CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. CORBAN #2
Había pasado una decena de noches desde la reaparición de Marrock y la vida casi había vuelto a la normalidad.
Vonn se había recuperado lo suficiente como para regresar a la casa de su padre, así que Corban estaba libre de las tareas de Brina, al menos por un tiempo.
Algo había cambiado en él desde el regreso de Marrock.
Había sido extraño, incluso incómodo, oírle hablar de él aquel día usando palabras como «valor» y «coraje».
Todo lo que recordaba de la noche junto al estanque del pozo era terror absoluto, como si se le hubieran licuado las tripas.
Y, aun así, se había enfrentado a Braith, había negociado con él.
Eso debía de significar algo, aunque en el fondo supiera que no había actuado por valentía alguna.
Y ahora estaba cansado de esconder a Tormenta.
Le había dicho a su padre aquella mañana, mientras desayunaban, que iba a llevarla al Campo. Esperaba una explosión, o al menos un no tajante, pero no ocurrió ninguna de las dos cosas. Thannon simplemente lo había mirado, arrugando las cejas espesas.
—Como quieras —había dicho su padre, que se había vuelto a centrar después en la pila de galletas de avena.
Corban miró a Tormenta, que caminaba a su lado. Ya había crecido, incluso en las pocas semanas desde que la sacara del Baglun. Era más alta, menos esponjosa, y unas rayas oscuras estriaban su pelaje blanco.
Sabía que llevarla allí removería recuerdos dolorosos para algunos, pero no era su culpa. Tormenta era suya, y se sentía orgulloso de ella.
—Saca ese engendro de Asroth del Campo.
Corban alzó la vista. Un puñado de personas se había interpuesto entre él y Halion. Algunos eran más jóvenes, aún no habían pasado su Noche Larga, pero también había guerreros mayores. Reconoció a Rafe entre ellos. Corban lanzó una mirada rápida a su alrededor. Muchos observaban.
—Este no es su sitio —dijo una voz sin rostro desde el grupo que crecía frente a él.
Vio detrás de ellos que Halion avanzaba a grandes zancadas hacia él.
Corban intentó rodear el pequeño corrillo, pero Rafe dio un paso al frente y le cerró el paso.
—Quítate de en medio —murmuró Corban.
—Ya lo has oído, hijo del herrero —replicó cortante Rafe—. Saca esa cosa de aquí. Da gracias de que Vonn aún no haya vuelto al Campo.
«Respira hondo», se dijo Corban, que sintió cómo comenzaba ese conocido nudo en el estómago. Expulsó el aire despacio.
—No —se oyó decir, complacido de que la voz no le temblara. Avanzó.
Rafe cerró el puño y lanzó un golpe, pero Corban lo estaba esperando. Se agachó, pisó con fuerza una de las botas de Rafe y lo empujó fuerte con ambas manos en el pecho. Instintivamente, Rafe intentó recuperar el equilibrio, pero el pie atrapado lo traicionó y cayó al suelo.
Antes de que Corban pudiera seguir adelante, una mano firme lo agarró y lo giró.
Esta vez era un guerrero: corpulento, bajo, brazos poderosos, una mueca torcida en los labios.
Glyn. Lo levantó del suelo hasta dejarlo de puntillas.
Tormenta gruñó y el guerrero echó la pierna atrás para dar una patada a la cría.
—Suéltalo, Glyn.
Halion estaba en el borde del gentío, aparentemente relajado, salvo por unas líneas tensas alrededor de la boca.
—No te metas en esto. —El guerrero fulminó a Halion con la mirada.
—Esto es el Campo de los Serbales, Glyn. Las rencillas personales no pasan de los árboles, recuérdalo.
—Esta vez sí. No eres de aquí... No lo entenderías. Márchate.
—No.
Glyn soltó a Corban, lo empujó un par de pasos atrás y se volvió para encararse con Halion. El guerrero alto alzó las manos, con las palmas abiertas.
—No hay necesidad de que esto vaya a más, Glyn. El corazón nos gobierna a todos de vez en cuando. Dejémoslo así, ¿eh?
—No intentes instruirme, forastero —dijo Glyn, a la vez que avanzaba un paso hacia Halion, que no se movió salvo para ajustar ligeramente la posición de los pies.
—¿Qué ocurre aquí? —Una voz profunda llegó desde más allá del grupo. Por encima de las cabezas reunidas, Corban vio una figura alta y corpulenta avanzar hacia ellos. Era Tull.
La multitud se apartó ante el paladín de Brenin hasta que quedó erguido, imponente, frente a Corban. Rafe ya se había levantado y se había escabullido unos pasos más atrás.
—¿Qué ocurre aquí? —repitió Tull, mirando a Corban antes de clavar los ojos en Halion y Glyn.
Halion le sostuvo la mirada sin responder.
—Que alguien me conteste antes de que me entren ganas de empezar a partir cabezas —amenazó el veterano campeón.
