Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO. CYWEN
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO. CYWEN

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

CYWEN

Cywen apretó los dientes; el sudor le entraba en los ojos y parpadeó para aliviar la sensación de escozor.

Sacudió la cabeza para aclarar la vista y el arma de Corban la golpeó en la unión del cuello con el hombro.

En realidad, no era un arma propiamente dicha, sino una rama que habían intentado dar forma de espada de práctica.

Arrugó la cara, arrojó su palo al suelo y levantó una mano.

—Un momento —suplicó. Necesitaba recuperar el aliento.

Corban asintió y se le dibujó una curva burlona en la comisura de los labios al retroceder.

Estaban en el jardín de su casa. El cielo era de un azul cegador, no había ni una nube y el sol calentaba intensamente a pesar de que el solsticio de verano ya había pasado.

Cywen se secó el sudor del rostro y se dejó caer sobre la hierba.

Tormenta jugaba por allí cerca, ajena a ella, y saltaba como un resorte de pelaje mullido mientras acechaba un parterre de hierba y varas de oro; pegó las orejas al cráneo, cogió impulso y dio un brinco.

Un sapo salió disparado entre sus torpes zarpas y desapareció en la hierba un par de palmos más allá.

Corban golpeó con suavidad el brazo de Cywen con un odre de agua. Su hermana le clavó otra mirada feroz, pero cogió el odre y bebió con avidez.

—Se supone que hay que dar las gracias —dijo él, de pie a su lado.

—¿Por qué? ¿Por un nuevo moratón? —replicó Cywen mientras se frotaba el hombro.

—No. Por enseñarte a luchar como un guerrero —respondió Corban como si le hablara a una niña pequeña.

—Como un guerrero... —Cywen resopló y arqueó una ceja.

Corban le hizo una mueca.

—Estoy agradecida —repuso Cywen contenta mientras le tendía una mano para que la ayudara a levantarse—. Solo que fastidia la facilidad con la que me ganas.

—Agradezco el cambio —contestó sonriendo Corban—. Yo ya tengo bastantes moratones.

A Cywen le resultaba frustrante sentir que estaba aprendiendo algo, progresando, mejorando, y aun así no rozar siquiera con la espada de madera ninguna parte del cuerpo de Corban. En todo caso parecía aumentar la distancia entre ellos.

«Debe de estar aprendiendo de verdad», pensó, recorriéndolo con la mirada.

«Está cambiando.» La idea la sorprendió mientras lo miraba de frente.

No solo en lo físico (eso era evidente: los brazos más gruesos, los hombros más anchos, el rostro más anguloso), sino en algo más profundo...

, por dentro. Ese mismo día había regresado del Campo de los Serbales callado, pensativo, pero menos atormentado de lo que lo había estado en mucho tiempo. Tenía una sonrisa distinta; más honda.

—Vamos —dijo él, afirmando los pies y blandiendo el palo.

Cywen recogió el suyo y alzó la vista. Retrocedió unos pasos, hacia la izquierda, hasta apoyar la espalda en el muro de rosas. Se colocó en la sombra de la torre baja que dominaba el jardín, con el sol por detrás.

Corban rio entre dientes, pues sabía que intentaba hacer que el sol lo deslumbrara, como él mismo le había enseñado. Aun así, atacó.

Esta vez Cywen lo hizo mejor. Recordó sus consejos: mover los pies, mantener el equilibrio al acometer, no estirarse en exceso. Pese a ello, no logró tocarlo con su arma de madera, ni siquiera aproximarse, pero consiguió evitar sus golpes durante más tiempo que la vez anterior.

Eso debía considerarse un avance, ¿no?

Al final, sin embargo, la frustración pudo más. Se lanzó sobre él, convencida de que lo tenía..., y acabó de bruces en la hierba, con la nariz llena de tierra y oyendo la risa de su hermano a su espalda.

Giró la cabeza con una imprecación a medio formar en los labios, pero Tormenta saltó sobre ella, le olisqueó la oreja con el hocico húmedo y le dio un zarpazo juguetón en la mejilla.

—Dejas que las emociones te dominen —dijo Corban.

—Idiota —murmuró Cywen.

Él se apartó y alzó la vista hacia el sol, con una mano haciendo visera.

