CAPÍTULO VEINTIDÓS. KASTELL
CAPÍTULO VEINTIDÓS
KASTELL
Kastell salió por las puertas abiertas de Jerolin a la vasta llanura que la rodeaba. Ya comenzaba a vaciarse; los estandartes estaban ya recogidos y la hierba amarilla señalaba el sitio donde se habían erigido tiendas. Muchos habían partido el día anterior para volver a casa.
«Casa.» Se le hacía raro pensar en su casa. Solo llevaba fuera de Mikil un par de lunas, pero habían sucedido muchas cosas desde entonces y tenía la sensación de que habían pasado años.
Maquin le eructó en la oreja.
—Qué bien sienta desayunar. Y este ha sido el mejor desayuno que tendremos en una temporada, me temo. ¿Por qué no te preparas para el viaje de vuelta a casa? No vayas a ser el último que se sube a la silla de montar y des a tu primo más motivos para refunfuñar.
Kastell resopló. Su relación con Jael no se había arreglado.
Había evitado el patio de armas desde el altercado con él, pero su primo se las había ingeniado para no dejarle en paz y lo había martirizado con las provocaciones y burlas habituales.
Aún no se explicaba cómo, pero Kastell había conseguido controlar, aunque solo por un pequeño margen, su ira.
—Ha vuelto a salir esta mañana a cazar con su nuevo amigo, el príncipe de Tenebral. —Kastell carraspeó y escupió—. Hacen buena pareja.
Maquin rio.
—Venga ya, muchacho, pareces celoso. En cualquier caso, el príncipe Nathair no puede ser tan malo, si tenemos en cuenta que su hombre es Veradis.
—Pues sí, eso es verdad.
Habían pasado bastante tiempo en compañía del joven guerrero desde su primer encuentro en el claro del bosque, casi siempre alrededor de un odre de vino. Kastell había experimentado la sensación nueva de hacer un amigo. Se dirigieron a sus tiendas.
—¿Y ahora qué? ¿Volvemos a Mikil? —Maquin miró con el rabillo del ojo a Kastell.
—¿Qué otra cosa podemos hacer?
—Se abre un gran abanico de oportunidades para alguien con tu habilidad, matagigantes.
—La idea de unirme al Gadrai no me disgusta, si es verdad que para entrar hay que matar un gigante, pero si eso significa que tendré que enfrentarme con más Hunen, creo que prefiero unir mi suerte a Jael.
—Entonces, ¿quieres seguir así?
—Como ya he dicho, ¿qué otra cosa podemos hacer?
—Bueno, yo no soy nadie para decirle a otro lo que debería hacer...
Kastell resopló.
—... pero nada bueno saldrá de esto. Esta hostilidad entre tu primo y tú va a acabar mal. Muy mal. Ya no sois niños.
Kastell suspiró, pero no dijo nada. ¿Cómo iba a rebatir una verdad? Recorrieron el último trecho hasta el campamento del rey Romar en silencio.
Mientras los guerreros desmontaban las tiendas, un sonido se filtró en los pensamientos de Kastell.
Levantó la cabeza y vio a un puñado de jinetes que salían del bosque.
Nathair marchaba en cabeza con un ciervo muerto cruzado sobre la silla de montar.
Jael, que lo seguía de cerca, se despidió con un grito del príncipe y enfiló hacia el campamento de Romar.
Al pasar junto a Kastell le dedicó una mueca de desprecio.
Kastell miró a otro lado.
Otro jinete se separó de la partida de caza y se acercó a Kastell y Maquin. Era Veradis. Sonrió al llegar junto a ellos, desmontó y dejó que su montura pastara libremente en la pradera.
—¿Preparándoos para partir?
—Ajá.
—No esperaba que volvierais tan pronto —observó Kastell—. Pensaba que Jael no aparecería hasta que estuviera hecho todo el trabajo.
—¿No le gusta trabajar? —preguntó Veradis.
—Ten cuidado —murmuró Maquin echando un vistazo alrededor—. Recuerda dónde estamos.
Una tienda casi desmontada los tapaba, pero se oía con nitidez el sonido de otros guerreros trabajando duro.
—Bueno, creo que Nathair ha contribuido con una buena mañana de trabajo. Ha cazado un ciervo y se ha camelado un poco más a los hijos de algunos reyes.
—¿Trabajo? ¿Qué quieres decir? —terció Maquin.
—Nathair trabaja duro para este reino. Apoya la causa de su padre..., la causa de Tenebral. Sé que tiene razón, pero a mí me resulta aburrido. El politiqueo no es mi pasatiempo favorito. —Sonrió—. Aunque la caza no me disgusta tanto.
—¿Politiqueo? —preguntó Maquin.
—Nathair está intentando conseguir más apoyos para su padre. Tú estuviste allí —dijo Veradis mirando a Kastell—. ¿No le has contado a Maquin lo que pasó en la asamblea?
