CAPÍTULO VEINTITRÉS. CORBAN #2
—Bien —dijo el tosco Tarben, con los hombros caídos—. Ya hemos acabado esta parte. ¿Te vas a quedar, grandullón? —preguntó a Thannon.
—Hoy no —respondió un poco dubitativo Thannon—. Es mi hijo. No me gustaría que tuviera problemas.
—Ajá, eso ya había quedado claro. No tienes por qué preocuparte —se apresuró a decir Tarben—. Mientras yo esté aquí, en el Campo no habrá problemas.
Thannon gruñó, dio una palmada en el hombro a Corban y se marchó.
—Vamos, chico, sígueme. —Tarben echó a andar con paso brioso hacia la multitud de guerreros que estaban entrenando—.
Ahí es el combate a caballo —dijo señalando con la mano—.
Lanzas y arcos ahí, pero Tull siempre hace empezar a los nuevos con la espada.
No le ha ido mal, así que para qué cambiar, ¿no?
Se detuvieron delante de una fila de cestos de mimbre de los que sobresalían las empuñaduras de espadas de entrenamiento de todos los tamaños y formas. Tarben estudió detenidamente la altura y la complexión de Corban y se puso a rebuscar en un cesto; sacó una espada de madera gastada y se la dio.
—¿Qué tal, muchacho?
Corban dio unos espadazos al aire fijándose en la sensación que le producía la empuñadura de madera, completamente lisa tras muchos años de uso.
—No está mal —dijo.
—De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer: Primero te haré una prueba para ver qué sabes hacer, y luego te pondré con un guerrero para que te entrene.
Tarben entró en la palestra y buscó un espacio libre.
Corban lo siguió lanzando miradas furtivas a su alrededor.
Casi todo el mundo estaba concentrado en su propio entrenamiento, pero vio algún que otro rostro que se giraba hacia él y se lo quedaba mirando.
Tarben se había detenido delante de él con la espada levantada.
Corban inspiró hondo hasta llenar los pulmones, adoptó la primera posición de la danza de la espada y levantó el arma. Tarben levantó una ceja.
—Empieza —dijo el altísimo guerrero.
Ninguno de los dos se movió. Tarben volvió a arquear las cejas, roncó y dio un paso adelante.
Corban mantuvo la postura con la espada levantada tal como le había enseñado Gar.
Tarben lanzó una estocada hacia su cabeza.
Corban la bloqueó con bastante torpeza y no se le cayó la espada de la mano de milagro.
Tarben le asestó otro espadazo dirigido al muslo, pero Corban también lo detuvo.
El desgarbado instructor avanzó hacia él y su espada fue directa al pecho de Corban, que desvió la espada de madera al mismo tiempo que ejecutaba el siguiente paso de la danza, moviéndose alrededor de Tarben con la intención de obligarle a dejar expuesto el flanco izquierdo.
Y entonces atacó. Tarben detuvo el golpe y el duelo se desarrolló con una sucesión de golpes, bloqueos y golpes.
Tarben iba incrementando la velocidad y la fuerza de las acometidas y a Corban le dolían las muñecas y le pesaban los hombros, hasta que finalmente cometió un error.
Tarben le golpeó el codo y su espada salió volando.
El instructor paró y miró a Corban con la cara brillante del sudor.
—¡Tarben!
Los dos se volvieron y vieron a un guerrero que caminaba apresuradamente hacia ellos desde el camino de los serbales. Era Marrock.
—Pendathran quiere verte. Está en el salón de banquetes.
Tarben suspiró.
—Está bien. Dame un momento —murmuró con los ojos en blanco, y se acercó a un guerrero que observaba los entrenamientos.
Corban vio que un puñado de chicos se separaba de la muchedumbre reunida alrededor de la palestra y enfilaba hacia él, con Rafe a la cabeza.
Un verdugón le cubría media cara y caminaba cojeando un poco.
Corban reconoció a Vonn y a Crain entre los chicos que lo acompañaban; a los demás no los conocía.
—Así que el cobarde se atreve a aparecer en el Campo de los Serbales —lanzó Rafe.
Corban agachó la cabeza.
—¿Qué pasa, cobarde? ¿No tienes nada que decir? A lo mejor es porque no están tu hermana o tu padre por aquí.
—Siento lo que pasó —dijo Corban al ver los cardenales de Rafe.
—Lo siento. Lo siento —repitió Rafe con los dientes apretados. Le palpitaba una vena en el cuello. Dio un paso hacia Corban.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó una voz en un volumen no muy alto, pero firme.
Era Halion, uno de los hermanos que habían llegado hacía poco a la fortaleza.
Miró a Corban, que estaba solo, y a Rafe, a la cabeza de un grupito de chicos, y su rostro adquirió una expresión de rabia—. Ya es suficiente —cortó.
Nadie se movió.
—He dicho que ya es suficiente. —Se puso delante de Rafe—. Estamos en el Campo de los Serbales. Las rencillas no pasan de esos árboles.
Rafe miró con desprecio al guerrero antes de dar media vuelta y marcharse. Los otros chicos lo siguieron.
