Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO. CORBAN
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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO. CORBAN

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

CORBAN

Corban refunfuñó cuando la espada de práctica de Gar le golpeó los nudillos; su arma cayó sobre la tierra apisonada del establo.

—¿Qué te pasa? —preguntó el jefe de cuadras mientras Corban se agachaba para recogerla.

—Nada —murmuró Corban, que hizo una mueca de dolor al flexionar la mano.

Tenía los nudillos rojos y ya se le empezaban a hinchar.

Frunció el ceño. En realidad, le pasaban muchas cosas.

Había dormido poco, sin parar de darle vueltas toda la noche a si había hecho lo correcto al permitir que los bandidos se marcharan sin más.

Cywen había dejado muy clara su opinión al respecto, incluso antes de que Braith y sus compinches desaparecieran de su vista, y le había reprochado su estupidez.

Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho? Morir como un guerrero, sí, pero Cywen y Marrock habrían muerto con él, y el resultado habría sido el mismo: los bandidos escabulléndose en la oscuridad.

Habían discutido la posibilidad de acudir de inmediato al rey Brenin, o a sus padres, pero al final la descartaron.

Contárselo a cualquier adulto probablemente haría saltar la alarma y ejecutarían a Marrock.

No dudaba ni por un instante de que Braith cumpliría su amenaza.

Al menos de ese modo existía la posibilidad de que Marrock viviera.

Suspiró, aferró la espada de práctica y volvió a encararse con Gar. Con la esperanza de despejar la mente, inspiró hondo, sostuvo el aire hasta que sintió crecer la presión en el pecho y lo soltó despacio, tal como Gar le había enseñado.

El jefe de cuadras asintió para sí mientras lo observaba.

«No se le escapa nada», se dijo Corban. Y entonces, mientras se concentraba con determinación en no hacerse más daño en los nudillos, todo lo demás desapareció de su mente.

—Hay algo que te ronda la cabeza. —Gar rompió el silencio mientras descansaban tras la sesión de entrenamiento.

Corban alzó la vista, pero no dijo nada.

Gar no quiso insistir.

—Tus asuntos son solo tuyos. Pero tienes que esforzarte más en concentrarte. Hoy ha afectado a tu entrenamiento.

Corban hundió un cucharón en el barril de agua y dio un largo trago.

—Es fácil decirlo —murmuró como para sí mismo.

—Sí. Lo es —respondió Gar.

Corban parpadeó y sintió cómo se ruborizaba.

—La mayoría de las cosas que valen la pena no se consiguen fácilmente —continuó Gar—, y todo lo que te puede salvar la vida en el campo de batalla vale mucho la pena.

Pero al final has logrado imponerte a la distracción.

Eso está bien. Solo hazlo más rápido la próxima vez; ahorrarás sufrimiento a tus nudillos.

—Bah —exclamó Corban con amargura.

—¿Cómo van las cosas en el Campo de los Serbales? —quiso saber el jefe de cuadras.

«Ya lo sabes de sobra», pensó Corban. A menudo había sorprendido a Gar observándolo entrenar allí, escondido entre las sombras.

Halion le había enseñado mucho, y empezaba a sentirse más cómodo con el escudo y la lanza, aunque era con la espada con lo que más destacaba: sentía que se estaba convirtiendo en parte de él, que ya no era solo un palo pesado sino una prolongación de su brazo.

Halion no se lo decía en voz alta, pero Corban sabía que progresaba, por la forma en que su instructor alzaba una ceja durante los combates de práctica o por cómo, en los descansos, descubría posadas en él las miradas de guerreros mayores.

Sabía que gran parte de ese progreso se lo debía a Gar.

—Mi entrenamiento con las armas va bien —dijo—. Halion habla poco, aunque más que tú. Creo que está satisfecho conmigo.

Gar emitió un sonido grave y no dijo nada más.

—¿Por qué no entrenas en el Campo del Serbal? —Corban dio voz a una duda que llevaba tiempo rondándole.

—No puedo luchar en una hueste. Mi pierna, mi herida... —Gar se apartó, recogió agua del barril con la mano y bebió—. No tiene sentido entrenar con guerreros si no puedes combatir a su lado.

Corban adoptó un aire escéptico.

—Sospecho que tu herida no es tan grave como crees. No te impide matarme cien veces cada vez que entrenamos.

—Eres un chico de catorce años, no un guerrero hecho y derecho.

—Aun así, observo a los demás en el Campo, Gar. Halion puede vencer a la mayoría, probablemente a todos, y tú eres como mínimo tan bueno como él. La gente te respetaría más si lo supiera. No te verían solo como el jefe de cuadras.

—¿Solo el jefe de cuadras? —Gar apretó la mandíbula—. No deseo el respeto de los demás. Y ser jefe de cuadras me basta.

—Pero...

—Basta. —La paciencia de Gar se agotó—. Tomé mi decisión hace mucho tiempo. No la cambiaré ahora.

En silencio desataron el acolchado de sus espadas de entrenamiento; a Gar le preocupaba el ruido que hacían durante la práctica y había insistido en cubrir las armas de madera con piel de cordero bien ajustada.

—¿Cómo está tu cachorro de lobón? —preguntó el jefe de cuadras.

Corban no pudo evitar sonreír.

—Está bien. La dejé roncando con Buddai junto al fuego.

