Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTICUATRO. VERADIS
30%

CAPÍTULO VEINTICUATRO. VERADIS

CAPÍTULO VEINTICUATRO

VERADIS

Veradis miraba distraídamente el río mientras cabalgaba por la orilla; el agua se agitaba y se formaba espuma alrededor de las piedras grandes. No hacía tanto tiempo que había hecho ese mismo camino en sentido contrario, con su hermano Krelis y el corsario Vin Thalun que había sido capturado.

Tenía la sensación de que había pasado una eternidad.

Había partido de Rifa con la intención de encontrar su lugar en el mundo.

Ahora regresaba y cruzaría las puertas de su padre al lado del príncipe de Tenebral.

No solo eso, pues Nathair le había nombrado primera espada y capitán de su cada vez más numerosa hueste.

Veradis sospechaba que se debía principalmente a su salto suicida a través del muro de llamas, aunque no debía obviarse que había destacado en todas las competiciones de la palestra, sin llegar a la altura del maestro de armas, por supuesto.

En cualquier caso, se sentía orgulloso de lo que había logrado.

Estaba impaciente por ver a Krelis, a pesar de que sabía que su hermano seguramente le rompería la espada con uno de sus abrazos de oso.

Incluso le apetecía ver a Ektor, su otro hermano.

Sin embargo, lo que más ilusión le hacía era ver la cara de su padre. No por el cariño que le tenía, sino porque sentía que por fin había conseguido algo que no podía ponerse en duda.

—¿Es guapa?

Se volvió y vio a Nathair cabalgando a su lado.

—Estabas sonriendo. ¿Pensabas en una chica de tu tierra? ¿Una a la que verás pronto?

—No, mi señor. —Veradis sacudió la cabeza.

—«Mi señor.» Creía que te había dejado claro que eso no va con nosotros.

Veradis sonrió tímidamente.

—Es la costumbre. Nos acercamos a mi hogar, donde me educaron para que llamara «mi señor» a mi padre.

Nathair arqueó una ceja.

—Así que no hay unos brazos femeninos a los que regresar.

—No.

—Me sorprendes, Veradis...

Veradis resopló.

—Me gustan las mujeres. Es solo que me ponen nervioso. Había una chica, Elysia, la hija del jefe de cuadras...

—¡Ja! ¿Ves? ¡Lo sabía! —exclamó Nathair chasqueando los dedos.

—No, no pasó nada. Siempre decía una cosa y significaba otra. Era desconcertante. Creo que prefiero una espada y alguien con quien luchar.

Nathair rompió a reír.

—Posiblemente seas uno de los mejores espadachines de todo Tenebral, pero aún tienes mucho que aprender, amigo mío.

—Ya —repuso ruborizado Veradis—. ¿Y tú? —preguntó enseguida con la intención de dejar de lado el tema, que lo incomodaba mucho.

—Ah, un contraataque, ya veo. No, no hay mujeres en mi vida. Últimamente, en todo caso. Me he marcado objetivos importantes. No me queda tiempo para otras cosas.

Una veintena de guerreros cabalgaban detrás de ellos, elegidos a conciencia de entre la creciente hueste de Nathair.

El río Aphros descendía más adelante y se ensanchaba a lo lejos, donde entraba serpenteando en una masa de árboles en su camino hasta la costa.

El bosque se extendía hasta el horizonte y, aunque aún no se veía, Veradis sabía que su hogar estaba en el otro extremo.

Sintió cosquillas en el estómago mientras contemplaba el bosque y visualizaba los muros de su hogar.

«¿Miedo?» Pero entonces la sensación desapareció.

A muchos hombres les asustaba la idea de entrar en el bosque, con las ruinas de Balara, la fortaleza construida por los gigantes, recortadas en el horizonte, encima de una colina pelada al norte del bosque.

Se habían hallado ruinas similares por todas las Tierras del Exilio, abandonadas por los gigantes tras ser derrotados.

Los humanos se habían instalado en algunas, como en el caso de Jerolin, pero muchas otras continuaban deshabitadas, pues los humanos preferían las construcciones de madera y los techos de paja.

Se contaban historias extrañas sobre las ruinas de la fortaleza de los gigantes, pero a él nunca le había dado miedo entrar en el bosque, pues había crecido junto a ellas.

Siempre se lo había pasado bien en el bosque, donde solía cazar con Krelis.

Una bandada de cuervos echó a volar graznando desde unos árboles que crecían en la orilla opuesta. Veradis se sobresaltó y volvió a sentir un hormigueo en el estómago. Escrutó el grupo de árboles un momento, la mayoría sauces y alisos, y sacudió la cabeza.

«Solo estás nervioso por volver a casa.» Resopló, enfadado consigo mismo, y devolvió la mirada al camino.

Acamparon para pasar la noche dentro del bosque. El agua del río corría negra y resplandeciente junto a ellos. De vez en cuando, Veradis veía a través de las copas de los árboles la sombra oscura de la torre de Balara perfilada sobre la luna.