—¿A qué venía todo esto?
Corban no respondió.
Halion suspiró.
—No es asunto mío, ¿eh?
Corban aplastó la hierba con la punta del pie.
—Tarben me ha pedido que te ayude a entrenar. Me ha dicho un par de cosas sobre ti, Corban.
—¿Qué cosas?
—Que es tu primer día en el Campo de los Serbales. Que luchas como si llevaras aquí mucho más tiempo.
Halion llevaba una espada de madera en la mano, más larga y pesada que la que había usado Tarben. Deslizó la punta por debajo de la espada de Corban, que seguía tirada en el suelo, y la levantó en el aire para que Corban la cogiera.
—A ver si tiene razón —dijo.
Estuvieron entrenando un buen rato. Corban perdió la noción del tiempo concentrado como estaba en el arma de madera de Halion, en las estocadas con la punta y los golpes con el filo que ponían a prueba su habilidad, medían su destreza.
Corban hacía todo lo que podía para defenderse de las acometidas y atacar, pero por mucho que se esforzara era incapaz de acercarse al guerrero del pelo oscuro y el semblante solemne que luchaba con una eficiencia de movimientos que le recordaba a Gar.
Entonces, sin previo aviso, Halion retrocedió, bajó la espada y levantó una mano.
Se apoyó en la espada de práctica y miró con intensidad a Corban.
—Bueno, no soy de aquí, pero creo que debo darle la razón a Tarben.
Corban esbozó una sonrisa tímida entre jadeo y jadeo.
—Dime, ¿quién te ha enseñado?
Corban se encogió de hombros.
—La familia, los amigos.
—Oh, sí, todos hacemos eso antes de pisar el campo de entrenamiento, pero aquí hay algo más. Usas un estilo que no había visto nunca. ¿Quién te ha enseñado?
Corban bajó la mirada a la hierba un momento. Cuando volvió a levantarla se topó con los ojos grises de Halion.
—¿De dónde eres? —le preguntó.
El rostro de Halion adquirió una expresión dura como el pedernal. Flexionó los dedos y Corban temió por un momento que fuera a pegarle. Pero entonces las comisuras de su boca se movieron para esbozar el atisbo de una sonrisa.
—Así que es eso, ¿eh? Tú me cuentas tu secreto y yo el mío.
Bueno, tal vez a ti te parezca un trato justo, pero yo creo que tendré que vivir sin conocer tu secreto.
—Se pasó una mano por la espesa cabellera negra—.
Sabes mucho, muchacho, pero no lo sabes todo.
Así que comencemos por tu entrenamiento.
Cuando Corban volvió a mirar lo que le rodeaba, el Campo de los Serbales estaba casi vacío. Él sudaba a raudales y el brazo con el que blandía la espada le pesaba como si fuera de plomo.
—Nadie se queda hasta tan tarde —dijo Halion al percatarse de que miraba para todos los lados—. Muchos tienen trabajo: campos que atender, peces que pescar, hierro que forjar... La mayoría de los que se quedan más tiempo son guerreros al servicio de los barones que viven en la fortaleza.
—¿Y tú? ¿No tienes que irte?
Halion resopló.
—No, muchacho. Brenin me ha acogido en su hueste.
Tu rey es un buen hombre. Así que solo ayudamos cuando es necesario y nos lo ordenan.
Supongo que cuando llegue la época de la cosecha pasaré mucho tiempo en los campos.
También mi hermano. —Sacudió la cabeza hacia un grupo de guerreros que seguían entrenando—.
Pero ahora mismo no hay mucho que hacer.
Justo en ese momento Tarben regresó al Campo de los Serbales. Las zancadas de sus largas piernas lo llevaron rápidamente hasta ellos.
—¿Qué tal el chico? —preguntó a Halion como si Corban no estuviera.
—Bastante bien. Diría que tiene potencial. Al menos con la espada. Ha llegado sabiendo algunas cosas, como dijiste, pero aprende rápido. Usa la cabeza. Aunque no hemos probado el arco ni la lanza.
—Hay mucho tiempo para eso. Bueno, si te parece bien, podrías quedarte con él. Puedes enseñarle a manejar las armas tan bien como cualquier otro.
Halion asintió.
—Perfecto. Pues no se hable más.
—¿Adónde has ido? —preguntó Corban.
Tarben lo miró por primera vez desde su vuelta.
—¿Has recuperado la voz, chico? —Una mirada azorada cruzó la cara del desgarbado guerrero—.
Bueno, supongo que no pasa nada porque te lo diga.
Después de todo estoy a punto de decírselo a todo el mundo.
Fain, la mujer de Evnis, ha muerto. Debo comunicárselo a todos los miembros del séquito de la familia que están aquí.
—¿Cuándo ha pasado? —Corban recordó que Brina le había dicho hacía muy poco que la mujer de Evnis se estaba recuperando.
—Esta mañana. Esa no es la única noticia que tengo que dar, aunque la otra no es tan mala. Se ha anunciado la cacería. Para dentro de cinco noches, antes de que me lo preguntes.