Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. VERADIS
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. VERADIS

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

VERADIS

—Ya estamos cerca —dijo Calidus por encima del hombro, sentado en su montura.

Como siempre, Alcyon caminaba al lado del Vin Thalun.

—¿Cómo de cerca? —gritó Veradis.

Nathair cabalgaba en silencio a su lado.

—Es difícil saberlo con certeza —respondió Calidus—. Telassar no ha permanecido oculta durante tantos siglos solo gracias a estas montañas.

Veradis miró a su alrededor. Avanzaban con cuidado por un sendero estrecho junto a un arroyo turbulento, rodeados de cimas imponentes.

—¿Qué quieres decir? —gritó Veradis haciendo bocina con la mano para hacerse oír.

—Un hechizo impregna este lugar. Se han usado los poderes telúricos para mantener escondida la fortaleza de los Jehar. Por eso sé que estamos cerca. Puedo sentir el hechizo.

—Si es así, ¿cómo la vamos a encontrar? —quiso saber Veradis.

Calidus detuvo el caballo, se volvió en la silla y mostró los dientes blancos en lo que pretendía ser una sonrisa.

—¿Hace falta que te lo recuerde? Alcyon y yo también dominamos los poderes telúricos.

—Lo recuerdo de sobra. No volveré a dudar de vosotros en ese aspecto —contestó Veradis.

Lanzó una mirada a Nathair. El príncipe estaba muy serio. Parecía abatido desde que habían abandonado la fortaleza de Rahim.

Calidus volvió a espolear a su caballo y continuaron avanzando por el angosto sendero.

«Al menos aquí hace más fresco», pensó Veradis. El calor de aquella tierra había empezado a pasarle factura, pero estaba más animado desde que, dos noches atrás, habían entrado en aquella cordillera y la temperatura había comenzado a bajar a medida que ascendían.

Miró por el rabillo del ojo y vio que el arroyo desaparecía por una garganta estrecha.

Puso mala cara. No le gustaba viajar con tan pocos hombres protegiendo a Nathair.

Las montañas eran terreno fértil para los bandidos, y los senderos estrechos por los que avanzaban eran idóneos para una emboscada.

Calidus y Alcyon eran unos buenos refuerzos, desde luego, pero ni siquiera ellos podían detener una flecha en pleno vuelo.

Tras la batalla contra los gigantes, Nathair había conducido a su hueste de regreso a la fortaleza de Rahim, donde los habían recibido con una mezcla de asombro y celebración.

Habían festejado la proeza con tres noches seguidas de banquetes y Rahim había colmado de elogios y regalos a Nathair y a sus hombres.

Después habían emprendido la marcha hacia el oeste, pues Nathair deseaba regresar a Tenebral con la buena nueva de la victoria.

Sin embargo, cuando solo hacía un día que habían dejado atrás las murallas de la fortaleza, Nathair puso a Rauca al mando de la hueste y le encargó que la condujera sana y salva hasta el lugar de encuentro con Lykos y su flota en la costa. Rauca no cabía en sí de orgullo.

—Nosotros iremos a Telassar —había informado Nathair a Veradis.

Pese a las protestas de este último, el príncipe se negó a llevar consigo a ningún hombre más aparte de Calidus y Alcyon.

—No pienso presentarme ante sus murallas con una hueste a mi espalda. Quiero ganármelos, no espantarlos —había dicho Nathair.

De manera que allí estaban, vagando por solo Elyon sabía dónde, en medio de una región extraña, en las profundidades de una cordillera desconocida sobre la que al parecer pesaba alguna clase de hechizo, siguiendo a un gigante y a un jefe de espías pirata.

Veradis observó a Alcyon, que estaba sentado al otro lado del fuego. Las llamas anaranjadas producían unas sombras danzantes sobre su rostro anguloso que se fundían con los serpenteantes tatuajes que le cubrían los brazos.

«Le debo la vida», pensó, no del todo cómodo con la idea.

No obstante, era mejor estar vivo y en deuda con un gigante que muerto.

Dio un largo trago al odre de vino. Aún podía ver al gigante alzándose sobre él; todavía recordaba la nauseabunda sensación en el estómago mientras esperaba a que el hacha del gigante descendiera, y luego su cabeza rodando por el polvo.

—No te he dado las gracias —dijo por encima de las llamas.

Alcyon alzó la vista; sus ojos parecían dos pinchazos oscuros en ese rostro donde se reflejaba el fuego.

—¿Por qué? —gruñó el gigante.

—Por salvarme la vida. En la cresta.

Alcyon resopló.

—Era una batalla. Hacemos lo que debemos.

—Sí. Aun así, tienes mi agradecimiento.

El gigante lo aceptó sin más y gruñó de nuevo.

Calidus soltó una risita aguda y queda que sonó como el aire aspirado a través de una caña hueca.

—Mi gigante no está acostumbrado a semejantes elogios.

—¿Tu gigante? —terció Nathair. Estaba sentado un poco apartado, con las manos enlazadas alrededor de las rodillas, apretadas contra el pecho.

—Alcyon está... en deuda conmigo, digámoslo así —respondió el Vin Thalun.

—¿Has montado alguna vez un draig? —preguntó Nathair al gigante.

—No —dijo Alcyon—. Soy de los Kurgan. No era nuestra costumbre.

—Eran bastante impresionantes, ¿verdad?

