Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTINUEVE. CYWEN
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CAPÍTULO VEINTINUEVE. CYWEN

CAPÍTULO VEINTINUEVE

CYWEN

Cywen caminaba de un lado a otro por el patio que antecedía a la Puerta de Piedra. Algo iba mal. Muy mal. Y nadie le decía lo que era. Se estaba volviendo loca.

Desde hacía un buen rato, el flujo de jinetes que volvían a la fortaleza, la mayoría con el gesto serio y grave, era constante.

Cywen había abandonado su lugar de espera autoimpuesto en las puertas para ir corriendo a los establos, donde había estado esperando que Corban regresara.

Las cuadras eran un hervidero de actividad: los caballos relinchaban, los arneses tintineaban, las voces vibraban con conversaciones furtivas.

No obstante, no eran los sonidos habituales, cuando reinaba un ruido ensordecedor y los guerreros alardeaban de sus proezas en la cacería y esperaban impacientes el banquete de la noche.

Cuando Cywen entró en los establos, las pocas conversaciones que había parecieron interrumpirse.

Se puso a desensillar el caballo de un guerrero y le preguntó educadamente qué tal había ido la cacería, pero recibió como respuesta un silencio sepulcral y una mirada dura.

Al no conseguir ninguna respuesta, se dio por vencida y regresó a las puertas.

La columna de jinetes que regresaban era más densa ahora.

Vio a los muertos y los heridos tendidos sobre los caballos que llevaban de las riendas jinetes con el semblante cansado.

Se le hizo un nudo en la garganta. «Papá, Corban, Gar, ¿dónde están?

» Vio entrar a su padre a lomos de Tenaz, su enorme caballo de trabajo, luego a Gar, con el gesto más serio de lo normal, montado en Martillo, y a Buddai trotando detrás de ellos.

Dejó salir un largo suspiro de alivio y corrió hacia ellos.

—¿Dónde está Ban? —preguntó cuando los alcanzó.

Thannon miró a su hija con una expresión grave debajo de la barba. Cywen dio un paso atrás.

—Enseguida llegará —dijo Thannon.

—Entonces, ¿está bien? Cuando he visto entrar esos...

—Ajá, Cy, está bien. De momento. —Thannon se pasó una manaza callosa por la cara y se relajó un poco.

—¿Qué ha pasado?

—Ahora no, hija —murmuró Thannon lanzando una mirada a su alrededor.

—Pero...

Thannon le clavó una mirada que habría arrancado la corteza de un árbol y sus protestas murieron en sus labios.

—Vuelve a casa, hija. Enseguida iremos nosotros. —Thannon fijó la vista al frente y dio por acabada la conversación.

Cywen agachó la cabeza sumisamente, dio media vuelta y se marchó. Cuando su padre ya no podía verla, volvió sobre sus pasos, echó un vistazo al patio para asegurarse de que Thannon y Gar no seguían allí y volvió corriendo a la puerta.

Solo unos minutos después aparecieron los carros con los batidores traqueteando por el puente. Las nubes negras se acumulaban encima de la fortaleza y estaba oscureciendo rápidamente, así que no alcanzó a distinguir a Corban entre el montón de figuras.

Pero entonces lo vio, sentado en la parte de atrás del segundo carro. Corban se agarró con una mano a la barandilla y saltó al suelo con el brazo izquierdo apretado contra el pecho.

—¿Qué está pasando, Ban? —gritó Cywen a su hermano mientras corría hacia él—. ¿Estáis bien?

Y de repente se detuvo. Había visto moverse algo en el brazo de Corban. Atisbó un mechón de pelo blanco con puntos negros.

Corban respiró hondo y echó a andar sin responder a su hermana. Ella lo siguió, casi trotando para no quedarse atrás.

—¿Qué pasa, Ban? ¿De dónde has sacado ese perrito?

Corban inspiró hondo.

—No es un perrito —dijo extendiendo los brazos.

Cywen dio un grito ahogado al ver el largo hocico, las mejillas peludas y los ojos cobrizos. Dos afilados colmillos sobresalían de los labios del animal.

—Es un cachorro de lobón, Cy. Lo he encontrado en el Baglun.

—Ah. —Durante unos momentos no se le ocurrió otra cosa que decir. Pero de repente un torrente de preguntas inundó su cabeza. Se le debió de notar en la cara, porque Corban se detuvo.

—Por favor, Cy, espera. O tendré que contar la misma historia miles de veces. Solo quiero volver a casa. Te lo explicaré todo cuando lleguemos.

Apareció un guerrero que, al ver a Corban, enfiló rápidamente hacia él. Era Marrock.

—La reina te quiere ver. Ahora. —Marrock dio media vuelta sin esperar una respuesta y se alejó.

Corban siguió al cazador, que ya desaparecía tras una esquina. Cywen corrió tras su hermano.

Ya estaba muy oscuro y comenzaban a caer gordas gotas de lluvia del cielo. Cywen se puso la capucha de la capa para protegerse de las cortantes rachas de viento que le azotaban la cara.

El salón de banquetes no tardó en aparecer imponente en la penumbra y entraron.

Un ciervo espetado giraba encima de un fuego.

Marrock y los hermanos recorrieron con paso rápido varios pasillos de piedra hasta que el guerrero entró por una puerta y encontraron a la reina Alona sentada en una oscura silla de madera, envuelta en pieles.

