Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. CORBAN #3
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. CORBAN #3

—Supongo que no la puedo culpar —dijo Halion cuando pudo dejar de reír—. Pensó que te estaba atacando. Aunque ahora puede resultar gracioso —añadió, señalando con el dedo a Corban—, va a crecer hasta hacerse tan grande como un poni. Y eso no tendrá tanta gracia.

Corban empezó a reír también, imaginándoselo.

—Le hemos enseñado a no morder gallinas —dijo—, así que le enseñaré a no morderte a ti.

—Te lo agradecería. Pero no le quites la costumbre de protegerte. Puede resultar muy ventajoso.

—No lo haré. Le estoy enseñando «amigo» y «enemigo».

—¿Y eso?

Corban se acercó a Halion y se arrodilló a su lado; luego llamó a Tormenta.

—Extiende la mano —le dijo a Halion, que se agachó y le hizo caso.

Tormenta olfateó la palma del guerrero con su largo hocico y gruñó.

—Amigo —dijo Corban.

El gruñido cesó.

Halion resopló.

—Venga ya, muchacho. No puede ser tan lista.

—Mi padre dice que sí. A sus sabuesos les enseña lo mismo, aunque dice que les cuesta mucho más aprenderlo. Incluso a Buddai. Dice que es muy despierta y que distingue un rastro mejor que cualquier perro que haya conocido.

Halion alzó las cejas, aunque parecía un poco menos incrédulo.

De pronto miró más allá de la cría, entornó los ojos y se levantó para avanzar con rapidez hacia la palestra. Corban dudó un instante, pero lo siguió.

La palestra no era más que una explanada cuadrada de piedra en el Campo. Allí entrenaban los guerreros. Solo los que habían pasado su Noche Larga tenían permitido pisar la piedra.

Mientras Corban se apresuraba tras Halion, vio a Tull en otra zona del Campo, como un viejo roble entre árboles jóvenes, con dos figuras más pequeñas frente a él.

Puso cara de sorpresa al reconocer a Dath junto a su padre, Mordwyr.

«Claro —pensó con un estallido de alegría—.

La onomástica de Dath.» Su amigo tenía el rostro tenso de emoción y concentración.

Corban lo vio sonreír cuando Tull le estrechó la muñeca a la manera de los guerreros. «Al menos tendré un amigo en el Campo.»

Halion llegó a la palestra y se detuvo, cruzó los brazos y observó con interés.

Dos hombres estaban entrenando, si es que podía llamarse así. Uno era un torbellino, siempre en movimiento; el otro estaba claramente superado y luchaba con desesperación solo por defenderse. Era Glyn.

El torbellino se detuvo y el guerrero soltó una carcajada. Era Conall, el hermano de Halion.

—Cubre la cabeza, hombre —dijo un Conall sonriente mientras atacaba a Glyn—. Eso es. ¡Ahora, muslo derecho! —gritó—. ¡Vientre, hombro izquierdo, garganta!

Una fracción de segundo después de cada palabra, su espada de práctica salía disparada y golpeaba exactamente donde había anunciado. Algunos guerreros alrededor de la palestra comenzaron a reír, aunque otros parecían de mal humor.

—¡Rodilla izquierda! —gritó Conall, pero esta vez el arma golpeó la muñeca de Glyn con un chasquido seco.

La espada de Glyn cayó de sus dedos entumecidos y la punta del arma de Conall apareció de pronto bajo su barbilla, presionando hacia arriba. Conall enseñó los dientes y lo empujó al dar un paso al frente.

—La próxima vez que te dirijas a mi hermano —dijo en tono amenazante—, más te vale ser educado.

Avanzó de nuevo y Glyn tropezó al retroceder y cayó pesadamente de espaldas.

Conall carraspeó y escupió a los pies del hombre, luego se dio la vuelta y se marchó como una exhalación. Sonrió al ver a Halion y cambió de dirección para acercarse a él.

Corban vio que Glyn se incorporaba despacio, se frotaba la garganta y las mejillas encendidas y lanzaba una mirada asesina a la espalda de Conall.

—¿Crees que ha disfrutado la lección, Hal? —dijo Conall, que respiraba con agitación, pero aún tenía una amplia sonrisa en la cara. Halion lo observó acercarse en silencio hasta que llegó a su lado y le pasó un brazo por los hombros—. Te tratará mejor la próxima vez que os veáis.

—Puedo librar mis propias batallas, Con —dijo Halion.

—Eres demasiado blando, hermano mayor —replicó Conall, que se lo llevó de la palestra. Corban y Tormenta los siguieron—. Te insultó, te llamó «forastero». —Un destello de ira cruzó el rostro de Conall, antes de que regresara la sonrisa—. Apostaría a que no volverá a hacerlo.

—Es posible —dijo Halion—, pero hoy no te has ganado muchos amigos ahí fuera.

—¿Amigos? No me importan los amigos. Solo me importas tú. Mi hermano. Solo nosotros dos, ¿recuerdas?

El rostro de Halion se suavizó.

—Lo sé, Con, pero no olvides que estamos aquí por la gracia de Brenin. No abuses de ella.

Conall se puso serio.

—No toleraré insultos, ni hacia mí ni hacia los míos; da igual de quién sea el favor que ponga en peligro.

—Ten cuidado, Con. Yo, al menos, quiero quedarme aquí. Tu lengua y tu temperamento... —Halion miró a su alrededor y respiró hondo—. Como he dicho, puedo luchar mis propias batallas.

Conall apartó el brazo de su hermano y se marchó de forma brusca; lanzó una última mirada feroz antes de dirigirse hacia el túnel de los serbales.

Halion se quedó observando a su hermano hasta que desapareció. Suspiró y se volvió de nuevo a Corban.

—Vamos, muchacho. Acabemos tu entrenamiento.