CAPÍTULO TREINTA. VERADIS
CAPÍTULO TREINTA
VERADIS
Veradis se hallaba en la cámara en la que su padre los había recibido.
Jarras y copas habían sustituido los mapas encima de la mesa.
Krelis estaba sentado a un lado del rey Lamar, y Ektor, al otro.
El príncipe Nathair y Veradis estaban sentados el uno frente al otro.
Habían comido juntos en la gran sala y todo había transcurrido bien salvo por un incidente con Nathair, cuando este había hecho el ademán de sentarse en la silla que había al lado de Lamar, la que siempre permanecía vacía: la silla de la madre de Veradis.
Por supuesto, Lamar había culpado a Veradis por no explicar la tradición a Nathair, y Veradis le había dado la razón, pues se había distraído conversando con Elysia, la hija del jefe de cuadras.
Desde entonces, su padre había estado de mal humor.
—Aquilus me honra enviándote, Nathair —declaró Lamar.
El príncipe inclinó la cabeza.
—Mi padre te tiene en alta estima, Lamar. Conoce tu lealtad.
Lamar se echó hacia delante.
—Bueno, dijiste algo sobre noticias de la asamblea, ¿no es así?
—Pues sí. La asamblea. Estamos en los albores de una nueva era. Como ya sabes, mi padre envió mensajeros a todos los rincones de las Tierras del Exilio y la mayoría de los nobles acudieron a su llamada. Solo unos pocos no lo hicieron.
Veradis observó los rostros de su padre y sus hermanos mientras Nathair les ponía al día de la asamblea de su padre y también de Meical y los escritos del gigante Halvor que había descubierto.
Les expuso las afirmaciones y los misterios que se describían en el libro y acabó con la propuesta de una alianza de reinos para afrontar los tiempos que se avecinaban y el interminable debate que había suscitado.
El semblante de Lamar no traslucía nada, pero el rey hizo muchas preguntas, sobre todo acerca de los argumentos que se habían presentado a favor y en contra de la alianza, y especialmente le interesó saber quién se había opuesto a Aquilus.
Krelis exclamaba a menudo y murmuraba cada vez que Nathair describía a alguien que había hablado contra el rey.
Ektor escuchaba atentamente, pero no decía nada.
—Ese Meical —dijo Lamar—. Lo conozco de oídas, pero nunca lo he visto. Háblame de él.
—Es consejero de mi padre, aunque casi nunca está en el reino. Se ha ausentado muchos años, durante los que ha reunido la información que acabo de darte.
—¿Qué aspecto tiene? —terció Ektor.
—Es alto, mucho. Tiene el pelo negro y cicatrices de batalla —se limitó a decir Nathair—. Poco más podría decir de él.
—¿Y sus ojos? ¿De qué color son?
—Esto... Oscuros. No estoy seguro. ¿Por qué?
—Probablemente no sea nada —dijo Ektor sacudiendo una mano.
—¿Puedes decirme alguna cosa más de él? —preguntó Lamar.
—Sí, mi padre confía ciegamente en él. Fue solo a su regreso cuando mi padre envió los mensajeros para convocar a los nobles a la asamblea.
—¿Y tú? ¿Confías en él?
Nathair se recostó en la silla.
—Es el consejero de mi padre, no el mío. Ni yo confío en él ni él en mí. Pero me pliego a la sabiduría de mi padre. Si él confía en Meical, no veo por qué yo no debería.
—Ajá, bien dicho. Aquilus no tiene un pelo de tonto, esa es una verdad que no pongo en duda.
—Lamar parecía cansado cuando se inclinó hacia delante—.
Sí que son noticias importantes. Una Guerra de los Dioses delante de nuestros ojos.
Más aún, con nosotros convertidos en sus peones.
En las cicatrices de la tierra están las pruebas del Azote, pero cuesta imaginarlo, ¿eh?
Dioses, ángeles, demonios, aquí. —Apretó un puño, le crujieron los huesos y se estremeció—.
Pero antes tiene que aparecer ese Sol Negro, ¿no?
—dijo muy serio—. Me gustaría ver una copia de ese libro.
—A mí también —repuso con avidez Ektor.
Lamar puso una mano en el hombro de Ektor.
—Mi hijo es un erudito y tenemos una buena colección de manuscritos antiguos en esta misma torre. Ektor podría ayudar a comprender esas predicciones.
—Estoy al tanto de la reputación de Ektor —dijo Nathair. Veradis atisbó un destello en la cara de su hermano, ¿de orgullo?—. Estoy seguro de que podremos arreglarlo.
—Bueno, ¿y qué quiere Aquilus de mí? —preguntó Lamar.
—Que te prepares. Entrena a tu hueste para la guerra que se aproxima y pon en marcha esta alianza ayudando a los que le apoyaron en la asamblea.
—¿Y cómo debo hacer eso exactamente?
—Mi padre te lo dirá. Se habla de que se necesitan guerreros para ocuparse de los Hunen. Lo que queda de la tribu de gigantes está causando problemas en Helveth. Es posible que mi padre envíe un ejército. —Nathair pareció dudar—. De momento solo es una idea.
—Me has dado mucho sobre lo que pensar —dijo Lamar—. Si no hay nada más que hablar, creo que ahora me retiraré. Hablaremos de nuevo por la mañana.
Nathair inclinó la cabeza y comenzó a levantarse.
—Me gustaría disculparme por lo de antes —dijo.
