CAPÍTULO VEINTISIETE. KASTELL #3
Los guerreros apilaron los cadáveres de los atacantes y cargaron los cuerpos de los caídos de Isiltir en los caballos.
Kastell se arrodilló junto al agua y se lavó las manos ensangrentadas.
Le dolía el costado. Se levantó la camisa.
Sangraba por un tajo que le cruzaba las costillas. Maquin se agachó a su lado.
—Así que sigues vivo, muchacho. Debemos caerle bien a alguien, ¿eh?
—Yo no tengo esa sensación —murmuró Kastell. Se estremeció al palparse el corte—. Eso no tiene buena pinta —dijo al ver el que Maquin tenía en la cabeza.
—No es profundo, pero sangro como un cerdo decapitado. Con las heridas de la cabeza ya se sabe. El tuyo parece más grave. —Se arrancó un trozo de la camisa, lo empapó en el arroyo, lo escurrió y se vendó la cabeza—. ¡Ah, por los dientes de Elyon, pero me alegro de seguir vivo!
Romar ordenó que montaran en sus caballos.
En los cadáveres no encontraron ninguna pista sobre su identidad.
Regresaron rápidamente a la carretera y se unieron al campamento. Los Sirak no tardaron en aparecer a medio galope a lomos de unos pequeños ponis. Kastell contó menos de veinte antes de ir con Maquin y Ulfilas para que les curaran las heridas.
Por fin pudo ir a buscar carne y bebida, agradecido por estar vivo. Los Sirak estaban sentados alrededor de un fuego con su tío y un puñado de guerreros. Esos desconocidos con aspecto feroz y aterrador le habían salvado la vida. Quería darles las gracias, pero Jael estaba al lado de Romar.
Uno de los Sirak se puso en pie y abandonó el grupo para dirigirse al borde del campamento. Kastell lo observó un momento y luego se levantó y lo siguió, todavía con un odre de vino aguado, un gusto adquirido durante su estancia en Tenebral.
El Sirak se había detenido junto a un roble y estaba vaciando la vejiga.
Kastell esperó a que acabara para acercarse.
—Me has salvado la vida —dijo.
El Sirak se lo quedó mirando con sus ojos negros bajo una frente prominente.
—En el arroyo. Tú... me has... salvado la vida... Gracias —repitió hablando despacio. Le ofreció el odre de vino.
Una sonrisa llenó el rostro plagado de cicatrices del guerrero, lo que le confirió un aspecto aún más horroroso a la luz del fuego. El hombre cogió el odre y bebió.
—Bodil —dijo, y se limpió el vino que le caía por la barbilla—. Mi nombre. Bodil.
—Yo me llamo Kastell. ¿Cómo nos encontrasteis?
—Un lugar extraño para encontrarse, ¿no? —Bodil rio con unas carcajadas breves y roncas.
Kastell asintió.
—Estábamos siguiendo a esos hombres. Viajaban por el camino que lleva a nuestro hogar —explicó Bodil, que le devolvió el odre—.
Partimos de Jerolin un día después que vosotros.
Cabalgamos sin descanso. Llevamos fuera de Arcona...
—Hizo una pausa—. ¿Cómo lo llamáis vosotros?
¿El Mar de Hierba? Mi hogar. Llevamos fuera demasiado tiempo.
Kastell escuchaba con atención al Sirak, pues su fuerte acento hacía que le costase seguirlo.
El Mar de Hierba era la tierra que había al este del bosque de Forn.
Había oído hablar del reino que ocupaba una escarpada llanura rocosa que se alzaba por encima de los árboles del bosque y se extendía incontables leguas.
—No muy lejos de aquí, a media legua más o menos —continuó Bodil agitando la mano hacia el bosque—, vimos unas huellas que salían de la carretera. Mi padre es muy desconfiado, y no pasa de largo cuando alguien tiene problemas, así que las seguimos. El resto de la historia ya lo conoces.
Los lobones aullaron en el bosque.
Llegó un grito desde el fuego y Bodil se puso tenso.
—Tengo que irme —dijo—. Mi padre me llama.
Kastell asintió.
—Solo quería darte las gracias por salvarme la vida.
Bodil volvió a sonreír.
—De nada, Kastell de Isiltir —dijo antes de volver al fuego.
Kastell se apoyó en el roble y bebió vino a pequeños sorbos. El odre estaba casi vacío. Maquin surgió de la oscuridad con un vendaje limpio alrededor de la frente.
—Estás aquí, muchacho. Te buscaba. Deberías ver esto —dijo Maquin, que se sacó una bolsita de debajo de la camisa. La agitó con suavidad y sonó un tintineo de monedas.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Kastell.
—De uno de los cadáveres del arroyo —respondió quedamente Maquin mientras miraba a su alrededor—. No sé qué pensar, pero me parecían una banda de chusma, no del tipo que lleva monedas así.
—¿Qué quieres decir?
—Extiende la mano.
Maquin vació parte del contenido de la bolsa en la palma de la mano abierta de Kastell. Las monedas destellaron a la luz del fuego.
—Oro —dijo Kastell, confundido.
—Ajá, muchacho, y eso no es todo. Míralas de cerca.
Kastell sostuvo una en alto y la giró para verla a la luz del fuego del campamento.
—No lo entiendo —masculló mirando con atención la impresión de la moneda. Era un rayo: el emblema de Isiltir.
—¿No? Te ayudaré. Estamos muy lejos de Isiltir, ¿verdad?
Kastell asintió.
—Y aunque estuviéramos en Isiltir, ¿quién tendría monedas como estas? El rey. Su familia.
—Jael —musitó Kastell.
—Ajá. No creo que lo que pasó en el arroyo fuera una casualidad. A esos hombres les habían pagado, y bien, para que hicieran un trabajo.
Kastell miró a Maquin con el semblante serio.
—¿Te atrae más la idea de unirte a los Gadrai ahora? —preguntó Maquin.