Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y UNO. CORBAN #2
39%

CAPÍTULO TREINTA Y UNO. CORBAN #2

—Antes del Azote, los gigantes no eran así —continuó Brina—.

No eran tan belicosos; eran más curiosos, pero al final ocurrió lo de siempre.

—Dibujó un círculo en el aire con la mano—.

Codicia, corrupción, celos, sed de poder, como siempre.

Los gigantes fabricaron cosas, cosas impresionantes, a partir de una estrella que cayó del cielo.

Los objetos que forjaron con ella, como una lanza, un torques y un caldero, de alguna manera estaban vinculados a Otro Mundo.

Algunos gigantes, tentados, influidos por Asroth, no me cabe duda, comenzaron a explorar ese vínculo.

Se creó una especie de puerta entre nuestro mundo, el del cuerpo, y Otro Mundo, el mundo del alma.

Fue entonces cuando Elyon intervino, cuando decidió que ya era suficiente, supongo.

Y seguro que el resto sí que lo conoces: el Azote de fuego y agua, cuando el mundo cambió; gigantes y humanos casi aniquilados, la huida de nuestros antepasados, su llegada a las costas de la Isla del Verano...

Deslizó un dedo por el plumaje de Craf y sonrió con tristeza a Corban.

—Así que ya ves, en el pasado todos los animales hablaban, todas las personas eran Elementales y vivían en equilibrio con el mundo.

Perdimos tanto... Lo que tenemos ahora no es más que un reflejo pálido, un fragmento...

y hasta eso se desvanece con el paso del tiempo.

—Se sorbió la nariz—. Así es el mundo, supongo. No tiene sentido luchar contra ello.

—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó Corban.

—Aprendí a leer, leí libros, escuché. Y ahora también. Deberías intentarlo, muchacho. La historia tiene valor. Si más de nosotros prestáramos atención a los errores del pasado, el futuro podría ser distinto.

—Mi madre y mi padre nos enseñan las historias de nuestro pueblo a Cywen y a mí —dijo—, pero tú sabes tanto... y sobre gigantes...

—A veces, chico, haces demasiadas preguntas para que una vieja pueda seguirte el ritmo —replicó ella—. Bastante tengo con responderlas como para contestar la misma dos veces. Ya te lo he dicho: aprendí a leer. Leí. Escuché.

Vonn gimió y se removió en su camastro. Brina devolvió la atención al caldero.

—Puedes irte —dijo sin mirarlo—. Hoy ya no te necesito. Vuelve por la mañana.

Corban se encontró con Cywen en la Calzada de los Gigantes, cerca de los potreros.

—Te estaba esperando. Mamá quiere que vayamos a buscarle unos huevos —dijo—. Nuestras gallinas no ponen.

—¿Qué les pasa? —preguntó Corban.

—Mamá cree que están aterrorizadas por Tormenta.

—Ya no las persigue —se defendió Corban.

—Sí, ahora solo las mira con hambre —contestó sonriendo Cywen.

—Vale. Vamos a buscar a Dath, quiero que vea a Tormenta.

Lo encontraron sentado junto a la puerta de su casa, limpiando y desespinando un barril entero de pescado.

Corban le pidió que le diera a Tormenta un trozo de pescado.

A Dath le temblaba un poco la mano al ofrecérselo, pero la cría de lobón se lo arrebató y se lo tragó en un instante, y luego se relamió los labios y los colmillos, que ya empezaban a sobresalir de forma visible.

—Todo el mundo habla de ti y de eso —dijo Dath. Permanecía completamente inmóvil mientras Tormenta le olisqueaba la mano y le lamía un dedo—. Es preciosa —susurró—, pero... en fin, ¿no es peligrosa?

—No —dijo Corban—. Mi padre me ayuda a entrenarla, igual que a un sabueso. Lo está haciendo muy bien.

—Más importante aún: ¿puedes enseñarle a morder a Rafe? —preguntó Dath con una sonrisa.

—Me encantaría, pero Alona dijo que si Tormenta hace daño a alguien la matarán.

—Qué pena —se lamentó Dath.

Corban se sentó junto a su amigo.

—¿No has salido a pescar?

—No. —El ceño fruncido de Dath se convirtió en una mueca de rabia.

—¿Está tu padre dentro?

—Ajá.

Cywen le dio una patadita en el pie.

—¿Por qué no nos acompañas a la costa a buscar nidos en los acantilados? Escalar es casi lo único que se te da bien.

Dath los miró y suspiró.

—Iré a echar un vistazo a mi padre.

Un olor rancio se filtró por la rendija de la puerta cuando Dath se deslizó dentro de su casa. Corban oyó ronquidos apagados y los pasos de su amigo, que regresó enseguida.

—Vamos —dijo con brusquedad, echando a andar hacia la playa—. No se despertará hasta dentro de un buen rato.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó Corban al alcanzar a su amigo.

Dath puso cara de fastidio.

—Mal —respondió con un leve temblor en la voz—. No sé qué hacer, Ban. —Parpadeó con fuerza.

—¿Y qué opina Bethan?

—¿Bethan? Ya casi nunca está en casa. Y cuando sí, ella y mi padre no hacen más que discutir. Creo que anda por ahí. —Señaló una hilera de ahumaderos que bordeaban el sendero hacia la playa.

—Deberías venirte a vivir con nosotros —sugirió Cywen.

—No puedo dejar solo a mi padre —replicó Dath—. Me necesita.

—¿Para qué, para usarte como saco de golpes?

