Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTIUNO. CORBAN #2
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CAPÍTULO VEINTIUNO. CORBAN #2

—Ni un paso más —ordenó Cywen con otro cuchillo en la mano y el brazo doblado a la altura de la oreja.

—No te atreverás —dijo con desdén Rafe.

—Da otro paso y lo averiguarás —aseveró Cywen. La luz de la luna se le reflejaba en los ojos.

El tiempo pareció detenerse durante unos instantes.

Los hombros de Rafe se relajaron y él soltó una carcajada.

—Otra vez tu hermana viene en tu rescate, cobarde —dijo a Corban. Luego dio media vuelta y se alejó balanceándose un poco. Crain lo siguió.

—Vamos, Ban —dijo Dath ofreciéndole la mano para ayudarle a levantarse.

—Se te ha caído esto —avisó Edana, que le tendía el peine de la curandera.

Corban lo cogió con una sonrisa amarga.

—Déjame ver esa cara —le pidió la princesa.

Corban se estremeció cuando sintió sus dedos palpándole la mejilla.

—Lo siento, Ban. Por favor, no te enfades conmigo. Creía que iba a hacerte daño de verdad —dijo Cywen.

—No pasa nada. —Corban estaba más enfadado consigo mismo por haberse dejado pegar otra vez, pero al menos en esta ocasión se había defendido y había conseguido derribar a Rafe.

Además, la cara de Edana estaba extremadamente cerca de la suya mientras le examinaba la mejilla y le costaba concentrarse en otra cosa.

—Creo que vivirás —dijo Edana con aire divertido.

—Buen trabajo —repuso Cywen sarcásticamente—. ¿No has pensado en hacerte curandera?

Después del entrenamiento matinal, mientras Corban saciaba su sed con el agua del barril, Gar le preguntó por el moratón en la mejilla.

—Fue Rafe. Tuvimos un desacuerdo anoche.

Corban le contó lo del reto, el peine de Brina y la pelea.

—Sé que perdí —dijo—, pero al menos no me quedé paralizado por el miedo. Y lo tiré al suelo una vez.

—Es algo, muchacho. Pero perder cuando eres joven a menudo significa acabar con el ojo morado y el orgullo herido.

Perder después de la Noche Larga suele significar morir.

Y has dicho que esta vez sentiste más ira que miedo.

Si permites que la ira te domine, lo más probable es que te mate tan rápido como el miedo.

Conocí a alguien así. A decir verdad, en su caso la ira siempre cuidó de él.

Pero lo más habitual es que la ira te enturbie la mente y te haga torpe, no te deje pensar.

—Pero ¿cómo voy a tener la esperanza de ganar alguna vez? Si no sintiera nada, no sería un ser humano.

—Tienes razón, muchacho. Lo importante es el control. Hay que dejar claro quién manda. Todos los hombres sienten miedo e ira. Úsalos. Aprovéchalos como si fueran un caballo de carga para que te den fuerza, pero no dejes que te nublen la mente y te controlen brazos y piernas. ¿Me entiendes?

—Ajá. —Corban asintió despacio—. Creo que sí.

—Bien. Cuando controles tus emociones, serás capaz de pensar, y eso salva vidas. Una parte de la habilidad de un guerrero es visualizar el combate antes de que empiece. ¿Puedes derrotar a Rafe?

—Aún no —se lamentó Corban—. Aunque creo que tendría más opciones con una espada en la mano después de todo lo que me has enseñado. En cualquier caso, no tuve elección. El honor exigía que luchara con él.

—Siempre se puede elegir. A veces es posible retirarse y mantener el honor intacto.

Se puede hacer tanto daño con las palabras como con la espada o los puños, ya lo sabes.

Las palabras poseen su propio poder. Aun así —añadió Gar al ver la cara de abatimiento de Corban—, es mayor que tú, más grande y está más entrenado.

Lo hiciste bien. Salvo por la herida. A tu madre no le va a hacer ninguna gracia.

—Lo sé —dijo apesadumbrado.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Gwenith con los brazos en jarras cuando Corban se sentó a desayunar.

Su padre lo miraba fijamente. Cywen clavó los ojos en su cuenco de gachas.

—Me caí, mamá. Parece peor de lo que es en realidad.

—Eso espero, porque tiene muy mal aspecto.

Encima del pómulo de Corban, un enorme cardenal rodeaba un tajo muy feo que una costra parduzca aún no cubría del todo.

Gwenith puso un plato con pastelitos de miel en la mesa y tocó con delicadeza la mejilla de Corban.

—No armes un escándalo, mamá, se curará —masculló Corban.

—¿Te caíste? —preguntó.

—Ajá, mamá. Estaba en las rocas de la playa, con Dath. Estaban mojadas y resbalé.

Gwenith le acarició la cara.

—Debes tener más cuidado.

—Ajá, mamá. —Corban mantuvo la cabeza agachada un rato. Cuando la levantó, su padre todavía lo miraba fijamente.

—Me vendría bien tu ayuda en la forja, solo por la mañana —dijo Thannon.

Corban asintió. Poco después iban caminando por las calles empedradas de Dun Carreg. Cuando llegaron a la forja comenzaron la rutina habitual en silencio. Buddai se tumbó cruzado en la puerta abierta.

Corban acumuló el fuego en los bordes para que el calor volviera al interior y encendió una llama lanzando chispas del pedernal a un montoncito de leña menuda: ramitas, paja, musgo seco y astillas.

Cuando una chispa prendió, lanzó una ráfaga de aire constante y suave con el fuelle y las llamas se avivaron con voracidad.