—Es suficiente por hoy. Sigue practicando, Cy. Lo estás haciendo muy bien.

—Ban... —dijo ella, tras él, pero Corban no le hizo caso y se dirigió con paso rápido hacia la casa.

Su padre estaba en la cocina, cortándose un tajo de carne y sirviéndose una jarra de hidromiel.

—Papá, te quería preguntar algo —dijo Corban.

—Dime.

—¿Por qué me has dejado llevar a Tormenta al Campo esta mañana? Siempre me lo habías prohibido.

Thannon volvió lentamente la mirada hacia él y guardó silencio unos instantes. Luego se encogió de hombros.

—Te vi preparado —respondió—. Sabía que no sería fácil para ti, así que debías desearlo. De verdad. —Esbozó una sonrisa—. Esta mañana tenías algo distinto en los ojos.

Corban frunció el ceño.

—¿Por eso fuiste con Gar?

—¿Nos viste?

—Sí..., espiando en las sombras.

—No era eso lo que hacíamos, Ban. —Thannon levantó una manaza para revolverle el cabello, pero la dejó suspendida a mitad de camino—.

Era algo que tenías que hacer. Y estoy orgulloso de ti, hijo.

Pero a veces estas cosas se descontrolan antes de que te des cuenta.

¿Cómo te habrías sentido si hubiéramos entrado contigo en el Campo?

Corban lo pensó un momento.

—Como un niño.

Thannon asintió.

—Hay cosas que un hombre debe hacer por sí solo. Pero quería estar allí, observarte. Y así, si las cosas se torcían... Bueno...

Corban sonrió.

—¿El poder de las palabras?

Thannon rio quedamente.

—Algo así.

Cywen miró a uno y a otro con cara de interrogación.

—¿Qué pasa aquí? ¿De qué estáis hablando? ¿Qué ha ocurrido hoy en el Campo?

Corban sonrió sin responderle.

—¡Hasta luego! —se despidió.

Thannon se apartó para que pudiera salir.

—¿Adónde vas? —le gritó Cywen.

—Creo que iré a ver a Dath. Hoy era su primer día en el Campo.

Cywen deslizó el pulgar por la punta de su cuchillo, lo llevó hacia atrás por encima del hombro y fijó la vista en el poste de madera.

Un instante después, la hoja se hundía en él y la empuñadura vibraba por la fuerza del impacto.

Sonrió, satisfecha con su buena puntería.

Sacó otro cuchillo del cinturón y repitió el lanzamiento. Y luego otra vez.

Sonó un aplauso. Cywen giró en redondo, ya con otro cuchillo en la mano. Era la princesa Edana, acompañada de Ronan.

—¿Qué haces? —soltó Cywen, y enfundó de mala gana el cuchillo. Le molestaba que alguien pudiera acercarse a ella sin advertirlo.

—He llamado a la puerta, pero no me ha respondido nadie —se explicó Edana—. Debías de estar muy concentrada.

—Así es —replicó Cywen, que se acercó al poste para recuperar los cuchillos.

—Ten cuidado, te podrías cortar —terció Ronan, el escudero de Edana, divertido.

Cywen se dio la vuelta como una exhalación y, en un solo movimiento, apuntó y lanzó el cuchillo que tenía en la mano. El arma se clavó con un golpe sordo en el árbol contra el que estaba apoyado Ronan, medio palmo por encima de su cabeza.

—Cuidado, muchacha —balbuceó él, medio en cuclillas. En su rostro, ya no había rastro de diversión.

—Solo corto lo que quiero cortar —contestó Cywen, esforzándose para reprimir una sonrisa.

—¿Puedo verlo? —preguntó Edana, mirando el cuchillo incrustado en el tronco.

—Claro.

Ronan arrancó la hoja y silbó mientras pasaba el dedo por el filo.

—Tiene un equilibrio extraño.

—Está hecho para arrojarlo, no para apuñalar.

Los forja mi padre. —Cywen se estremeció por dentro.

Su madre era quien le había enseñado a lanzar cuchillos, pero su padre le había aconsejado que mantuviera en secreto su habilidad.

Thannon estaba seguro de que nadie vería con buenos ojos que fuera tan diestra con un arma, pues no es una cualidad «femenina».

