Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTISIETE. KASTELL
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CAPÍTULO VEINTISIETE. KASTELL

CAPÍTULO VEINTISIETE

KASTELL

Kastell tardó casi una luna en alcanzar la frontera de Tenebral a pesar del rápido ritmo de marcha que imponía el rey Romar y el buen estado de las carreteras.

Los pinos y los abetos sustituían gradualmente los campos de robles y encinas de Tenebral a medida que ascendían por las montañas que delimitaban Helveth.

En un momento dado desaparecieron todos los árboles y atravesaron a medio galope lustrosas praderas.

Las cimas nevadas se alzaban por encima de ellos mientras enfilaban un angosto valle.

Cruzaron un puente antiguo que mostraba las heridas del tiempo tendido sobre una gran sima, un desgarrón en el tejido de la tierra.

«Un recuerdo del Azote —dijo para sí Maquin mientras la atravesaban—, de cuando la ira de Elyon estuvo a punto de destruir el mundo».

Kastell se asomó por el borde del puente y contempló cómo la oscuridad engullía las paredes de roca.

No había manera de saber qué profundidad tenía.

Poco después, acamparon para pasar la noche.

Al día siguiente, mientras recorrían valles profundos y rodeaban los lagos que salpicaban la frontera meridional de Helveth, el rey Romar llamó a Kastell para que cabalgara a su lado.

—¿Crees en el destino, muchacho? El hado, la voluntad de Elyon... Llámalo como quieras —le pregunto Romar.

—No lo sé —confesó Kastell—. Supongo que sí.

—Bien —roncó Romar—. Yo sí creo. En los dioses, en Elyon y Asroth, en la llegada de Sol Oscuro. No soy capaz de explicártelo, pero en el corazón, cuando Aquilus habló sobre esas cosas en la asamblea, supe que eran ciertas. Lo sentí.

Kastell no supo muy bien qué decir. Él también había sentido algo, pero no podía explicarlo. Ni siquiera lo comprendía.

—Y creo que estabas destinado a estar aquí, sobrino.

No fue casualidad que te encontrara solo unos instantes antes de que estuvieras a punto de morir a manos de los gigantes mientras me dirigía a la asamblea.

No fue casualidad. —Miró a Kastell y sonrió.

El gesto resaltó las arrugas de su ancho rostro—.

Me alegro de que hayas limado asperezas con Jael —continuó—.

Me di cuenta cuando erais pequeños, pero era reacio a intervenir.

—Frunció el ceño y sacudió la cabeza—. Estaba preocupado.

Así que me alegré cuando te fuiste con Maquin.

Pero ahora has vuelto con nosotros y vuestra enemistad ha acabado.

El destino. Hasta es posible que Elyon haya tenido algo que ver.

—Volvió a sonreír a su sobrino—. Estoy orgulloso de ti.

Aún no has celebrado tu decimoctava onomástica y ya eres un matagigantes. Qué orgulloso estaría tu padre de ti.

Kastell se estremeció. Él no se sentía orgulloso, ni valiente. Lo que más recordaba al pensar en los gigantes era el terror que había sentido.

—Ahora hay muchos matagigantes —fue todo lo que dijo.

—Eso es verdad, muchacho. Yo entre ellos.

Aunque he de confesar que, cuando coroné aquella cresta y vi a los Hunen corriendo hacia ti, por un momento se me licuaron las tripas.

Pero bajamos, cierto. Sin embargo, también es cierto que es más fácil ser valiente cuando ochenta guerreros feroces cabalgan detrás de ti.

Romar se carcajeó estentóreamente y Kastell no pudo reprimir una sonrisa. Estaba de acuerdo con él. Romar miró detenidamente a su sobrino.

—Has cambiado, muchacho. Has madurado. Es verdad todo lo que te dije en la fortaleza de Aquilus. Tengo planes para ti. He estado hablando con Braster, el rey de Helveth. Hemos decidido lanzar un ataque conjunto contra los Hunen; destruir a esos gigantes de una vez por todas.

—¿Por qué ahora, tío?

—Estoy completamente de acuerdo con todo lo que habló en la asamblea.

Los gigantes han sido una maldición desde el amanecer de los tiempos.

Elyon debería haberlos destruido en el Azote.

Acabar con los Hunen será un buen comienzo.

Dejaría mi reino más seguro a mi hijo. Hael solo tiene ocho veranos, pero un rey debe pensar en el futuro.

Además, tienen mi hacha y quiero recuperarla.

—¿Cuándo lo haréis?

Romar puso cara de no saber.

—Pronto. Este año no. Tal vez la próxima primavera, o en verano.

