Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE. VERADIS #3
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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE. VERADIS #3

Sus cuerpos golpearon la línea. El muro flaqueó en torno a Veradis; los hombres bufaban, afirmaban los pies, se inclinaban contra la presión brutal de carne y huesos gigantescos.

Un hacha se estrelló contra el escudo del hombre junto a Veradis y las astillas les acribillaron el rostro; el guerrero desapareció, arrastrado hacia delante cuando el gigante se llevó el arma. Otro hombre ocupó su lugar.

Veradis recibió un golpe colosal en el escudo que le dejó el brazo entumecido y las piernas temblorosas.

Se asomó por encima del borde y vio unos ojos pequeños y feroces en el rostro anguloso de un gigante que se alzaba sobre él y levantaba un enorme martillo de guerra por encima de la cabeza para asestar otro golpe.

Veradis alzó el escudo y, a ciegas, lanzó una estocada con la espada corta por debajo del reborde de hierro.

Oyó un aullido y sintió cómo la sangre caliente le empapaba la mano.

La mano del gigante dejó de asir con fuerza el mango de su martillo de guerra y el arma cayó al suelo mientras unos dedos se cerraban con desesperación sobre el muslo, tratando de contener el chorro de sangre.

Con un golpe sordo, el gigante cayó de rodillas y Veradis le hundió la hoja en la garganta.

La sacó cuando su oponente se desplomó hacia atrás, profirió un gruñido ensordecedor y levantó de nuevo el escudo.

Otro gigante se alzó ante él y arremetió contra su escudo con una enorme hacha de doble filo.

La hoja quedó atascada en la madera; Veradis aferró el escudo con todas sus fuerzas, con el filo del hacha apenas a un palmo de su ojo.

Detrás de él había empujones y forcejeos, hombres gritando.

El pánico lo atravesó como una daga: ¿era la voz de un gigante a su espalda?

¿Habían vuelto los draigs? Entonces el gigante frente a él tiró del hacha y arrastró a Veradis hasta sacarlo del muro de escudos.

Resbaló en la sangre, cayó sobre una rodilla y alzó la espada corta en un intento inútil de bloquear el golpe que sabía que iba a llegar.

Hubo un sonido seco de corte, un gorgoteo, y luego la cabeza del gigante rodó por el barro ante él.

—Aquí, hombrecito —retumbó una voz detrás de él.

Se dio la vuelta bruscamente y vio a Alcyon alzándose sobre él, con la gran espada larga en la mano y sangre goteando de la hoja.

—La... la batalla... —jadeó Veradis.

—Está prácticamente acabada —dijo Alcyon—. Mira.

Veradis se pasó la mano por los ojos para limpiarse la sangre y el sudor.

Alcyon tenía razón. El muro de escudos había resistido la carga de los gigantes; más de una veintena de aquellos enormes guerreros yacían muertos a lo largo de la línea.

Más allá, aún se oían los ecos del combate.

Caminó hasta la cresta del valle, seguido por Alcyon.

Los draigs que habían atravesado su muro de escudos y lo habían devastado huían ahora, en medio de una nube de polvo, y cada vez los veía más pequeños.

Veradis se dio la vuelta y miró hacia el fondo del valle.

Algunos gigantes y draigs se retiraban; los pocos que seguían en pie y luchaban sufrían el acoso de un torbellino de guerreros a caballo.

«Recuerda las hormigas», había dicho Nathair, y desde allí arriba los draigs y los jinetes se parecían de forma inquietante a las hormigas que había visto aquel día en el claro, cubriendo al perro.

Sus ojos localizaron a un guerrero que sostenía el estandarte de Nathair.

Rauca seguía con vida. Bien. Luego vio a Nathair, inconfundible sobre su gran semental blanco, que clavaba una lanza en la boca de un draig.

La bestia rugió, se irguió hacia atrás y, en su caída, aplastó a un puñado de jinetes.

Y de forma tan repentina como había comenzado, la batalla acabó.

Veradis exhaló un suspiro profundo, cargado de alivio.

Nathair estaba en lo cierto: la sorpresa, la táctica, sus propios Elementales...

todo se había combinado para ganar la batalla.

Pero había sido por tan poco margen... Habían pendido de un hilo.

Si los gigantes y los draigs hubieran dado media vuelta y atacado su muro de escudos por la retaguardia en lugar de huir...

Pero no lo habían hecho. Habían ganado la batalla. La victoria era suya.

Veradis recorrió la ladera con la mirada y reparó en que algunos guerreros lo observaban; otros estaban de rodillas, atendiendo a camaradas, llorando, gimiendo, los heridos pedían auxilio a gritos.

Muchos más yacían esparcidos por la cresta, inmóviles de un modo antinatural.

Sintió que todo el cuerpo le empezaba a temblar y bajó la vista hacia sus manos.

Aún aferraba la espada corta; hoja, empuñadura y mano ennegrecidas por la sangre que empezaba a secarse.

Lanzó un espadazo al aire y emitió un grito de victoria.

Los que lo rodeaban lo miraron y lo imitaron; cada vez más voces se unieron, como las ondas que se expanden cuando una piedra cae en el agua.

Los gritos se transformaron en un nombre coreado:

—¡NATHAIR, NATHAIR, NATHAIR...!