Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE. VERADIS #2
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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE. VERADIS #2

Veradis volvió a trompicones hasta su caballo y saltó a la silla. Levantó el brazo, clavó los talones en los costados de la montura y se lanzó hacia la cresta, con cuatrocientos jinetes a su estela.

Se le cortó la respiración al coronar la subida. Había oído a viejos contar historias de draigs y había visto dibujos de ellos, pero nunca uno de carne y hueso. Los relatos no exageraban.

Las bestias eran enormes, recordaban a los lagartos que había visto tomando el sol en los muros de la fortaleza de Rahim, pero mil veces más grandes.

Los vientres casi rozaban el suelo, sostenidos por cuatro patas arqueadas, con pies palmeados y garras curvas como las espadas de la hueste de Rahim.

Colas largas y anchas se agitaban tras ellos, pero fueron las cabezas las que atraparon la mirada de Veradis: cráneos anchos y planos, mandíbulas largas y cuadradas repletas de dientes afilados como navajas, ojos pequeños, apagados, negros.

Sobre sus lomos cabalgaban gigantes, que parecían pequeños encima de esas bestias colosales.

El fondo del valle estaba infestado de esos monstruos, como un nido de serpientes; había tantos que resultaban casi imposibles de contar. Alcyon había dicho que al menos seis decenas habían cruzado el río. Allí abajo había muchas más.

Inspiró hondo y cerró los ojos con fuerza.

«Recuerda el plan.» Las últimas palabras de Nathair resonaron en su mente: «Las hormigas, recuerda las hormigas.

» Tiró con fuerza de las riendas. Su caballo se encabritó y relinchó salvajemente, y Veradis unió su voz a la de su montura para bramar con todas sus fuerzas:

—¡NATHAIR!

El grito se repitió a su espalda mientras se precipitaba por la ladera.

En el valle, los alaridos de sorpresa estallaron primero, seguidos por extraños bramidos de cuerno. Los draigs rugieron de tal forma que hicieron temblar la propia tierra, mientras los gigantes y sus monturas giraban para enfrentarse a los atacantes.

Ya solo los separaban unos pocos cientos de pasos cuando sonó un cuerno a la espalda de Veradis, esta vez una señal que reconoció.

Giró su caballo para cabalgar en paralelo a los gigantes.

Una rápida mirada le confirmó que los demás hacían lo mismo; en algún lugar se oyó un estruendo y un caballo relinchó con un chillido agudo.

Alargó la mano hacia su lanza, esperando que todos los que venían tras él hicieran lo mismo, y encontró el asta lisa y gastada encajada bajo la silla.

La arrojó y describió un arco en el aire seguida por cientos más.

Se elevaron hasta alcanzar una gran altura, parecieron quedar suspendidas en el aire durante un largo instante y luego se abatieron hacia el fondo del valle.

Muchas rebotaron en las gruesas pieles escamosas de los draigs o quedaron clavadas, vibrando, en las armaduras acolchadas de cuero, pero muchas más dieron en el blanco.

Sonaron gritos como nunca había oído. Una enorme nube de polvo se alzó desde el valle; formas subían y bajaban, gigantes caían desde los lomos de los draigs, draigs se estrellaban contra el suelo, algunos entre rugidos de dolor, otros en silencio.

Hincó los talones en su caballo para que subiera la pendiente y se alejara del valle.

Antes de alcanzar la cresta saltó de la montura, le dio una palmada en las ancas para que siguiera corriendo y se dio la vuelta al mismo tiempo que agarraba el gran escudo redondo de su espalda y desenvainaba la espada corta.

A su alrededor, todos los guerreros hacían lo mismo.

Inspiró hondo, tratando de frenar el martilleo de su corazón, y paseó la mirada por el valle.

Muchos draigs y gigantes yacían abatidos.

Algunos de los grandes lagartos, sin jinete, cargaban por el valle hacia la aldea, bramando.

Desde abajo subían voces en la áspera lengua gutural de los gigantes.

Draigs aún montados, más de una veintena, avanzaban con una rapidez sorprendente para su tamaño, y formaban una línea burda que subía la ladera hacia él.

«Son demasiados.» Veradis vislumbró detrás de ellos gigantes que avanzaban a enormes zancadas al mismo tiempo que se sacaban hachas y grandes martillos de guerra de la espalda y los empuñaban.

