CAPÍTULO VEINTIOCHO. CORBAN
CAPÍTULO VEINTIOCHO
CORBAN
—Por el Otro Mundo de Asroth, ¿qué es la Justicia del Rey? —preguntó Farrell mientras masticaba un muslo de pollo frío.
Corban estaba sentado con alrededor de otra docena de chicos en la parte de atrás de un carro grande que avanzaba traqueteando por la Calzada de los Gigantes.
Todos lo observaban o, mejor dicho, observaban la masa de pelo que sobresalía debajo de su brazo, con varios grados de curiosidad y recelo.
Farrell era el único que le había dirigido la palabra desde que se subieran al carro, aunque los demás escuchaban con atención su conversación.
—Es una ley antigua —respondió Corban—. Si la invocas, solo el rey puede juzgar tu disputa.
—Por los dientes de Asroth, es la primera vez que lo oigo. —Farrell silbó y el aire salió de su boca acompañado de trozos de comida.
—Como he dicho, es una ley antigua. No creo que se haya utilizado desde el reinado de Ard.
—Entonces, ¿cómo es que la conoces?
—Brina me habló de ella.
—¿Esa bruja? —farfulló Farrell.
—Es una curandera —murmuró distraídamente Corban.
Había nubarrones en el horizonte y un viento cortante se arremolinaba en torno a él.
Echó un vistazo al bulto de pelo acurrucado en su brazo y suspiró.
«¿Qué estoy haciendo? —pensó—. Debo de estar volviéndome loco.
» Recordó cómo le había gritado Evnis en el claro y eso lo convenció de que estaba haciendo lo correcto.
Habían atado a los muertos y los heridos del episodio del claro a los caballos para sacarlos del Baglun con cuidado y habían enviado un jinete a buscar a Brina y a otros curanderos que pudieran acudir a la fortaleza esa noche.
Vonn había perdido el conocimiento al levantarlo del suelo.
Corban recordó sus extremidades colgando flácidas en el aire mientras se lo llevaban del claro.
—Dime, ¿qué vas a hacer con él? —preguntó Farrell sacudiendo la cabeza hacia el cachorro.
—Supongo que eso tendrá que decidirlo la reina Alona.
—Claro. —Farrell asintió—. Supongo que sí.
—Gracias por volver —dijo Corban.
Farrell contestó con un sonido sordo.
La fortaleza de Dun Carreg apareció a lo lejos. Desde el mar llegaban nubes negras como el hierro que oscurecían el día antes de tiempo. Corban notaba el sabor de la sal en los labios pese a la distancia y las gaviotas que sobrevolaban la costa eran unos puntitos blancos en el firmamento.
Se acercaba una tormenta.