Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPITULO TREINTA Y TRES. VERADIS
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CAPITULO TREINTA Y TRES. VERADIS

CAPITULO TREINTA Y TRES

VERADIS

Veradis silbó con los dientes apretados.

Se encontraba en el edificio principal de las caballerizas de Jerolin.

Muy por encima de su cabeza se elevaban grandes columnas de piedra negra, apuntaladas por vigas de madera tan anchas como dos hombres puestos espalda con espalda.

Los pájaros revoloteaban de un lado a otro mientras se perseguían entre las vigas.

Estaba con Nathair; ambos contemplaban con admiración un enorme semental blanco que se alzó sobre las patas traseras y relinchó, con las orejas gachas. Un temblor recorrió el suelo cuando volvió a golpear el suelo con los cascos.

—Es hermoso, eso no lo niego —dijo Valyn, el jefe de cuadras.

—¿Hermoso? —rio Nathair—. Dime que no es el animal más magnífico que has visto jamás.

—Pocos podrían igualarlo —admitió Valyn—, aunque hay uno que sí y que ahora mismo está estabulado aquí. No tiene los huesos tan gruesos, eso sí, pero es un poco más alto y, apostaría, más rápido.

—¿Cómo? —exclamó Nathair con una sorpresa sincera.

—Sí. Pertenece a un amigo de tu padre. A ese Meical.

—Señaló con la cabeza una cuadra. Veradis alcanzó a ver el destello de una crin argentada, pero poco más—.

Aun así, ni siquiera ese supera a este semental —añadió Valyn al ver ensombrecerse el rostro de Nathair—.

Y, la verdad, aparte del caballo de Meical, no creo haber visto nunca otro igual a este.

Dio un paso al frente y alargó la mano para que el semental la oliera mientras un mozo de cuadra visiblemente nervioso sujetaba la brida.

—Venga, Nathair, dímelo —terció Veradis—. ¿Cómo has conseguido un animal así? No se ha criado por aquí.

—Es un regalo. De Jael de Isiltir.

Veradis se quedó en blanco un instante, hasta que un rostro apuesto, de cabello oscuro, apareció en su mente.

—Ah, el sobrino del rey Romar. Lo recuerdo. —Pensó en Kastell propinándole un rodillazo en la entrepierna delante de los mejores guerreros de las Tierras del Exilio. Sonrió, pero se reservó ese recuerdo y en su lugar dijo—: Debiste de causarle impresión.

Nathair sonrió.

—Eso parece.

—Tranquilo, muchacho —dijo Valyn, con una mano apoyada en el pecho del semental mientras deslizaba la otra por su pata delantera para incitarlo a alzar el casco.

El caballo obedeció, pero cuando Valyn se agachó para examinarlo más de cerca, el animal lanzó hacia atrás la cabeza y el jefe de cuadras apenas logró apartarse a tiempo para evadir el mordisco. Regresó riendo junto a Nathair y Veradis.

—Desde luego, tiene carácter.

—¿Vas a dejarle pasar eso? —preguntó Veradis. Se enorgullecía de todo lo que sabía sobre caballos, y le habían enseñado a corregir la mala costumbre de morder en cuanto aparecía.

—Creo que se lo perdonaré —respondió Valyn—.

Ha hecho un largo viaje; todo es nuevo para él...

Incluso los mejores nos alteramos a veces.

Además, un temperamento así puede encajar con lo que buscas —añadió mirando a Nathair—.

Diría que has encontrado tu caballo de batalla.

Los mejores rara vez son los más dóciles. El tiempo lo dirá.

Valyn desvió la atención y Veradis y Nathair siguieron su mirada.

Meical estaba de pie en la entrada de las caballerizas; la luz del sol recortaba su silueta oscura. Saludó con la cabeza a Valyn y avanzó hacia la cuadra donde se encontraba su caballo.

—¿Te puedo ayudar? —dijo Valyn.

Meical negó con la cabeza y entonces vio a Nathair.

—Tu padre ha enviado a buscarte. Quiere verte en sus aposentos. Ahora.

Nathair cruzó las caballerizas en dirección a Meical.

—Veradis, asegúrate de que no haya oídos cerca. Quiero hablar con Meical a solas.

Nathair abrió la cuadra. Dentro, Meical ajustaba una manta de montar sobre un caballo tordo, que observó al príncipe con sus ojos oscuros y acuosos. Valyn tenía razón: el animal era imponente, casi regio, con huesos más finos que el semental blanco de Isiltir.

Veradis se colocó junto a la puerta abierta, con buena vista tanto de la cuadra como de Nathair y Meical. El consejero de Aquilus no le terminaba de gustar.

Meical interrumpió lo que estaba haciendo cuando el príncipe entró; sus ojos pasaron fugazmente por Veradis y regresaron a Nathair.

La estatura del consejero impresionó por enésima vez a Veradis.

«Debe de ser incluso más alto que Krelis —pensó—, aunque no tan ancho.

» Siempre había tenido a Krelis por el hombre más grande que había visto en todo Tenebral.

Recordó las preguntas de su padre y de su hermano sobre Meical en Ripa, y el interés de Ektor en el color de sus ojos.

Miró con atención, pero había poca luz en la cuadra.

Eran oscuros, de eso estaba seguro, pero no fue capaz de pasar de ahí.

—¿Cómo va el libro del gigante? —preguntó Nathair.