—Tu hermano ha causado bastante revuelo esta mañana al llevar a su lobona al Campo de los Serbales —comentó Edana mientras examinaba la hoja.

—¿Eh? —exclamó Cywen.

—¿No lo sabías?

—Nadie me cuenta nada —se quejó con acritud—. ¿Qué ha pasado?

Edana se lo relató.

Así que de eso hablaban mi padre y él. Dibujó una sonrisa.

—Tu madre está en la fortaleza —añadió Edana.

—¿Qué?

—Gwenith. Tu madre. La he visto en la fortaleza. Estaba hablando con mis padres.

—Nunca había hecho algo así. ¿Sobre qué?

—No lo sé. —Edana se quedó perpleja—. Pensé que quizá tú sí lo sabrías.

Cywen negó con la cabeza. ¿Su madre en audiencia con Brenin y Alona? ¿Por qué? Últimamente la había notado preocupada.

—Eres una amiga muy útil —dijo con amabilidad a la princesa—. Eres mi espía particular en la fortaleza.

Edana sonrió.

—¿Dónde está tu hermano?

—Fue a ver a Dath donde las barcas.

—Tal vez él sepa por qué tu madre estaba allí. Vayamos a preguntarle.

Ronan cogió el cuchillo que Edana tenía en las manos y se lo devolvió a Cywen.

—Eres muy buena —comentó el escudero.

Cywen lo miró un instante y se fijó en que el sol del verano le había moteado de pecas el rostro. «Qué joven parece», pensó.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él volviendo a sonreír.

Cywen apartó la vista y se enfurruñó; sintió que se ruborizaba.

—A la playa —dijo Edana.

Salieron a caballo de la fortaleza y enfilaron el sendero que descendía hacia la bahía.

—Allí están —anunció la princesa.

Dos figuras se recortaban un poco más allá, junto a una de las barcas. Una estaba sentada en una roca plana y lisa como una mesa, con una pequeña sombra a sus pies. Tormenta. La otra tiraba piedras al agua. Los dos chicos se volvieron al oír el ruido de los caballos.

Cywen levantó la mano y sonrió a su hermano. Corban también le hizo un gesto con la mano.

Cuando desmontaron, Ronan se quedó sujetando las riendas de los caballos mientras Cywen y Edana se acercaban a Corban y Dath.

—Cy. Mi señora —dijo Corban.

Dath se quedó mirando a Edana, lo que, sin saber por qué, irritó a Cywen.

—Nada de eso —replicó Edana, frunciendo la boca—. Me llamo Edana, no «mi señora». Os estábamos buscando.

—Pues ya nos habéis encontrado —respondió Corban, con una leve sonrisa.

—Edana ha visto a mamá en la fortaleza, con el rey y la reina —dijo Cywen—. ¿Sabes por qué estaba allí?

Corban negó con la cabeza.

—No. —Parecía preocupado—. Mamá nunca ha hecho algo así.

—Eso mismo he dicho yo.

—Se lo preguntaremos esta noche.

—No, Corban —intervino Edana—. Tu madre tomó muchas precauciones para que nadie la viera; llevaba la capa puesta y la cabeza tapada con la capucha, y fue mi madre quien la recibió y la hizo entrar en la torre, no Evnis ni Heb ni ningún otro guardia.

Si le preguntáis, es probable que eso me delate.

Entonces tu «espía» quedaría al descubierto, y eso no sería buena idea, ¿verdad?

Tormenta apareció desde detrás de una roca y se detuvo junto a Corban. Edana se agachó y la cría de lobona la observó con sus ojos cobrizos, sin moverse.

—Amiga —murmuró Corban.

La cachorra avanzó despacio y olisqueó la mano que Edana le tendía.

—Es preciosa —dijo la princesa, radiante.

—Sí que lo es. Lástima que no todos opinen igual.

—He oído lo de esta mañana. En el Campo.

—Ya, claro.

—¡Deberías haberlo visto! —terció Dath—. ¡Ban ha plantado cara él solito a una veintena de hombres, guerreros y todo!

Corban carraspeó, con la cara roja, y bajó la vista.

—¡Y puso a Rafe en su sitio! ¡Le pateó culo...! —añadió riendo Dath.