—No tienes ni idea de lo que hablas —espetó Dath.

Caminaron un rato en silencio, siguiendo el sendero que descendía serpenteando hacia la playa.

Dath lanzó una mirada a su derecha, hacia donde la barca de su padre descansaba varada sobre las piedras, caída de costado.

Enfilaron hacia los acantilados sobre los que se alzaba Dun Carreg. La marea estaba baja, así que chapotearon en la fina capa de agua que lamía la orilla; cangrejos del tamaño de un puño huían a toda prisa a su paso. Se detuvieron al pie del acantilado.

Corban se quedó mirando una gran cueva en la base del muro de roca.

El mar la inundaba y el oleaje resonaba desde la negrura con un eco extraño, casi de otro mundo.

Un sendero estrecho se internaba en la penumbra, resbaladizo por las algas.

Dath reparó en que Corban contemplaba la boca de la cueva y arrugó la cara.

—Ahí no hay huevos, Ban.

Corban asintió.

—De acuerdo. Dejaremos la cueva para otro día.

—Ni hablar. Esa cueva está maldita.

—Dath, ¿le tienes miedo a todo? —se burló Corban.

—Dime eso cuando estemos ahí arriba —replicó Dath, que señalaba los nidos encaramados a lo alto, en salientes rocosos. Empezó a trepar por la pared del acantilado; su cuerpo delgado y fibroso escalaba la roca resbaladiza y llena de oquedades con una facilidad asombrosa.

—Espérame aquí con Tormenta —dijo Corban a su hermana—. Ahora vuelvo.

Cywen sonrió al observar que la cría de lobón acechaba a un enorme cangrejo.

Corban comenzó a trepar, mucho más despacio que Dath. Nunca había sido tan buen escalador como su amigo; de hecho, dudaba que hubiera muchos que sí. Dath parecía poseer una habilidad casi antinatural para escalar cualquier cosa sin esfuerzo.

A medida que subía, la brisa que abajo resultaba refrescante se volvía hostil, y ahora lo aferraba, como si quisiera arrancarlo de la roca. Por fin llegó a un grupo de nidos y llenó su pequeña bolsa.

Entonces oyó una voz que lo llamaba. El estómago se le encogió al darse cuenta de la altura a la que estaba.

Cywen saltaba y agitaba los brazos abajo.

Corban gritó a Dath y comenzó el descenso.

Enseguida estuvo de nuevo al pie del acantilado, con los brazos y las piernas temblorosos por el esfuerzo. Dath descendió justo detrás de él.

—¡Tormenta ha desaparecido! —casi gritó Cywen—. Intenté detenerla, fui tras ella un trecho, pero estaba demasiado oscuro para ver nada. La llamé una y otra vez, pero no volvió... —Tenía los ojos inundados de lágrimas.

—¿Dónde? —la interrumpió Corban.

Cywen señaló la cueva.

—Ay, no. —Dath tragó saliva.

Corban se adentró sin pensárselo dos veces llamando a Tormenta, pero el estrépito de las olas rompiendo contra las rocas ahogaba su voz.

Cywen tenía razón: bastaron unos pocos pasos para que todo se volviera negro.

Avanzó un poco más, tanteando las frías paredes de roca, pero resbaló en la piedra húmeda y estuvo a punto de caer al canal de agua marina, así que dio media vuelta.

—¿Dónde está Dath? —preguntó al salir a la arena con los ojos entrecerrados.

—Ha ido a por una antorcha.

Dath regresó corriendo por la playa y rápidamente encendió una antorcha hecha de juncos secos.

Corban entró primero, Cywen lo siguió.

—¡Ban! —gritó Dath desde la entrada de la cueva. Estaba pálido, como si fuera a vomitar—. Yo... no creo que pueda entrar.

—¿Por qué no? —espetó Cywen.

—Está... está maldita...

Cywen resopló.

—Llévate los huevos, Dath. Llévaselos a mi madre.

—¡Gracias! —dijo él, con la bolsa de huevos de Corban en las manos.

—¡Dile que estamos ayudando a Brina con algo! —añadió Cywen.

—¡De acuerdo! —respondió Dath cuando ya se alejaba.

La cueva era mucho más profunda de lo que Corban habría imaginado y se estrechaba a medida que se internaban más; el techo era tan alto que la luz de la antorcha no llegaba.

Encontraron a Tormenta de pie junto a una poza.

Mientras Corban la observaba, la cría de lobón metió una pata en el agua y sacó un pez grande y plateado.

El pez dio unos coletazos sobre la roca antes de que la lobona se lanzara sobre él y le destrozara la cabeza de un mordisco.

—Creo que le gusta el pescado —constató Cywen, con un evidente alivio en la voz.

—Ajá. —Corban sonrió.

Al verlos, Tormenta agarró el pez y retrocedió hacia la oscuridad.

Los hermanos la persiguieron; la luz de la antorcha proyectaba sombras temblorosas sobre la roca brillante y el oleaje oscuro.

El sendero se estrechó hasta casi desaparecer, retorciéndose entre altas formaciones rocosas.

De pronto, la cueva terminó; las paredes se cerraban.

Tormenta estaba agazapada al final del camino.

El pez, medio devorado, yacía a su lado.

La pequeña lobona gruñía, aparentemente a la nada, pues delante no tenía más que una simple pared de roca picada.

—¿Qué le pasa? —preguntó Cywen.

Corban alzó a la cría en brazos. Tormenta se revolvió y continuó bufando a la pared.