CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO. CORBAN #2
—Gar me dijo que será el nombre quien reclame al caballo, y que no hay que precipitarse —dijo—, pero ha pasado mucho tiempo y empiezo a cansarme de llamarlo Chico.
—No hay muchos que sepan más de caballos que Gar. Yo seguiría su consejo.
—Ajá —asintió Corban.
Continuaron colina abajo, atravesaron el pueblo con paso ligero y enfilaron hacia la Calzada de los Gigantes.
Los niños que jugaban en la calle se detuvieron a mirarlos al ver que Buddai y Tormenta trotaban tras ellos; Tormenta saltaba alrededor del perro y se deslizaba entre sus patas mientras jugaban.
Thannon rio entre dientes.
—¿Ya te has acostumbrado a ser el centro de atención? —preguntó al ver a los niños boquiabiertos.
—No —confesó Corban—. Espero que la gente se acostumbre pronto a ella.
—Eso puede llevar tiempo —señaló Thannon—. No hay muchos lugares donde un lobón camine entre hombres a plena luz del día. Y cada vez será más grande.
Corban no había pensado demasiado en el futuro de Tormenta, pero su padre tenía razón.
—No me importa —dijo—. Está aquí ahora, y así seguirá. La gente tendrá que aceptarlo.
—Sí, muchacho. De eso no hay duda.
Había tenido que recordarse a sí mismo que la cría no era un cachorro de sabueso, sino algo mucho más salvaje, más peligroso.
De momento solo una vez había sido consciente de ello, cuando volvía del pueblo con un poco de pescado ahumado que su madre le había mandado comprar, seguido por algunos perros de Havan.
Había lanzado un trozo a Tormenta, pero uno de los perros se abalanzó e intentó arrebatárselo.
Ella soltó el pescado y se lanzó sobre el perro, que casi la doblaba en tamaño, convertida en un torbellino de dentelladas y pelaje blanco.
El perro había salido huyendo, gimoteando con el rabo entre las piernas.
A medida que dejaban atrás Havan, los potreros aparecieron ante ellos. Corban vio a su potro, quieto a la sombra de un espino.
—Voy a echar un vistazo a Tenaz. ¿Te apañas desde aquí, Ban?
—Me apañaba desde el principio —respondió Corban.
La cabaña de Brina estaba un poco más adelante siguiendo el camino. Vio una fina columna de humo elevarse tras los árboles que la ocultaban.
El sonido de ruedas crujiendo en la piedra les llegó débilmente por detrás, y ambos se volvieron y vieron dos caballos tirando de un gran carro. Venía en su dirección, contraria a Havan. Thannon lo observó un instante y luego miró a Corban.
—Quizá debería acompañarte hasta la cabaña de la curandera —dijo.
—Estaré bien. No soy un crío, y además tengo a Tormenta que me protege.
Thannon soltó una risita.
—No dudo que lo intentaría, pero aún tiene que crecer un poco. Llévate a Buddai, para tranquilizar a tu viejo padre. Así dejaré de darte la lata como si fuera tu madre.
—Está bien —aceptó Corban.
Su padre se mostró satisfecho y salió del camino; con un gesto de muñeca indicó a Buddai que se quedara con Corban. El sabueso observó a su amo un momento y luego se lanzó tras Corban y Tormenta.
El sendero entre los árboles que llevaba a la cabaña de Brina estaba muy pisoteado debido al trasiego de guardias que Evnis apostaba para que vigilaran a Vonn.
Corban vio al guardia sentado a la sombra, apoyado contra un árbol, con su caballo pastando cerca.
Otro caballo estaba atado más allá, con las riendas flojas alrededor de la rama de un sauce junto al arroyo.
Corban llamó a la puerta de Brina y oyó voces alzadas que venían de dentro. La puerta se abrió de golpe y apareció el rostro arrugado de Brina.
—¿Qué pasa ahora? Ah, eres tú —dijo, entornando los ojos—. Bueno, qué más da, entra. ¿Por qué no? Esto parece el Festival de Primavera, con tanta gente entrando y saliendo.
Corban pasó sin saber si sonreír o no. Buddai entró con cautela detrás de él, olfateando el aire, y Tormenta se escondía entre las patas del enorme sabueso.
De pie en el centro de la sala había un anciano delgado y con el cabello gris. Corban se extrañó al reconocer a Heb, el guardián del conocimiento, que arqueó una ceja al ver a Corban y miró a Brina.
—Es mi aprendiz —dijo ella con un gesto de la mano.
Heb alzó la otra ceja.
—Aprendiz. Muy bien. Como decía, esto no es un lugar seguro, Brina.
Nadie sabe cómo escapó el bandido, cuántos lo ayudaron ni dónde está ahora.
—El guardián del conocimiento se sentó en una silla de madera, con los dedos pegados por las yemas bajo la barbilla—.
Me inquieta que vivas sola, tan lejos de cualquier protección.
El rostro de Brina se tornó morado, como si se estuviera atragantando con una piedra.
—¿No es seguro...? —farfulló—. ¿Protección?
No me ha ido mal los últimos veinte años sin tu repentina preocupación.
—Escupió esa última palabra como si fuera veneno—.
Bastante tengo con aguantar a idiotas con palos afilados rondando mi puerta día y noche.
¿Por qué iba a querer vivir en una fortaleza llena de idiotas?
