CAPÍTULO VEINTE. VERADIS #3
—Bastante bien. —Rhin rio—. La mayoría de los reinos que rodean mi territorio están gobernados por uno u otro pariente, así que vivimos tiempos estables.
Un poco aburridos pero estables. Salvo por los gigantes en el norte, naturalmente.
Están empeñados en poner a prueba el valor de mis guerreros.
Aun así —añadió mientras se giraba para mirar a su paladín—, mientras tenga a Morcant para protegerme no corro peligro, por mucho que sean cada vez más feroces.
Rhin deslizó un largo dedo blanco por la mejilla de su paladín, que le sonrió. Hubo algo en el gesto que le subió los colores a Veradis.
—Si es verdad lo que se ha dicho hoy en la asamblea, necesitarás algo más que la espada de un hombre para protegerte —observó Nathair—. He de confesar que esperaba más apoyo a mi padre. —Nathair miró a Rhin y a Owain—. No recuerdo haber visto que os pusierais de pie hoy.
—Eso es porque no lo hemos hecho —dijo Rhin—.
Soy vieja, Nathair, y la edad me ha enseñado unas cuantas cosas.
Una de ellas es que precipitarse está sobrevalorado.
Mucho de lo que ha dicho tu padre me ha conmovido, pero aún no estoy convencida.
Además, me generan ciertas dudas, por así decirlo, el consejero de tu padre y sus hallazgos.
Ese hombre tiene algo que me perturba. —Sonrió y se apartó un mechón de pelo blanco de la cara—.
Me cuesta confiar en la gente, ese es uno de mis defectos, me temo, pero me resulta difícil creer lo que ha dicho.
Así que esperaré a ver qué nos depara el solsticio de invierno.
Además —continuó—, todo eso sobre dioses y demonios...
Tal vez no haga falta mirar tan lejos para encontrar conflictos y guerras.
Hay personas aquí que harían bien en prestar más atención a lo que sucede en sus propios territorios en vez de desear que se hagan realidad cuentos de hadas.
«Es inteligente —pensó Veradis—. ¿A quién irá dirigido eso? ¿A Brenin? ¿A Owain? ¿A Nathair? ¿A todos?»
Brenin arqueó una ceja, pero no dijo nada. Heb parecía animado, como si estuviera mirando una partida entretenida.
—Por favor, habla con claridad —rogó Owain—. He bebido demasiado vino para desentrañar tus acertijos.
Rhin chasqueó la lengua.
—Qué poco tacto tienes, Owain. Estoy segura de que Brenin te lo podrá explicar.
Brenin rio de medio lado.
—A mí no me metáis en esto.
—Muy bien, hablaré claro. He oído que los dos habéis tenido problemas recientemente.
—Pues sí, es verdad —dijo Brenin—. Forajidos del Bosque Oscuro. El responsable de todo es Braith con sus bandidos, creo, aunque todavía no he conseguido pruebas. Espero que todavía me aguarden cuando vuelva a casa.
—Ese también es mi problema —se quejó Owain—. Lanzan ataques a lo largo de todo el borde del Bosque Oscuro.
—Tal vez esta alianza sea la solución para los dos, después de todo —repuso Rhin—. Si cooperáis, y con la ayuda del rey Aquilus, quizá podáis libraros de esos forajidos.
—Puedo proteger mis tierras por mis propios medios —declaró Owain.
—¿En serio? Y sin embargo estás aquí, mientras siguen matando y robando en tus tierras. Como tú, Brenin.
—Siempre igual, Rhin —dijo Brenin negando con la cabeza—. No morderé el anzuelo por mucho que te esfuerces. No pienso formar parte de tus entretenimientos.
Dicho lo cual, Brenin dio media vuelta y se fue, y Heb lo imitó. Tull se despidió con la cabeza del paladín de Rhin y siguió a su rey; al pasar junto a Veradis le guiñó un ojo.
Poco después, el príncipe se excusó y fue a buscar vino con Veradis.
—Esto del politiqueo me deja seco —dijo Nathair mientras bebían.
—Solo escuchar me da sed —repuso Veradis.
—¿Qué opinas?
Veradis no sabía qué decir.
—No lo sé. La verdad, Nathair, todas estas conversaciones me aburren. Estaré encantado de acompañarte en estas reuniones, pero solo porque así sé que tienes una espada que te cubre las espaldas.
Nathair dejó escapar una risa.
—Eres un bálsamo para mí, Veradis, en medio de toda esta maraña de artimañas, riñas y palabras cautas.
Pero ya que tú no me vas a decir lo que piensas, déjame que te diga yo lo que pienso, oh, espada que protege mi espalda —dijo Nathair con una reverencia—.
Los reyes de las Tierras del Exilio son como niños.
Riñen y se pavonean, pero no van a luchar juntos.
Mi padre vive engañado por los sueños de su corazón.
No es posible forjar una alianza duradera.
Es una cuerda deshilachada que se romperá al primer tirón.
Esta noche he despejado todas mis dudas.
—Entonces, ¿cómo nos enfrentaremos a ese Sol Negro cuando aparezca? —quiso saber Veradis.
Nathair miró hacia todos lados. A pesar de que estaban lejos de todo el mundo, bajó la voz.
—Imperio... —susurró—. Tiene que haber un imperio.
Esta tierra tiene que estar unida y ser fuerte si queremos estar preparados cuando Asroth ataque.
Y eso nunca ocurrirá mientras las Tierras del Exilio estén gobernadas por una pandilla de críos egoístas y caprichosos.
Un imperio, con un ejército como las hormigas que hemos visto, que luche unido para derrotar a un enemigo que está al caer.
Haré ver a mi padre que tengo razón. De las cenizas de su sueño nacerá uno nuevo, y daré mi vida para hacerlo realidad.