Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y DOS. CAMLIN
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS. CAMLIN

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

CAMLIN

Camlin se quedó mirando la pared, observando cómo la humedad convergía lentamente en una sola gota, que rodó por la superficie de la roca y cambiaba el recorrido a medida que encontraba hendiduras en la piedra.

Finalmente llegó a un borde horizontal. Allí permaneció suspendida un instante, aferrada al filo, hasta que otra gota se le unió.

Al hincharse, se desprendió del borde y cayó por el aire para estallar contra el suelo de piedra.

Camlin suspiró. Odiaba aquel lugar: solo roca y piedra, sin árboles, ni viento, ni cielo.

De mal humor, se levantó del catre y estiró los brazos por encima de la cabeza. Se estremeció cuando la piel que rodeaba la herida se tensó; bajó la mano para acariciarla con cautela y se tranquilizó al comprobar que no había vuelto a abrirse.

Aunque tenía una lengua afilada, debía reconocer que la curandera había hecho un trabajo excelente. Había visto morir a hombres por mucho menos, sobre todo cuando la fiebre se apoderaba de ellos. Ese no era un final que deseara para sí mismo.

Hizo una mueca.

—Me han curado para poder matarme como es debido, seguramente —musitó mientras se paseaba por la gran cámara de piedra que se había convertido en su celda—. En fin, estar vivo es estar vivo. —Chasqueó la lengua. «Mira que hablar solo, viejo idiota. Es el primer paso hacia la locura.»

Frunció el ceño al recordar de pronto el rostro de Goran, mirándolo sin vida en medio de una maraña de flores silvestres y hierba.

Últimamente le ocurría a menudo eso de recordar caras del pasado.

Su madre y su hermano mayor, Col, ambos muertos desde hacía tiempo; otros rostros anónimos, hombres a los que había matado en combate o en emboscadas; y, especialmente, los de la familia del granjero cerca del Baglun.

Sacudió la cabeza como si pudiera sacarse de dentro el recuerdo.

Se tumbó en el suelo y empezó a hacer flexiones hasta que el sudor le empapó la camisa de lino.

Al final, cuando los brazos le temblaban y ya no podía hacer ni una más, se dio la vuelta y se quedó mirando el techo desde el suelo.

Al principio le había costado obligarse a hacer ejercicio, intentar recuperar la fuerza.

Había estado tan débil como un bebé, pero el trabajo duro y constante y una determinación obstinada empezaban ahora a dar sus frutos.

La herida y la fiebre habían consumido la poca grasa que tenía, junto con una buena parte de sus músculos.

Lo que más le había impactado había sido el reflejo de su rostro, que vio en su primer paseo junto al pozo: como una muñeca de cera dejada demasiado tiempo al sol.

Aun así, el esfuerzo se notaba: sin duda estaba más fuerte, aunque todavía no había recuperado mucho peso.

Solo era una cuestión de tiempo. Sobre todo si seguían alimentándolo tan bien.

Cuando su respiración volvió a la normalidad, oyó ruidos que llegaban por la ventana que había encima de su cabeza. La gente gritaba y unos pasos resonaban sobre la piedra. Apretó el puño y golpeó la gruesa puerta de roble de su celda.

—¿Qué está pasando? —gritó.

No recibió respuesta.

Volvió a golpear la puerta, se detuvo y volvió a gritar.

—¡Silencio! —bramó una voz apagada nada amable desde el otro lado de la puerta.

Sonrió para sí y aporreó la puerta un poco más; se detenía de vez en cuando para volver a gritar. No hubo más respuestas, así que volvió a sentarse en el catre y fijó la vista en los hilitos de agua que acababan formando gotas sobre la piedra.

—Uno —masculló cuando la primera gota se precipitó al suelo.

Había que hacer algo en aquella maldita celda de roca para ayudar a que el tiempo pasara.

Todavía era de día cuando la puerta de la celda traqueteó y se abrió con un chirrido.

Dentro reinaba una penumbra, así que le escocieron los ojos cuando recibieron la luz de las antorchas.

Resistió el impulso de incorporarse de un salto y se obligó a permanecer tumbado bocarriba; solo movió las manos para entrelazarlas detrás de la cabeza.

Una figura enorme fue la primera en entrar por la puerta. Reconoció al hombre al instante.

Pendathran. Ya lo había visitado antes, poco después de que le bajara la fiebre. Camlin no había respondido a ninguna de las preguntas del grandullón, que se había marchado poco después, imprecando y astillando el marco de la puerta de un golpe al salir.

El siguiente en cruzar la puerta fue Conall, el hombre que había matado a dos de sus hombres en el Baglun. Aun así, Camlin lo respetaba, y había sido uno de los guardias habituales que lo habían acompañado durante sus paseos por la fortaleza.

«Luz y aire —había dicho la curandera—, y necesita moverse, o morirá antes de que tengáis ocasión de juzgarlo.»

Una última figura entró en la celda. Era alta y de hombros anchos, aunque no tanto como Pendathran, con el cabello claro recogido en una única trenza de guerrero.

Aparte de un grueso torques de oro retorcido alrededor del cuello, vestía de forma sencilla, con una camisa de lino blanco y pantalones holgados.

