Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO. VERADIS
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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO. VERADIS

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

VERADIS

Veradis inspiró hondo, saboreando el olor y el gusto de la sal en el aire, aunque el viento le azotaba el rostro y le hacía lagrimear los ojos.

Caminaba por la cubierta del barco con soltura, adaptando sus pasos de forma inconsciente al balanceo bajo sus pies. Otros no lo llevaban tan bien.

Bos se aferraba al costado de la nave, doblado sobre sí mismo, escupiendo un hilo continuo de saliva.

A lo largo de la borda había más hombres en posturas similares.

Veradis sonrió. Se había criado en la bahía, así que casi se sentía como en casa en la cubierta de un barco, pero muchos de los guerreros de la hueste de Nathair procedían del interior.

Para muchos aquella no solo era la primera vez que viajaban por el mar, también incluso que lo veían.

Su expresión se ensombreció. Ese sería un momento perfecto para que los Vin Thalun, en cuyos barcos viajaban, se volvieran contra ellos. «No —pensó—, Nathair tiene razón. Si hubieran querido matarlo, ya podrían haberlo hecho mil veces.»

Llegó a la proa del barco. El sol se alzaba en el horizonte ante él y convertía el mar en un manto de oro centelleante.

Llevaban cinco noches en alta mar. Antes aún había sido visible la costa de Pelset, la más oriental de las tres islas de los Vin Thalun. Ahora se encontraban bien adentro del inmenso mar Tethys, sin nada entre ellos y Tarbesh, salvo agua.

Echó un vistazo por encima del hombro y distinguió los otros barcos de la flota como puntos negros en el resplandor del sol.

Ochocientos de los guerreros de Nathair iban en aquellas naves; solo alrededor de un centenar se habían quedado en Jerolin para reclutar y entrenar nuevos efectivos durante su ausencia.

Sonrió al recordar a Aquilus y a Peritus observando atónitos el entrenamiento de la hueste de Nathair.

Había sido algo digno de ver.

Un tercio de la hueste —unos trescientos hombres— formaba hombro con hombro una línea de sesenta hombres de ancho y cinco de fondo.

Los otros dos tercios, siguiendo la costumbre de las Tierras del Exilio, se agruparon para atacar en masa: una oleada desordenada.

Cargaron contra la línea inmóvil, lanzando gritos de guerra, con espadas y lanzas de madera en alto.

Cuando apenas los separaban veinte o treinta pasos, la línea levantó unos grandes escudos redondos y formaron un muro de roble y hierro.

Los atacantes se estrellaron contra él. El muro tembló, se dobló en los extremos como un arco recién tensado, pero resistió.

Tras largos momentos golpeando inútilmente los escudos, con los gritos de guerra transformados en gruñidos de esfuerzo mientras los hombres empujaban y forcejeaban, un único toque de cuerno resonó desde detrás del muro y, como uno solo, los guerreros dieron un paso al frente.

Luego otro. Los hombres comenzaron a caer ante el muro de escudos, incapaces de retroceder o maniobrar bajo esa presión.

—¿Cómo son capaces de empuñar una espada en medio de esa aglomeración? —había preguntado Aquilus.

Veradis y Nathair, junto a Aquilus, Fidele y Peritus, contemplaban la batalla simulada desde una pequeña loma embarrada, recientemente desforestada. Veradis recordó la sonrisa de Nathair.

—Los atacantes no pueden, padre —había dicho el príncipe—.

El muro de escudos los obliga a estar demasiado apretados.

No se pueden dividir en cientos de duelos individuales, como siempre se ha hecho, y por eso sus espadas y lanzas les resultan demasiado largas.

Los guerreros del muro, en cambio, están equipados con esto.

—Sacó una espada corta del cinturón, envainada donde normalmente llevaba el cuchillo.

Nathair había encargado en secreto a un grupo de herreros que fabricara aquellas armas, y se habían hecho versiones de madera para el entrenamiento de la hueste—.

Estas son más adecuadas para esta clase de combate.

Fíjate en cómo arremeten entre los escudos.

No necesitan espacio para blandir un hierro, solo apuñalar lo que tienen delante.

Aquilus miró de reojo a Peritus, que seguía la escena en silencio. Asintió una sola vez.

—Tus hombres corren el riesgo de que los rodeen —había dicho el general, señalando el claro.

—Sí, pero observa.

El muro de escudos se había curvado en los flancos cuando los guerreros atacantes intentaron desbordarlos o rodearlos.

Un cuerno volvió a sonar, esta vez con dos toques cortos y consecutivos, y unos guerreros del centro de la última fila se movieron con rapidez para reforzar los extremos.

Al mismo tiempo irrumpieron en claro unos jinetes: dos grupos de caballería surgieron de entre los árboles, de unas veinte unidades cada uno.

Se lanzaron contra los guerreros que trataban de abrir una brecha en los flancos del muro y, en el último instante, giraron para barrer a la masa compacta con lanzas y espadas largas.

El resultado era evidente.

—Es efectivo en combinación con guerreros a caballo —señaló Veradis.

—He visto suficiente —dijo Aquilus.

