CAPÍTULO VEINTITRÉS. CORBAN
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CORBAN
Corban entró en la cocina con la cara roja y sudorosa del entrenamiento matinal con Gar. Su madre estaba sacando una bandeja de galletas de avena del horno. Corban se pasó una mano por el pelo mojado y se mordió el labio inferior.
—¿Podemos hablar, mamá?
Gwenith dejó las galletas en la mesa, se limpió las manos en el vestido de lana y se sentó.
—Claro.
Corban se sentó enfrente de ella y se puso a hurgar con la uña en un agujero que había en la mesa de madera con aire distraído.
—¿Tiene algo que ver con los moratones que tiene tu padre en la cara y con los rumores que me han llegado de que tuvo una charla con Helfach?
—Lo siento, mamá —pronunció despacio Corban—. Te he mentido.
Gwenith no dijo nada y Corban levantó la cabeza para mirarla; sus ojos oscuros se fijaron en los de ella.
—Sobre lo de mi cara. No me caí en las rocas. Me peleé.
—¿Con quién?
—Con Rafe.
—Ah, ahora entiendo —Gwenith asintió para sí—. Continúa.
Corban se lo contó todo, incluido el reto de Rafe y la tarde que había pasado haciendo tareas domésticas con Brina como castigo. Cuando acabó, continuaron sentados en silencio un rato.
—Hay algo más. Por la mañana, cuando me voy tan temprano... He estado entrenando. Con Gar. Me pidió que no se lo dijera a nadie, pero quería contártelo. No quiero mentirte nunca más.
—¿Gar sabe que me lo has dicho?
—Sí, mamá. He hablado con él esta mañana.
Gwenith miró a Corban; sus grandes ojos castaños se humedecieron y tendió las dos manos hacia él.
—Ven aquí, hijo.
Corban la rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en su hombro.
—Eres un buen chico —murmuró Gwenith acariciándole el pelo oscuro—, mejor de lo que piensas. —Una lágrima rodó por su mejilla.
—¿Por qué te reíste? —preguntó con aspereza Corban mientras descansaba colgado de una viga de los establos—. En el patio de Evnis. Del «poder de las palabras».
—Estoy convencido de que tu padre no pretendía que la lección que quería darte acabara así.
Thannon no sería mi primera elección para una tarea que requiriese diplomacia.
Verás, Corban, el poder de las emociones...
—Gar puso cara de resignación—. No conozco a un hombre que pueda derrotar a tu padre con los puños.
Pero la ira lo dominó. Y ahora ha hecho un enemigo. Para toda la vida.
—¿Y? ¿Qué importa? —Corban se dejó caer de la viga e hizo rotar los hombros.
—Quizá nada. Quizá algo. Thannon tendrá que vigilar la espalda a partir de ahora, eso es todo.
Corban chasqueó la lengua; no le gustó esa idea, sobre todo porque él había sido la causa del conflicto.
—Bueno, Helfach ha evitado a mi padre desde entonces. Y yo no le he visto el pelo a Rafe.
—Ajá. Helfach es un tipo orgulloso. No debe de haberle sentado bien recibir una paliza como la de tu padre. En cuanto a Rafe, he oído que está postrado en la cama.
Corban agachó la cabeza.
—La reina Alona está a punto de anunciar la siguiente cacería. Será interesante ver qué perro elige para liderarla.
—¿Una cacería? Pronto es mi onomástica. Si se celebra después, podré participar.
—Sí, muchacho. Cierto. ¿Y sabes qué otra cosa significa que celebres tu onomástica?
—Sí, el Campo de los Serbales —respondió con solemnidad Corban.
La decimocuarta onomástica era por tradición el día que los chicos comenzaban su entrenamiento de guerrero.
Todos empezaban a entrenar mucho antes de cumplir los catorce, ya fuera por su cuenta con un palo y un árbol indefenso o con su padre.
Corban había pasado muchas horas atizando a los árboles entre los rosales de su madre, y Thannon había dedicado todo el tiempo que había podido a enseñarle algunos conceptos básicos de combate, aunque la técnica no era el fuerte del herrero, pues no la necesitaba.
Los entrenamientos tenían lugar en el Campo de los Serbales, un vasto espacio abierto en el norte de la fortaleza.
Tenía un aura casi mágica para todos los chicos de Dun Carreg.
El día de su decimosexta onomástica se sometería a la prueba del guerrero con la espada, la lanza y el caballo.
Y si la superaba, saldría a caballo para la Noche Larga y montaría guardia en la oscuridad de la noche para proteger a todos los que habían cuidado de él hasta ese momento. Después sería un hombre.
—Ellos no te enseñarán a manejar la espada como yo —señaló Gar—. Donde yo aprendí se hacen las cosas de otra manera.
—¿En Helveth?
Gar asintió escuetamente.
—Eso sí, te enseñarán a usar bien el escudo. Cuando yo aprendí a utilizar las armas, un guerrero empuñaba la espada con las dos manos y atacaba en vez de sujetar un escudo y defenderse. Nos enseñaban que la mejor defensa era el ataque.
—¿Qué es mejor? —quiso saber Corban.