Meical lo miró fijamente. Tenía el rostro recién afeitado, marcado por cicatrices de batalla, pero por lo demás no se apreciaba ninguna arruga. Sin embargo, algo en él evocaba antigüedad. Llevaba el largo cabello negro recogido sobre la nuca con un hilo plateado.

—Despacio —respondió Meical.

—¿Ya sabes quién es el Sol Negro? ¿Desde dónde atacará?

Meical lo observó con sus ojos oscuros y líquidos.

—Aún no puedo decirlo.

—¿No puedes, o no quieres? Soy el príncipe de Tenebral, tu aliado. Puedes hablar conmigo de estas cosas.

—Sí, eres príncipe, no rey. Deberías hacerle esas preguntas a tu padre.

—¿Quién eres tú —susurró Nathair— para que mi padre confíe tanto en ti?

Meical devolvió su atención al caballo y le puso la silla en el lomo. Un gesto con intención de despedida.

Un escalofrío recorrió a Nathair. Luego dio media vuelta y se marchó.

La mirada de Veradis se detuvo un instante más en Meical, que se la devolvió, sin parpadear. Veradis fue el primero en apartar los ojos y se apresuró a salir de las caballerizas tras su príncipe.

Alcanzó a Nathair cuando entraba en la torre.

Veradis tenía la sensación de que había llegado a conocerlo bien y sabía cuándo sus preguntas serían bien recibidas.

Al verle la expresión, comprendió que ese no era uno de esos momentos.

Subieron una escalera y recorrieron un breve pasillo, cuyos pesados tapices se agitaron a su paso.

Nathair golpeó con los nudillos una puerta de madera y la abrió sin esperar respuesta.

El rey Aquilus estaba dentro, sentado en una silla de madera de roble tallada. Peritus, su general, se encontraba frente a él. También estaba Fidele, asomada a una estrecha ventana, velada por las sombras.

—Padre, me has mandado llamar. Madre —añadió Nathair, mirando brevemente a la reina.

Fidele sonrió.

—Peritus ha regresado —dijo el rey.

—Quería hablar con vosotros dos. Sobre el camino que tenemos por delante. —Sonrió a Veradis—. Te has convertido en la sombra de mi hijo, hasta el punto de que casi olvido que estás aquí, Veradis ben Lamar.

Veradis le devolvió la sonrisa; le gustó cómo sonaban esas palabras.

—Estoy seguro de que no hace falta recordarte que todo lo que aquí se diga queda solo entre nosotros —añadió Aquilus.

Veradis asintió.

—Bien. Ahora, Peritus, cuéntanos tu viaje.

Peritus era un hombre de constitución delgada, cabello oscuro, ralo en la coronilla, y con la piel curtida por el sol.

A pesar de su poca corpulencia, Veradis sabía que tenía una reputación feroz.

Llevaba el bajo de la capa cubierto de barro, igual que las botas; y la ropa, polvorienta y manchada por el camino.

—He recorrido las tierras fronterizas del norte y me detuve más tiempo en Baran —dijo Peritus—. Marcellin fue un buen anfitrión, como siempre. Me pidió que te dijera que mantendrá su juramento hasta la muerte, y que tu voluntad es la suya.

—Bien —dijo Aquilus.

—El resto del viaje fue parecido. Todos los barones con los que hablé reafirmaron su lealtad a ti y a tu causa.

Aquilus asintió despacio y luego miró a Nathair.

—Y tú, hijo mío, cuéntanos también tu viaje para que Peritus pueda sacar algún provecho de él.

—Mi relato es muy parecido al de Peritus, como sabes.

Lamar de Ripa aceptó prepararse para la guerra y renovó sus juramentos contigo.

Los barones con los que me reuní..., bueno, están más preocupados por las cosechas, el clima, la expansión de sus tierras y los forajidos, pero sus juramentos siguen en pie.

Acudirán cuando los llames. Tenebral está unido y te respalda.

—Así debe ser. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando el solsticio de invierno. Muchos se unirán entonces, sin duda. Aunque no todos.

Aquilus se levantó y comenzó a pasearse por la estancia. Tenía los ojos hundidos y con cercos oscuros, y Veradis advirtió que tenía muchos más pelos grises en la cabeza y en la barba. «Carga con un gran peso.»

—El paladín de Asroth sigue siendo un misterio para nosotros —continuó Aquilus—. ¿Quién es? ¿Dónde está? No lo sabemos, así que debemos aprovechar todo lo posible el tiempo que tenemos. Nathair, ¿cómo progresa tu hueste?

—Bien, padre. Entrenan duro todos los días. Y no para de crecer.

Nathair miró a Veradis.

—¿Cuántos son ahora?

—Casi mil hombres.

Los ojos de Aquilus se abrieron de par en par. Rio y dio una palmada en el hombro de Nathair.

—Felicidades, hijo mío. Te has tomado muy en serio mis palabras.

—Sí.

—No es de extrañar que los graneros se estén vaciando con rapidez. No importa. Pero deberíamos buscarles algo que hacer, para que se ganen el sustento y se fogueen.

—Nunca había visto tanta paz en Tenebral —observó Peritus.

—Así es. Sobre todo desde que los Vin Thalun han respetado su acuerdo dentro de nuestras fronteras. —Aquilus desvió la vista hacia Nathair—. Así que tendremos que buscar en otro lugar oportunidades para que tus hombres ganen experiencia en combate.

—¿Qué quieres decir, padre?