Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TREINTA. VERADIS #2
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CAPÍTULO TREINTA. VERADIS #2

—Vamos a reunirnos con Calidus de los Vin Thalun y su señor, Lykos —explicó Nathair mientras se adentraban a caballo en la oscuridad. El terreno ascendía suavemente a medida que dejaban atrás los primeros árboles del bosque.

—¿No es peligroso, Nathair?

El príncipe esbozó un gesto de duda.

—No lo creo. Pero a veces hay que correr riesgos si la recompensa vale la pena. Esta noche daré un paso adelante en la causa de mi padre.

—Pero ¿y si planean matarte o secuestrarte?

—Sí, esa posibilidad existe. Pero ya lo podrían haber hecho. Calidus lo dejó claro, ¿lo recuerdas?

—Aun así... —protestó Veradis. No le gustaba nada la idea.

Nathair detuvo su caballo y desmontó.

—Antes me gustaría hablar contigo sobre otro asunto.

Veradis se dejó caer del caballo y se acercó a Nathair. La oscuridad apenas dejaba ver el rostro del príncipe y la luz de las estrellas se reflejaba en sus ojos.

—Es sobre la causa de mi padre. Nuestra causa. ¿Crees en ella?

—Sí, Nathair.

El príncipe lo miró fijamente en silencio, así que Veradis continuó:

—No soy un pensador, como Ektor, pero creo que sí soy bueno juzgando a las personas. Conozco al rey Aquilus, te conozco a ti. Eres mi líder y yo te sigo. Confío en mi rey. Y son tiempos extraños, eso no puede negarse. Las piedras lloran sangre y las sierpes blancas merodean por la tierra.

Nathair negó con la cabeza.

—No. Seguirme a mí o seguir a mi padre no es suficiente, Veradis. Tengo que saber que sí crees. —Le clavó un dedo en el pecho—. El libro de Halvor, sus predicciones sobre la Guerra de los Dioses, ¿las crees?

Veradis asintió lentamente.

—Sí —respondió. Y se sorprendió, pues al decirlo en voz alta se dio cuenta de que las creía a pies juntillas.

Nathair sonrió y se pasó una mano por el pelo. El silencio se alargó. Finalmente habló:

—¿Sabes esos sueños de los que te hablé?

—Sí.

—Creo que comprendo un poco lo que son. La voz que oigo siempre es la misma. Creo que es Elyon, el Padre Universal. —Hizo una pausa—. ¿Crees que estoy loco?

—No, Nathair.

—Esa Estrella Brillante de la que se habla en la profecía, el paladín de Elyon.

Creo... creo que soy yo. Creo que Elyon me llama a través de los sueños.

Cuando me reuní con Calidus, después de que saltaras el muro de llamas para salvarme, hablé con él en su tienda.

Él lo sabe. Habló de la Guerra de los Dioses. Me dijo que yo era... el elegido.

Un escalofrío recorrió a Veradis.

—Mi padre lleva mucho tiempo hablándome de estos tiempos.

Advirtiéndome sobre ellos. Preparándome.

Estábamos en el borde del abismo, Veradis.

Necesito tener buenos hombres a mi alrededor.

Hombres extraordinarios. Tú eres el primero de ellos.

Ya hemos arriesgado la vida el uno por el otro.

Atravesaste el fuego por mí cuando nadie más lo hizo.

Y anoche vi que tu lealtad hacia mí está por encima de todos, incluso de tu propia familia.

Veradis escuchaba en silencio. Se sentía incómodo y quería mirar a otro lado, pero la mirada de Nathair le impedía moverse. El príncipe sacó un cuchillo del cinturón.

—Quiero hacer un juramento de sangre contigo.

Eres un regalo que me envía Elyon: el hermano que nunca he tenido, mi primera espada, paladín, general y amigo.

Únete a mí ahora y Elyon nos conducirá a una gloria como nunca has soñado.

Nos enfrentaremos con el Sol Negro de Asroth y cambiaremos el mundo. ¿Qué me dices?

Todo lo que había sucedido desde el último cambio de luna pasó por la cabeza de Veradis.

Vio la cara de su padre, oyó las palabras que le había dicho la noche anterior («un niño no se hace un hombre de la noche a la mañana»), vio la cara de Krelis, la de Ektor, pero por encima de todo eso resonaban las palabras de Nathair.

Por alguna razón sabía que Nathair estaba destinado a la grandeza.

Lo sentía, casi oía una voz que se lo susurraba dentro de la cabeza, que lo apremiaba para que se pusiera de rodillas ante él.

Sin embargo, lo más importante de todo era que Nathair creía en él.

De repente se sentía abrumado por ese hombre que tenía delante: príncipe, líder, amigo. Y se puso de rodillas.

—Estaré encantado de hacer ese juramento. Me uniré a ti y a tu causa, Nathair, ahora y hasta la muerte.