—Claro que sí —contestó malhumorado Kastell.
El escudero se había mostrado escéptico cuando le había explicado las afirmaciones del rey Aquilus y el consejero Meical.
Era un hombre escéptico. Los dioses Asroth y Elyon, los Kadoshim y los Ben-Elim, los soles y las estrellas...
No se podía pedir a un hombre que creyera tantas cosas.
Aun así, Kastell había experimentado una sensación extraña, casi de entusiasmo, mientras escuchaba la lectura del libro antiguo.
Y esas cosas sobre las que hablaba, las piedras que lloraban y las sierpes blancas, habían sucedido de verdad.
—Es difícil de creer —dijo Maquin con aire pensativo—. ¿La Guerra de los Dioses entre Asroth y Elyon aquí, entre nosotros? ¿De verdad crees que puede ser?
A Veradis se le hincharon las venas del cuello.
—Mi rey dice que es así. Eso basta.
Maquin levantó una mano con gesto apaciguador.
—No era mi intención insultar a tu rey. No hay deslealtad en tener una opinión propia.
Veradis gruñó y sus hombros se relajaron una pizca.
—Aquilus es un buen rey —afirmó lentamente—.
Es sabio. Ha gobernado Tenebral desde antes de que yo naciera.
No llevo mucho tiempo a su lado, pero mi padre, que es crítico con casi todo el mundo, solo tiene palabras de elogio para él.
Y si eso no fuera suficiente, está Nathair.
A él lo conozco bien y le confiaría mi vida.
Él cree que todas estas cosas están pasando, así que yo no lo pongo en duda.
—Está bien —repuso Maquin—. En ese caso, nos esperan tiempos verdaderamente oscuros. Esperemos que los esfuerzos del príncipe Nathair den sus frutos.
—Ajá —dijo Veradis más calmado—. Hablando de Nathair, le he dicho que no me entretendría mucho. Solo quería veros antes de que os marchéis y desearos buen viaje.
Kastell aferró la muñeca de Veradis.
—Si esta alianza prospera como dices, tal vez cabalguemos juntos algún día.
—Eso estaría bien —dijo Veradis—. Hasta entonces, ten cuidado con ese primo tuyo. Y tú no te metas en líos, abuelo. —Sonrió.
—Preocúpate de tu propio pellejo, cachorro. Yo tengo algo de práctica en cuidar del mío.
Kastell observó a Veradis mientras se alejaba. «Tantos años sin amigos y ahora los hago en cualquier parte», pensó. Sin darle mayor importancia, continuó desmontando la tienda.
—Aquí está, chicos —dijo una voz que se acercaba por detrás.
Antes de que pudiera volverse, alguien lo agarró del hombro y lo giró. Un puño se hundió en su estómago y Kastell se dobló por la mitad.
—Tú no te metas, viejo... ¡ay! —oyó que decía alguien a través del pitido que le llenaba los oídos.
Maquin apretaba los puños junto a un cuerpo tendido a sus pies.
Más hombres rodearon la tienda corriendo y Kastell los reconoció: pertenecían al grupo de Jael.
Unos se abalanzaron sobre Maquin mientras dos de ellos superaban al guerrero canoso y se lanzaban hacia Kastell.
Este se agachó para evadir un golpe, dio un paso lateral y consiguió conectar un puñetazo en una mandíbula.
El hombre que lo recibió cayó al suelo. «No ha estado mal, dadas las circunstancias», se dijo.
Pero entonces lo agarraron por la espalda y le inmovilizaron los brazos.
—Jael te envía recuerdos —le susurró una voz en el oído mientras lo cosían a puñetazos.
Se le nubló la visión y brotaron estrellas dentro de su cabeza. Entonces oyó un grito, seguido por el silbido inconfundible de una espada saliendo de la funda. De repente, los brazos que lo sujetaban se esfumaron, se derrumbó sobre las rodillas y cayó de lado al suelo.
Oyó más gritos y entreabrió los ojos. Había botas por todas partes y otros cuerpos yacían cerca de él; uno de ellos se levantaba lentamente. Era Maquin, que parpadeaba repetidamente para ver más claro. Kastell se agarró al palo de una tienda para ayudarse a ponerse en pie. Miró a su alrededor.
En el suelo había dos cuerpos que no se movían. Dos hombres más rodeaban a Maquin con los puños levantados. Un tercer guerrero estaba aparte, con la punta de una espada pegada al cuello.
Veradis empuñaba la espada.
Kastell se acercó tambaleándose a Maquin. Aparecieron más hombres rodeando la tienda, más guerreros de Romar, que gruñeron al ver a sus amigos y algunos desenfundaron las armas.
