CAPÍTULO TREINTA Y SIETE. VERADIS
CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
VERADIS
Veradis se revolvió, incómodo en la silla, mientras el sudor le bajaba por la espalda. Se pasó una mano por el rostro y se sacudió la humedad de los dedos. Su caballo relinchó suavemente y él se inclinó hacia delante para darle unas palmaditas en el cuello.
—Maldito calor —renegó.
—Pues sí —asintió Nathair, que se protegía los ojos del sol con una mano mientras escrutaba la distancia.
Exploraban el terreno por delante de la hueste, refugiados en una hondonada situada a dos tercios de una empinada ladera cubierta de hierba desde donde se dominaba un río ancho y oscuro; Veradis recordaba que Calidus les había dicho que era el Rhetta.
Veradis lanzó una mirada rápida al Vin Thalun, que permanecía montado unos pasos más atrás, con el gigante Alcyon de pie junto a él, silencioso.
—Entonces, ¿por dónde cruzan? —preguntó Nathair en voz baja.
Sin saber la respuesta, Veradis se movió distraídamente cuando la cota de malla le rozó los hombros.
—Rahim dijo que solo hay un vado natural, a una legua más o menos al norte de aquí.
—Sí, pero ese está vigilado, así que tienen que cruzar por otro sitio.
Veradis entrecerró los ojos y siguió con la mirada el curso lento del río. A lo lejos distinguió el contorno difuso de una torre y la mancha de edificios a su alrededor: el bastión de Rahim, construido para frenar las incursiones de los Shekam, aunque de poco había servido.
—Son gigantes. Tal vez usen hechicería —sugirió.
Nathair no respondió.
Desde allí el río parecía negro, como sangre coagulándose en una herida abierta.
La tierra de la orilla era verde y exuberante, salpicada de árboles y moteada de flores brillantes.
Un pequeño pueblo, de casas de una sola planta de piedra blanca, se apiñaba en torno a un camino de tierra que se alejaba hacia el oeste.
No se veía movimiento; el pueblo estaba vacío y abandonado a causa de las brutales incursiones de los Shekam.
Al otro lado del río, el terreno era pantanoso.
Veradis inspiró hondo e hizo una mueca; en el aire flotaba un repugnante olor dulzón, como de comida que había pasado demasiado tiempo al sol.
—Para matar a esos gigantes, primero tenemos que encontrarlos —dijo, más por romper el silencio que por otra cosa.
Nathair le lanzó una mirada agria.
—Eso ya lo sé. Lo que necesito saber es cómo encontrarlos. Podríamos desplegar la hueste a lo largo del río, pero quedaríamos demasiado dispersos para combatir.
—Mi señor —intervino Calidus.
Veradis sintió una punzada de irritación.
Por algún motivo, la voz insinuante del Vin Thalun empezaba a crisparle los nervios.
Miró al anciano con atención. Era de complexión delgada, pero tenía músculos firmes y tensos en los brazos, la espalda recta, una fortaleza que desmentía su cabello plateado.
Los ojos le brillaban bajo el sol. Veradis entornó los suyos y se fijó mejor.
Qué color tan extraño, pensó; eran ambarinos, como los de un lobo.
—Ajá —murmuró Nathair sin apartar la vista del horizonte.
—Podemos ayudarte a localizar a cualquier Shekam que cruce el Rhetta.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas que hablamos del uso de nuestra habilidad particular?
—Habla claro. ¿Te refieres a los poderes telúricos?
—Sí. —Los labios de Calidus se curvaron apenas en las comisuras. ¿Irritación?
—Entonces sí, lo recuerdo muy bien.
—Alcyon y yo montaremos guardia. Sabremos cuando los Shekam crucen el río.
Nathair lo miró fijamente.
—¿Podéis hacer eso? ¿Estás seguro? No quiero acampar aquí y que mi hueste se ase bajo este sol, para que luego me falles.
—No te fallaremos.
Nathair guardó silencio un largo momento.
—Bien. Entonces esperaremos tu aviso.
«Más espera.» Hacía ya casi veinte noches que habían desembarcado en las costas de Tarbesh. El solsticio de verano había pasado y la Luna de la Pradera había cedido su lugar a la Luna del Draig.
Habían pasado unos días en la fortaleza de Rahim, donde el rey de Tarbesh había ofrecido un banquete en su honor.
Después, la hueste había vuelto a marchar, siempre hacia el este.
Pronto quedó claro que la presencia de Nathair allí se consideraba más simbólica que una solución real al problema de los gigantes, aunque Rahim había enviado unos doscientos hombres de su propia hueste como escolta, bajo el mando de su general.
Nathair tiró de las riendas de su semental y volvió a subir a medio galope la ladera, con Veradis detrás.
Al coronar la colina vieron su hueste desplegada por un suave valle, junto al campamento de Rahim. Las tiendas de pieles y los fuegos para cocinar moteaban el prado.
Quedaba poco para que amaneciera. Veradis tiritaba.
Era extraño cómo los días en aquella tierra podían ser tan abrasadores y las noches tan frías.
Parpadeó con fuerza; le escocían los ojos del cansancio.
A su espalda sonó un restallido de cuero y un caballo relinchó quedamente.
