Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA Y UNO. CORBAN
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO. CORBAN

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

CORBAN

Corban revisó de nuevo la lista de hierbas y plantas que Brina le había pedido que recogiera: vara de oro, pensamiento silvestre, reina de los prados, amapola, acónito, sauco. Estaban todas en el saco que llevaba echado al hombro.

«No las mezcles», le había advertido la curandera, y Corban le había preguntado por qué antes de poder mantener la boca cerrada.

Algunos días Brina respondía a media docena de porqués antes de que se le agotara la paciencia.

Otros días, como ese, Corban percibía que cualquier respuesta vendría acompañada de una grosería, incluso si solo le preguntaba una mísera vez.

«Porque algunas son para hacer cataplasmas y otras hay que beberlas —había espetado Brina—. Y ahora vete antes de que el chico muera de tanto esperar —había añadido mientras sujetaba la puerta abierta.»

«VETE», había graznado el cuervo mientras salía de la cabaña de la curandera. Corban odiaba a ese pájaro con toda su alma.

Ahora volvía a casa de Brina y se le hizo un nudo en el estómago al pensar que pudiera haber olvidado algo.

—Vara de oro, pensamiento silvestre, reina de los prados, amapola, acónito, sauco —recitó en voz alta.

Tormenta lo miró con la cabeza ladeada mientras trotaba por la hierba alrededor de él. La pequeña lobona se detenía cada dos por tres para perseguir mariposas o saltar en la hierba y lo retrasaba, pero Corban agradecía la distracción.

Apenas se habían separado desde la cacería, de lo que ya hacía diez noches.

Solo la dejaba cuando iba a entrenar al Campo de los Serbales.

Thannon había insistido. «Dales tiempo para que se acostumbren a la idea antes de pasearla delante de ellos —había dicho su padre—.

En el campo habrá guerreros que eran amigos de los que murieron o sufrieron heridas.

» Cuando su padre tomaba una decisión sobre un asunto, rara vez cambiaba de opinión.

De todos modos, tenía razón. En el bosque Baglun habían muerto hombres.

Si alguno hubiera sido un miembro de su familia, seguramente vería a Tormenta con desconfianza.

Se agachó y agitó la hierba delante del cachorro.

Tormenta cogió impulso, saltó para agarrarle la muñeca y sacudió la cabeza.

Corban soltó un gañido. Los dientes de la lobona eran más afilados que las agujas de hueso de su madre.

Retorció la mano para liberarla, agarró del pelo de la nuca al pequeño animal y tiró de él juguetonamente.

Al alzar la mirada, vio una delgada columna de humo que salía de la casa de Brina, oculta detrás de los alisos.

No le apetecía volver. No le gustaba estar cerca de Vonn, pero ahora que le había subido la fiebre no tenía que soportar sus comentarios desdeñosos cada vez que estaba en la cabaña.

Si a ello se añadía el pésimo humor de Brina, resultaba muy tentador quedarse fuera un rato más.

Pero estaba seguro de que, cuanto más tardara, peor sería la reprimenda que le soltaría la curandera al volver.

—Vamos —dijo con resignación a Tormenta, y volvió a echar a andar.

Dos caballos pastaban en la tupida hierba que rodeaba la cabaña; un hombre estaba sentado con la espalda apoyada en el muro.

Se levantó cuando Corban se acercó y se colocó delante de la puerta.

Era el guardia de Evnis, con la nariz torcida desde que Tull se la había roto.

Corban se había enterado de que se llamaba Glyn.

Intentó rodearlo y evitó mirarlo a los ojos mientras alargaba la mano hacia el picaporte, pero el guerrero le cortó el paso.

—Nadie puede entrar.

—Pero, Brina... —balbuceó Corban.

—Nadie —cortó en seco Glyn, mientras le clavaba con fuerza un dedo rechoncho en el pecho. Corban dio un paso atrás y bajó la mirada sin saber qué hacer.

Tormenta emitió un sonido a medio camino entre un bufido y un gruñido.

—Debería clavar esta lanza a tu mascota —murmuró el guerrero, que pinchó las costillas del cachorro de lobón con la contera.

—No la toques —se roncó Corban.

Glyn volvió a pinchar a Tormenta, más fuerte esta vez. La pequeña lobona gimió, dio un salto atrás y enseñó los dientes. La mano de Corban salió disparada y agarró el asta de la lanza. Glyn intentó arrancársela de un tirón, pero Corban se aferró a ella con una fuerza que no sabía que poseía.

El muchacho y el guerrero se miraron fijamente en silencio. Entonces la puerta de la cabaña se abrió de golpe y apareció Brina, con una figura más grande detrás.

—... bajo mis pies —estaba diciendo Brina. Entrecerró los ojos al ver a Corban y a Glyn, con el chico asiendo todavía la lanza del guerrero. Clavó un dedo huesudo a Glyn, que retrocedió como si le hubiera mordido una serpiente.

—Apártate, zoquete —le soltó—, y deja pasar a mi aprendiz.

«¿Aprendiz?» Corban puso los ojos como platos.

