CAPÍTULO TREINTA Y CINCO. VERADIS #2
—¿Y si alguien se va de la lengua? Tenemos casi un millar de hombres aquí.
—Será una prueba de su lealtad —respondió Nathair con firmeza—. Esta es mi hueste; son mis hombres, no los de mi padre. Se lo dejaré claro.
Veradis se relajó, aliviado por no tener que ver a su propio padre, y, en medio día, toda la hueste, caballos y carros de suministros incluidos, había embarcado en los navíos de los Vin Thalun.
Un sonido de pasos devolvió a Veradis al presente. Giró la cabeza y vio acercarse a Nathair.
—Menos mal que no se trata de una campaña marina —dijo el príncipe al ver vomitar a los guerreros mareados repartidos por el borde del barco.
—Sí —resopló Veradis, aunque una parte de él seguía inquieta ante esa posibilidad.
—Ahorramos al menos una luna entera de dura cabalgada si viajamos así, y lo mismo cuando regresemos por este camino. En no más de cinco noches volveremos a pisar tierra firme.
—¿Tantas ganas tienes de enfrentarte a los gigantes de Tarbesh? —preguntó Veradis.
—Desde luego. —Nathair hizo un gesto con la mano y mordió una ciruela; el jugo oscuro goteó sobre la cubierta—.
Los aplastaremos. Las Tierras del Exilio no han visto nada como nosotros antes, Veradis.
El destino nos llama; no fracasaremos. Será una buena prueba para nosotros —añadió, con una sonrisa feroz—.
Mi padre tiene razón: necesitamos combatir para ganar experiencia. Es sabio, en algunas cosas.
«Pero no en todas», pensó Veradis, completando el pensamiento que Nathair no había expresado en voz alta.
—Esa fijación que tiene con los Vin Thalun..., acabará viendo que es infundada. Le haré cambiar de opinión. Es un hombre razonable, y debemos pensar en el futuro, no en el pasado, ¿no crees?
Nathair mordió el último resto de carne de la ciruela y arrojó el hueso al mar.
—Sí.
—Mira a tu alrededor. Los Vin Thalun son un gran activo.
No solo nos han ahorrado tiempo en el viaje, sino que ahora llegaremos a Tarbesh descansados, no agotados tras un viaje duro.
Y hay muchas más posibilidades, mucho más potencial: la velocidad con la que podemos mover guerreros, el factor sorpresa en los ataques... Mucho más.
«¿Descansados? Quizá no todos», pensó Veradis, que echó un vistazo a un guerrero que vomitaba bilis por la borda. Aun así, en conjunto no podía rebatir la lógica de Nathair.
—Y eso no es todo —continuó Nathair, ahora en voz más baja—. He encargado una tarea a Lykos. Le he pedido que reúna información para mí.
—¿Sobre qué?
—¿Recuerdas el libro que leyó Meical, en la asamblea de mi padre?
—Claro. Se dijeron muchas cosas.
—Sí. He hablado de parte de ello con Lykos y Calidus. Me están ayudando a entenderlo.
Veradis puso cara larga; no le gustaba cómo sonaba eso.
—¿Y tu padre y Meical? ¿Por qué no preguntarles a ellos?
—Lo he intentado. Meical no me dice nada, y mi padre solo repite «pronto»... Pero pronto será demasiado tarde. Así que tengo que buscar ayuda donde pueda. Lykos ha construido toda una red de... ¿cómo llamarlos...?
—¿Espías? —aventuró Veradis.
—Informadores. Y Calidus parece saber mucho de todo. ¿Recuerdas Telassar, la ciudad de muros blancos de la que hablaba el libro de Meical, y los guerreros de las sombras?
—Sí. Todo me sonó a acertijo.
—A mí también. Pero Lykos me ha hablado de Telassar.
Es una ciudad legendaria, oculta por un encantamiento, hogar de guerreros ferozmente devotos a Elyon: los guerreros de las sombras, los Jehar, como se llaman a sí mismos.
Saben de la inminente Guerra de los Dioses y han pasado sus vidas preparándose para ella, preparándose para la Estrella Brillante.
—Nathair miró a su alrededor y bajó aún más la voz—.
Yo soy la Estrella Brillante, el elegido de Elyon. Lucharán por mí.
Veradis asintió.
—Todo eso tendría sentido —dijo—, salvo por una cosa. ¿Dónde están? Las ciudades legendarias suelen ser solo eso: leyendas. Y si están ocultas por un encantamiento, ¿cómo piensas encontrarlas?
—Buenas preguntas. En cuanto a la ubicación de esa fortaleza, Lykos ha oído que está en Tarbesh.
—Ah.
—Exacto. Así que el tiempo que estamos ahorrando en el viaje se puede aprovechar bien. Encontraré Telassar y hablaré con esos guerreros de las sombras.
—¿Antes o después de ocuparnos de los gigantes de Rahim?
—Después. —Nathair sonrió—. De hecho, vamos a deliberar sobre ello ahora. He pedido a Lykos y a Calidus que se nos unan aquí en cuanto puedan.
—¿Y el gigante? ¿No te inquieta aceptar ayuda de alguien como él?
—¿Inquietarme? No, Veradis. Nunca apartes la vista de nuestro objetivo, amigo mío.
—El objetivo. ¿Y cuál es, al final?
—La victoria —susurró Nathair—. Usaré a hombres, gigantes o bestias para alcanzarla. Por el bien mayor haré lo que sea necesario.
Veradis oyó el chirrido de una puerta y se volvió. La enorme silueta de Alcyon emergía de la bodega con Lykos y Calidus caminando a su sombra.
Había algo lupino en Lykos, pensó Veradis mientras el señor de los Vin Thalun se acercaba a ellos acompañado por el tintineo de los anillos de hierro en su cabello entrecano. Sus andares destilaban la elegancia y la seguridad propios de quien ha pasado años sobre la cubierta de un barco.
—Mi señor —dijo el jefe corsario al aproximarse. Muchos en la hueste se habían sorprendido al oír a Lykos referirse así a Nathair.
—Saludos —dijo Nathair—. Como sabes, voy en ayuda del rey Rahim. Sus tierras sufren constantes incursiones de gigantes. ¿Puedes decirme algo que facilite mi tarea?
—Desde que hablamos de Telassar —respondió Lykos—, he enviado a muchos hombres a Tarbesh para tratar de encontrar tu fortaleza. Mis informadores han viajado lejos y han averiguado mucho.
—Cuéntame.
—Informan a Calidus. Él ha sido mis oídos durante muchos años y me ha servido bien —dijo, y lanzó un gesto al hombre demacrado.