Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTIUNO. CORBAN #3
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CAPÍTULO VEINTIUNO. CORBAN #3

—¿Qué hacéis? —susurró en el oído Cywen a su hermano.

—Voy a aprender el poder de las palabras —dijo en voz baja Corban.

Cywen puso cara de no entender nada y Gar esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Descansa —ordenó Evnis al guardia al llegar a la puerta—. Thannon, ¿has venido para que te pague el aceite?

—Eso puede esperar —respondió Thannon—. Me gustaría hablar con tu cazador. Tenemos que tratar un asunto.

—Ah, ¿sí? Por supuesto. —Evnis envió al guardia a buscar a Helfach, y desapareció dentro de la torre.

Un momento después apareció Helfach, con un perro alto y corpulento a su lado y el guardia detrás de él. Thannon se adelantó para saludarlo y Corban lo siguió a regañadientes.

Helfach era un hombre alto, aunque no tanto como Thannon, con las espaldas anchas y la cintura estrecha. Tenía una cara redonda y chata y unos ojos pálidos y aguados.

—¿Has venido a ver cuál de mis perros comenzará la próxima cacería? Seguramente será Braen —dijo amistosamente, dando unas palmadas en el corpulento lomo gris del perro.

—No, Helfach. Me gustaría hablar contigo sobre Rafe.

—¿Qué pasa con él?

—Al parecer, tiene un conflicto con mi hijo. —Agarró del hombro a Corban con su manaza y tiró de él para que Helfach pudiera ver su rostro amoratado.

El cazador miró a Corban un momento y luego se encogió de hombros.

—¿Y?

Thannon tomó aire y continuó:

—No es la primera vez que pasa. Tu hijo ha cumplido casi dos onomásticas más que Ban. Lleva casi dos años en el Campo de los Serbales, donde Ban no ha pasado ni un día.

El cazador no dijo nada y se limitó a mirar en silencio a Corban.

Thannon emitió un gruñido.

—Tu hijo está sembrando su propio deshonor y el de tu familia. Debe acabar.

—No deberías meterte en las peleas de los niños —dijo Helfach.

Dio media vuelta para marcharse, pero Thannon le agarró el brazo.

Helfach se dio la vuelta a duras penas y consiguió liberar el brazo—.

No me toques, herrero. Eligen a tu perro para liderar una cacería y te crees que puedes venir aquí, a la corte misma de Evnis, y mangonearme.

—Escupió al suelo, junto a los pies de Thannon—. Vuelve con tu hierro y tu ceniza.

Buddai emitió un gruñido grave y retumbante y el puño de Thannon impactó en la cara de Helfach. El cazador se tambaleó hacia atrás y apoyó una rodilla en el suelo.

Estalló el caos.

Todo sucedió a la vez. Los dos perros saltaron el uno hacia el otro y rodaron por el suelo convertidos en una convulsa masa de mordiscos, dientes y babas.

Helfach se abalanzó sobre Thannon y le propinó un puñetazo demoledor debajo de las costillas que arrancó un aullido al herrero.

Corban advirtió detrás de él un frenesí de movimientos y un estruendo y se volvió.

Gar había dado una patada en el pecho al guardia y el guerrero yacía en el suelo amenazado por su propia lanza en las manos del jefe de cuadras.

Corban devolvió la atención a su padre y vio que agarraba la camisa de Helfach con una mano y los pantalones con la otra, levantaba al cazador por encima de la cabeza sin importarle los golpes que recibía y lo estampaba contra la pared del patio.

Helfach cayó al suelo y comenzó a ponerse en pie lentamente. Thannon corrió hasta él y le asestó un fuerte gancho en la mandíbula. Esta vez el cazador se derrumbó y no volvió a levantarse.

Corban llenó un cubo en un barril de agua y lo vació encima de los arrebatados perros. Thannon sujetó a Buddai por el grueso collar y el perro gris fue renqueando hasta su amo y le dio unos golpecitos con el hocico.

En ese momento, Evnis salió de la torre y paseó la mirada por el patio de su casa.

—¿Qué significa esto? —exigió saber.

—Lo siento —dijo Thannon con arrepentimiento—. No quería que pasara esto.

Se instaló un silencio que se alargó.

—El poder de las palabras... —murmuró Corban.

Gar echó la cabeza hacia atrás y rio.

Brina abrió la puerta de su cabaña cuando Corban llamó. Echó un vistazo al sol y le hizo entrar enseguida.

—Bienvenido.

Corban hurgó dentro de su camisa, sacó el peine y lo dejó encima de la mesa.

—Gracias —dijo tímidamente.

—LADRÓN —graznó una voz junto a la oreja de Corban, que dio un brinco. Craf se picoteaba las plumas posado en un hueco oscuro y sus ojos pequeños y redondos brillaban.

