Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTISÉIS. CORBAN
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CAPÍTULO VEINTISÉIS. CORBAN

CAPÍTULO VEINTISÉIS

CORBAN

Corban se tapó los ojos con una mano para protegerlos del sol y paseó la mirada por el río Tarin, donde sabía que su padre se encontraba frente al grupo de cazadores de Dun Carreg.

Corban se encontraba a una media legua más o menos de donde se reunía la partida de cazadores.

Cerca, otros chicos estaban desplegados formando una larga línea de cara al bosque.

Todos habían entrado ya en el Campo de los Serbales, pero aún no habían cumplido la edad para someterse a las pruebas del guerrero.

Su tarea consistía en levantar o batir las presas para dirigirlas hacia los cazadores.

El viento arrastró hasta los oídos de Corban el bramido de un cuerno y un rugido lejano y el corazón le dio un vuelco.

La cacería había comenzado. Se adelantó con un saltito y vio que la línea de los batidores avanzaba hacia el bosque.

Los chicos llegaron a los primeros árboles y se pusieron a dar golpes con los palos de madera.

El ruido era ensordecedor. Corban oyó el eco lejano de la respuesta de los batidores, que estaban al otro lado de los cazadores.

A medida que se adentraba en el bosque, los chicos que lo flanqueaban aparecían y desaparecían de su vista.

«Camina despacio y no dejes de golpear los palos.» Era más fácil decirlo que hacerlo. Aun así, poco a poco, paso a paso, se internó en el Baglun, golpeando los palos con todas sus fuerzas. Enseguida, los árboles y la maleza separaron la línea de batidores.

Al cabo de un rato, Corban oyó cómo le rugían las tripas.

¿Cuánto tiempo llevaba caminando y dando golpes?

Una de las cosas que había aprendido del bosque era que, dentro, el tiempo pasaba muy rápido.

Miró a su alrededor buscando un sitio donde sentarse a comer.

Oyó el golpeteo de palos a cierta distancia a su derecha.

—¡Farrell! —gritó.

Farrell era el chico que estaba junto a él cuando había entrado en el Baglun y no le apetecía comer solo.

—¡Sí! —respondió el otro chico más cerca de lo que había esperado.

—¡Aquí! —Corban se movió en la dirección de la voz y enseguida se encontraron—. ¿Quieres comer?

—¡Me muero de hambre! —exclamó Farrell. Era el hijo de Anwarth, a quien muchos llamaban cobarde.

Era un chico alto y corpulento. Un cabello castaño de punta le enmarcaba el rostro, agradable pero hinchado.

Corban le había visto en el Campo de los Serbales blandiendo una espada de práctica como si fuera un martillo.

Corban se sentó en una piedra plana cubierta de musgo y apoyó la espalda contra un grueso tronco.

—¿Te aburres? —le preguntó Farrell con la boca llena de pan y queso.

—No. Me gusta estar en el Baglun. Pero ¿cuánto falta para que volvamos?

—Oh, oiremos los cuernos —dijo Farrell—. ¿Por qué no caminamos juntos? La línea ya se ha roto de todas maneras, y uno de los dos podría golpear los palos mientras el otro va abriendo paso con las dos manos. Menos sangre para las zarzas.

—Tiene sentido —repuso Corban satisfecho.

Enseguida se pusieron en marcha de nuevo. Corban iba delante y encontró huellas de ciervo en la tierra blanda cerca de un arroyo. Un poco más adelante había otras de una criatura más grande, pero no fue capaz de identificarla. Un lobo, tal vez. Miró alrededor con una cautela repentina.

«Nunca me había adentrado tanto en el bosque —pensó—.

Ni siquiera cuando me perdí.» Sin embargo, esta vez no estaba solo.

Farrell había participado en otras batidas y pronto intercambiaron las posiciones.

Un pequeño arroyo se cruzó en su camino.

Lo atravesaron de un salto y Farrell se detuvo bruscamente. Corban chocó con su espalda.

—¿Qué pasa...? —empezó Corban, pero un gruñido grave y profundo lo interrumpió.

Farrell retrocedió un paso, dio media vuelta y se lanzó como un rayo a los arbustos, sin importarle las zarzas.

—¡Vamos! —gritó a Corban mientras lo agarraba de la camisa y tiraba de él.