—En ese caso, ponte en pie, hermano, pues así te considero, y sellemos este juramento con nuestra sangre. —Deslizó el cuchillo por la palma de su mano y se lo ofreció por la empuñadura a Veradis.

Veradis hizo lo mismo con un movimiento rápido y se dieron la mano. Permanecieron un largo momento con las manos estrechadas en la oscuridad.

—Ahora estamos unidos por un juramento de sangre mientras fluya sangre por nuestros cuerpos. —Nathair sonrió—. Venga, vayamos al encuentro de nuestro destino.

Nathair se subió al caballo y lo espoleó. Veradis aún permaneció un instante en el suelo, apretando la mano dolorida, y luego se montó en el suyo.

Las ruinas de Balara se alzaban imponentes, como una sombra oscura recortada sobre la luz de las estrellas.

Veradis sintió una punzada de miedo al encontrarse tan cerca del lugar de tantos terrores infantiles, pero Nathair estaba decidido a entrar.

La entrada principal estaba bloqueada por los escombros, así que rodearon la muralla hasta que encontraron una sección derrumbada.

No había manera de entrar con los caballos, de modo que desmontaron y los dejaron maneados entre unos árboles antes de introducirse en la antigua fortaleza de los gigantes.

Nathair enfiló por una calle ancha. Veradis lo seguía un paso por detrás y escrutaba con recelo las sombras impenetrables a ambos lados. Vio una luz un poco más adelante, en el arco de una puerta, y por encima se erguía la torre en ruinas, rodeada de cascotes.

Junto a la puerta había un hombre con una larga lanza en la mano.

Veradis aferró la empuñadura de su espada, pero Nathair pasó por delante del hombre para cruzar la puerta.

El lancero era Deinon, el Vin Thalun que había llevado encadenado a Jerolin.

El corsario inclinó la cabeza para saludar a Veradis, que le devolvió el saludo con un sonido gutural y siguió al príncipe hasta dentro de la torre.

Alrededor de la cámara, que era circular y amplia, había antorchas encendidas.

El suelo estaba lleno de escombros y trozos de madera podrida.

Una escalera de caracol de piedra ascendía por la pared de la torre hasta que se interrumpía bruscamente, y más allá del contorno irregular del muro derrumbado brillaban las estrellas.

Había tres personas esperándolos en la torre.

Veradis reconoció inmediatamente a dos: el Vin Thalun Calidus, con su cara demacrada y su barba gris, y su compañero gigante, Alcyon.

La otra persona se adelantó. Llevaba puesta una sencilla coraza de cuero y sus ojos penetrantes los miraban desde un rostro curtido y moreno plagado de arrugas.

Tendió una mano a Nathair y un anillo real con piedras preciosas destelló a la luz de las antorchas.

—Bienvenido, Nathair. Soy Lykos. Llevo mucho tiempo esperando este momento.

Nathair le estrechó el brazo.

—Lykos. He venido tal como me pediste. Estoy contento del tratado entre nosotros.

—Hubo un tiempo en el que habría sido imposible, cuando ningún hombre podía hablar en nombre de los Vin Thalun —declaró Lykos con una voz suave pero con un acento áspero.

Veradis pensó en lobos—. Pero ahora los señores de la guerra de las Tres Islas me han jurado fidelidad.

Ya no somos un pueblo dividido. Somos una fuerza y no una molestia para reinos mayores.

—Se tiró de una trenza entrecana de la barba con aire pensativo y los anillos de hierro que tenía atados tintinearon—.

Quería conocerte, darte las gracias por el papel que has jugado en el tratado.

Estoy seguro de que, sin tus esfuerzos, nunca se habría llevado a cabo.

Nathair inclinó la cabeza.

—¿Eso es todo? ¿Por qué nos reunimos aquí en plena noche? —preguntó Nathair.

—¿No lo sabes?

—Sospecho que sí —respondió quedamente Nathair, casi en un murmuro—. Pero me gustaría oírtelo decir.

—Así sea. —Lykos inspiró hondo—. Sé desde hace décadas que te serviré. Y he estado preparando el camino. Eres especial, Nathair, el elegido.

Natahir no varió ni un ápice ni su expresión ni su porte, pero Veradis percibió un cambio repentino en la atmósfera de la cámara, una tensión que le puso la carne de gallina.

—¿Por qué afirmarías una cosa así? —preguntó susurrando Nathair.

—Porque lo he soñado. En mis sueños me hablan de unas tinieblas que se aproximan.

Pero eso no es todo. Me hablan de un hombre que cambiará el mundo que pisamos, alguien que unirá las Tierras del Exilio bajo un estandarte.

Y en mis sueños ese hombre eres tú, Nathair.

—Lykos se dejó caer de rodillas al suelo—.

Estoy a tus órdenes, Nathair. Y conmigo, las Tres Islas de los Vin Thalun y una flota como no han visto las Tierras del Exilio desde que los Exiliados llegaron a estas costas.