Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO VEINTIUNO. CORBAN
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CAPÍTULO VEINTIUNO. CORBAN

CAPÍTULO VEINTIUNO

CORBAN

El sol apenas era una línea en el horizonte mientras Corban avanzaba con cautela entre los árboles que rodeaban la cabaña de Brina en el campo. El rumor del agua se filtraba a través de los alisos y la brisa susurraba en las ramas encima de su cabeza. Por lo demás, todo era silencio y quietud.

«Solo es una curandera», se dijo por enésima vez desde que se había separado de sus compañeros para llevar a cabo su cometido.

«¿Cómo he acabado metido en este lío?», se preguntó.

Pero entonces recordó el gesto desdeñoso de Rafe.

Respiró hondo, arrinconó el miedo y observó la cabaña de Brina agazapado tras un árbol.

Era una construcción de zarzo y barro con el techo cubierto de hierba, y una fina columna de humo ascendía hacia el cielo oscurecido desde una solitaria chimenea.

Por una ventana abierta salía una luz destellante que vertía un resplandor anaranjado en el crepúsculo.

Una sombra cruzó la ventana iluminada y Corban se escondió detrás de otro árbol y aguantó la respiración. Contó hasta treinta y volvió a mirar.

«Debe de estar en la habitación iluminada. Solo tengo que entrar por una de las ventanas oscuras, coger cualquier cosa y volver a salir... Sin perder el alma», pensó con un estremecimiento.

Cruzó un espacio despejado cubierto de hierba y flores silvestres y se tiró al suelo debajo de una ventana.

Se armó de valor y tanteó con cuidado las contraventanas.

Dejó escapar un suspiro de alivio cuando se abrieron.

Rápidamente trepó por el borde de la ventana y se deslizó hasta el suelo del otro lado.

Vio una pequeña cama en el otro extremo de la habitación. Junto a ella había una mesa baja llena de objetos diseminados, indistinguibles en la oscuridad. Una delgada línea de luz señalaba el contorno de una puerta en la pared de enfrente.

Corban avanzó sigilosamente por el suelo, se agachó al llegar a la mesa baja que estaba junto a la cama y agarró lo primero que encontró. Al levantarlo vio que era un peine de hueso. Se lo metió rápidamente debajo de la camisa.

—LADRÓN —disparó una voz áspera detrás de él.

Corban se dio la vuelta como una exhalación. Oyó pasos fuertes y, antes de que pudiera mover las piernas, la puerta se abrió violentamente y la luz inundó la habitación. Brina apareció recortada en el hueco de la puerta.

Corban sintió calor y frío a la vez; le brotaron gotas de sudor en la frente.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Brina en voz aterradoramente baja.

Corban abrió la boca, pero no fue capaz de hablar. Entonces algo se movió al lado de la curandera. Corban entrecerró los ojos y de pronto se dio cuenta de que era un enorme cuervo negro que daba saltitos encima de una percha junto a la puerta.

—LADRÓN, INTRUSO, LADRÓN, INTRUSO —graznó.

—Gracias, Craf —dijo Brina acariciando las plumas erizadas del ave. Los graznidos del cuervo se debilitaron, pero el pájaro continuó dando saltitos alternando la pata de apoyo mientras sus ojos redondos y negros miraban con desconfianza a Corban.

—Ahora, dime, chico, ¿qué haces en mi cabaña?

—Lo... lo siento —balbuceó Corban.

—No te he pedido que te disculpes —escupió la curandera—.

¿Qué haces en mi cabaña? —repitió alargando la pausa entre palabra y palabra y acercándose un paso después de pronunciar cada una de ellas, hasta que se quedó casi nariz con nariz con Corban, que había retrocedido hasta chocar con las piernas contra la cama.

Corban intentó decir algo, dar una explicación, pero lo único que pudo pronunciar, con voz ronca, fue:

—Reto.

—Hablas como mi cuervo —se burló la curandera.

—Muerte —graznó el ave.

A Corban se le escapó un chillido al oírlo.

—Aún no, Craf. No es sensato precipitarse en algo tan permanente. —Fijó los ojos en los de Corban—. ¿Y bien?

—Es un reto —consiguió decir esta vez mientras intentaba respirar como le había aconsejado que hiciera Gar cuando el pánico amenazaba con dominarlo.

—Explícate —exigió Brina.

Corban se explicó, titubeando al principio, pero enseguida las palabras salieron atropelladamente de su boca.

Brina, con los brazos cruzados, le escuchó hablar de su potro, de Rafe, de la espada de práctica y finalmente del reto.

Cuando acabó, los dos se miraron. Brina tamborileó con el pie en el suelo.

—Muerte —volvió a graznar el cuervo mirando con hostilidad a Corban, que tragó saliva.

—Creo que no, mi amigo sediento de sangre —declaró por fin Brina—. Al menos esta vez. Pero ahora el dilema es qué voy a hacer contigo.

—Mal, mal, mal —insistió el cuervo, y se puso a saltar otra vez alternando la pata de apoyo.

—Sí, tienes razón, Craf. Se ha portado mal, así que debería tener un castigo. Estás de acuerdo, ¿verdad, chico?

Corban asintió, un poco dubitativo.

Brina rio.

—No te preocupes, chico, no te voy a convertir en un sapo ni a robar el alma. No te voy a hacer nada tan teatral. Estaba pensando más bien en tareas domésticas.

—¿Tareas domésticas? —repitió Corban.