Pateó el suelo para contrarrestar la sensación de pesadez de sus párpados. Un caballo relinchó cerca. Una ramita crepitó en el fuego agonizante. Caminó con sigilo por el perímetro del campamento, donde se habían talado los árboles para abrir el camino que atravesaba el bosque bordeando el río.

Un sonido atrajo su atención y sorteó los cuerpos de los guerreros que dormían hasta que llegó al de Nathair.

El príncipe murmuraba en sueños y se sacudía. Veradis se agachó a su lado para intentar oír lo que decía.

Nathair tenía el rostro cubierto de sudor y le temblaban los párpados.

De repente abrió los ojos y una mano salió disparada para agarrar del cuello a Veradis.

Veradis intentó arrancarse los dedos del príncipe, pero era incapaz de moverlos.

Nathair le miraba con los ojos desorbitados y enloquecidos, como una criatura feroz acorralada.

El pánico se apoderó de él cuando le empezaron a quemar los pulmones, pero los ojos de Nathair de pronto volvieron a la normalidad y el príncipe le soltó el cuello; se dejó caer al suelo con un suspiro.

—Lo siento —articuló Nathair mientras se secaba el sudor de la cara.

Veradis se masajeó el cuello.

—¿Estabas soñando?

—Ajá. —Nathair se incorporó.

—Hablabas dormido.

Nathair entornó los ojos.

—¿Qué he dicho? ¿Has oído lo que he dicho?

—No, la verdad es que no. Algo sobre... una búsqueda, creo. Y me ha parecido entender la palabra «caldero». No estoy seguro.

Nathair miró a Veradis un momento y se encogió de hombros.

—Tengo pesadillas, Veradis. Sueños turbadores. A menudo es el mismo. —Sonrió tímidamente—. Se repite desde que tengo memoria, a veces con variaciones. Pero últimamente es cada vez más insistente.

Veradis se acercó al fuego agonizante, donde se había dejado una jarra de vino para que se calentara. Bebió un trago y el líquido caliente y amargo le mitigó el dolor de garganta. Se la pasó a Nathair, que bebió con avidez.

—¿Qué sueñas?

El príncipe miró a derecha e izquierda por si había alguien escuchando su conversación antes de responder:

—Oigo una voz que me pide ayuda. A veces veo la sombra de una cara. Es un rostro noble, creo, aunque nunca es exactamente igual ni lo veo con claridad. La voz, sin embargo, siempre es la misma. Es un susurro, pero retumba dentro de mi cabeza.

—¿Y qué te dice?

—Siempre lo mismo. Está buscando algo y me pide ayuda. Quiere encontrar un caldero, pero no, no es un caldero cualquiera, es uno concreto; aunque no sé por qué es tan importante. —Exhaló un hondo suspiro.

Un recuerdo afloró de las profundidades de la memoria de Veradis.

—¿No habló Meical de un caldero durante la asamblea de tu padre?

—Pues sí. Aunque me aseguró que no sabía nada sobre él cuando le pregunté. No sé. Pero la voz cada vez insiste más.

—¿Has hablado de esto con alguien?

—No, eres el primero. No quiero que piensen que el príncipe de Tenebral está loco. —Nathair se frotó los ojos—. ¿Crees... que estoy loco?

—Hace unas cuantas lunas lo podría haber pensado —respondió un Veradis sonriente—.

Ahora, con todas estas historias sobre dioses, demonios, piedras que lloran y la madre de todas las guerras...

—Exhaló lentamente—. Los sueños y las voces extrañas parecen hasta sosos.

—Sonrió, pero por dentro estaba preocupado.

No creía que Nathair estuviera loco, y él mismo había tenido sueños recurrentes desagradables, sobre todo con la madre muerta que nunca había conocido.

E incluso a veces oía voces. Nunca les había dado importancia, pero quizá debería empezar.

Nathair sonrió y bebió más vino.

—Significa algo —afirmó—. De algún modo es importante.

Continuaron sentados en silencio un rato, pasándose la jarra de barro hasta que se acabaron el vino. El sonido de los insectos colmaba la oscuridad y el viento susurraba en las ramas encima de sus cabezas.

—Le preguntaremos a mi hermano Ektor —dijo finalmente Veradis—. Nadie conoce mejor sus libros.

—No —negó Nathair—. No quiero hablar de esto con nadie.

—No hay que decirle nada sobre tus sueños.

Solo le preguntaremos si sabe algo sobre ese caldero.

Es un erudito. Es arrogante, sí, y rencoroso, pero un erudito.

Y la torre de Ripa data de los tiempos de los gigantes y contiene manuscritos antiguos.

Creo que Ektor los ha leído todos y cada uno. Si alguien puede ayudarnos es él.

—Tal vez. —Nathair asintió pensativo—. Déjame que lo piense con la luz del día.

Veradis se puso en pie. Nathair volvió a acostarse. Al regresar al borde del campamento, Veradis escrutó la oscuridad; ya no le pesaban los párpados.

Ripa apareció cuando el camino desembocó en una llanura cubierta de hierba a la que la brisa del mar confería una fluidez ondulante. Entre los jinetes y la fortaleza, se extendía un pueblo de casas de madera y techos de paja que había prosperado gracias a lo que sacaba del mar y del bosque.