Tormenta solía despertarse con él, pero esa mañana había continuado durmiendo.

De todos modos, siempre la dejaba en casa cuando entrenaba con Gar, ya que a menudo iba directamente de las caballerizas al Campo de los Serbales.

A Halion le gustaba empezar temprano, lo que le permitía acabar antes y disponer de más tiempo durante el día para otras cosas.

Ese día, sin embargo, no habría entrenamiento en el Campo.

Halion había salido antes del amanecer con un grupo de búsqueda tras Marrock y el bandido fugado.

A Corban le rugieron las tripas.

—Creo que iré a despertarla. —Se despidió de Gar.

Corban entró sigilosamente en la cocina.

Thannon estaba sentado en una silla junto al fuego, con la barbilla caída sobre el pecho.

Mechones de su barba negra subían y bajaban alrededor de la boca mientras roncaba rítmicamente.

Buddai alzó la cabeza desde los pies de su amo, y su cola golpeó con suavidad el suelo de piedra al ver a Corban.

Tormenta, un ovillo de suave pelaje blanco surcado de vetas más oscuras, apareció detrás del perro y se lanzó hacia él.

Corban se agachó y ella frotó el hocico contra él y le mordisqueó los dedos con sus afilados dientes de cachorro.

—Chsss —susurró, sin querer despertar a su padre. Acarició a Tormenta con suavidad, sin prisa. Pelos más ásperos, alguno negro, comenzaban a atravesar ya su blanco y mullido pelaje de cachorro.

Thannon se despertó con los golpes de los platos en la mesa de la cocina. Cywen entró desde el huerto con una docena larga de huevos recién cogidos en la camisa.

Apenas conversaron durante el desayuno. Todos estaban cansados, pues habían dormido poco.

Se había dado la voz de alarma en plena noche, cuando se relevó la guardia del bandido y se encontró su celda vacía.

Poco después se supo de un guerrero muerto cerca del estanque, de la desaparición de Marrock y de Camlin.

Corban volcó sus energías en devorar el queso, los huevos y el pan caliente que tenía delante.

—¿Alguna noticia? —preguntó Cywen.

Corban clavó la mirada en su plato, mientras resistía el impulso de mirarla. Sentía los ojos de su hermana sobre él.

—Aún no —dijo Gwenith, que trajinaba junto a los hornos de espaldas al resto de la familia.

—Todavía es temprano —dijo Thannon—. Será más fácil encontrar el rastro ahora que el sol ya está alto.

«Al amanecer —pensó Corban—. A Marrock lo deberían haber liberado al amanecer.» Alzó la vista y se cruzó con la mirada de Cywen; supo que estaba pensando lo mismo.

Braith había dado su palabra. «Al estilo del Bosque Oscuro.

» Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar los ojos del forajido, su apretón de manos, su promesa de venganza si Corban rompía su palabra.

A pesar de todo lo que había oído sobre el jefe de los proscritos del Bosque Oscuro, le había creído. «Idiota. Soy un idiota», se dijo.

—Voy a la cabaña de Brina —dijo, y se levantó de golpe; la silla chirrió en el suelo de piedra—. Quiero quitarme de encima cuanto antes las tareas de hoy.

—Te acompañaré un tramo —terció Thannon.

Gwenith le deslizó algo de comida envuelta en papel encerado mientras salía con su padre. Buddai y Tormenta los siguieron trotando.

—¿Adónde vas, papá? —preguntó Corban.

—Debería echar un vistazo a Tenaz. Está en los potreros, cerca de tu potro —respondió el enorme herrero.

Corban lo miró con una ceja arqueada mientras se dirigían hacia la Puerta de Piedra.

—Está bien —reconoció Thannon—. La verdad es que no me hace gracia que andes solo por el campo ahora mismo, con bandidos del Bosque Oscuro sueltos por ahí.

—Ya deben de estar muy lejos —dijo Corban.

—¿Y eso cómo lo sabes, hijo? —preguntó su padre.

A Corban le dio un vuelco el corazón, pero Thannon continuó sin esperar respuesta—: Puede ser que se hayan ocultado cerca y estén esperando a que se calme el revuelo para volver al Bosque Oscuro cuando nadie los busque.

Es un truco viejo; no me sorprendería de ese bandido.

Lo que me gustaría saber es dónde está Marrock.

—Siguió hablando, sin dar lugar a réplica—: Muerto, seguramente.

Tirado detrás de un muro o en la bahía, con la garganta cortada.

Corban sintió náuseas.

Caminaron un rato en silencio; pasaron bajo el arco de Puerta de Piedra y salieron al antiguo puente de piedra. Mientras ellos descendían, las cabras erraban por la colina, buscando hierba entre el terreno azotado por el viento, y las aulagas exhibían sus flores amarillas bajo el sol del verano.

—¿Ya le has puesto nombre a tu potro nuevo, Ban?

—No. Todavía no.

No era porque no lo hubiera pensado. Había pasado mucho tiempo con su potro, tanto con Gar y Cywen como a solas.

Muchas noches se había dormido repasando nombres: Raudo, Cazador, Vista Aguda, Cola Clara, incluso Cabalgaviento, como el semental que había pertenecido a Sokar, su antepasado, el primer rey de las Tierras del Exilio. Le parecía que ninguno le pegaba.