Tengo la intención de que Aquilus también participe.

Después de todo, él propuso que nos ayudáramos mutuamente.

Si vamos a internarnos en el bosque de Forn para luchar con los Hunen en su propio terreno, cuantos más guerreros mejor, ¿no?

—¿En el Forn?

—Ajá, muchacho. No creo que los Hunen acepten salir de su bosque y enfrentarse con nosotros en campo abierto. Tendremos que ir a por ellos y aniquilarlos.

Kastell asintió lentamente.

—Nos aguardan tiempos oscuros y peligrosos, de eso no tengo duda. Necesitaré rodearme de hombres en los que pueda confiar. Hombres que sepan liderar y no vacilen cuando tengan que actuar. Tú eres uno de esos hombres.

Perplejo, Kastell miró a su tío con la boca abierta. El rey Romar volvió a reír.

—No te preocupes, muchacho. No me refiero a hoy.

—No creo que muchos hombres se alegren de recibir órdenes de mí.

—Te llevarías una sorpresa. Eres un miembro de mi familia. Si das una orden, los hombres te escucharán. Hasta ahora has preferido no hacerlo, pero eso puede cambiar muy deprisa. Mira a Jael, lleva practicándolo desde que llegó a Mikil cuando no era más que un crío.

Kastell puso mala cara.

—Además, Maquin es una buena influencia para ti. Nunca encontrarás un escudero más leal. Pero puede ser algo más que eso. Él mismo podría ser un líder. Se le nota. Puedes aprender mucho de él.

—Es mi amigo. —Kastell se sintió raro al oírse decirlo en voz alta.

—Lo sé, y me alegro.

Continuaron cabalgando en silencio. Poco después, Kastell se dejó caer hacia la cola de la columna y reflexionó sobre las palabras de su tío. Cuando comenzaba a anochecer, Jael retrocedió por la columna con un caballo de carga lleno de odres vacíos.

—Acamparemos pronto —dijo mirando a Maquin como si Kastell no existiera—. Coge el caballo y a unos cuantos hombres y buscad agua para llenar los odres. Y no tardéis. Estoy sediento.

Jael puso las riendas del caballo de carga en las manos de Maquin y espoleó al suyo para regresar a la cabeza de la columna.

Maquin reunió a un puñado de jinetes, incluido Kastell, y el grupo se separó de la columna y descendió por una suave pendiente en dirección a un arroyo que habían avistado desde el bosque. El grupo estaba formado por tres guerreros además de Kastell y Maquin. Un búho ululó entre los árboles.

Maquin se arrodilló junto al arroyo, resbaló con una piedra recubierta de musgo y cayó al agua con estruendo. Tras un primer momento de silencio, todos rompieron a reír. Maquin levantó una mano.

—Anda, ven a ayudar a un anciano a levantarse —dijo Maquin tendiendo la mano hacia el guerrero que estaba más cerca de él, Ulfilas.

—Cuando te llamé anciano, me llevé un puñetazo en el ojo —contestó Ulfilas. Agarró por el antebrazo a Maquin y lo sacó del arroyo.

Maquin se lo agradeció con una palmadita en la espalda.

«Mi tío tiene razón —pensó Kastell—. Es un líder nato.»

El búho volvió a ulular, más cerca esta vez. Maquin se quedó quieto y ladeó la cabeza mientras escrutaba la oscuridad crepuscular del bosque.

—¿Qué pasa? —preguntó uno de los guerreros.

Se oyó un silbido, seguido por un ruido seco, y la punta de una lanza atravesó el pecho del guerrero, que se derrumbó sobre el arroyo.

El bosque estalló a su alrededor cuando varias figuras salieron de las sombras.

Eran muy delgadas, tenían una expresión desesperada y se cubrían los cuerpos con cuero y pieles.

El hierro destelló en la lluvia: Kastell vio lanzas, espadas, cuchillos largos, un hacha...

Maquin y Ulfilas habían desenfundado la espada.

El otro guerrero luchaba con las manos con uno de los asaltantes y los dos cayeron al arroyo agitando los brazos.

Sonaron gritos y el sonido de hierros que entrechocaban.

Kastell resbaló con el musgo al ponerse en pie y sacó la espada mientras trataba de llegar junto a Maquin y Ulfilas.

La punta de una lanza voló hacia el costado de Maquin, pero Ulfilas la partió por la mitad de un fuerte espadazo y Maquin hundió su hierro en el cuello del lancero, que se desplomó encima de otras figuras inmóviles.

Muchos más los rodeaban, tantos que era imposible contarlos.