Nathair alzó una mano en el aire. El cuerno sonó de nuevo y, al instante, el combate simulado se detuvo; los hombres del muro de escudos ayudaron a los compañeros caídos a ponerse en pie.

—Bien, padre. ¿No nos consideras preparados?

Aquilus inspiró hondo. Veradis aún recordaba el olor del claro: el aire húmedo por el rocío de la mañana, el hedor de las hojas en descomposición, el rico mantillo del bosque, el sudor y los caballos, todo mezclado.

—Es impresionante, Nathair. ¿Qué dices tú, Peritus?

—Lo que tú, mi rey. Sabes usar bien el terreno, Nathair —respondió el general—, pero aquí juega a favor de tu muro de escudos; no siempre será así: un combate en el bosque, un espacio más abierto donde los atacantes no estén tan constreñidos, un terreno elevado...

—No parecía muy convencido—. Hay cosas que no me agradan.

Estos hombres son guerreros, y sin embargo se los trata como ganado.

Y tus armas... Yo preferiría luchar guerrero contra guerrero, sabiendo que es mi destreza con la espada la que me mantiene con vida.

—Un artesano usa las herramientas adecuadas para su oficio —dijo Nathair—. Y si no existen, las crea. Esto no es diferente. La tarea es vencer, derrotar al Sol Negro de Asroth, ¿no es así, padre?

—Sí, así es —asintió Aquilus, taciturno.

—La derrota en la guerra que se avecina no es una opción. Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para asegurar la victoria —continuó Nathair.

Peritus se había quedado en silencio durante un momento.

—Hay verdad en lo que dices. Y tus métodos son eficaces, de eso no hay duda. Pero, dime, ¿cómo crees que resistiría tu muro de escudos una carga de caballería?

—Igual de bien. Un caballo nunca cargará contra un muro de piedra o de madera, ni contra un bosque donde no haya huecos entre los árboles. Esto no es diferente —había respondido Nathair con una sonrisa de oreja a oreja.

—Eso dices, pero no lo sabes —respondió el general—.

Parece impresionante, sí, pero tu hueste está formada por guerreros inexpertos; la mayoría no hace mucho que superaron su Noche Larga.

¿Cuántos veteranos de campaña hay en tus filas?

Ninguno. En momentos de peligro y pánico, la experiencia mantiene mejor una línea que la pasión juvenil.

Peritus miró a Aquilus y se encogió de hombros sin prestar atención a la mirada de Nathair. Hubo un largo silencio antes de que Aquilus dictara su juicio.

—Irás a Tarbesh —declaró el rey—. Empezaremos a organizarlo hoy mismo, pues quiero que estés de vuelta conmigo para el solsticio de invierno.

—Sí, padre. Gracias —había respondido Nathair, con una expresión de alegría desbordante en el rostro.

La reina se quedó un momento más con él cuando Aquilus y Peritus se alejaron del claro a caballo.

—Te estás convirtiendo en un hombre excepcional —le dijo a Nathair. Él se limitó a sonreírle—. Recuerda las palabras de tu padre. Mantente fiel a su voluntad y todo irá bien para ti; para nosotros.

—¿Qué quieres decir, madre? —preguntó Nathair.

Ella dio un paso adelante y le envolvió la mejilla con la mano.

—Creo que lo sabes, hijo. Recuerda que eres todo lo que tengo.

No quiero verte perder la gracia de tu padre.

Tienes una mente perspicaz, estratégica, pero debes contener tu entusiasmo.

Tienes ideas nuevas, eso está claro. —Hizo un gesto hacia la hueste—.

Algunas pueden servir a la causa ahora. Otras quizá deban esperar para otro momento.

Y unas cuantas deberían descartarse, tal vez de forma permanente.

—¿Como cuáles?

—Como tu asociación con los Vin Thalun.

—Madre, ya no soy un niño —se quejó Nathair, con los ojos en blanco.

—No, pero un hijo debe obedecer a su padre, tenga la edad que tenga, y un súbdito debe obedecer a su rey. —Lo miró con severidad y luego se dio la vuelta para marcharse—. Cuida de mi hijo —le dijo a Veradis.

Habían pasado solo unas pocas noches antes de que abandonaran Jerolin. Nathair había cabalgado al frente de ochocientos hombres, con Veradis a su lado. Rauca iba justo detrás, portando un estandarte con el águila de Tenebral.

Habían seguido el curso del río Aphros durante diez noches, y Veradis recordaba cómo la tensión crecía en su interior cuando aparecieron los primeros árboles del Sarva, pues la certeza de que pronto tendría que enfrentarse a su padre le pesaba cada vez más.

Pero entonces Nathair había cambiado de rumbo para dirigirse al sur, en dirección a la costa.

Los Vin Thalun los esperaban allí: Lykos de pie en una playa de guijarros, junto a Calidus y su imponente guardián, Alcyon. A su espalda, una flota de barcos anclados.

—A tu padre no le gustará —había dicho Veradis a Nathair—. Ni a tu madre.

Nathair había sonreído.

—Lo que no sepan no les hará daño —dijo—. Además, mi padre me quiere de vuelta para el día del solsticio de invierno. Viajando por mar me aseguro de cumplirlo.