Ahora se había formado un círculo de gente a su alrededor. Conall, el hermano de Halion, se abría paso con gesto preocupado para llegar al frente.
—Ha traído a ese perro del demonio al Campo —soltó Rafe detrás de Glyn.
La cabeza de Tull giró de golpe, como un ave de caza al avistar a su presa, y fijó los ojos en el hijo de Helfach.
—Se burla de nosotros, se burla de los guerreros que cayeron en la cacería —balbuceó Rafe, sin dejar de mirar al suelo.
—El muchacho dice la verdad —murmuró Glyn, y otras voces en la multitud lo secundaron.
Tull alzó una mano y miró a su alrededor, hasta que su mirada acabó posándose en Corban y en la cría a sus pies.
Un silencio demoledor cayó sobre el Campo mientras el paladín del rey lo evaluaba, y Corban fue dolorosamente consciente de todas las miradas que había clavadas en él.
Casi con toda seguridad, la mayor parte del Campo presenciaba la escena.
Se maldijo por estúpido. «¿Qué he hecho? »
—Muchacho, ¿no reclamaste la Justicia del Rey y te presentaste ante nuestra reina Alona? —dijo Tull en voz alta para que todos lo oyeran.
—Sí... —balbuceó Corban.
—Habla más alto. Si fuiste lo bastante valiente como para hablar ante nuestra reina, seguro que lo eres para hacerlo ante esta chusma.
—Sí —repitió más fuerte Corban.
—¿Y no dictó ella sentencia?
—La dictó.
—¿Cuál fue su sentencia?
—Que... que yo no era responsable del daño causado en el Baglun. Y que me podía quedar con la cría.
Tull espiró ruidosamente.
—¿Alguien no lo ha oído? —bramó.
Silencio.
—La Justicia del Rey dicta que esta cría se queda con el muchacho y que puede llevarla adonde le plazca. ¿Alguien... alguno de vosotros... —preguntó Tull recorriendo a la multitud con los ojos hasta detenerlos en Rafe—... cuestiona la sentencia de nuestra reina?
De nuevo, silencio.
—Bien. Como debe ser. Os recordaré que soy la espada del rey. Pasaré por alto el insulto cometido aquí. Pero solo por esta vez.
Se quedó allí, en silencio, fulminando con la mirada al grupo que había cercado a Corban. Uno a uno, fueron retirándose, hasta que no quedó nadie. Luego volvió la vista hacia Corban, circunspecto.
—Te estaré vigilando —dijo, y se marchó a grandes zancadas.
—¿Estás bien, muchacho? —preguntó Halion.
Corban aún observaba la espalda de Tull.
—Es... estoy bien —murmuró.
—Bien. Pues vamos.
Caminaron hasta un armero y cada uno buscó una espada de práctica de su gusto.
Algo hizo que Corban mirara por encima del hombro.
Dos figuras se recortaban entre las sombras de los serbales: una enorme, la otra no tan alta, más esbelta.
Se alejaron, y Corban parpadeó; cuando volvió a mirar ya no estaban.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó Halion de nuevo, cuando encontraron un espacio para empezar el entrenamiento—. Estás pálido.
Corban soltó el aire de golpe. Se sentía un poco mareado.
—No me lo esperaba —dijo.
—¿No? —Halion arqueó una ceja.
—No. Estoy acostumbrado a las miradas, a las palabras duras. Pero eso...
—Los sentimientos intensos, muchacho, a menudo se manifiestan en actos intensos.
—Sí, ya lo veo.
—¿Por qué has traído a la cría aquí?
Corban bajó la mirada y observó a Tormenta tumbada en la hierba; sus ojos cobrizos le devolvieron la mirada con curiosidad.
—Porque no me parece justo esconderla como si hubiera hecho algo malo —confesó—. No se lo merece. Y yo tampoco he hecho nada malo, así que no pienso comportarme como si lo hubiera hecho. —Sonrió a Halion—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por salir en mi defensa. Fuiste el único.
—De nada, muchacho. Vamos, empecemos.
El alto guerrero alzó el arma y se lanzó hacia Corban, atacándole a la cabeza y al pecho.
Corban retrocedió con rapidez y consiguió bloquear los golpes, pero entonces se produjo un torbellino de movimientos y Halion retrocedió dando un grito y saltando sobre un pie al mismo tiempo que agitaba la otra pierna con desesperación.
Durante un instante, Corban no entendió qué ocurría, hasta que vio un bulto peludo aferrado a la pantorrilla de Halion.
Tormenta lo agarraba y se negaba a soltarlo.
Halion dejó de brincar y Tormenta plantó las patas en el suelo, con la boca aún cerrada alrededor de su pierna.
Solo movía sus ojos cobrizos, fijos en el guerrero.
Emitió un sonido grave que le salió de lo más profundo de la garganta.
Hubo un momento de silencio mientras Corban corría hacia ellos, y entonces Halion empezó a reír.
—¡Tormenta! ¡Aquí! —ordenó Corban con firmeza, y la cría regresó junto a él.