Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTICUATRO. VERADIS #2
31%

CAPÍTULO VEINTICUATRO. VERADIS #2

El sol estaba alto en el cielo y el día era cálido.

Veradis tenía la espalda empapada de sudor bajo su coraza negra de cuero hervido con una llamativa águila plateada.

Marchaba a la cabeza de la columna al lado de Nathair.

Las mujeres que lavaban la ropa en el río y los niños que chapoteaban en torno a ellas lo dejaron todo para mirar a los guerreros que pasaban ante sus ojos.

Veradis respiró hondo y los sonidos y los olores de su hogar —los chillidos de las gaviotas, la sal en la boca, el pescado en docenas de ahumaderos que bordeaban el río que desembocaba lánguidamente en la bahía— desencadenaron un torrente de recuerdos.

Ripa era una fortaleza de madera que se había ampliado alrededor de una torre de piedra construida por los gigantes mucho tiempo atrás para vigilar la bahía.

Era un lugar ideal de defensa contra los ataques de los Vin Thalun, ya que desde lo alto de la torre se tenía una vista de varias leguas de la bahía y la costa.

Veradis recordó la cara que había puesto su padre cuando Krelis le contó los planes de los Vin Thalun tras capturar al prisionero, el orgullo que le producía que su primogénito hubiera desenmascarado un plan tan terrible contra el reino.

Sintió un pequeño malestar en el estómago, una punzada de celos.

Aplastó ese sentimiento, inmediatamente avergonzado.

Krelis se merecía la adulación que le profesaba su padre.

Paseó la mirada por el puerto y se detuvo en el inconfundible contorno de una galera de los Vin Thalun amarrada junto a otros barcos esbeltos y bajos, como un lobo en medio de un rebaño de ovejas distraídas.

Ya había empezado a desenvainar la espada y a volver grupas cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

A pesar de que el rey Aquilus había llegado a una especie de acuerdo de paz con los Vin Thalun —incluso los habían visto comerciando en Jerolin y Nathair había salido a recibirlos—, le resultaba raro verlos pasearse entre las gentes de Tenebral, y más aún ver una de sus naves amarrada allí, donde siempre habían sido el enemigo por antonomasia.

Por fin entraron en un patio con el suelo de tierra compactada que se extendía frente a un edificio de madera.

Veradis se bajó de un salto del caballo y sonrió al reconocer a la mayoría de los rostros presentes.

Un hombre muy delgado, casi esquelético, se adelantó.

Era Alben, su maestro de armas. Veradis corrió y se fundió en un abrazo con él.

Alben le dio unas palmadas en la espalda.

Al separarse, una amplia sonrisa hizo que se multiplicaran las arrugas alrededor de la boca y los ojos del maestro de armas.

—Bienvenido a casa, Veradis ben Lamar —dijo con formalidad mientras miraba de arriba abajo al joven guerrero—. Me parece que tienes muchas cosas que contarme.

—Me alegro de verte, Alben. Sí, claro, tengo mucho que contarte, pero eso será después.

—Veradis se apartó para que todo el mundo pudiera ver a Nathair y declaró en voz alta—: Me envían con Nathair, príncipe de Tenebral, con la misión de entregar noticias de nuestro rey a mi padre. ¿Dónde está, Alben?

—Está dentro, esperándote —respondió el guerrero de pelo blanco, señalando la puerta del edificio de madera—. Saludos, Nathair, príncipe de Tenebral. Lamar, barón de Ripa y guardián de la Bahía, os da la bienvenida.

—Gracias —contestó Nathair afablemente.

—Mi señor me ha ordenado que os haga entrar sin demora, a vos y a vuestra primera espada.

Alben miró de soslayo a Veradis, que sintió cómo se le hinchaba el pecho de orgullo al oír esas palabras. «Lo sabe —pensó—. Así que mi padre también debe de saberlo.»

Los acompañaron por la escalera que subía a una habitación circular donde dos hombres estaban estudiando un gran pergamino.

Lamar, el señor de Ripa, levantó la cabeza.

A pesar de la espalda encorvada por la edad seguía siendo un hombre grande.

No obstante, los años le habían pasado factura de una manera en la que Veradis no había reparado antes.

La piel de su cara tenía un aspecto de papel y le colgaba en algunas zonas como si fuera cera derretida.

Aunque todavía era ancho de espaldas, sus muñecas y sus manos, con los huesos marcados, parecían frágiles, casi quebradizas.

Sus ojos conservaban el brillo y la expresión de halcón que Veradis recordaba.

El hombre que estaba a su lado era delgado y mucho más joven. Tenía una tez pálida y un cabello oscuro y grasiento le colgaba en mechones apelmazados. Era Ektor, su hermano. Observó a Veradis y a Nathair mientras entraban como si estudiara unos insectos encerrados en un tarro.

Veradis se quedó paralizado un momento por la mirada de su padre, pero se rehízo y avanzó unos pasos antes de apoyar una rodilla en el suelo.

—Mi señor.

—Levántate —ordenó Lamar con su retumbante voz grave. Al menos eso no había sufrido los estragos del tiempo—. Mi príncipe —dijo el avejentado noble.

—Señor Lamar —repuso Nathair—. Mi padre te envía saludos, y algo más.

Me ha pedido que te informe de los recientes acontecimientos que se han producido en Jerolin.

En relación con la asamblea y sus conclusiones.

—Deslizó los ojos hacia Ektor, que le devolvió la mirada, sin pestañear, e hizo una rígida reverencia.

Desde el otro lado de la puerta llegó un sonido de pisadas fuertes, cada vez más próximo. La puerta se abrió violentamente y un hombre enorme ocupó casi todo el hueco antes de entrar corriendo en la habitación y enterrar a Veradis en un abrazo.