Corban retrocedió a trompicones y se le enredaron las zarzas cuando Farrell lo soltó. Entonces vio que Farrell atravesaba un arroyo chapoteando con los pies y lo abandonaba, atrapado en los arbustos y mirando cara a cara aquello de lo que huía.

Lobones. Por lo menos media docena de esas bestias estaban en el claro delante de él, gruñéndole y mostrándole unos dientes largos como dagas. Ninguno era más pequeño que un poni. Una de las bestias profirió un aullido.

El terror, un terror paralizante que le nubló la mente, se apoderó de él.

Abrió la boca para gritar, para pedir ayuda, pero no le salió nada de la garganta.

Un cuerno sonó a lo lejos. Más cerca, los perros ladraron en respuesta.

Oyó movimiento a su espalda y notó una presencia. Farrell había vuelto.

—Deberías haber seguido corriendo —susurró Corban.

—¿Cómo? ¿Quieres que yo huya mientras tú te quedas? Ni lo sueñes. No pienso dejar que me llamen cobarde.

—Es mejor que morir.

—Para mí no.

Delante de ellos había un pequeño claro bordeado de espesas zarzas y apretados árboles.

En el centro del claro, se alzaba el grueso tronco de un árbol milenario en torno al cual estaban los lobones.

La mayoría caminaban con nerviosismo de un lado a otro, alterados por los sonidos de la cacería, con las orejas torcidas y aplastadas contra la cabeza.

Uno permanecía inmóvil. Todas las bestias lo miraban con ojos cobrizos.

Entonces Corban atisbó movimiento en el suelo.

Cachorros.

En el suelo del bosque, apiñados entre dos gruesas raíces, retozaban un puñado de cachorros.

Su madre se alzaba encima de ellos, todavía con el vientre fofo; tenía el pelo de color gris pálido y blanco hueso y le goteaba saliva de los dientes mientras le gruñía.

Corban miró esos ojos cobrizos y los recordó, aunque entonces estaba cubierta de barro negro y tenía el vientre hinchado, lleno de cachorros.

Era la lobona que había sacado de la ciénaga.

El animal olfateó el aire impregnado con el olor de Corban.

Otro lobón, enorme y negro, gruñó y dio un paso hacia Corban. Sus músculos se hincharon preparados para saltar, pero la lobona le dirigió un bramido breve y cortante.

Corban no despegaba los ojos de los de la lobona rodeada de cachorros.

Entonces, los árboles del lado opuesto se agitaron violentamente y perros, hombres y caballos entraron en tropel en el claro.

Corban vio a Evnis montado en su caballo, con una pesada lanza en la mano.

Detrás de él apareció su hijo, también a caballo.

A continuación apareció el cazador Helfach rodeado de perros.

Los siguieron guerreros, diez o quince, que irrumpieron en el claro todos a la vez.

Tras un breve momento de parálisis general, los lobones se lanzaron contra los intrusos y se produjo una colisión de carne y huesos cuando embistieron a los perros de Helfach.

Había sangre por todas partes. Corban vio que un perro volaba por el aire y se estrellaba contra un árbol; se oyó un crujido de huesos partidos mientras su cuerpo sin vida resbalaba por el tronco.

Un lobón tiró al suelo a un caballo y cerró la boca alrededor del cuello de la montura.

La bestia recibió lanzadas en el costado mientras el jinete chillaba con los ojos desorbitados aplastado por el caballo.

Encima del cuerpo de un guerrero con la cara roja y el cuello desgarrado, había otro lobón con sangre chorreando por los colmillos.

Los perros rodeaban otra de las grandes bestias y le mordían las patas traseras.

Uno de los sabuesos, robusto y gris, saltó hacia el lobón y le asestó una dentellada en el cuello, pero unas garras afiladas como cuchillas lo abrieron en canal y sus tripas se desparramaron.

Más perros saltaron sobre el lobón y consiguieron derribarlo, pero la terrible criatura continuó gruñendo, retorciéndose, mordiendo y quitando vida al mismo tiempo que vertía su propia sangre al suelo del bosque.

Un hombre chilló cuando un lobón le mordió el brazo y el hombro y se desplomó sangrando a borbotones; el lobón se puso encima de él y lo zarandeó como si fuera una muñeca de trapo.

Helfach se abalanzó sobre la bestia y le asestó varias puñaladas con un largo cuchillo de caza.

