Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO. VERADIS #3
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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO. VERADIS #3

—Un río marca la frontera oriental de Tarbesh —dijo Calidus— y separa el reino de Rahim de los gigantes Shekam.

Últimamente, los Shekam han estado cruzando el río y saqueando las tierras de Rahim.

Es una historia conocida, por lo que he oído.

Los clanes de gigantes que quedan se están volviendo más audaces en todas las Tierras del Exilio.

—Sí, eso también lo he oído —repuso Nathair—. ¿Sabes algo de cómo hacen la guerra estos gigantes, los Shekam?

—Hay alguien que sabe más que yo sobre eso —respondió Calidus con una sonrisa. Señaló con la cabeza a Alcyon.

El gigante dio un paso adelante; Veradis sintió una leve vibración en la cubierta.

—¿Conoces a los Shekam? —preguntó Nathair, que alzó la vista hacia el rostro ancho y anguloso de Alcyon.

—Sí —retumbó el gigante, con voz áspera y grave—. Todos los clanes tenían muchas cosas en común: como la mayoría, sus armas predilectas son el hacha y el martillo. Pero también había diferencias. Los Shekam solían combatir montados.

—¿Montados? —repitió Veradis—. Pero un caballo no podría cargar con un gigante.

—Así es, hombre del príncipe —dijo Alcyon, fijando en él sus pequeños ojos oscuros—. Montan draigs.

—¿Draigs? —balbuceó Veradis, con los ojos muy abiertos.

—Sí. Draigs —repitió el gigante, esbozando una leve sonrisa que hizo temblar su bigote caído.

—No pensaba que los gigantes montaran nada —repuso Nathair.

—La mayoría no. Podemos igualar a vuestros caballos en distancia recorrida —dijo sin titubear—.

Pero los clanes son belicosos por naturaleza.

Combatíamos entre nosotros mucho antes de que vuestra especie llegara a estas tierras, y siempre buscábamos cualquier ventaja.

En el norte, los Jotun montaban osos. No sé si aún lo hacen, puesto que los vuestros los empujaron más allá del Macizo de los Huesos, pero sospecho que sí. Los Shekam montan draigs.

Veradis asintió. La cabeza se le llenó de imágenes del conflicto que se avecinaba. Sabía que los clanes de gigantes habían sido derrotados antes, y que entonces eran muchos más, así que la tarea parecía factible. Pero gigantes montados en draigs..., eso sí resultaba inquietante.

—¿Puedes contarnos algo más, Alcyon? —preguntó Nathair.

—Sí. El mayor peligro vendrá de los Elementales. Es probable que los haya en sus filas.

Veradis abrió los ojos aún más.

—Hechiceros —murmuró.

—Sí. Manipuladores de los poderes telúricos —tronó Alcyon.

—Esto empieza a ser algo más que una campaña para «foguearnos», Nathair —dijo Veradis en voz baja.

—Desde luego —respondió el príncipe—. ¿Cómo podemos combatir a esos Elementales?

—No te inquietes —terció Calidus—. Alcyon y yo os acompañaremos. También conocemos esos poderes.

—¿Sois hechiceros? —preguntó Veradis.

Alcyon no respondió y Calidus se limitó a sonreír.

El resto del viaje transcurrió con rapidez. El tiempo era caluroso, pero lo suavizaba un viento constante que aceleraba su avance; el sol llenaba un cielo azul sin nubes y abrasaba la piel de todos los que permanecían en cubierta.

Tras cinco noches más, Veradis volvió a encontrarse en la proa del barco, contemplando una mancha oscura en el horizonte.

—Tarbesh —murmuró, sintiendo crecer la emoción, una ligereza danzando en el estómago.

A medida que avanzaba el día, la tierra en el horizonte fue tomando forma hasta que pudo distinguir con claridad la costa: acantilados escabrosos de roca oscura y rojiza, arena cubierta de hierba quemada por el sol y, aquí y allá, olivos achaparrados de corteza pálida, retorcidos como masas de tendones y nervios.

La pequeña flota viró hacia el norte y siguió costeando hasta llegar a una gran bahía donde un río desembocaba en el mar.

Allí la tierra era más verde, con arboledas de altos cedros flanqueando el río.

Al caer la noche, la hueste de Nathair estaba en tierra firme.

Acamparon junto al río. Por la mañana, Lykos se despidió de ellos.

—Regresaré la última noche de la Luna del Segador —dijo—. Si no estáis aquí, os esperaremos, o esperaremos hasta que enviéis noticias. Os llevaré de vuelta a Tenebral y a Jerolin con tiempo de sobra para el solsticio de invierno.

Nathair dio media vuelta y montó de un salto en la silla de su semental blanco. Los cuernos resonaron y, con un estruendo poderoso, la hueste se puso en marcha.

—¿Cuánto falta para llegar a la fortaleza de Rahim? —preguntó Nathair a Calidus.

—Cuatro noches, cinco como mucho.

—Bien.

El príncipe se volvió sobre la silla y contempló a su hueste.

Veradis sintió cómo el ánimo se le elevaba al distinguir a Rauca entre la masa de jinetes, que sostenía en alto el estandarte de Nathair, el águila de Tenebral restallando al viento.

Alzó la mano hacia su amigo, con una amplia sonrisa invadiéndole el rostro. Nunca se había sentido tan vivo.

Nathair le devolvió la sonrisa con fiereza y Veradis supo que el príncipe sentía lo mismo. El destino los guiaba, tal como Nathair había prometido. Ambos devolvieron la vista al frente y espolearon a sus caballos.