—No, Craf se equivoca. Me ha devuelto el peine, así que no es un ladrón. «Prestatario» sería más correcto.

—PRESTATARIO —repitió el cuervo.

—Bueno, en fin. ¿Te ha servido para lo que lo querías? —preguntó Brina.

—La verdad es que no —respondió Corban sin despegar los ojos del cuervo.

—Pensaba que lo necesitabas, como prueba.

—Y así era. Pero algunas personas solo creen lo que quieren creer —dijo Corban con la mano en la mejilla.

—Ah, ya veo. Bueno, sea como fuere, ahora que estás aquí te vamos a poner a trabajar. ¿Conoces las plantas?

Corban se la quedó mirando desconcertado.

—Las plantas, chico, las plantas. ¿Sabes distinguir la verbena de la dedalera? ¿El helecho del ajenjo?

—¿Ajenqué?

A Brina se le escapó un suspiro de exasperación.

—Inútil —croajó el cuervo.

—Hoy te enseñaré. Espero que haya un cerebro dentro de esa cabeza machacada, porque la próxima vez tendrás que hacerlo solo.

—¿La próxima vez? ¿Solo?

—¡Sí, chico! —gritó la curandera—. La próxima vez. No pensarías que una sola tarde bastaría para compensar tu mala acción de entrar en mi cabaña con la intención de robarme, ¿verdad?

—No, no.

—Bien —zanjó Brina.

Craf abrió y cerró el pico para emitir un crá-crá atronador que hizo estremecerse a Corban.

—¿Y puedes dejar de repetir lo que digo? Te comportas como mi cuervo y eso es preocupante.

—Preocupante —graznó el cuervo.

No tardaron en salir al bosquecillo de alisos. Brina le señalaba las distintas plantas y hablaba de manera casi ininterrumpida mientras cortaba algunas hojas o las arrancaba con raíz y todo.

—... alga plateada... —dijo pasando una planta a Corban, que la colocó con mucho cuidado en un saco de cáñamo que le había dado la curandera—...

aunque sus flores son amarillas —explicó—.

Debe su nombre a las hojas, que son ¡verdes!

, pero ¿ves esta pelusilla que tienen? Pues dan a las hojas la apariencia de que están bañadas en plata, y de ahí su nombre.

—Entiendo. —Corban asentía sabiamente y ponía todo de su parte para dar la impresión de que le resultaba muy interesante.

—Y esta es la dulcamara. Tiene unas pequeñas flores moradas y bayas rojas. Es muy buena para los huesos viejos como los míos.

—¿Qué hacías en la casa de Evnis? —le interrogó Corban cuando reunió el valor necesario para pronunciar en voz alta una de las muchas preguntas que le rondaban la cabeza.

—Su mujer está enferma. Muy enferma. Le llevé semillas de amapola para aliviar los dolores.

Aunque me sorprendió —dijo casi para sí— que parecía estar mejor.

No curada, por supuesto, pero sí mejor que la última vez que la vi.

Y eso no es algo que suela pasar en personas que se encuentran en su estado.

—Ah. Yo pensaba que estarías en la fortaleza para curar al forajido del Baglun.

—Y así fue, pero puedo atender a más de una persona al día, ¿sabes? A fin de cuentas, soy curandera, así que intento curar a la gente siempre que puedo.

—¿Eso quiere decir que aún vive?

—Sí, chico. De momento. Y debería evitar recibir otra cuchillada en la espalda. ¿Siempre haces tantas preguntas?

—Mi madre dice que sí —se apresuró a responder.

—Bueno, supongo que eso no es malo. Pesado, pero malo no.

Así transcurrió la tarde, con Brina instruyendo a Corban sobre el aspecto y las propiedades de las plantas y Corban haciendo preguntas, que no siempre estaban relacionadas con las plantas, cada vez que Brina hacía una pausa para recuperar el aliento.

Por fin volvieron a la cabaña de la curandera y Brina puso a Corban a barrer, tarea a la que tardó un poco en cogerle el tranquillo, pero eso no le impidió seguir preguntando.

Cuando el sol comenzaba a ponerse, Brina le dijo que podía irse.

—¿Cuándo quieres que vuelva? —preguntó Corban.

—Veamos —dijo mientras tamborileaba en la mesa con un dedo largo y huesudo—. Una tarde de cada siete sería suficiente. Dale al polvo la oportunidad de acumularse para que puedas retirarlo. Y a mí tiempo para recuperar las fuerzas para tu siguiente andanada de preguntas.

Corban sonrió con cierta indecisión, pues no sabía muy bien si la curandera bromeaba o hablaba en serio. Asintió y salió de la cabaña. Oyó que Craf cruzaba volando la sala y se posaba en el hombro de Brina, que se había quedado en la puerta.

—Pesado —graznó el cuervo.

—Sí que lo es —oyó Corban que decía Brina—. Pero de una manera agradable.