El suelo retumbaba bajo sus botas y le subían las vibraciones por las piernas.

—¡MURO DE ESCUDOS! —gritó, y dio unos pasos al frente para colocarse en el centro y al frente de los suyos.

A su alrededor, los cuerpos se apretaron y los escudos chocaron con un golpe sordo.

Hasta ese momento, el plan había salido a la perfección.

Muchos gigantes habían caído sin que ninguno de los suyos hubiera muerto.

Nathair tenía razón: usar armas a distancia y seguir con vida era mucho mejor que mirar a un gigante a los ojos y morir.

«Aunque aún hay muchas probabilidades de que eso ocurra», pensó.

Ahora llegaba el momento decisivo.

Los draigs se lanzaron ladera arriba; unas patas arqueadas impulsaban sus enormes cuerpos, sus garras arrancaban terrones de grava y tierra que volaban por el aire.

Trescientos pasos los separaban del muro de escudos y hombres. Veradis podía percibir, oler, el miedo que rezumaban los hombres que lo rodeaban, y el suyo propio. Se le revolvían las entrañas y le flaqueaban las piernas. El instinto le gritaba que se diera la vuelta y huyera.

—Ahora, Nathair, ahora —musitó.

Doscientos pasos. El suelo temblaba; los draigs se acercaban como una ola imparable.

Distinguía ya pequeños detalles: un diente roto en la boca abierta de un draig, escamas verdes y pardas en el cuello de otro, tatuajes sinuosos en los brazos de los gigantes...

Su cuenta, pensó. «¿Dónde está Alcyon? ¿Dónde está Nathair?

» Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca y solo pudo toser.

Cien pasos. Sonaron cuernos en la distancia, un rugido enorme, como el mar batido por una tormenta.

Debía de ser ensordecedor para oírlo por encima de la carga de los draigs.

Muchos de los grandes lagartos vacilaron, redujeron la velocidad, y los gigantes que los montaban se volvieron.

El estruendo a su espalda creció: armas golpeando escudos, el bramido de las voces de los guerreros, toques de cuerno frenéticos.

Veradis se asomó por el borde del escudo y, entre el enemigo, vislumbró la hueste de Nathair desbordando la cresta del lado opuesto del valle.

«Tú serás el yunque, yo el martillo», le había dicho Nathair.

Los gigantes luchaban con sus monturas para volver grupas al comprender la trampa hacia la que se precipitaban: quedar atrapados contra el muro de escudos y luego ser embestidos por la caballería por detrás.

Voces ásperas bramaron órdenes y muchos de los grandes lagartos dieron media vuelta y se lanzaron ladera abajo para enfrentarse a la carga de Nathair.

Un puñado de draigs siguió subiendo la colina, obstinados en el enemigo que tenían delante, con gigantes a pie corriendo tras ellos.

Veradis torció el gesto. Había esperado que se dieran la vuelta más... Todos, de hecho. Inspiró hondo, plantó los pies en el suelo y esperó a que la tormenta lo embistiera.

Los draigs se estrellaron contra el muro y la colisión demoledora sacudió a la masa de hombres.

Cuerpos, escudos, sangre..., todo voló por los aires allí donde los draigs impactaron.

El terror amenazó con dominarlo. «Nathair se ha equivocado.

» El muro de escudos no bastaba para detener a los draigs.

Los enormes lagartos atravesaron la línea dispersando a los hombres, y los aplastaron hasta convertirlos en montones irreconocibles de carne y huesos.

Los gigantes, encaramados a sus enormes sillas, golpeaban a diestro y siniestro con martillos y hachas de mango largo.

Luego los lagartos salieron por el otro lado del muro y el impulso los llevó más allá de la cresta.

—¡REAGRUPAOS! —gritó Veradis, aunque no sabía si alguien podía oírlo por encima de los gritos de los heridos y los moribundos.

Los lagartos estaban ya al otro lado de la cresta, sin duda dando media vuelta con la intención de hacer más estragos entre los suyos, pero él nada podía hacer al respecto. Más urgente era la veintena larga de gigantes silenciosos y de aspecto implacable que cargaban cuesta arriba hacia él.

—¡MURO DE ESCUDOS! —gritó de nuevo, y al menos los que estaban cerca lo oyeron, porque sintió cómo los hombres se cerraban a su alrededor justo cuando los gigantes chocaron con ellos.