Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. CORBAN
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. CORBAN

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

CORBAN

Corban estaba sudando cuando atravesó la Puerta de Piedra y se adentró en la fría penumbra de Dun Carreg. Mantenía la vista fija en el suelo delante de los pies, con miedo de que hubiera miradas acusadoras clavadas en él.

«¿Qué dirá Marrock? ¿Sabrá ya todo el mundo que dejé escapar a los bandidos?»

Buddai trotaba a sus talones y Tormenta iba acurrucada bajo su brazo. Había estado desesperado por regresar a la fortaleza y había corrido todo el camino, aunque al mismo tiempo le aterraba lo que pudiera encontrar al volver.

Su primera reacción al oír que Marrock seguía vivo había sido de alegría desbordante, de alivio absoluto.

Braith había cumplido su palabra y había liberado a Marrock.

«O quizá Marrock ha logrado escapar.»

Demasiadas preguntas.

¿Adónde debía ir? Seguro que habían llevado directamente a Marrock ante Brenin.

Pero eso habría ocurrido hacía ya un buen rato.

Tiempo suficiente para que la noticia de su regreso se hubiera difundido por la fortaleza, y también para que muchos hubieran oído el relato de Marrock sobre todo lo sucedido, incluido el papel que Corban había jugado.

Alzó la vista y vio la piedra gris de su casa.

Así que sus pies lo habían llevado allí.

La puerta estaba abierta y su madre se encontraba en el umbral.

Una presión empezó a crecerle en el pecho, como si se le expandiera el corazón y se hiciera demasiado grande para su caja torácica.

No le gustó la expresión de su madre: fruncía el ceño, la boca recta como una línea, arrugas de preocupación en las comisuras de los ojos.

Tormenta se revolvió bajo su brazo. La dejó en el suelo y la cría de lobona salió corriendo junto a Buddai y ambos se colaron entre las piernas de su madre.

Gwenith no se movió cuando Corban llegó a la puerta. Corban se detuvo y alzó poco a poco la mirada hasta encontrarse con sus ojos. Ella alargó la mano y le pasó los dedos por el cabello para despejarle la frente, donde se le había pegado por el sudor.

—Tienes visita —anunció.

—¿Dónde? —balbuceó él, mientras intentaba asomarse a la cocina.

Gwenith se apartó para dejarle paso, aunque Corban no se movió. Se sentía como si hubiera metido los pies en una de las ciénagas del Baglun.

—Fuera, en el huerto —dijo ella.

Corban hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para entrar en la cocina sin preguntar siquiera quién lo esperaba y se dirigió a la puerta trasera.

La abrió y salió, pasando bajo el enorme martillo de guerra de su padre que colgaba sobre el dintel.

Tormenta se escabulló tras él antes de que cerrara la puerta.

Marrock estaba sentado en un tocón junto a la leña, mirándolo, con Cywen a su lado, callada e inmóvil.

Ella sostenía un cuchillo en la mano; seguramente estaba practicando el lanzamiento cuando llegó Marrock.

Corban se quedó paralizado un instante, parpadeando bajo la luz del sol, y luego caminó hacia el cazador.

Marrock se levantó cuando Corban se acercó.

Estaba pálido, con la cicatriz del rostro destacando rosada y viva.

Un vendaje tirante le rodeaba la espalda y el hombro.

Se miraron en silencio, hasta que Marrock le indicó que se sentara.

—Hizo lo mejor para ti y para mí —soltó Cywen—. Estarías muerto si hubiera hecho otra cosa.

—Calla, muchacha —dijo Marrock, alzando una mano. Hizo una mueca de dolor al sentarse de nuevo, de cara a los hermanos.

«Sigue defendiéndome a pesar de que aún cree que hice mal», pensó Corban, que lanzó una mirada de agradecimiento a su hermana.

Un silencio demoledor cayó sobre ellos. Marrock los observaba, Cywen fruncía el ceño en respuesta y los ojos de Corban iban de uno a otro.

—Estoy en deuda contigo —dijo Marrock, con sus intensos ojos azules clavados en Corban—. Me salvaste la vida.

Sorpresa. Un alivio inmediato, como si se liberara una presión entre sus omóplatos y la base del cráneo.

«No me culpa.» Luego regresó la inquietud.

«¿Quién más lo sabe?» Corban apartó la mirada del cazador y la bajó a la tupida hierba a sus pies.

No sabía qué hacer ni qué decir, así que permaneció en silencio, sin hacer nada.

—¿Qué hacíais allí? ¿En el estanque? —preguntó Marrock.

Corban no dijo nada y lanzó una mirada a Cywen. También habían discutido sobre eso. Cywen pensaba que debían haber ido directamente a Brenin y contarlo todo, incluido el paradero de la puerta secreta y los túneles bajo la fortaleza. Corban opinaba lo contrario.

Ni siquiera podía explicar por qué sentía con tanta fuerza que los túneles debían permanecer en secreto; solo sabía que así era, y que siempre llamaría «rompejuramentos» a Cywen si revelaba que existían.

—Casualidad —murmuró.

Marrock exhaló despacio, mientras se recostaba un poco y miraba alternativamente a Corban y a su hermana.

—¿Casualidad? Pues entonces Elyon debe de tenerme reservado algún gran propósito, para haceros aparecer en un momento tan oportuno.