En ese momento comenzó el trabajo en sí: forjar el hierro para darle formas que perdurarían durante generaciones.

Mientras golpeaba con el martillo siguiendo las indicaciones de su padre, las chispas saltaban, crepitaban y le salpicaban el delantal de cuero; Corban pensó que había algo gratificante en el trabajo.

Thannon introdujo la pieza de hierro en el agua y una nube de vapor ascendió siseando por el aire.

El tiempo pasaba volando mientras padre e hijo estaban absortos en el ritmo del trabajo. Corban acababa de meter otra pieza de hierro en el agua y el vapor inundaba el taller cuando una sombra llenó el hueco de la puerta.

Era Vonn, el hijo de Evnis. Pasó con cautela por encima de Buddai.

—Buenos días —dijo al ver a Thannon.

—Buenos días —respondió el padre de Corban.

—Al herrero de mi padre se le está acabando el aceite. Me ha enviado para que te pregunte si puedes vendernos un poco —dijo Vonn.

—Tengo mucho —dijo Thannon, y sacó dos grandes cubos con una tapa de madera para que no se derramara.

—Gracias —dijo Vonn mientras le alargaba unas monedas, pero Thannon levantó la mano.

—Tengo que ver luego a tu padre. Ya nos pondremos de acuerdo en el precio nosotros.

Vonn asintió, se guardó las monedas en el bolsillo y cogió los cubos. Se detuvo al llegar a la puerta.

—Siento lo de anoche —dijo a Corban—. Me he enterado de lo que hizo Rafe. No debería haber ocurrido —continuó Vonn apuntando con la cabeza a la cara amoratada de Corban—. Rafe te tiene ojeriza, pero no es siempre como tú lo ves.

Corban bajó la mirada al suelo. Vonn no dijo nada más y se marchó.

El silencio se alargó en la forja, hasta que de repente Corban se encontró alzado del suelo y con la cabeza hundida en agua. Forcejeó, pero Thannon lo sujetaba con mano de hierro. Por fin le levantó la cabeza y unas gotas de agua describieron un arco en el aire.

—«Me caí, mamá» —dijo Thannon, y volvió a sumergirle la cabeza en el agua.

Cuando su padre lo sacó esta vez, le dio un empujón y Corban se dio una costalada contra el suelo.

El silencio volvió a instalarse en la forja y lo único que se oía era el agua que goteaba de los cabellos desaliñados de Corban.

—Tu madre no se lo merece —le recriminó Thannon—.

Cualquiera que sea el motivo, las mentiras son cosa de los cobardes, y son como el veneno.

Matan. Matan la confianza, Ban. Matan el honor.

Matan el respeto. Dos cosas —dijo con un par de dedos levantados—: verdad y valor.

Elyon nos dio el poder de elegir. Elige esas dos cosas y saldrás adelante.

Tal vez no sea fácil, pero... —Se apoyó en la silla y sacudió la cabeza—. Ahora, dime, ¿por qué has mentido?

Corban tomó una larga bocanada de aire.

—Porque estaba asustado, avergonzado. Y no quiero que penséis que soy débil, cobarde.

—Cuéntamelo todo —dijo su padre con tono férreo.

Corban le narró toda la historia, desde que Rafe le había quitado la espada de práctica en el Festival de Primavera hasta su encuentro de la noche anterior. Cuando acabó, Thannon se quedó mirándolo, sentado.

—¿Crees que tu madre te querría menos si supiera eso? ¿O yo?

—¿Quererme menos? No, pero os sentiríais decepcionados de mí, eso sí. ¿Por qué no? Yo sí.

—Vamos, Ban. Ha llegado el momento de que aprendas algo. Te enseñaré el poder de las palabras —dijo Thannon. Salió de la forja, con Buddai pegado a él.

Thannon enfiló con paso resuelto por las calles empedradas de la fortaleza.

—¿Adónde vamos? —preguntó Corban trotando un poco para no quedarse atrás. Empezaba a sentir que se le revolvía el estómago.

Cuando pasaron por delante de los establos, Cywen los vio. Corban lanzó una mirada por encima del hombro y vio que su hermana y el jefe de cuadras los seguían.

Las calles serpenteaban al pasar enfrente del salón de banquetes. La gente miraba a Corban y su pelo empapado. Thannon por fin se detuvo delante de una gran puerta.

Corban de repente se dio cuenta de dónde estaban.

La casa de Evnis.

La mayoría de los guerreros estaban en el Campo de los Serbales, así que solo un guerrero hacía guardia en el patio.

Era el hombre que se había batido con Tull en la competición de espadachines del Festival de Primavera.

Estaba recostado contra una columna de la puerta, pero cuando vio a Thannon se incorporó y aferró con más firmeza la lanza.

Una línea roja le cruzaba la nariz por donde se la había partido Tull.

Detrás del guardia y de la puerta, había un pequeño patio abierto y un tramo corto de escalera que subía a una torre ancha y baja. Corban se asomó desde detrás de su padre y vio a Evnis en la escalera conversando con la curandera Brina.

El guardia se adelantó para cortarles el paso.

—¿Qué asunto te trae aquí? —interrogó a Thannon mientras lo miraba de arriba abajo.

—Quiero hablar con un miembro de la casa. Helfach, el cazador.

Brina salió del patio a caballo. Corban se escondió detrás de su padre para que no lo viera. Evnis se acercó a la puerta cuando se dio cuenta de que estaban allí. Cywen y Gar se unieron a ellos.