Al mirar por encima del hombro distinguió unas figuras cercanas, casi unas sombras sólidas e impenetrables en la oscuridad.
Sabía que detrás de él había unos cuatrocientos guerreros, pero solo alcanzaba a ver a unos pocos.
Habían cabalgado sin descanso durante lo que debía de ser media noche. Antes de eso, había visto al gigante Alcyon entrar en la tienda de Nathair con Calidus en brazos, y había corrido tras ellos.
—Los Shekam han cruzado el río, a más de veinte leguas al norte —había anunciado el gigante. Se dirigían al suroeste, así que la hueste podría interceptarlos si se movía con rapidez.
Calidus estaba exhausto por la adivinación; sin duda un esfuerzo de hechicería considerable. A Veradis se le erizó el vello de la nuca al pensarlo. Aun así, allí estaban ahora, a unos instantes de enfrentarse a los Shekam. Si es que Alcyon y Calidus eran dignos de confianza.
Una sombra enorme emergió de la oscuridad.
—Ha llegado el momento —retumbó la voz del gigante.
Veradis desmontó, entregó las riendas al guerrero que tenía al lado y luego se volvió para seguir la mole del gigante.
Subieron por una ladera empinada y Alcyon se dejó caer bocabajo para arrastrarse los últimos metros hasta la cima.
Veradis lo imitó, protestando cuando las piedras afiladas se le clavaron en brazos y rodillas.
Se colocó junto a Alcyon y se asomó por encima de la cresta, aunque de poco le servía.
A pesar de que una franja gris comenzaba a filtrarse en el aire, tiñendo el cielo de un morado intenso, el valle de abajo seguía envuelto en oscuridad.
—¿Dónde? —susurró Veradis.
—Desde el este. Paciencia, hombrecito.
«Más espera.» Deseaba que la batalla comenzara de una vez; la espera era peor. Se limpió las palmas sudorosas en la hierba áspera y miró al otro lado del valle, hacia el contorno impreciso de la cresta opuesta, donde sabía que Nathair y sus cuatrocientos hombres permanecían ocultos.
La oscuridad empezaba a disiparse en el valle y se fragmentaba en masas sólidas que poco a poco se volvían reconocibles: grandes peñascos esparcidos por las laderas y el fondo del valle, algún árbol retorcido y raquítico.
A lo lejos se oía el murmullo suave del agua, allí donde, suponía, se encontraba la aldea que los Shekam pretendían saquear.
«Esta vez no.» Sonrió sin alegría.
—Vendrán por ahí —retumbó Alcyon, señalando.
Veradis se fijó en el brazo del gigante.
En la muñeca, emergiendo de debajo de una banda de cuero, un tatuaje oscuro se enroscaba hacia arriba y rodeaba enormes haces de músculo y tendón.
Vio espinas curvas grabadas en la piel, como una enredadera que trepase por el brazo de Alcyon hasta desaparecer a la altura del codo, oculta por la media manga de cota de malla.
—¿Por qué tienes eso? —preguntó Veradis sin pensarlo.
El gigante se miró el brazo y gruñó.
—Es mi sgeul ; mi cuenta, en tu lengua.
—¿Cuenta?
—Sí. Las vidas que he quitado.
Veradis tragó saliva.
—Quieres decir que cada espina...
El gigante volvió a gruñir.
Veradis tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para dejar de mirar el brazo del gigante, de intentar contar las espinas, y para devolver la vista al valle.
Distinguió una densa cortina de niebla en la distancia, en la dirección que Alcyon había señalado.
Parpadeó. Se movía hacia ellos, creciendo, avanzando como la marea por el fondo del valle.
—Han llegado —anunció Alcyon.
Veradis sintió un leve temblor en la tierra debajo de él, seguido por un sonido apagado... ¿Tambores? Imposible. La niebla estaba ya justo debajo de ellos y se expandía hacia la aldea como nubes de tormenta empujadas por un vendaval.
—Esa niebla... —empezó a decir.
—No temas, hombrecito. Prepárate —dijo Alcyon.
Comenzó a susurrar, tan bajo que Veradis no distinguía palabras, solo un zumbido constante.
Miró por encima del hombro y vio a sus guerreros, rostros pálidos y tensos, todos mirándolo a él.
En el valle, la niebla enlenteció su avance como si hubiera chocado con una barrera, se agitó con pesadez y se detuvo.
El tamborileo sonaba más cerca ahora, un poco más fuerte, aunque aún apagado. Provenía de dentro de la niebla.
El sol había salido y se extendía por el horizonte como un semicírculo fundido unido a la tierra.
La niebla empezó a burbujear y hervir, como agua en ebullición; luego se deshilachó y se evaporó en el aire y quedaron a la vista unas formas gigantescas.
Alcyon clavó los dedos en el suelo y apretó puñados de tierra.
De sus manos se elevaron espirales de humo o vapor.
No había dejado de susurrar en ningún momento.
Cuando la niebla se disipó del todo, su voz se elevó bruscamente y luego se apagó de golpe.
El gigante se desplomó, con el rostro pálido cubierto de sudor.
—Ataca ahora, hombre del príncipe —ordenó—. Me uniré a ti pronto.