en manos de un enjambre de mozos de cuadra ansiosos por hacerse cargo de ellos.

—Por aquí —dijo Akar con un gesto.

El jinete los condujo al jardín que había al otro lado de un arco y dejaron atrás la multitud. Unas columnas de piedra irrumpían en la exuberante vegetación del lugar; por todas partes trepaban enredaderas, orquídeas oscuras, lirios morados y otras flores de colores vivos que Veradis no reconoció.

—¿Cómo es que hablas su lengua? —susurró Veradis a Calidus mientras avanzaban por un amplio sendero que atravesaba el jardín—. Sonaba como alguna clase de lengua de gigantes.

Calidus le lanzó una mirada, claramente con la mente en otra parte.

—Esa era la lengua común antes del Azote. La hablaban tanto los gigantes como los humanos. Los Exiliados, los tuyos, cambiaron muchas cosas cuando regresaron a estas tierras desde la Isla del Verano.

Veradis soltó un gruñido.

Ante ellos se alzaba un edificio con una cúpula muy alta. Un guerrero les abrió las puertas, oscuras y brillantes como la obsidiana.

Entraron en una sala con el techo abovedado.

Se colaba una brisa suave por una multitud de ventanas.

En el centro aguardaba un hombre alto, inmóvil, con el cabello negro azabache recogido en la nuca, igual que los demás guerreros que Veradis había visto.

Vestía una camisa holgada de lino negro que apenas disimulaba su corpulencia.

Sin duda era un guerrero. Unos ojos oscuros, que se detuvieron un instante en cada uno, los estudiaron bajo una frente prominente.

Veradis tuvo una sensación de ligereza en el estómago, un miedo incipiente.

A pesar de que parecía inquieto, todo su cuerpo rezumaba ferocidad.

Akar habló deprisa en su áspera lengua.

—Bienvenido —dijo el hombre fijando de nuevo los ojos en Nathair. Se llevó una mano a la frente—. Soy Sumur, Señor de Telassar.