Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPITULO TREINTA Y TRES. VERADIS #2
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CAPITULO TREINTA Y TRES. VERADIS #2

—La alianza forjada en la asamblea. Solo unos pocos se alinearon con nosotros sin reservas, pero ya he recibido peticiones de ayuda de Braster de Helveth, Romar de Isiltir y Rahim de Tarbesh.

Brenin de Ardan me habló de problemas en su frontera.

Creo que agradecería refuerzos. Braster y Romar comparten la frontera que marca el bosque de Forn.

Han acordado unir fuerzas para aplastar a los Hunen, un clan de gigantes que habita allí.

Me han pedido que participe, que envíe hombres para ayudarles. Me inclino a hacerlo.

—¿Cuándo sería eso? —quiso saber Nathair.

—No este año. Probablemente la próxima primavera. Y el reino de Brenin no está mucho más lejos que Isiltir, así que podríamos enviar una hueste y dividirla: una para luchar contra los gigantes en el bosque de Forn, otra para ayudar a Brenin contra los forajidos que causan problemas en su frontera.

—Los problemas siempre acechan en los lugares oscuros —murmuró Peritus.

—Eso parece —repuso Aquilus.

—¿Y el rey Rahim de Tarbesh? —preguntó Nathair.

—Él también tiene problemas con lo que queda de un clan de gigantes. Hay una franja de tierra que cruza su reino y que se ha vuelto demasiado peligrosa para atravesarla. Aunque no hay bosques. —Sonrió a Peritus.

—¿Y cuándo enviarías ayuda a Rahim? —insistió Nathair.

—Tal vez este mismo año —dijo Aquilus, que se tiró suavemente de los pelos cortos de la barba—. Quizá pronto. Sus tierras están en el sureste, y la mayor parte es desierto, así que el invierno no dificultaría a nuestros guerreros como una campaña en el norte.

—Sería un honor para mí ir a Tarbesh a la cabeza de una hueste, representarte, reforzar la alianza y nuestra causa —dijo Nathair con entusiasmo.

—He oído que es una tierra extraña —apuntó Aquilus—. Calor abrasador de día, frío helador de noche. Pensaba enviar a Tarbesh una hueste más experimentada, con hombres que ya hayan realizado una campaña. Mi idea era enviarte al norte en primavera, Nathair, a Isiltir.

—¿Dudas de mí? ¿Dudas de mis hombres? Estamos más que preparados para esa tarea.

Aquilus lo observó con atención y luego miró a Peritus.

—Tal vez. Iré a ver a tus hombres, observaré su entrenamiento, del que he oído hablar mucho. —Alzó una ceja—. Después decidiré.

Nathair inclinó la cabeza.

—Como desees.

—Peritus —dijo Aquilus—, aún llevas encima el polvo del camino. Descansa hoy. Mañana me acompañarás a ver la hueste de mi hijo.

—Como desees. —El jefe de batalla inclinó la cabeza hacia Nathair y abandonó la cámara.

—Nathair, hay otro asunto del que quiero hablar contigo. —El rey adoptó un aire grave—. Esta mañana ha llegado un mensajero de nuestra frontera con Carnutan. Traía noticias interesantes. Ha habido más incursiones... de los Vin Thalun.

Nathair no dijo nada.

—Durante la última luna, los Vin Thalun han causado más muertes y destrucción que nunca.

—¿Y, padre? —dijo Nathair con ademán indiferente—. Han cumplido la palabra que nos dieron. No han hecho incursiones en nuestro territorio.

—Sí, es cierto. —Aquilus inspiró hondo y exhaló despacio—.

Pero los Vin Thalun están atacando tan al oeste como Carnutan.

Eso no había ocurrido nunca. —El rey tamborileó con los dedos en el brazo de la silla; era el único sonido que había en la cámara—.

Si observas con atención, casi podrías ver un patrón en ciernes —continuó Aquilus—.

Las tierras atacadas durante la última luna: solo Carnutan, un reino que se opuso a mí en la asamblea, con Mandros de Carnutan alzando la voz más que nadie.

¿Y Tarbesh? Un reino que me apoyó en la asamblea y que en el pasado ha sufrido incursiones frecuentes de los Vin Thalun...

¡nada! —Aquilus se levantó de golpe—. Dime la verdad, hijo. ¿Has tenido algo que ver con esto?

Padre e hijo se miraron fijamente.

—No —dijo Nathair al fin, sin dejar de sostenerle la mirada.

Aquilus suspiró, apartó los ojos y la tensión se disipó.

—Bien. Me alegro de oírte decir eso. Pero si yo he pensado en ello, otros no tardarán.

Mandros, sin duda; siempre desconfía de todo, y no es ningún secreto que tú has defendido a los Vin Thalun y nuestro tratado con ellos.

Podrían estar intentando sembrar la discordia, socavar la alianza antes de que se llegue a consolidar.

—Seguro que eso no es así, padre.

—Antes habría estado de acuerdo contigo, pero su nuevo líder, ese Lykos...

He oído cosas inquietantes sobre él. Ya fue una proeza unir las islas, ¿no crees?

Panos, Nerin y Pelset siempre fueron una molestia para los reinos del continente, pero nada más.

Ahora que actúan unidos, son capaces de mucho más.

Veradis empezaba a sentirse cada vez más incómodo. Sabía que se habían ocultado cosas a Aquilus, pero mentir sin tapujos era un salto cualitativo. Tragó saliva. «Es por el bien mayor», se dijo. Posó los ojos en Fidele. Ella observaba a su hijo con atención, estudiándolo.

—Padre, ¿por qué te importan tanto las opiniones de tipos como Mandros?

Están por debajo de ti. No lo necesitamos, ni a él ni a nadie como él.

Nosotros y nadie más somos el instrumento de la justicia de Elyon.

Seremos nosotros los que lucharemos contra Asroth, y entonces gente como Mandros no importará en absoluto.

Aquilus negó con la cabeza.

—Nathair, eres joven, tus principios son firmes, pero aún tienes mucho que aprender sobre la política.

Todavía conservas la ingenuidad de la juventud.

Y el orgullo. —Suspiró—. El paladín de Asroth, ese Sol Negro, no será un bandido de las montañas al que se pueda derrotar en un día.

Debemos reunir toda la fuerza posible antes de que se revele.

Necesitamos a gente como Mandros. Todo reino que no esté con nosotros probablemente acabará estando contra nosotros.

Nathair resopló.

—No estoy de acuerdo, padre. Mandros y los suyos causan más problemas de los que valen.

Tengo un mal presentimiento con Mandros: no me termino de fiar de él.

¿Has considerado que podría estar aliado con ese Sol Negro?

Incluso que sea él. Asroth es la astucia encarnada, así lo cuentan las historias; nunca permitiría que forjaras esta alianza sin obstáculos.

—No me estás escuchando. —Aquilus golpeó el brazo de la silla.

Luego bajó la voz—. No estoy tan interesado en tu conformidad o en tus teorías.

Lo que me preocupa es tu lealtad. No toleraré que me lleves la contraria a cada paso.

Soy el rey, Nathair, y mi palabra es ley.

Recuérdalo. —Ahora parecía cansado. Inclinó la cabeza y caminó hasta la ventana abierta junto a la que estaba la reina—.

Y mi palabra en este asunto es que te distanciarás de los Vin Thalun.

No quiero que se te relacione con ellos, de ningún modo. ¿Ha quedado claro?

Los hombros de Nathair se tensaron.

—Sí, padre. Tu voluntad me queda clara.

Aquilus gruñó.

—Eso es todo. Te veré mañana.