—Sí, tareas domésticas. No serás un poco retrasado, ¿verdad? —Brina arrugó la cara y se inclinó para mirarlo intensamente.

Corban negó con la cabeza.

—Perfecto. Pues tareas domésticas. Recogerás hierbas, plantas, raíces y otras cosas que necesita una curandera. Y quizá también tengas que limpiar un poco. Estoy ocupada todo el día y no tengo tiempo para hacerlo yo.

Corban se la quedó mirando en silencio.

—¿Y bien? —inquirió Brina—. ¿Estás listo para reparar el terrible malestar que has causado?

Corban asintió.

—Sí —consiguió decir finalmente, eufórico porque no iba a morir, sufrir un tormento perpetuo o pasar el resto de su vida saltando y comiendo moscas.

—Bien. Pues te espero aquí mañana al mediodía. Creo que ahora lo mejor será que te vayas. Ya hemos tenido suficientes emociones por una noche.

Corban miró a su alrededor buscando una salida.

—Quizá esta vez deberías usar la puerta —dijo Brina.

Corban volvió a asentir y la curandera le acompañó hasta la puerta. Corban se detuvo en el umbral, se hurgó debajo de la camisa, sacó el peine de hueso y se lo tendió a Brina. Ella lo miró un momento y negó con la cabeza.

—Puedes devolvérmelo mañana.

—De acuerdo —dijo Corban. Salió de la cabaña y se detuvo—. Gracias.

—Vamos, vete de una vez —espetó la curandera.

Corban consiguió mantener la calma durante los primeros pasos, pero luego echó a correr y se internó en el bosquecillo de alisos con el corazón aporreándole el pecho.

Una sombra surgió de repente y corrió a su encuentro; cuando llegó a él, Cywen se abalanzó sobre su hermano y lo abrazó con fuerza.

—Tenía miedo por ti —le confesó.

—No era necesario. —Corban sonrió a su hermana y volvieron caminando juntos adonde esperaba el resto del grupo.

Dath y Edana corrieron hacia él. Rafe y Crain se acercaron sin tanta prisa.

—Bueno, el héroe ha vuelto —berreó Rafe. Sujetaba la espada de práctica en una mano y la jarra de usque en la otra—. ¿O no es un héroe? A lo mejor solo te has sentado en el bosque y has esperado un rato. ¿Cómo saldremos de nuestra duda?

—Le pediste que trajera un objeto —terció Crain.

—Es verdad —repuso Rafe—. ¿Y bien? ¿Dónde está?

Con una lentitud que rezumaba teatralidad, Corban metió la mano debajo de la camisa, sacó el peine de hueso haciendo un ademán ostentoso y, con una expresión de suprema satisfacción en la cara, lo sostuvo delante de él para que todos lo vieran.

Dath dio un grito ahogado. También Cywen. Edana solo le sonrió.

—Ese peine no es de la bruja, es de tu hermana —dijo con desdén Rafe—. Acaba de dártelo, cuando ha ido corriendo a buscarte. Lo teníais planeado. No te pienses que me puedes engañar con tus artimañas de cobarde.

—Es el peine de Brina. He hecho lo que me pediste —replicó Corban—. Ahora devuélveme mi espada de práctica.

El ceño de Rafe se arrugó aún más cuando su mirada saltó de Corban a la espada de madera que tenía en la mano. Bebió un trago de la jarra y se la pasó a Crain.

—Si la quieres, ven a cogerla.

«Otra vez no», pensó Corban. El miedo, como una serpiente de hielo enroscada que se le retorcía en el estómago, tiraba de él.

—Devuélvele la espada de una vez —bramó Dath.

Rafe miró con desprecio a Dath y le soltó un manotazo en la boca.

En ese momento cambió algo dentro de Corban y él lo sintió. El calor que hizo que le ardieran las mejillas y apretara los puños derritió el hielo. Olvidó todo lo que Gar le había enseñado, se tiró hacia Rafe con torpeza y le lanzó un puñetazo a la cabeza.

Rafe dio un paso un tanto inseguro a un lado y el puño de Corban atravesó el aire.

Rafe levantó entonces la espada de práctica y le asestó un golpe detrás de la rodilla que hizo que cayera de bruces en la hierba.

Corban soltó un gruñido bestial y se abalanzó sobre Rafe.

La velocidad y la ferocidad del ataque cogieron al otro chico por sorpresa, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo.

Corban se plantó al lado de Rafe un momento, pero entonces un ruido se filtró por la sangre que le palpitaba en los oídos y miró a su alrededor.

Dath se reía y señalaba con el dedo la expresión de sorpresa de Rafe, y los demás enseguida rompieron a reír también.

Crain fue el único que no; de hecho, parecía furioso.

Entonces Corban oyó un frufrú y volvió a mirar donde yacía Rafe, pero el chico ya no estaba.

Corban se agachó instintivamente y la espada de madera cortó el aire silbando justo encima de él.

A continuación, se lanzó hacia el otro chico, pero esta vez no tuvo tanta suerte y la espada de práctica le golpeó el hombro derecho y le hizo perder el equilibrio.

El puño de Rafe impactó en su cara, justo entre la mejilla y el ojo.

Corban sintió que se le derretían las piernas y se desplomó con una explosión de dolor en la cabeza.

Rafe dio un paso hacia él, gruñendo, y levantó la espada de madera por encima de la cabeza.

En el último momento, un cuchillo se clavó con un ruido seco en el suelo, justo delante de las botas de Rafe.