—Ya es suficiente, Dath. Y no fue así.

—Sí que lo fue —dijo una voz por detrás. Ronan se acercó—. Y no solo lo vi yo. Hace falta valor para hacer lo que hiciste.

Corban se limitó a gruñir.

—¿Qué tal tu primer día en el Campo, Dath? —preguntó Cywen.

—Bien —respondió él mientras hacía que una piedra rebotara varias veces en la superficie del agua.

—Tu padre debió de sentirse muy orgulloso.

—Bueno, al menos estaba allí.

—¿Quién es tu instructor, chico? —preguntó Ronan.

—Tarben. —Dath se volvió—. Sabe usar una espada. —Su voz destilaba admiración.

—Sí, ya lo creo. Y si su habilidad con la espada no le da para acabar con su oponente, tiene un arma secreta —dijo Ronan, chistoso.

—¿Cuál? —preguntó con interés Dath.

—La lengua. Cuando empieza con sus quejas, es capaz de quitarle las ganas de vivir a cualquiera. Te dan ganas de soltar la espada y dejarle que te mate. He oído que es hechicería antigua, heredada de los gigantes Elementales.

Todos rieron salvo Dath, que parecía algo ofendido.

Ronan guiñó un ojo a Cywen y ella sintió de nuevo el calor en las mejillas. Apartó la mirada y cambió el tema de conversación.

—Me alegra que tu padre haya regresado de Tenebral —dijo a Edana.

—Sí, a mí también. Mi madre vuelve a sonreír. Aunque él está diferente.

—¿Diferente? —preguntó Cywen.

—Nunca lo había visto tan furioso como cuando capturaron a Marrock.

—Y mi señor —añadió Ronan—. Pendathran creyó haber perdido al hijo de su hermano. Y a manos de los mismos asesinos.

—Marrock ha regresado. Y mi padre piensa ocuparse de Braith. De una vez por todas —aseguró Edana.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Dath.

—Le oí hablar con Pendathran. Quiere limpiar el Bosque Oscuro, definitivamente.

—¿Cómo piensa hacerlo? —inquirió Ronan sacudiendo la cabeza—.

El Bosque Oscuro no pertenece solo a Ardan.

Se extiende por Narvon a lo largo de varias leguas.

Owain —carraspeó y escupió tras pronunciar el nombre— no le prestará ayuda.

Braith ocultará a sus hombres en la parte del bosque que queda en Narvon.

Brenin no puede entrar allí con hombres.

—Aún no. Pero mi padre cree que eso va a cambiar. Por algo relacionado con su viaje a Tenebral. No entendí del todo lo que quería decir, pero va a convocar una reunión para el día del solsticio de invierno con Rhin, Owain y Eremon.

—¿Dónde? ¿Aquí? —preguntó Ronan—. No vendrán al corazón de Ardan. Owain se piensa que todos son como él. Temerá una traición.

—Aquí no —aclaró Edana—. En el círculo de piedras de los gigantes.

Muchos relatos rodeaban ese anillo colosal, lugar sagrado y antiguo punto de reunión del clan del gigante Benothi.

—Es posible —murmuró Ronan—. Está en territorio de Ardan, pero a la vista de la frontera con Narvon. Lo que no me gusta tanto es lo cerca que está del Bosque Oscuro.

Edana parecía un mar de dudas.

—Mi padre está enviando mensajeros a todos: Owain, Rhin, incluso Eremon de Domhain.

—¿Por qué? —preguntó Corban intrigado—. ¿Qué espera conseguir?

—No estoy segura. No debía haberlo oído, ya sabes, yo estaba...

—Espiando —completó Corban con una sonrisa.

Edana se encogió de hombros y le devolvió la sonrisa.

—¿Y por qué habría de venir Eremon de Domhain? —quiso saber Ronan—. Braith y el Bosque Oscuro quedan lejos de sus fronteras.

—Hay algo más que simples forajidos en el Bosque Oscuro —explicó Edana—.

Creo que tiene algo que ver con una profecía, o con algo que mi padre oyó en Tenebral.

—Inspiró hondo, con gesto solemne. Una brisa fría llegó desde la bahía—.

Mencionó una señal, el día del solsticio de invierno, y un... un Sol Negro.