—Trae hierbas vitales para la recuperación de Vonn. Espero que no se haya retrasado por tu culpa —añadió, con una mirada afilada.

Glyn dio otro paso atrás.

—Basta —terció Evnis detrás de Brina, que salió a la luz del sol—. Dejaré a Glyn aquí. Si se produce algún cambio en el estado de mi hijo, cualquiera que sea, mandadlo a buscarme de inmediato.

—Ya te he dicho que no quiero a nadie más ensuciando mi casa. Ya está bastante abarrotada. Y además no hace falta; tengo a alguien aquí a quien puedo enviar si es necesario —Brina señaló a Corban.

Evnis lo miró con desdén.

—Glyn se queda —aseveró.

—Pues se quedará fuera —replicó Brina. Agarró a Corban del hombro, lo arrastró adentro y cerró con un portazo. Tormenta consiguió colarse justo a tiempo para que no le pillaran la cola.

—¿Y bien? —preguntó Brina a Corban.

Él la miró desconcertado un momento y luego le dio apresuradamente la bolsa.

La curandera se volvió farfullando hacia un caldero suspendido sobre el fuego. Volcó el contenido de la bolsa y lo separó rápidamente en dos montones. Trituró una parte de las hierbas y las echó al recipiente burbujeante.

—Poción —graznó Craf mientras saltaba de una pata a otra y batía las alas.

—¿Cómo es... —dijo dubitativo Corban—... que Craf habla?

Brina y el ave lo miraron y por un momento Corban apreció un inquietante parecido entre ellos.

—Es una pregunta que esperaba que hicieras desde hace tiempo —dijo ella.

—Muchas veces lo he pensado —reconoció Corban.

—¿Y por qué te la has guardado hasta ahora?

Corban pareció dudar.

—Me pareció descortés.

Brina echó la cabeza atrás y soltó una carcajada ronca y perturbadora. Craf croajó, erizó las plumas y agitó las alas una vez. Tormenta bufó y se escondió detrás de las piernas de Corban.

—¿Cómo es que Craf habla? —repitió Brina cuando se calmó—.

Cuando el mundo era joven, las cosas eran muy diferentes.

Ya lo sabes, o deberías —añadió con el ceño arrugado—.

Antes del Azote existía la armonía en la tierra, entre las razas y en su seno: gigantes, humanos.

Había un equilibrio. Elyon estableció un orden en la naturaleza, en nosotros.

A gigantes y humanos nos otorgó un don, una responsabilidad.

Éramos los guardianes de este mundo, con el deber de cuidarlo, y de todo lo que vivía en él.

Supongo que has oído el término «Elemental».

—Sí, aunque no lo entiendo del todo. Es magia, ¿no?

—Magia —resopló Brina—. «Magia» es una palabra que los ignorantes usan para explicar lo que no comprenden.

Un Elemental es alguien que posee cierto dominio, quizá «autoridad» sea una palabra mejor, sobre el mundo que lo rodea.

Es la capacidad de utilizar los elementos: tierra, agua, fuego y aire, y controlarlos en cierto grado.

Los gigantes aún conservan algo de ese conocimiento, aunque no era exclusivo de ellos.

Cuando el mundo era joven, todos eran Elementales.

Formaba parte del pacto, del modo en que debían ser las cosas.

Elyon nos concedió esa autoridad para que pudiéramos cuidar mejor del mundo en el que nos había puesto.

—¿Qué? ¿Quieres decir que tú... que yo podría...?

—Sí, eso es exactamente lo que quiero decir. Y junto con ello estaba la capacidad de comunicarse con los animales. Formaba parte del orden.

—Pero entonces —repuso Corban—, ¿por qué ya no es así? Seguro que es solo una leyenda.

Brina se encogió de hombros.

—Si solo es una leyenda, ¿cómo explicas que oigas hablar a Craf? —Juntó las cejas mientras lo miraba con intensidad.

—Yo... no lo sé.

Brina resopló.

—¿Qué pasó entonces? —preguntó Corban, un poco a regañadientes.

—¿Has oído hablar de Otro Mundo?

—Sí, pero eso también...

—Sí, sí, no tienes claros los detalles —dijo ella con un gesto de fastidio—. Otro Mundo es el reino de Elyon y de Asroth. Algunos dicen que a veces podemos verlo, incluso visitarlo, en sueños. Un mundo de almas.

Corban sintió un leve tirón en su memoria, un recuerdo distante que luchaba por abrirse paso.

—Como sabes, a Asroth y a sus Kadoshim no les hace precisamente felices estar confinados en Otro Mundo. Asroth desea más que cualquier otra cosa caminar por la tierra que pisamos nosotros.

—¿Por qué?

—Porque nos odia, Corban; odia toda creación.

Es la alegría, la obra culminante de su enemigo, ¿entiendes?

Es demasiado astuto para enfrentarse a Elyon directamente otra vez, así que prefiere destruir la creación de Elyon.

Destruirme a mí, a ti, a todos nosotros.

Es una especie de venganza, si quieres verlo así.

De pronto, Corban se sintió inquieto, como si alguien lo estuviera observando. Miró a su alrededor dentro de la cabaña.