De pie ante ella estaban sus padres, Thannon y Gwenith, y Gar.

—¿Va a unirse a nosotros algún miembro más de tu casa, Thannon? —preguntó Alona.

El herrero se sonrojó.

—No —murmuró, moviéndose con incomodidad—. Ban aún es pequeño y este asunto es serio. Yo debería estar presente.

—Por supuesto. Y también su madre —dijo a la vez que lanzaba una mirada fugaz a Gwenith—.

No obstante, la presencia de su hermana y de mi jefe de cuadras es debatible.

Pero —añadió, con una mano en alto para atajar las incipientes protestas—, permitiré que se queden.

No creo que nos pongamos a discutir secretos del reino.

Corban se adelantó y se detuvo justo delante de la reina. Cywen se colocó al lado de su madre. Corban comenzó a hablar, pero Alona levantó una mano.

—Aún no estamos todos —dijo con frialdad.

Corban asintió y fijó la mirada al suelo.

Pasaron unos largos minutos hasta que oyeron pasos en el pasillo. Evnis entró en la cámara con el pálido rostro manchado de tierra y sangre.

—Evnis —dijo la reina—. Pendathran me ha contado lo que ha pasado. ¿Cómo está tu hijo?

—Está vivo, mi reina. Brina está con él. Nos estaba esperando en la carretera e insistió en atenderlo en su cabaña. Por eso me he retrasado. —Inspiró hondo, como si fuera a añadir algo, pero cambió de opinión.

—Veamos, Corban. Así que has invocado la Justicia del Rey, ¿no es así?

Corban levantó la mirada del suelo y asintió.

—Sí, mi reina.

—Por desgracia, como bien sabes, el rey no está aquí. ¿Estás de acuerdo en someterte a la justicia de tu reina?

—Por supuesto. Sí —respondió en voz baja—. Sois la voz del rey Brenin en su ausencia.

—Perfecto. Escucharé todo lo que tengáis que decir, y cuando comunique mi decisión será definitiva. ¿Entendido?

—Sí, mi reina —dijo Corban.

—¿Evnis?

—Por supuesto —contestó el consejero.

—Empezaremos por ti, Corban. Dime, ¿cómo es que conoces la Justicia del Rey?

—Brina me habló de ella.

—¿Brina? ¿En serio? —Alona arqueó una ceja.

—A veces la ayudo. A recoger hierbas, a hacer tareas domésticas...

—Entiendo —repuso Alona mirando detenidamente a Corban—. Evnis. Me gustaría escuchar tu relato de los sucesos de hoy.

—Hay poco que contar, mi reina. Poco después del mediodía, la partida de caza que lideraba entró en un claro en las profundidades del Baglun.

Había lobones. Y estaba este muchacho —dijo señalando a Corban—.

Los lobones nos atacaron. Los matamos a todos pagando un precio muy alto en muertos y heridos.

Mi Vonn... —Le tembló la voz e hizo una pausa—.

Vonn resultó herido, aunque vive. En el claro había cachorros.

Los maté a todos menos al que el chico tiene en sus brazos.

Se negó a obedecer mi orden de que lo soltara, una orden del consejero del rey, y luego se negó a acatar la orden de vuestro hermano, el general de Ardan.

El asunto es muy sencillo: el cachorro debe morir.

Y este niño insolente merece un castigo.

Cywen no podía creerse lo que estaba oyendo y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener cerrada la boca. ¿Cómo había acabado Ban metido en este lío? Y desafiar a Evnis y a Pendathran, dos de los hombres más poderosos del reino...

—Marrock, ¿cómo es posible que haya ocurrido una cosa así? Nunca había tenido noticia de una confrontación con lobones de estas características, ni en nuestra generación ni en las anteriores.

Marrock se adelantó. Las viejas cicatrices azuladas que le había dejado un lobón en la mejilla y en el cuello resaltaban en su piel.

—No estoy seguro, mi reina. Mi experiencia con los lobones es limitada.

Pero, por lo que sé, se remontan a los tiempos antiguos, si son ciertas las historias de nuestro pueblo.

Los gigantes los criaban para usarlos como un arma más en la Guerra de los Tesoros.

Heb nos podría dar más información. Sé que se asemejan a los lobos, aunque más grandes, claro, y se dice que son extraordinariamente inteligentes.

Son rastreadores, cazadores, asesinos. Me aventuraría a afirmar que los cachorros tuvieron un papel fundamental en el hecho de que nos atacaran hoy.

Eché un vistazo al claro y encontré una guarida excavada debajo de un árbol milenario.

Los cachorros no suelen moverse hasta que son mucho mayores, y sospecho que, si ellos no hubieran estado, los adultos se habrían marchado sin atacar.

—Dirigió la mirada hacia el bulto peludo que sostenía Corban—.

Diría que los lobones no se fueron porque el instinto no les permitió trasladar a los cachorros, así que se quedaron.

Entonces los descubrieron y lucharon como demonios para defender a sus crías.

Y estos lobones viven toda la vida en manada.

Imagino que sus vínculos deben ser muy fuertes.

Alona asintió y giró la cabeza muy despacio para mirar a Corban.

—¿Y bien? ¿Qué tienes que decir tú?