—Sí —murmuró el gigante—, pero los matasteis, por muy impresionantes que parecieran.

Nathair rio, por primera vez desde que habían partido de la fortaleza de Rahim.

—Pero éramos mil, con los guerreros de Rahim, contra apenas ochenta.

—Cierto —asintió Alcyon.

—Y bastó un puñado de ellos para matar a un centenar de mis hombres —añadió Veradis, al recordar la devastación que causaron los draigs al embestir su muro de escudos y dispersarlo como si fueran ramitas secas.

—Me gustaría tener uno —declaró Nathair.

—¿Cómo? —balbuceó Veradis.

Alcyon y Calidus no dijeron nada, pero ambos parecieron animarse de repente, con los ojos fijos en el príncipe.

—¿Creéis que sería posible que yo montara uno?

Se hizo un largo silencio, roto solo por el crepitar de las ramas en el fuego.

—Sí —dijo Calidus al fin—. Los gigantes son más grandes, claro, pero se podría hacer una silla adaptada a un cuerpo más pequeño.

Además, los que combatimos debían de ser viejos, adultos.

Los draigs crecen rápido al principio; en poco más de un año ya son adolescentes.

Para entonces ya sería lo bastante grande como para que lo montaras, y, aunque siguen creciendo después, el proceso es mucho más lento.

Los que viste, que eran lo bastante grandes para llevar a un gigante, tendrían diez años o más.

Nathair asintió pensativo.

—¿Y cómo pudo conseguir uno? Imagino que no es fácil capturarlos. ¿Cómo se adiestran?

Una sonrisa asomó a los labios de Calidus.

—Si ya caminan, es tarde —dijo—. Tienes que conseguir un huevo y estar presente cuando eclosione para que reconozca tu olor mientras le das su primer bocado de carne. Son unas bestias de una lealtad feroz. Solo permiten que los monte un jinete: aquel que los alimenta y los cría.

—¿Y dónde puedo encontrar un huevo de draig?

—En las tierras pantanosas que viste en la frontera de Tarbesh —explicó Alcyon.

Veradis arrugó la nariz al recordar el cenagal en la otra orilla del río Rhetta.

—Hay otros lugares repartidos por todas las Tierras del Exilio: el bosque de Forn, zonas de Benoth, los Kavala —añadió Calidus.

Alcyon se levantó, se acercó a Nathair y se arrodilló ante él.

—Te doy mi palabra, príncipe de Tenebral. Encontraré uno para ti.

Nathair rio a carcajadas.

—¡Alcyon, mi gratitud sería infinita! ¿Te imaginas entrando en Jerolin montado en un draig? —exclamó mientras le daba una palmada en la pierna a Veradis.

—Si es que cabe por la puerta —hizo notar Veradis.

—Alcyon —continuó Nathair—, serías un verdadero amigo si hicieras algo así por mí.

El gigante asintió con brusquedad y lanzó una mirada fugaz a Calidus antes de volver a su sitio junto al fuego.

El silencio se abatió sobre el campamento durante un rato. El fuego se consumía mientras se pasaban el odre de vino.

—Creo que veremos Telassar por la mañana —declaró Calidus de pronto.

Veradis se sobresaltó.

—¿Estás seguro? —preguntó Nathair.

—Se ha producido un cambio en el hechizo. Se está empezando a desvanecer.

—Hummm... —gruñó Nathair. Su semblante se ensombreció—. Calidus, ¿sabes algo sobre esa fortaleza de Telassar, sobre los Jehar? Ahora que me encuentro aquí, me siento de pronto inquieto, como si cargara con un gran peso.

Nathair evitó la mirada del Vin Thalun mientras hablaba y mantuvo los ojos fijos en las brasas.

—Algo sé sobre Telassar y sus gentes. En su mayoría son leyendas y rumores, pero otras veces he hallado mucha verdad en esa clase de relatos.

»Los Jehar son de la Sangre Antigua. Un pueblo que habitaba estas tierras antes del Azote de Elyon; sobrevivieron al fuego y al agua cuando los clanes de los gigantes y la raza de los hombres sufrieron innumerables bajas.

Digo «sobrevivieron», pero quizá fueron indultados...

, no lo sé —dudó—. Todo lo que se cuenta de ellos es que son unos fanáticos.

Viven para servir a Elyon y se dice que son unos guerreros sin parangón, entrenados desde que pueden mantenerse en pie.

—Sonrió y sus dientes y sus ojos reflejaron las brasas rojas del fuego agonizante—.

No sé cuánta verdad hay en estas historias, pero seguro que algo habrá. »

—¿Cómo sabes tanto? —preguntó Veradis.

Calidus se encogió de hombros.

—Soy los ojos y los oídos de Lykos. La red de informadores de los Vin Thalun...

—Espías, quieres decir —le interrumpió Veradis.

—Ajá, espías. Están en todas partes. Recuerda que los Vin Thalun son marinos; toda la costa de las Tierras del Exilio está abierta para ellos. Además, antes de servir a Lykos viajé mucho. Hay poco que no sepa o que no pueda averiguar si me lo propongo.

—¿Antes de servir a Lykos? ¿Qué hacías?

—Ay, hombre del príncipe, esa es una historia para otro momento.

—Si tanto sabes —dijo Nathair—, quizá puedas decirme quién será el avatar de Asroth. El Sol Negro.

Calidus torció el gesto.