CAPÍTULO VEINTICUATRO. VERADIS #3
—Bájame, Krelis —resolló Veradis sin poder respirar. Oyó cómo le crujían los huesos de la espalda.
—¡Cuánto me alegro de verte! —exclamó Krelis riendo y mirando de pies a cabeza a Veradis.
—¿Lo ves, padre? Mi hermano pequeño ha cambiado. Te han roto la nariz... Eso está bien —dijo a la vez que deslizaba un dedo por su propia nariz deformada—. He oído muchas historias sobre ti... ¿Luchaste con un gigante? ¿Es verdad lo que se cuenta?
—Sí —balbuceó Veradis, mirando de soslayo a su padre.
—No solo eso —terció Nathair—. Atravesó un muro de fuego y se enfrentó él solo con un gigante para salvarme. Me siguió adonde nadie más se atrevió.
Krelis le dio otro abrazo.
—Lo sé, hermanito. Eres el mejor de todos nosotros.
Estás destinado a hacer grandes cosas. —Krelis soltó a Veradis.
Una sonrisa enorme le escindía la barba negra y tenía los ojos humedecidos—.
Aunque tu barba todavía deja mucho que desear.
—Krelis le guiñó un ojo mientras le tiraba del bigotito ralo que le había crecido durante el viaje.
—Basta de tonterías, Krelis —aseveró Lamar—.
El príncipe Nathair nos trae noticias de Jerolin.
Pero, vamos, Nathair, a menos que tengas que informar de una invasión y deba reunir mi hueste sin perder un minuto, deberías descansar y limpiarte el polvo del viaje.
Esta noche escucharemos tus noticias mientras cenas con nosotros.
—Será un placer.
—Bien, pues no se hable más. Alben te mostrará tus aposentos.
Veradis dio media vuelta para seguir al príncipe, pero se detuvo.
—¿Debo esperar vuestra llamada, mi señor?
Lamar frunció el ceño.
—Tal vez mañana.
Veradis asintió secamente, escondiendo su dolor, y salió tras los pasos cada vez más lejanos de Nathair, que ya bajaba por la escalera de la torre.
El resto del día pasó muy rápido. Tras ocuparse de los caballos y los guerreros, Veradis y Alben cogieron un odre de vino, un par de vasos de loza y se sentaron en la escalera de la gran sala para disfrutar de los calientes rayos del sol.
—Jerolin te ha sentado bien, pequeño halcón —dijo Alben.
Le llamaba así desde que Veradis tenía uso de razón. Había sido su maestro de armas, como el de todos los hijos de Lamar, y le había entrenado desde que le llegaba por la cintura. Veradis tomó un sorbo de vino mientras contemplaba las murallas de la fortaleza.
—Te marchaste siendo un guerrero sin experiencia y has vuelto convertido en un líder, eso salta a la vista.
Veradis exhaló sonoramente.
—El líder es Nathair. Le seguiríamos a cualquier parte. Es un hombre extraordinario.
—Claro, estoy seguro de ello. Pero eso no cambia las otras cosas que veo. Y lo que ha dicho Nathair...
—Sí.
—Traes honor a Ripa, Veradis. Estoy orgulloso de ti.
Veradis volvió a exhalar.
—¿Y mi padre? Él no parece tan orgulloso.
—Mira a tu alrededor. Tu padre es el señor de todo lo que ves. Tiene muchas responsabilidades.
—Ya, de acuerdo, pero sigue siendo mi padre. —Veradis sacudió la cabeza—. No debería esperar nada, así no me llevaría tantas decepciones.
—Ya sabes que le recuerdas mucho a tu madre —apuntó Alben—. De todos sus hijos, tú eres el que más se parece a ella.
—Y yo la maté —se lamentó Veradis—. Por eso no soporta mirarme.
Alben chasqueó la lengua repetidamente.
—Lamar amaba a tu madre. Con locura. Cuando el amor es tan grande, aquello que lo recuerda puede ser doloroso. Eso no quiere decir que tu padre no te quiera.
Veradis resopló de nuevo.
—Recuerdo cuando eras niño, ni siquiera me llegabas aún por la rodilla. Siempre estabas callado, pensativo.
—Me confundes con Ektor.
Alben bebió de su vaso.
—No, no lo creo. ¿Recuerdas cuando seguiste a Krelis en una de sus escapadas secretas al bosque? No se enteró de que lo seguías hasta que metió el pie en un agujero de zorro y se torció el tobillo.
—Algo recuerdo, aunque confieso que no con mucha claridad.
—Ajá, bueno, no me sorprende. No debías de tener más de cinco años.
En cualquier caso, te quedaste en el bosque toda la noche.
No quisiste dejarlo solo en la oscuridad por si acaso los espíritus de los gigantes aparecían y se lo llevaban.
Cuando amaneció, volviste a la fortaleza.
Tu padre estaba loco de preocupación. Te agarró como si nunca fuera a soltarte.
Cuando Krelis le contó que habías elegido quedarte en el bosque toda la noche para protegerlo, los ojos le brillaron con orgullo.
Le vi la misma expresión cuando llegó la noticia de que te habías convertido en la primera espada de Nathair.
—Entonces, ¿lo sabe?
—Pues sí. Desde hace algún tiempo.
Veradis suspiró y se pasó una mano por la cara.
—No conozco al hombre del que me hablas, Alben. Le he visto mirar a Krelis como describes, a menudo. Pero nunca a mí. —Se mostró resignado—. Pero te estás haciendo viejo. A lo mejor estás empezando a perder la cabeza.
El anciano le dio una colleja con la rapidez de una serpiente y los dos rieron.
—A veces lo más difícil de ver es lo que tenemos justo delante —dijo en voz baja Alben.
—Algunas cosas no han cambiado. Sigues con tus acertijos.