CAPÍTULO VEINTISIETE. KASTELL #2
Kastell alcanzó a sus compañeros cuando los dos hombres ya luchaban dentro del arroyo y la espuma del agua se acumulaba en torno a ellos.
Levantó la espada, pero no alcanzaba a distinguir amigo de enemigo.
Maquin chilló y Kastell alzó la vista. Varios hombres se movían hacia él, más despacio que los primeros, pues parecían haber aprendido la lección.
Un hombre con un aspecto salvaje se lanzó hacia él.
Kastell se agachó para embestirlo y le clavó la espada de una manera brutal; sintió cómo el hierro atravesaba cuero y carne.
La fuerza del impulso hundió la espada hasta la empuñadura.
Una sangre oscura le empapó las manos y el peso del cuerpo de su oponente le hizo perder el equilibrio.
Apartó el cadáver de un empujón y dio un salto lateral un instante antes de que una lanza perforara el espacio que acababa de desocupar.
Se tambaleó, el sudor le entró en los ojos y levantó la espada instintivamente al advertir un movimiento borroso para detener un hacha que iba directa a su cabeza.
Saltaron chispas cuando el hacha y la espada se deslizaron la una contra la otra.
Cuando volvió a ver, un rostro roñoso ocupó todo su campo visual mientras su oponente apoyaba el hombro en el suyo.
Un aliento asqueroso lo envolvió. Con el rabillo del ojo, vio que alguien lo rodeaba y empujó con un bramido al hombre del hacha hacia la orilla del arroyo.
El hombre se tambaleó, tropezó y la espada de Kastell descendió para hundirse entre su cuello y su hombro.
La espada se quedó atascada y Kastell tiró en vano para extraerla.
Maquin y Ulfilas continuaban luchando espalda con espalda, hundidos hasta las rodillas en el agua.
Kastell oyó un chapoteo detrás de él y volvió a tirar con desesperación de la espada, pero no logró sacarla, así que soltó la empuñadura y se dio la vuelta.
Un dolor punzante le trepó por el costado cuando la punta de una lanza le raspó las costillas.
Tenía delante a otro hombre vestido con pieles.
Oyó que Maquin gritaba su nombre en medio del caos y vio que el hombre que tenía enfrente echaba la lanza hacia atrás y se preparaba para asestar un golpe mortal; Kastell vio que los nudillos del hombre se ponían blancos alrededor del asta y que los músculos de sus hombros se dilataban mientras la lanza salía disparada hacia delante.
Pero entonces se oyó un ruido sordo y el hombre se quedó quieto.
Una flecha con las plumas negras le sobresalía del cuello.
La lanza resbaló de los dedos del hombre y cayó de rodillas en el arroyo antes de derrumbarse hacia atrás con una expresión de sorpresa en la cara.
Aparecieron más figuras de entre los árboles. Tenían un rostro feroz, brutal. Vestían pantalones holgados, llevaban el torso desnudo y la cabeza afeitada salvo por la gruesa trenza de guerrero de pelo negro. Sus cuerpos eran intrincados tapices de cicatrices.
Los Sirak.
Salieron del bosque profiriendo unos aullidos agudos y arremetiendo con espadas curvas.
Los hombres que habían atacado a Kastell y a sus compañeros chillaban aterrorizados, y el muro que formaban alrededor de Maquin y Ulfilas se desmoronó cuando echaron a correr en todas direcciones para escapar de la repentina muerte que surgía del bosque.
Ninguno lo logró.
Maquin y Ulfilas, exhaustos, se sostuvieron mutuamente en pie en medio del arroyo. Maquin tenía el rostro cubierto de sangre y un tajo en la frente. Ulfilas, que sangraba por una herida en el muslo, apoyó una rodilla en el lecho del arroyo.
Vio que Maquin se agachaba al lado de uno de los cadáveres y que movía los dedos con rapidez en el cinturón del hombre. Pero en ese momento se oyó un sonido lejano y todos se giraron.
Aparecieron jinetes. Romar y Jael cabalgaban a la cabeza de una docena de guerreros. Jael caló la lanza al ver a los Sirak y espoleó a su caballo. Maquin saltó para interponerse en su camino agitando los brazos con frenesí y gritó:
—¡Amigos, amigos, son amigos!
Romar detuvo su caballo y bramó una orden. Jael levantó la lanza y su caballo frenó en medio de una nube de hojarasca y barro.
Durante un momento, solo se oyeron los resuellos de los caballos y el repiqueteo de las gotas de lluvia en la superficie del arroyo.
—¿Qué pasa aquí? —exigió saber Romar.
—Nos tendieron una trampa —respondió Maquin mientras se limpiaba la sangre de los ojos—. Estos... —Señaló los cadáveres diseminados por la orilla del arroyo—. Eran muchos más que nosotros. Entonces estos hombres vinieron en nuestra ayuda. Nos han salvado la vida.
Romar miró a los extraños salvadores. Uno de ellos dio un paso al frente.
—Soy Temel de los Sirak —dijo con un acento gutural.
—Yo soy Romar, rey de Isiltir. Y te recuerdo de la asamblea del rey Aquilus. —Lanzó una mirada a los cadáveres que lo rodeaban—. Gracias por tu ayuda. Por favor, nuestro campamento no está lejos. Venid a comer con nosotros como muestra de agradecimiento.
El Sirak asintió con un movimiento seco y breve.
—Iremos a buscar nuestros caballos. Nos reuniremos con vosotros en vuestro campamento —anunció, y dio media vuelta.
El resto de los Sirak desaparecieron en la oscuridad detrás de él.
—Registrad los cuerpos —ordenó Romar señalando los muertos esparcidos por el arroyo—. Quiero saber quiénes son.