CAPÍTULO TREINTA Y DOS. CAMLIN #2
—Un buen hombre, dices, ese Braith —continuó Brenin—. Tal vez lo sea para quienes lo siguen. Pero carece de honor.
Camlin quiso responder. El rostro de su madre muerta cruzó su mente, y el de su hermano asesinado, pero no encontró las palabras, así que se limitó a fulminar al rey con la mirada.
—¿Por qué habéis venido al bosque Baglun?
—El Bosque Oscuro se está quedando pequeño. A mí y a algunos de los muchachos nos apetecía un cambio de aires.
Los ojos de Brenin se entrecerraron.
—Responde con sinceridad o no respondas nada.
Camlin sintió una extraña punzada de vergüenza.
—La respuesta es evidente —murmuró, con los ojos fijos en el suelo—. Nos envió Braith.
—¿Para qué?
—Es verdad lo que te he dicho. El Bosque Oscuro se está llenando.
La banda de Braith ha crecido mucho últimamente.
Demasiadas bocas que alimentar. Así que decidió expandirse.
Somos montaraces, y el Baglun es la extensión de árboles más cercana al Bosque Oscuro.
—Se encogió de hombros. Eso no era todo, ni mucho menos, pero antes moriría que traicionar a Braith. Ni ahora ni nunca.
—No me lo estás contando todo, montaraz —dijo Brenin.
—Como ya te he dicho, no asisto a los consejos de Braith. Si había otras razones, no lo dijo.
Esta vez Camlin alzó la barbilla, sostuvo la mirada de Brenin y no la apartó. Finalmente, el rey suspiró y asintió.
—Una última cosa, entonces. Contabais con la ayuda de alguien, de aquí o del pueblo. ¿Quién?
La mente de Camlin se disparó. Brenin no podía saber eso con certeza, y aun así no se sentía inclinado a mentir a ese hombre. Las medias verdades eran aceptables, pero no las mentiras descaradas; no después de que el hombre que tenía delante le hubiera metido el miedo de Elyon hasta la médula.
—Había alguien —dijo—. Pero no sé quién era.
—¿Me podrías decir algo sobre ese contacto? Podría jugar a tu favor. Es probable que no le haga gracia que sigas respirando, siendo como eres alguien que podría incriminarlo.
Camlin pensó en los hombres que habían cabalgado hasta él en el prado, en el de la nariz rota. Pensó en Goran, que habían apuñalado por la espalda. No se merecía morir así. Pero esos eran los contactos de Braith. Era asunto de él ocuparse de su traición.
—Ya —dijo—. Lo sé. Sin embargo, les vas a hacer el trabajo. Si mañana pierdo la cabeza, lo más probable es que les dibujes una sonrisa en la cara.
—¿Así que crees que debería mantenerte con vida para quitarles el sueño? —Los labios del rey se curvaron apenas, con un atisbo de diversión.
—He oído ideas peores, ahora que lo dices —respondió Camlin.
El rostro de Brenin cambió, se endureció.
—Participaste en la muerte, en el asesinato, de personas bajo mi protección. Hombres, mujeres, muchachos demasiado jóvenes para someterse a la prueba de la Noche Larga. —Inspiró hondo—. Creo que mañana será tu último día.
Esas palabras le dolieron. Sabía lo que había hecho, y no era la primera vez.
Pero formaba parte de una causa. Un mal necesario.
En la guerra se cometían muchas malas acciones así, en aras de un bien mayor.
De todas formas, no sonaba bien oírlo expresado de forma tan directa y clara.
Y él no había ordenado el asesinato de mujeres y niños.
Había sido un accidente. No tenía sentido decir nada de eso, de todos modos.
¿Cómo iban a creerle? Había tomado su decisión hacía mucho tiempo, para bien o para mal, el día que murieron Col y su madre.
Había aceptado las consecuencias. Asintió brevemente.
Brenin se pasó la mano por el rostro y de repente pareció cansado.
—Gracias por tu ayuda. —Paseó la mirada por la celda—. ¿Te han tratado bien?
—Sí —dijo de mala gana Camlin—. Bastante bien. Por orden de tu curandera incluso me sacan a pasear una vez al día. Tengo madera de buen sabueso.
Solo Conall sonrió.
—¿Ya has dado el paseo de hoy? —quiso saber Brenin.
—No.
El rey miró a Conall.
—No tardarán en venir a por él; mi guardia está a punto de terminar —dijo el guerrero.
Brenin volvió a mirar a Camlin.
—Disfrútalo... —No continuó, pero dejó bastante claro el resto de la frase: «Seguramente será el último».
Camlin se sorbió la nariz y Brenin salió de la celda con paso decidido, seguido de Pendathran, que le lanzó una última mirada de odio. Conall le guiñó un ojo al cerrar la puerta detrás de él y la llave traqueteó al girar en la cerradura.
Camlin suspiró y se dejó caer de espaldas sobre el catre.
Así que ese era Brenin. Había oído hablar mucho de él, primero de niño, pues había crecido en una aldea de Narvon desde donde se veía el Bosque Oscuro, y más tarde al unirse a la banda de Braith, cuando aún solo eran un puñado de hombres.
No mucho de lo que había oído sobre él era bueno.
No podía decir que hubiera visto nada reprochable en esa breve entrevista, pero apenas habían intercambiado unas pocas palabras.
