Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTINUEVE. CYWEN #2
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CAPÍTULO VEINTINUEVE. CYWEN #2

Corban parecía inseguro y, por un momento, Cywen tuvo la impresión de que iba a entregar el cachorro de lobón sin más, pero entonces reparó en que se ponía un poco más recto y reconoció la expresión que adquiría su cara cuando se ponía testarudo.

—Es difícil de explicar —dijo.

—Bueno, pues inténtalo, o seguramente el cachorro será sacrificado —replicó fríamente Alona.

Corban asintió.

—Para entender lo que he hecho y por qué, debo... —Se detuvo un momento. Cywen vio miedo o preocupación en su cara. Corban inspiró hondo—. Para entender lo que he hecho debo contaros la última vez que estuve en el bosque Baglun.

Alona agitó una mano en el aire.

—Adelante.

Corban relató su última incursión solo en el Baglun: los aullidos que había oído, el lobón que había encontrado y rescatado, la búsqueda de Gar. Cywen vio las caras de estupefacción de sus padres. Incluso el rostro habitualmente pétreo de Gar parecía turbado.

—Cuando hoy me encontré delante de esos lobones en el claro, tuve miedo. Más que miedo. Sentí pavor. Me quedé paralizado por el terror. Pensé que iba a morir. Entonces ella me miró, la lobona, y la reconocí. Y ella me reconoció a mí. Estaba claro que recordaba lo que había pasado en la ciénaga.

Evnis resopló y Corban se ruborizó.

—Es verdad, lo recordaba. Y lo que les pasó... Solo estaban protegiendo a sus crías, como habría hecho cualquiera de nosotros.

—Han muerto ocho hombres. Tres caballos. Casi todos mis perros. —Evnis estaba furioso.

—Lo único que digo es que no fue culpa de los cachorros.

Ellos eran inocentes, y tú los pisoteaste.

—Corban hizo una pausa y apretó los dientes—.

Cuando todo acabó, cuando todos estaban muertos, vi que este cachorro aún vivía y lo cogí.

Lo hice sin pensar, de verdad. Pero cuando lo miré entre mis brazos, retorciéndose, sentí que hacía lo correcto.

Es correcto proteger a los inocentes, ¿no?

—Sí —susurró Cywen.

—Si hubiera permitido que Evnis lo matara, no sé, todo habría sido en vano: rescatar a la madre de la ciénaga, perderme... todo.

Alona inclinó la cabeza. Se instaló el silencio en la cámara. La reina se revolvió y aferró los brazos de la silla.

—¿Qué harías con el cachorro? —preguntó a Corban.

A Evnis se le salieron los ojos de las órbitas. La expresión de algo, ¿esperanza quizá?, cruzó el rostro de Corban.

—Cuidaría de él. Lo criaría. Mi padre ha criado y adiestrado a los mejores perros. Nadie lo haría mejor que él.

—Eh... Espera un momento, hijo —balbuceó Thannon—. Lo que tienes en los brazos no es un perro.

—Pero ¿y si lo criáramos como si lo fuera? —Corban se dejó llevar por la idea, entusiasmado—. ¿Y si lo adiestraras como si fuera un perro? No son tan diferentes... Solo son más grandes y tienen los dientes más largos.

Alona torció las comisuras de la boca.

—Tu entusiasmo es irresistible. Marrock, ¿crees que eso es posible?

El cazador vaciló.

—No sabría dar una respuesta rotunda. Tal vez. Es arriesgado, pero... —Tamborileó con un dedo en la empuñadura de la espada—. Pero quizá el chico, con la ayuda de Thannon, esté capacitado para la tarea. —Se encogió de hombros.

Evnis abrió la boca, pero Alona habló antes de que él pudiera.

—Sí, es arriesgado. —Fijó una mirada severa en Corban—. Aun así, me siento inclinada a conceder la petición. Tan necesarios son los ejemplos de piedad como de rígida justicia en estos tiempos difíciles. Thannon, como cabeza de familia, ¿estás dispuesto a ayudar a tu hijo en esa tarea?

Thannon miró de reojo a Gwenith, que asintió rápidamente con la cabeza.

—Sí, mi reina.

—Perfecto. Sin embargo —añadió, otra vez con semblante severo y frío—, si se produce un solo incidente en el que esta criatura hiera a alguno de mis súbditos, será sacrificada. Inmediatamente y sin posibilidad de indulto. Estas son las condiciones.

—¿Cómo? —exclamó Evnis, que se atragantó—. ¿Cómo podéis consentirlo siquiera? Esas bestias son asesinas. Dejarla vivir deshonra a mi hijo. ¿Cómo podéis hacer una cosa así?

—Ese cachorro no atacó a tu hijo, Evnis. Y los demás solo trataban de proteger a sus crías, según ha dejado claro mi cazador.

—No obstante... —comenzó Evnis.

—¿He de recordarte que juraste acatar mi decisión? Es definitiva.

Evnis permaneció inmóvil tratando de dominar su rabia. Finalmente inclinó la cabeza.

—Si eso es todo, mi reina. Me gustaría ocuparme de mi hijo.

Alona asintió y Evnis abandonó la cámara como una exhalación.

Cywen y sus padres se miraron estupefactos. Corban se adelantó, se arrodilló ante Alona y le besó la mano. Se levantó lentamente y movió la cabeza sin saber adónde mirar.

—Gra... gracias —balbuceó—. No os arrepentiréis de vuestra decisión.

—El tiempo lo dirá —replicó Alona, e hizo un gesto hacia la puerta.

Corban entendió que le estaba dando permiso para que se marchara y eso hizo. Cywen siguió a su madre y vio que, durante un momento fugaz, Gwenith y Alona se miraban a los ojos. Luego salieron a los pasillos de piedra.

Gwenith rompió el silencio cuando entraron en la cálida cocina, a resguardo de la lluvia.

—Iré a por un poco de leche de cabra. Sería una pena que el cachorro se muriera de hambre después de todo lo que has hecho por él.

Corban dejó el cachorro en el suelo y el pequeño lobón se quedó quieto, con las patas estiradas y tiesas.

El chico se sentó a su lado y acercó la mano a su hocico.

El cachorro alargó el cuello, le olisqueó los dedos y dobló las orejas.

Tenía un denso pelaje blanco y unas vetas zigzagueantes le cruzaban el torso.

Buddai se levantó de donde estaba enroscado delante del fuego, se desperezó antes de acercarse precavidamente al cachorro y hundió el arrugado hocico negro en el pelo del lobón mientras aspiraba ruidosamente.

El cachorro mordisqueó a Buddai y el perro sacudió la cabeza.

Todos miraron expectantes cómo reaccionaría el perro, que se tumbó en el suelo y dio unos golpecitos al pequeño lobón con sus grandes y pesadas patas.

Entre gruñiditos, el cachorro se lanzó de un salto a una de sus orejas.

Thannon rio.

—Perro tonto. Se piensa que es un perrito. Bueno, hijo, si a Buddai no le importa que se quede, a mí tampoco. ¿Es macho o hembra?

Corban hizo cara de no saberlo y levantó una pata trasera del cachorro.

—Hembra.

—¿Cómo la vas a llamar, Ban? —preguntó Cywen.

Estalló un rayo encima de la fortaleza y casi inmediatamente sonó un trueno. El viento abrió la puerta de la cocina, que golpeó la pared, y la lluvia tamborileó en el suelo de piedra. Gar volvió a cerrar la puerta.

—Tormenta. Se llamará Tormenta.