—Sonrió sin humor—. ¿Acaso echas de menos mi compañía?
—¿Tu compañía? Por los cuervos, mujer, pasar tiempo contigo me envejece —espetó Heb. Se levantó y se puso a pasear por la sala.
Craf graznó sobre sus cabezas. Heb alzó la vista; el cuervo desaliñado los observaba con sus brillantes ojillos negros desde una viga.
—Sigues siendo tan terca y cabezota como siempre —murmuró Heb—. Se supone que la edad suaviza a las personas.
—¡Ja! Lo dices por experiencia, ¿no?
Heb levantó una mano y respiró hondo.
—¿Lo vas a considerar por lo menos? Dormiría más tranquilo sabiendo que estás dentro de las murallas.
—Dun Carreg no es lugar para mí. Me gustan los árboles y la hierba, no la roca y la piedra.
—Piensa en lo que te he dicho, Brina. Sabes que es lo más sensato.
—Bah. Sensatez. ¿Y tú qué sabrás de eso? —refunfuñó la curandera.
—Me rindo. —Heb alzó las manos y se dirigió a la puerta—. Cuídate de no pasar más tiempo de la cuenta con esta mujer —advirtió a Corban—; puede ser perjudicial para la salud de un hombre.
La puerta se cerró de un portazo y Corban y Brina se miraron.
—Hombre malo —graznó Craf.
Corban apartó la mirada, encogido ante la mirada fulminante de la curandera. Vonn yacía en su catre en la habitación contigua. Estaba pálido, con los ojos hundidos, pero la fiebre había remitido.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Corban.
—Hoy no te necesito para nada especial; no hay hierbas que recoger. Siempre queda barrer, eso sí. Sí... ¿de dónde saldrá tanto polvo?
Corban fue a por la escoba.
—Y no dejes que tu sabueso se coma a mi cuervo —añadió Brina, observando con recelo a Buddai, que miraba fijamente a Craf con un hilo de baba colgándole de uno de los belfos.
«Se atragantaría», pensó Corban, pero consiguió no decirlo en voz alta. Señaló al suelo y Buddai se acurrucó junto a la puerta principal mientras Tormenta le mordisqueaba una oreja caída.
Vonn estaba recostado entre las almohadas y observaba a Corban, que empezaba a barrer su habitación.
—Te dejas sitios —dijo Vonn señalando un rincón.
Corban no le hizo caso.
—Eh, tú, chico, te estoy hablando.
Corban lo miró.
—Eso está mejor. Ahí, debajo de la mesa... no has barrido ahí.
Corban rezongó y barrió donde Vonn señalaba. Le repugnaba obedecerle, pero Brina le había pedido que barriera y sabía que, desde dondequiera que estuviera, estaría escuchando.
En ese momento, Tormenta entró en la habitación, aburrida de Buddai. Vio las duras fibras de la escoba moverse de un lado a otro y saltó sobre ellas. Corban rio cuando le arrancó el palo de las manos.
—Oye —espetó Vonn.
—¿Qué quieres? —respondió Corban dándose la vuelta.
Vonn se había incorporado. Tenía el cabello rubio oscurecido por el sudor y pegado al rostro.
—¿Fuiste tú, en el Baglun? —Vonn miró alternativamente a Corban y al cachorro de lobón.
—Sí. ¿Y qué?
—¿Y te atreves a poner un pie aquí y traer eso contigo? —dijo Vonn apuntando a Tormenta con un dedo acusador.
—Ajá, me atrevo.
—Tienes mucho de lo que responder. Si no estuviera confinado a esta cama, te daría una lección ahora mismo.
—No he hecho nada malo —dijo Corban.
—¿Nada malo? ¿Aparte de proteger al animal que causó la muerte de hombres valientes y mi propia herida? Creo que has hecho muchas cosas mal. Y cuando sane, iré a buscarte para ajustar cuentas.
—No he hecho nada malo —repitió Corban, que sentía cómo la ira y el miedo luchaban en su interior. Era bien sabido que Vonn era diestro con la espada.
—Mi padre piensa lo contrario —dijo Vonn.
—Sí, y la reina piensa lo contrario que él —replicó Corban.
Se quedaron en silencio durante largos instantes.
—Bárrete tú la habitación —farfulló Corban, y salió malhumorado, con Tormenta tras él.
Continuó barriendo en otra zona de la cabaña, con tal violencia que levantó una nube de polvo a su alrededor, aunque no se dio cuenta.
Brina estaba sentada en una silla, con un ojo absorto en un libro encuadernado en piel y el otro observando a Corban a través de la nube que lo envolvía, pero no dijo nada.
Poco después, entraron gritos por las ventanas abiertas. Corban corrió hacia la puerta, y Brina le pisaba los talones.
El guerrero apostado para vigilar a Vonn estaba al otro lado del claro de alisos. Corban lo vio alzando la lanza y dando grandes alaridos. A lo lejos se oía el retumbar de muchos cascos.
El guerrero permaneció allí un momento más, ahora en silencio, y luego regresó hacia ellos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Corban.
El guerrero lo miró, pero no respondió.
—¿Y bien? —insistió Brina con rudeza—. ¿Te has quedado sordo? El chico te ha hecho una pregunta.
—Era el grupo de búsqueda, de vuelta a la fortaleza —dijo el guerrero a Brina, sin mirar a Corban—. Marrock iba con ellos.