Aquel hombre era un líder. Camlin lo supo al instante: por la forma en que Pendathran y Conall se colocaron tras él, por cómo se detuvo y lo miró, con unos ojos cristalinos claros y penetrantes. Había algo de Braith en él, aunque no se parecieran en nada.

«Debe de ser Brenin.»

—Ponte en pie ante tu rey —rugió Pendathran.

Camlin giró la cabeza para mirar al corpulento hombre y se incorporó hasta quedar sentado, tratando de ocultar el esfuerzo que le exigía. Fijó la mirada en la uña del pulgar y se puso a sacarse una suciedad imaginaria.

—No es mi rey —contestó.

Pendathran dio un paso al frente y echó el brazo atrás. Camlin se tensó, esperando el golpe, que no llegó. Al alzar la vista, vio que Brenin había posado una mano firme para contener el brazo del grandullón.

—Cierto —dijo Brenin—, pero sigo siendo el gobernante de estas tierras y de todos los que deciden entrar. Y ahora te encuentras en el corazón de mi poder. En una celda, rodeado por mis escuderos.

Camlin se recostó en el catre y no dijo nada.

—No te voy a engañar. Mañana serás juzgado ante mi pueblo.

El resultado más probable es que mueras poco después.

—Brenin miró intensamente a Camlin y el mundo pareció encogerse hasta quedar reducido a ellos dos—.

Quiero que me des respuestas. Tú eliges si cruzas el puente de las espadas y te presentas ante tu creador con palabras sinceras o con mentiras en los labios.

Y deja que esto te sirva de incentivo adicional para decir la verdad.

No has probado las herramientas del interrogador porque mi curandera ha considerado que estabas demasiado débil para soportarlo.

Eso ya no es así. Si no me convenzo de que dices la verdad, te interrogará esta misma noche.

Morirás igualmente mañana, pero aún está por decidir cómo pasarás tu última noche.

Así que, al final, una ejecución. Y antes de eso, la tortura. Sabía que era lo más probable, que cada día de aliento era un regalo; aun así, oírlo en voz alta lo dejó helado.

—¿Qué quieres saber? —preguntó, agradecido de que la voz le saliera firme y no delatara el miedo que le roía las entrañas.

—¿Es Braith tu señor?

Camlin inspiró hondo. La palabra «no» se le formó en la punta de la lengua, pero las palabras de Brenin habían calado hondo.

No quería presentarse ante Elyon marcado como un mentiroso.

Había hecho cosas, sí, cosas duras, pero lo correcto a menudo dependía del bando en el que uno se encontrara.

Su jefe daba órdenes y él las cumplía: eso era todo.

Y no había deshonra en ello. Le debía la vida a Braith.

—Sí, Braith es mi señor. Pero te dejaré clara una cosa —añadió, con una mano alzada—: no te diré nada que pueda causarle daño.

Durante más de diez años Braith había gobernado en el Bosque Oscuro; los había convertido en algo mucho más que simples hombres sin amo que asaltaban viajeros entre los árboles. Recordaba con claridad el día que Braith apareció, llevado por los exploradores, cuando Casalu aún era su jefe.

Desde el primer momento, Braith había gozado de popularidad; tenía un don especial para hacer que los hombres se sintieran importantes, como si contaran de verdad.

El campamento no tardó en dividirse y los partidarios de Braith crecieron poco a poco pero de manera constante.

Casalu percibió el cambio y empezó a enviar a Braith a las misiones más peligrosas, pero siempre regresaba.

Al final, Braith había desafiado a Casalu.

Lo resolvieron a la manera del Bosque Oscuro: atados de la muñeca en un combate a cuchillo.

Braith se transformaba cuando luchaba, se volvía frío y salvaje.

Había estado a punto de arrancarle la cabeza a Casalu.

Nadie le había disputado el mando desde aquel día hasta el presente.

—Te agradezco la franqueza —dijo Brenin, que inclinó la cabeza hacia Camlin—. Tu señor ha intentado matarme.

Camlin arqueó una ceja.

—En las colinas que separan Carnutan de Ardan. Anteayer, al caer la noche.

Camlin no pareció inmutarse.

—Puede ser —dijo—. Braith no me tiene en su consejo. Pero ¿cómo estás tan seguro?

—Eran montaraces, como tú. Fue una emboscada, con arcos.

—Cobardes —murmuró Pendathran.

—Pero, como puedes ver, fracasaron.

—¿Cómo sabes que fue Braith? —repitió Camlin.

—Capturamos a uno. Tull, sin duda habrás oído hablar de mi primera espada; puede resultar muy persuasivo cuando se lo propone. El prisionero confesó.

—Ajá. ¿Y qué? —replicó Camlin—. Llevas años intentando matar a Braith. Es justo que él te pague con la misma moneda.

—Cierto. Pero no pretendas juzgarnos como iguales —dijo Brenin, con un tono duro como el hierro—. Yo solo lo persigo porque ataca mis tierras, roba a mi pueblo, quema sus hogares y asesina a hombres, mujeres y niños. ¿Me acusarías tú de lo mismo? ¿Podrías?

La mirada de Brenin lo atravesó. Camlin intentó sostenerla, pero no pudo y apartó los ojos.