—¿Disculparte?
—Sí. Por lo de la silla. Veradis me ha informado luego de la costumbre.
—Habría estado bien que te hubiera informado antes de la cena —replicó Lamar.
—Ya he pedido perdón, padre —murmuró Veradis.
—Ya —dijo Lamar quedamente y con frialdad—. No a mí. De todos modos, ¿cómo se puede perdonar que te olvides de tu madre? Nada de lo que dijeras podría reparar lo que has hecho. —Lamar se puso en pie.
—No deberías ser tan duro, Lamar —terció Nathair—. Veradis se ha ganado una reputación en Tenebral. Una buena reputación. Es mi primera espada y el capitán de mi hueste. Tienes muchos motivos para sentirte orgulloso de él. ¿Por qué no tienes en cuenta eso en vez de un pequeño error?
Lamar se puso tenso.
—¿Un pequeño error? —Respiró hondo—. La importancia suele ser una cuestión de perspectiva. Una buena reputación, dices. Tal vez, pero quizá demasiado buena demasiado pronto. Un niño no se hace un hombre de la noche a la mañana.
—No, eso es verdad. Pero quizá tus ojos esperan ver a un niño cuando delante tienen un hombre.
Lamar aferró el respaldo de la silla con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.
—No intentes darme lecciones en mi propia casa sobre cómo tratar a mi familia. Aún no eres rey, Nathair. Eres joven, pero tus años no son excusa para tanta arrogancia.
Las palabras de Lamar flotaron en el silencio de la cámara.
La cabeza de Veradis era un torbellino de pensamientos. «Te llama niño e insulta a Nathair, el único hombre que cree en ti.» La sangre le bullía en las venas.
—Le debes una disculpa a Nathair —bramó después de levantarse de golpe de la silla—. Es tu príncipe y debes respetarlo. —El corazón le aporreaba el pecho.
Krelis también se puso de pie bruscamente. La mirada de Lamar se desvió de Nathair para posarse en Veradis y durante unos segundos nadie se movió.
—Respeto —dijo finalmente Lamar—. Es una pena que tú sepas tan poco sobre el respeto. —Dio media vuelta y se marchó.
Ektor se alzó rápidamente y siguió a su padre. Krelis permaneció un momento en la sala antes de salir tras ellos.
Veradis, con Nathair a su lado, cabalgaba a la cabeza de su pequeña columna de guerreros.
El príncipe había tomado la decisión de partir al amanecer.
«He entregado el mensaje tal como me pidió mi padre, así que he cumplido mi deber», había dicho, de manera que Veradis se había dirigido a los establos para partir con la primera luz del día.
En la reducida hueste, había más de un miembro con los ojos rojos y dolor de cabeza, pero, para orgullo de Veradis, enseguida se habían reunido todos delante de la puerta principal.
Cuando ya estaban listos, Nathair había salido de la gran sala enfrascado en una conversación con Ektor.
Krelis había salido detrás de ellos y había ido directo hasta Veradis.
—Adiós, hermanito —había dicho tendiéndole la mano.
Veradis se inclinó en la silla de montar y se la estrechó.
—Anoche, padre... —comenzó Krelis, pero sacudió la cabeza—. Creo que te haré una visita pronto. Hasta entonces, cuídate. —Sus ojos se habían detenido brevemente en Nathair y de pronto la ira de la noche anterior había vuelto a apoderarse de Veradis.
—Cuídate —dijo—. Te recuerdo que me enviasteis a Jerolin y que he vuelto siendo mejor. No soy un niño, Krelis. Sirvo al príncipe de Tenebral.
—Ajá, ya dejaste eso claro anoche —respondió Krelis en voz baja para que solo lo oyera Veradis.
—¿Es un delito servir a nuestro príncipe? —espetó Veradis—. Padre es quien debería tener cuidado. Sus palabras bordearon la traición.
Krelis entrecerró los ojos y soltó rápidamente el brazo de Veradis.
—Siempre has de estar seguro de que quieres decir las palabras que salen de tu boca. Una vez dichas quedan para siempre.
Antes de que Veradis pudiera responder, Krelis había retrocedido y levantaba una mano a modo de despedida. Veradis había alzado el brazo con el puño apretado y había salido de Ripa a la cabeza de sus guerreros.
No había mirado atrás.
Avanzaban a medio galope por un sendero irregular que rodeaba el bosque por el norte. Nathair había insistido en seguir ese camino y le había prometido explicarle el motivo más tarde. Veradis no vio razón para preocuparse, y todavía seguía dando vueltas a la cara y las duras palabras de su hermano.
Acamparon antes de que se pusiera el sol, con los muros desmoronados de Barala, las ruinas antiguas de los gigantes, a la vista.
—No desensilles el caballo. Tú y yo iremos a dar un paseo enseguida —dijo Nathair.
Veradis asintió y ayudó a los demás guerreros a instalar a los caballos y montar el campamento.
Comió un cuenco de estofado de pescado mientras el sol se ponía detrás del bosque. Las nubes altas relumbraban con un tono rosado. Nathair no tardó en llamarle.
—Si no hemos vuelto con la primera luz de alba, coge a todos los hombres, ve a esa torre y mata a todo aquel que encuentres allí —dijo el príncipe a Rauca mientras señalaba el contorno de las ruinas de los gigantes—. ¿Has entendido?
Rauca frunció el ceño, pero asintió.