CAPÍTULO TREINTA Y UNO. CORBAN #3
—No seas tonta —dijo Corban—. Ahí no hay nada.
—Golpeó la pared con la antorcha y soltó un grito ahogado cuando la antorcha y medio brazo desaparecieron.
Dio unos pasos tambaleantes hacia delante, desequilibrado; sintió cómo una presión le crecía en la cabeza y el pecho y oyó un zumbido. De repente todo cesó.
Miró a su alrededor. Ante él se abría una cámara inmensa.
Parecía tener la espalda apoyada en una pared de roca.
No veía a Cywen por ninguna parte. Oyó que lo llamaba a lo lejos.
Extendió una mano para tocar la pared que tenía detrás y vio que se hundía en la roca.
La retiró con un grito ahogado y probó de nuevo.
Inspiró hondo y entró en la pared; la presión y el zumbido regresaron, Tormenta escupía y gruñía...
, y entonces atravesó la roca. Cywen estaba frente a él, boquiabierta.
—Sígueme —dijo Corban, y volvió a atravesar la pared.
Regresó a la cámara y, solo un momento después, Cywen surgió tras él, con los ojos como platos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Un hechizo —susurró Corban—. No puede ser otra cosa. En todas las historias se cuenta que los gigantes los hacían. Ellos construyeron Dun Carreg. Esto también debe de ser obra suya.
Se encontraban en una cámara inmensa de roca toscamente tallada, húmeda, rezumante. Al fondo se alzaba un gran arco, del que partía una escalera de piedra que ascendía.
Tormenta seguía bufando a la pared del hechizo, con las orejas aplastadas contra el cráneo, así que Corban se alejó una docena de pasos antes de dejarla en el suelo. La cría gruñó una última vez a la pared y luego se paseó por la impresionante cámara sin dejar de olfatear.
—¿Adónde crees que llevan esos escalones? —murmuró Cywen.
—Arriba. —Corban se encogió de hombros—. Solo hay una forma de averiguarlo.
Subieron durante largo rato, en una espiral interminable.
Al final desembocaron en otra sala, donde algo atrajo la atención de Corban.
Inmóvil en el centro de la cámara yacía una masa enroscada.
Los tres se acercaron con cautela. Era el cadáver de una serpiente enorme; su cuerpo era más grueso que Corban y Cywen juntos, y su piel, de un blanco mortecino.
Le faltaba la cabeza, y en el suelo de roca había un charco de sangre negra y seca. Tormenta la olisqueó y retrocedió.
—No me gusta nada esto —susurró Cywen.
—A mí tampoco —repuso Corban, escrutando las sombras—. ¿Qué la habrá matado? ¿Crees que habrá más?
Había oído historias de serpientes gigantes en el lejano bosque de Forn, pero nunca había imaginado algo así. Se arrodilló y tocó el cadáver con la punta de la antorcha. Tenía la piel gruesa y estaba cubierta por una capa viscosa, mucosa, gelatinosa.
—¿Qué podría haber matado a un monstruo como este? —murmuró.
—Preferiría no quedarme para averiguarlo —dijo Cywen—. Vámonos de aquí.
Corban frunció el ceño. La cabeza de la bestia había sido cercenada; el corte era limpio, sin señales de mordiscos ni desgarros. «Decapitada. ¿Con un arma?»
—De acuerdo. Pero sigamos subiendo, no bajemos aún. Hemos subido mucho; seguro que ya estamos cerca de la superficie.
Cywen lo miró dubitativa, pero asintió.
Otro arco salía de la cámara y la escalera subía aún más.
Fueron por ahí. Desde la escalera partían pasadizos más pequeños que se adentraban sinuosamente en la oscuridad.
Corban echaba un vistazo a todos y se imaginaba serpientes blancas enroscadas en las tinieblas, listas para atacar.
Avanzaba deslizando la mano por la pared del túnel por si se topaban con otro hechizo.
Apretó el paso. Finalmente, el pasaje acababa, y la roca que los rodeaba era sólida al tacto.
—¿Qué es eso? —dijo Cywen apuntando con el dedo.
Era una hornacina, del tamaño de un puño.
Corban acercó la antorcha y miró dentro.
Había una especie de manecilla. Metió la mano y la giró.
Un contorno apareció en la roca con un siseo: una puerta.
Cywen la empujó y se abrió. Se deslizaron al otro lado y vieron que se encontraban aún bajo tierra, con un pozo oscuro que se abría ante ellos y un sendero que lo rodeaba.
—Estamos en la casa del pozo —anunció Cywen.
La casa del pozo era donde se recogía la mayor parte del agua de Dun Carreg, y un corto pasadizo conducía hasta la fortaleza. Una luz pálida (el crepúsculo, comprendió Corban) indicaba la salida.
Cywen empujó la puerta para cerrarla. La puerta se cerró de golpe y su contorno desapareció. Solo había un muro de roca.
—Tiene que haber otra manecilla en este lado —rezó Corban.
Buscaron durante largo rato, hasta que al final la encontraron dentro del propio pozo.
Cywen tuvo que sujetar los pies a su hermano mientras él se tumbaba bocabajo y se deslizaba por el borde para alcanzar la hornacina, que apenas era una sombra más oscura en la parte interior del brocal.
La probó para asegurarse de que funcionaba y, en cuanto la giró, el contorno de la puerta reapareció en la pared.
—Vámonos a casa. La luna está a punto de salir y mamá va a despellejarnos vivos —dijo Cywen.
Corban cerró la puerta, cuya silueta pareció desvanecerse. Salieron a la luz mortecina del día; el patio del pozo estaba vacío. Pero entonces oyeron voces y pasos y salieron disparados hacia la puerta de un edificio vacío.