Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y DOS. CAMLIN #3
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS. CAMLIN #3

—No es el momento de empezar a tener conciencia, Cam —replicó Braith, mientras el brazo de su compañero empezaba a temblar con la tensión del arco tensado—. No mires y ya está.

—No, Braith —insistió con la respiración entrecortada—. Te agradezco que hayas venido, más de lo que nunca podré demostrar, pero prefiero volver andando a mi celda y enfrentarme mañana al verdugo antes que ver correr su sangre.

—¿Braith? —murmuró su compañero, sin desviar la flecha del chico.

—Déjalo —espetó Braith, que también bajó el arco—. Entonces, ¿qué propones que hagamos?

El tono era cortante.

—Buena pregunta. ¡Eh, vosotros! —Camlin caminó hacia los jóvenes—.

Parece que tenemos un problema —dijo alzando la voz solo lo justo para que lo oyeran.

Ellos lo miraban aterrorizados—. Veréis, estoy a punto de largarme de aquí con mis amigos, y ellos no están muy dispuestos a creer que simplemente vais a marcharos sin decirle a nadie lo que ha pasado esta noche.

—No puedes irte —dijo el chico, aún plantado delante de la chica, aunque había tenido que extender un brazo para retenerla—. Mataste a Dylan. Tienes que ser juzgado.

—Cállate, chico —dijo Camlin alzando una mano—. Sigue hablando así y acabarás muerto.

Un gemido largo y desgarrador resonó en el patio. Era Marrock. Avanzaba arrastrándose hacia su espada, con el rostro ceniciento y la sangre manando sin cesar de la herida del hombro. Al instante, Braith y el otro montaraz le apuntaron con sus arcos.

—No —dijo esta vez el muchacho, avanzando a trompicones y agitando los brazos.

—Ese es Marrock —murmuró Camlin a Braith, en voz baja—. Marrock..., el hijo de Rhagor.

Braith aflojó un poco la tensión del arco. En la mente de Camlin empezó a tomar forma una idea.

—Nos lo podemos llevar.

Braith lo miró, esperando que continuara.

—A Marrock. Como rehén. Aquí lo tienen en gran estima. Es el hijo de Rhagor, sobrino de Alona y de Pendathran.

Braith asintió despacio para dejar que la idea se desarrollara dentro de su cabeza.

—Ajá. Podría resultar útil, sobre todo si las cosas se ponen feas. A veces, Cam, me sorprendes. —Bajó el arco y cruzó el espacio hasta Marrock con rapidez y agilidad felina—. Átalo y amordázalo —ordenó a su compañero—. Y cúrale esa herida rápido, antes de que se desangre.

—Sí, jefe.

Camlin se acercó también para echar una mano sin dejar de mirar por encima del hombro a Braith, que se aproximaba a los chicos.

—Muchacho —dijo Braith—, ¿conoces a este hombre?

—Claro —asintió el joven de pelo oscuro.

—Guarda silencio, o serás el responsable de su muerte —dijo Braith señalando a Marrock—. Quiero tu palabra. Si callas, lo soltaré.

—¿Vivo?

—Ajá. Vivo.

—¿Cuándo? —preguntó el chico, que se plantó ante el hombre más corpulento.

Los ojos de Braith se entrecerraron.

—No estás en posición de regatear, chico. Si no fuera por el ataque de escrúpulos de mi amigo, ya estarías muerto.

—¿Cuándo? —repitió el muchacho, que trató de disimular el temblor de la voz.

Braith puso los ojos en blanco.

—Cuando estemos lo bastante lejos de este maldito lugar. Al amanecer bastará.

El joven paseó la mirada por todos los presentes. La cría de lobón seguía quieta a sus pies y observaba a Braith con unos fieros ojos color cobre. Finalmente suspiró, pues sabía que no tenía elección.

—Tienes mi palabra.

—Bien.

Braith escupió en la palma de la mano y la tendió. El chico lo miró sin entender durante un instante, luego escupió también en su palma y estrechó la mano del montaraz.

Braith sonrió.

—Es un trato —dijo—, al estilo del Bosque Oscuro. Si lo rompes, tendrás a Asroth mordiéndote los talones, junto con todas las legiones malditas de sus Kadoshim.

El muchacho palideció y Braith volvió a sonreír sin el menor rastro de amabilidad.

—Nos volveremos a ver —dijo—. Vámonos.

Ya era de noche cuando Braith, Camlin y el otro montaraz desaparecieron con Marrock por una calle secundaria.

—¿Seguro que has vuelto solo por mí? —preguntó Camlin a Braith.

Braith lo miró de reojo, alzando una ceja, y, rápido como una víbora, lo empotró contra una pared y le puso la punta del cuchillo en la barbilla.

—¿Qué has dicho, Cam? ¿Qué has contado... sobre mí, sobre el Bosque Oscuro?

—Nada, Braith. Nada, te lo juro. Nada que no sepan ya.

—¿Les has dicho quién es mi contacto aquí, en la fortaleza? —Los ojos de Braith se volvieron fríos, vacíos de golpe. Eran los ojos de un asesino.

—No.

Camlin intentó negar con la cabeza, sintió el filo hundirse en la piel, notó la sangre correrle por el cuello.

—Sabes que lo pasarás mal si descubro que me mientes. Es mejor para todos que digas la verdad ahora.

—Te lo juro, Braith.

—¿Te han interrogado?

—No. Creo que iban a hacerlo esta noche después del paseo. Brenin acaba de regresar.

—Lo sé. —Braith dio un paso atrás, rasgó la túnica de Camlin y le revisó el torso. Le levantó las manos, contó los dedos, buscó cicatrices recientes o marcas de quemaduras. Puso cara de satisfacción—. Te lo tenía que preguntar, Cam. Vamos, no tenemos toda la noche.

—¿Cómo salimos de esta roca? —susurró Camlin, aliviado al sentir que el miedo retrocedía.

—Lo divertido no ha hecho más que empezar —respondió Braith, esbozando una sonrisa.

Braith solía ganarse a la gente con esa primera sonrisa. Decía: «eres la única persona importante», y parecía contener todo el encanto y el poder de un juramento de sangre. Camlin también le sonrió sin darse cuenta.

—Por suerte para ti, tengo amigos en los lugares más insospechados. Nos espera una buena caminata en la oscuridad. —Braith le apretó el hombro—. ¿Sabes, amigo mío? —susurró—, a veces puedes ser una enorme fuente de problemas.