Corban volvió a quedarse callado. Tomó aire. «Mejor saberlo, fuera como fuese.»

—¿Se lo has contado a alguien? —preguntó—. ¿Nuestra implicación?

—Sí, muchacho. Lo he hecho.

Corban intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. De pronto la garganta se le cerró, el pulso le retumbó en los oídos. «Bueno, pues así sea», pensó mientras intentaba respirar despacio y hondo por la nariz como le había aconsejado Gar.

—Pero solo el rey y mi tío lo saben —continuó Marrock—. De hecho, Brenin nos hizo jurar que nadie más debía enterarse de vuestra participación.

El silencio se extendió, roto solo por los pequeños sonidos del huerto: el suspiro del viento entre las ramas de los manzanos.

Una sensación de alivio lo inundó.

—Fuisteis valientes —dijo el cazador—. Los dos.

Mucho más que muchos guerreros que he visto.

Me gustaría que vuestros nombres se pregonaran desde las torres más altas, pero Brenin piensa distinto.

Cree que, si se difundiera la historia, se podría malinterpretar.

No quiere que vuestra valentía sea recompensada con desprecio...

o algo peor. Así que —sonrió y su cicatriz se arrugó— quedará entre nosotros.

¿Vosotros se lo habéis contado a alguien?

—No —respondieron Corban y Cywen al unísono.

—Bien. Entonces que siga siendo así.

—¿Escapaste? —preguntó Cywen.

—¿Escapar? No, muchacha. Por doloroso que me resulte reconocerlo, Braith cumplió su palabra.

Me dejó ir al amanecer, tal como dijo. —Marrock se pasó una mano por el cabello—.

¿Visteis la cicatriz de Braith? Desde aquí hasta aquí.

—Se señaló junto al ojo izquierdo y trazó lentamente hasta la mandíbula.

—Yo sí —respondió Corban.

—Mi padre, Rhagor, se la hizo. Braith me lo contó.

Habló de mi padre. —Guardó silencio con los ojos cerrados—.

Lucharon en el Bosque Oscuro. Braith me dijo que ningún hombre le había rozado siquiera con una hoja, hasta mi padre.

Braith lo mató aquel día, en el Bosque Oscuro.

—Una expresión de desolación absoluta cruzó el rostro de Marrock, que ocultó casi al instante—.

¿Dónde aprendiste a lanzar cuchillos así, muchacha?

—preguntó, soltando el aire y sonriendo de nuevo.

—Mi madre —respondió Cywen, que le devolvió una sonrisa tímida—.

Me enseñó allí. —Señaló un viejo tronco cerca de los rosales, astillado y con un millar de marcas de cuchillo—.

No lo voy contando por ahí. Da la impresión de que a la mayoría de los hombres no les gusta que sepa hacerlo. Les incomoda, dice mamá.

Marrock resopló.

—Pues yo, por mi parte, me alegro de que tengas esa habilidad.

Cywen sonrió.

Con un gran suspiro, Tormenta se dejó caer a los pies de Corban y levantó una pata trasera para rascarse la oreja.

—¿Y cómo va tu cría? —preguntó Marrock mirando al cachorro.

—Creo que bien —contestó Corban—. La estamos entrenando como mi padre hizo con Buddai.

—¿Y qué tal va?

—Todavía no se ha comido ninguna gallina —respondió Corban con una sonrisa—.

Aquel día, el de la cacería, cuando comparecí ante Alona...

, hablaste en mi favor. Si hubieras dicho otra cosa, no creo que siguiera aquí.

—Hundió los dedos en el pelaje cada vez más espeso de Tormenta—. ¿Por qué lo hiciste?

—La verdad, muchacho, no lo sé. Tener un lobón no es... la decisión más... sensata. Solo tuve una corazonada. A veces lo sabes, algo te habla. —Se encogió de hombros—. Me alegro mucho de haberte apoyado. En caso contrario, quizá no habrías estado tan dispuesto a alzar la voz por mí en el estanque.

—Lo habría hecho de todas maneras —espetó Cywen—. Ban no es así.

Marrock alzó las manos con una amplia sonrisa en el rostro.

—Me temo que tienes razón, muchacha. Desde luego, no hay que juzgarte por las apariencias, muchacho. Te plantaste ante Braith, el forajido más temido de Ardan, y tuviste el valor de negociar con él. Llevas un lobón a tu lado y tienes por hermana a una guerrera.

Cywen esbozó una sonrisa feroz.

Marrock se puso en pie.

—Ahora debo irme. Mi mujer está preocupada por mi salud y muy dispuesta a cuidarme.

Recordad que estoy en deuda con vosotros.

Me salvasteis la vida. —Tendió la mano a Cywen y le agarró el antebrazo en el saludo de los guerreros, lo que le arrancó otra enorme sonrisa—.

Cuida bien de tu cachorro, chico —le dijo a Corban al estrecharle el brazo—.

No todos están contentos con que esté aquí.

Evnis tiene muchos seguidores en la fortaleza.

Corban dejó atrás la sombra de los serbales y entró en el Campo. Se detuvo un instante y respiró hondo antes de seguir avanzando hacia Halion. Mantuvo la vista fija en su maestro de armas, aunque sintió cómo las miradas se volvían hacia él y oyó murmullos y gritos ahogados.

Había llevado a Tormenta al Campo de los Serbales.