Aun así, siempre había pensado que se le daba bien juzgar a las personas, y no había visto nada falso en Brenin.
Incómodo con ese pensamiento, decidió no darle más vueltas y se levantó para obligar de nuevo a su cuerpo a hacer ejercicio.
«Trabaja el cuerpo, descansa la mente», se dijo.
No pasó mucho tiempo antes de que oyera el golpear de unas botas en el pasillo exterior, seguido de voces apagadas.
—¿Listo para nuestro paseo? —dijo al hombre que tenía delante.
Era Marrock, sobrino de Pendathran; al menos eso sabía de él. Camlin ya conocía el procedimiento. Se colocó detrás de Marrock y oyó los pasos del otro guerrero, uno al que no había visto antes, resonar suavemente a su espalda.
Pronto estuvieron fuera de la torre, con el crepúsculo en el cielo, recorriendo un camino que Camlin había acabado conociendo muy bien.
Inspiró hondo, saboreando la sal en el aire.
La calle ante él serpenteaba y los sonidos de la gente en la fortaleza se fueron apagando.
Por fin se abrió ante ellos el patio de piedra con el gran estanque.
El patio estaba en silencio, como siempre.
—Así que ya habéis traído de vuelta a vuestro rey del Baglun, ¿eh? —dijo a Marrock mientras caminaban por el borde del patio, más que nada para romper el silencio.
—Sí. Y no gracias a ti —dijo con desdén Marrock.
—No puedo atribuirme ese mérito —replicó Camlin—, teniendo en cuenta que he estado disfrutando de vuestra hospitalidad aquí.
—Me refiero a ti y a los tuyos, ya lo sabes —repuso Marrock, que lanzó una mirada feroz a Camlin.
Camlin ya estaba cerca del estanque, así que dio los últimos pasos que le faltaban, recogió el agua helada con las manos en cuenco y se la echó en la cara. Al parpadear, vio la sombra de un movimiento detrás de un edificio. Con el ceño torcido, dio un paso en esa dirección.
—Quieto, montaraz —espetó Marrock—, o sentirás mi hierro, sea lo que sea lo que te depare el día de mañana. Y te prometo que dolerá mucho más que el arma del verdugo.
Camlin se quedó inmóvil. De repente se oyó un silbido y, a continuación, dos flechas brotaron del guardia sin nombre: una del cuello, la otra del pecho. La sangre salió a borbotones de las heridas y roció el rostro de Camlin. El guerrero manoteó sin fuerza un astil emplumado y cayó de bruces.
Marrock giró sobre sí mismo cuando más flechas surgieron de las sombras. Una le alcanzó alto, en el hombro izquierdo, y le hizo girar y estrellarse contra el suelo. Aparecieron unas figuras: una, dos, ambas con capas oscuras y las capuchas puestas. Empuñaban hierros negros.
Marrock apoyó una rodilla en el suelo y, con manos torpes, trató de arrancarse la flecha del hombro. La extrajo con esfuerzo visible y la dejó caer con estrépito sobre las losas antes de aferrar la empuñadura de su espada.
«¿Qué es esto? —pensó Camlin—. ¿Un intento de rescate o un asesinato?» De pronto, morir mañana parecía mucho más atractivo que morir ahora.
Uno de los encapuchados alcanzó a Marrock y le propinó una patada brutal en el brazo armado. El arma salió despedida de su mano mientras él caía de espaldas contra la piedra. El guerrero encapuchado se plantó a su lado, espada en alto, y apoyó un pie en el pecho de Marrock.
—¡Alto! —gritó una voz detrás de Camlin.
Camlin giró sobre los talones. Al otro lado del estanque había dos chicos y un cachorro.
No... un chico y una chica. Entrecerró los ojos y sacudió la cabeza.
Y no era un cachorro, sino una cría de lobón.
La noche se volvía más extraña a cada instante.
De no ser porque sentía el aliento de la muerte en la nuca, se habría reído.
Los encapuchados se miraron dubitativos. La chica bajó la mano al cinturón y apareció un cuchillo en ella.
Uno de los encapuchados avanzó y se echó la capucha hacia atrás.
—Estás flaco como una liebre de hielo, Cam —dijo.
La boca de Camlin se movió, pero no salió ningún sonido. El hombre que le había hablado era alto, de cabello claro, con una cicatriz limpia que le recorría el rostro desde la ceja hasta la barbilla.
—Braith —balbuceó Camlin—. ¿Por qué has venido?
—Para salvar tu pellejo de idiota, naturalmente. ¿Por qué si no? —respondió—. Me llegó el rumor de que te habías metido en un buen lío.
Ambos sonrieron.
El chico, la chica y la cría de lobón seguían en el mismo sitio, mientras el otro encapuchado les apuntaba con una flecha.
—No podemos dejar testigos —dijo Braith.
El miedo prendió en los ojos del muchacho, pero aun así dio un paso al frente para colocarse delante de la chica.
—Espera —se oyó decir a Camlin, que se interpuso entre Braith y el muchacho.
—¿Qué haces, hombre? —protestó Braith—. No nos podemos largar así como así. Por si lo has olvidado, estamos dentro de Dun Carreg. Y aún nos queda un buen trecho antes de poder respirar tranquilos. Es la única opción.
Los rostros de su madre y de Col desfilaron ante los ojos de Camlin, junto con el del granjero y su familia.
—No más sangre inocente —aseveró.