—Eso tendrás que decidirlo tú. No te hará ningún daño aprender las dos tácticas. Yo te seguiré enseñando hasta que tú quieras, o hasta que te haya enseñado todo lo que sé.
—Aún falta para eso —dijo Corban.
Gar gruñó.
—Te asignarán un guerrero en el Campo de los Serbales con el que empezarás tu entrenamiento.
Normalmente Tull se queda con el nuevo el primer día para ver qué sabe hacer y luego se lo asigna a quien esté libre.
Pero Tull no está. Tarben sería el mejor de todos los que hay en la fortaleza en este momento... , si aprendes a ignorar sus quejas.
Corban sonrió.
—Si no puede ser, intenta que te toque uno de los recién llegados, Halion o Conall. Los he observado en el Campo de los Serbales. Los dos saben manejar la espada, aunque Halion te convendría más. El mayor.
—¿Por qué él?
—Es un pensador. Te enseñará a usar esto. —El jefe de cuadras le dio unos golpecitos no exentos de fuerza con el dedo en la sien.
La rutina dominó los siguientes días en la vida de Corban.
El sol primaveral ganaba presencia y alargaba los días, y el cálido verano no tardó en llegar.
Corban entrenaba con Gar casi todas las mañanas y, a pesar de las protestas de su cuerpo, siempre acababa el entrenamiento con una sensación de satisfacción.
Empezaba a sentirse más fuerte en los ejercicios físicos y menos torpe en el baile con la espada.
Ocupaba el resto del día con sesiones de intenso calor en la forja y con Cywen y Gar en los potreros, reforzando el vínculo con su potro. Además, pasaba alguna tarde con Brina de manera regular.
Ese día, Gar había anulado el entrenamiento diario de antes del alba en los establos.
«Es una ocasión especial», le había dicho.
Así que Corban se había levantado con el sol y había desayunado con su familia, aunque no tenía mucho apetito.
No podía dejar de pensar en el Campo de los Serbales.
Había esperado ese día durante tanto tiempo, casi con ansiedad...
Pero ahora que por fin había llegado, prefería alargar la espera un poco más.
El conflicto con Rafe lo había ensuciado.
A medida que se acercaba el momento de ir al Campo de los Serbales, sentía una presión creciente detrás de los ojos y en el pecho.
Hasta que finalmente Thannon abrió la puerta de casa.
Caminaron en silencio. Su padre lo precedía cuando pasaron por delante del salón de banquetes y la torre y enfilaron el pasaje del pozo; dejaron atrás edificios de piedra llenos de gente y otros vacíos y oscuros.
Corban oyó el repiqueteo de las espadas de madera antes de que doblaran una esquina y el Campo de los Serbales apareciera ante sus ojos.
La verde hierba resplandecía a la luz del sol al final de un largo camino bordeado de serbales, cuyas ramas se entrecruzaban para formar un túnel abovedado. Se detuvo.
Allí estaba él, contemplando la entrada del campo de entrenamiento de guerreros más prestigioso de todo Ardan, un lugar de una grandiosidad tan mitificada que ocupaba un lugar especial en el corazón de todos los chicos del reino.
Thannon le puso una mano en el hombro.
—Ahí lo tienes, hijo.
Corban asintió en silencio, respiró hondo y entró en el umbrío túnel de árboles.
Ante él se extendía un enorme campo que terminaba en las altas murallas de piedra que cercaban la fortaleza.
El murmullo del mar y el chillido de las gaviotas realzaban todo lo demás: el sonido de los hombres que hacían entrechocar sus espadas de madera o golpeaban escudo, cuero o carne.
Corban sintió las vibraciones del suelo con los cascos de los caballos y vio en los márgenes del Campo jinetes que se embestían y guerreros que corrían al lado de caballos a medio galope.
Un poco más cerca de él había varias filas de troncos gruesos clavados en el suelo, y delante de ellos había hombres que disparaban arcos o arrojaban lanzas a los objetivos de madera.
Aún más cerca de Corban, los guerreros luchaban en pareja, algunos con un escudo sujeto con correas al brazo y otros con espadas de madera que empuñaban con las dos manos.
La hierba estaba pisoteada y en algunas zonas ya no crecía.
En torno a ellos había pequeños grupos de hombres observando los duelos.
Un guerrero se acercó a Corban y a su padre mientras el joven contemplaba el campo de entrenamiento.
—Soy Tarben —se presentó cuando se detuvo junto a ellos. Saludó con la cabeza al herrero—. ¿Es tu primer día en el Campo? —preguntó a Corban.
—Sí.
—Es mi hijo —dijo Thannon.
—Tull es el que suele dirigir esto, así que tendría que ser él quien te diera la bienvenida al Campo, pero está fuera, jugando a solo Elyon sabe qué, y me ha tocado a mí hacer de supervisor.
—El desgarbado guerrero se puso un poco más recto y en voz alta y clara añadió—: Bienvenido, Corban ben Thannon, al Campo de los Serbales de Dun Carreg.
Espero que aprendas a ser un guerrero durante tu estancia aquí y que la verdad y el valor guíen tu mano.
—Agarró el brazo de Corban a la manera de los guerreros.
Corban vio con el rabillo del ojo que algunas cabezas que estaban observando el entrenamiento de los guerreros se volvían hacia él.