—¡Alto! —bramó una voz. El mismísimo Romar apareció desde el otro lado de la tienda medio caída con Jael respirándole en la nuca—. ¿Qué significa esto?
Se instaló un silencio incómodo. Romar repitió la pregunta, esta vez dirigida a Veradis.
—Preguntad a vuestros hombres —respondió calmadamente el guerrero de Tenebral, sin despegar los ojos del hombre que había al final de su espada—.
Lo único que yo sé es que estaba volviendo a la fortaleza cuando vi a estos hombres atacar a esos dos.
—Señaló a Kastell y a Maquin—. Ignoro las costumbres de Isiltir, pero en Tenebral cinco contra dos se considera cobardía.
Romar desvió la mirada hacia sus guerreros, luego hacia Kastell y Maquin, que tenían la cara ensangrentada, y finalmente la detuvo en Jael.
—Puedes guardar la espada —dijo a Veradis.
El hombre de Nathair dio un paso atrás e introdujo el arma en la funda con un movimiento fluido.
—Te lo agradezco —masculló Maquin con los labios hinchados.
—Yo también —dijo Romar—. Acompáñame. Bebamos juntos antes de que partamos.
Veradis lanzó una mirada a la fortaleza y asintió.
—Me ocuparé de vosotros después —dijo a sus guerreros mientras daba media vuelta y se alejaba con Veradis—. ¡Jael, Kastell, venid también! —gritó por encima del hombro.
Los tres hombres caminaron detrás de las anchas espaldas de Romar hasta que entraron en una tienda. El rey de Isiltir llenó cuatro copas y las repartió. Kastell se estremeció cuando el líquido amargo entró en contacto con su labio partido, pero se lo tragó. Las peleas le daban sed.
—De nuevo, gracias —dijo Romar inclinando la cabeza hacia Veradis.
—Me alegra haber sido de ayuda. A veces las discrepancias pueden acabar en algo peor.
—No todos habrían hecho lo que tú. Aquilus es afortunado por tener hombres como tú a su alrededor. Un rey sabio se rodea de hombres valiosos como tú.
Veradis hizo una reverencia. Se notaba que se sentía un poco incómodo.
—Sin embargo, me preguntó en qué lugar me deja eso a mí.
Los hombres que me rodean parecen más inclinados a luchar entre ellos que con nuestros verdaderos enemigos.
—Clavó una mirada feroz en Jael y Kastell—.
¿Y tú qué tienes que decir? —preguntó a Kastell, que movía los pies con nerviosismo sin despegar los ojos del borde de su copa vacía.
—Solo ha sido una riña. Nada más —masculló—. No me mientas, chico. No se te da bien. —El rey miró a Jael—. ¿Me tomas por tonto? ¿Piensas que no sé de qué va esto, este rencor infantil que guardas contra tu primo?
—¿Te pones de su parte? —exclamó con incredulidad Jael.
—¡No se trata de ponerse de parte de nadie! —bramó Romar, y lanzó la copa contra el suelo—. Tengo ojos, Jael. Vi lo que le hiciste a Kastell en la palestra. —Se llenó otra copa de vino y la vació de un trago—. Me sentí avergonzado. ¡Se acabó! —gritó.
—Pero... —dijo Jael.
—¡Se acabó! —bramó Romar—. Los dos seréis señores pronto. Si muriera, lo más probable es que uno de los dos gobierne Isiltir hasta que mi hijo Hael tenga la edad para ello. Lideraréis guerreros. No se lidera humillando.
—Pero fue él quien me humilló a mí. Si estuviste allí, tuviste que ver lo que hizo.
—Sí, lo vi. Los dos os comportasteis mal, pero tú peor, Jael. —Romar se puso a caminar en círculo por la tienda vacía—. Os lo repito: Se acabó. Ya. Sois mi familia, la sangre nos une. Esto solo es una deshonra para los dos, para mí, para nuestra familia.
Se hizo un silencio largo e incómodo.
—Ahora comenzad a comportaros como una familia, y como hombres.
Otro largo silencio.
—Sí, tío. Tienes razón. Deberíamos dejar atrás este comportamiento infantil —repuso Jael. Ofreció la mano a Kastell, que se la estrechó un tanto dubitativo.
Romar sonrió.
—Esto está mejor, muchachos. Bien hecho.
Romar les dio una palmada en la espalda.
—Muy bien, porque tengo depositadas grandes esperanzas en vosotros.
Tenemos por delante una nueva era, con esta alianza y...
—No terminó la frase—. Da igual, los dos jugáis un papel principal en mis planes para el futuro de Mikil, y de Isiltir.
Ahora recojamos el campamento y pongámonos en marcha para volver a casa.
—Sí, tío —dijo Jael.
Kastell rezongó.
Los dos primos salieron de la tienda.
—Esto está lejos de haber acabado —musitó Jael mientras se alejaba de allí.