Entonces, de repente, todo acabó. Un hombre rugía, un perro gemía, todo el mundo resollaba. Evnis se bajó del caballo y corrió hasta el jinete caído, que seguía atrapado debajo de su montura muerta. Era Vonn.

—No —masculló acunando la cabeza de su hijo en el regazo. Estaba pálido y tenía los ojos cerrados—. No voy a perderte a ti también. ¡Vamos, ayudadme!

Los hombres se apresuraron a sacar a rastras el cuerpo de debajo del caballo. Tenía las piernas rotas.

—¡Hay otro! —gritó alguien.

Todas las cabezas se volvieron hacia donde les señalaba con el dedo.

Entre dos gruesas raíces, agazapado en medio de las hojas del bosque, había un último lobón.

Era una hembra que protegía a sus cachorros casi confundida con la vegetación.

Evnis ululó y corrió a montarse de nuevo en su caballo, agarró la lanza y espoleó a su montura hacia la bestia.

La lobona gruñó y se puso de pie, sus músculos se hincharon y saltó hacia el caballo y el jinete que se precipitaban hacia ella.

El gruñido de la bestia se transformó rápidamente en un gañido cuando la lanza la atravesó y la fijó al suelo.

La lobona se sacudió con espasmos y luego se quedó completamente inmóvil.

Evnis no detuvo la carga y dirigió su caballo hacia los cachorros.

La montura los pisoteó y volaron pelo y sangre en todas direcciones bajo los cascos del caballo.

Los aullidos y los gañidos de los cachorros cesaron con una brusquedad horripilante.

Al llegar al final del claro, Evnis volvió grupas.

En ese momento entraron más hombres en el claro.

Corban vio a Pendathran y a Marrock, entre muchos otros.

Un movimiento atrajo su mirada entre la masa de pelo ensangrentado que habían sido los cachorros de lobón y, antes de darse cuenta de lo que hacía, fue hacia allí.

Dio unos pasos inseguros entre las gruesas raíces del árbol y vio que uno de los cachorros todavía vivía y daba unos débiles golpecitos con el hocico a otro cachorro muerto.

Corban lo recogió sin pensárselo y lo acunó como si fuera un bebé recién nacido. Luego miró a su alrededor.

Todos los ojos estaban fijos en él.

La mirada de Corban finalmente se detuvo en Evnis, que lo observaba con los ojos entornados.

—Déjalo en el suelo, chico —dijo en voz baja Evnis, aunque todos los que estaban en el claro lo oyeron.

Corban no dijo nada.

—¡Deja el cachorro en el suelo! —bramó Evnis.

—No —se oyó responder a Corban.

Evnis inspiró hondo y cerró los ojos un momento.

—Deja el cachorro en el suelo y apártate. O te juro por Elyon, que está encima de nosotros, y Asroth, que está debajo, que te arrollaré con él.

Corban captó un movimiento con el rabillo del ojo. Un hombre había dado un paso hacia él. Era Gar.

Evnis asió las riendas.

—¡ALTO! —bramó una voz—. Alto, Evnis. —Era Pendathran.

—Estas bestias pueden haberme quitado a mi hijo. Ese cachorro debe morir.

Pendathran miró ceñido a Corban.

—Tiene razón, chico. Si lo dejamos vivir crecerá y tal vez matará a más de los nuestros. Además, su madre está muerta. Morirá de todas maneras. Deja el cachorro en el suelo, chico.

Corban se apretó el cachorro contra el pecho y negó con la cabeza.

—Obedece —espetó Pendathran.

Corban miró con frenesí a todos lados, pero nadie habló ni salió en su defensa. Gar lo miraba con una expresión indescifrable en la cara, pero no movió un músculo para ayudarlo. Pendathran chasqueó la lengua para hacer avanzar a su montura.

—Apelo a la Justicia del Rey —soltó Corban mirando desafiantemente a Pendathran y a Evnis.

Pendathran detuvo su caballo y le dedicó una mirada severa.

—Estás en tu derecho, pero así solo retrasas lo inevitable. Y me haces enfadar aún más. —Clavó una mirada feroz en Corban—. ¿Estás seguro?

Corban asintió con la cabeza.

—Pues así será —escupió Pendathran antes de irse.

Evnis regresó al lado de su hijo sin despegar los ojos de Corban. El cachorro de lobón gimoteó y le dio unos golpecitos con el hocico en el antebrazo.